Espié a mi suegra con sus hijastros desde la pantalla
Pasaron varios días desde la última conexión cuando recibí el mensaje con la nueva cita. Encendí la pantalla a la hora exacta y allí estaba ella, Marina, la mujer de mi suegro, sentada en el salón de su casa con un vestido largo color vino y un collar fino que le caía justo entre las clavículas. Llevaba el pelo recogido y un brillo apenas visible en los labios. Sabía que la estaba mirando y, aun así, fingía no saberlo.
Sonó el timbre. Marina se levantó sin prisa, alisó la falda con las dos manos y fue a abrir. Volvió al salón con dos hombres detrás: Adrián y Bruno, los hijos mayores del primer matrimonio de mi suegro. Mis cuñados, según me los habían presentado a mí. Los hijastros de Marina, según los miraba ella ahora.
—Padre nos pidió que te llevemos al sitio que tú nos digas —dijo Bruno, todavía de pie, sin saber qué hacer con las manos.
Marina miró el reloj de la pared y sonrió de una forma que yo ya conocía.
—Gracias, chicos. Pero todavía es pronto, y antes me gustaría haceros un regalo. Sé perfectamente que me consideráis una puta. No pasa nada. Esta puta es agradecida con quien se porta bien con ella.
Y mientras lo decía, llevó la mano al bulto del pantalón de Bruno y lo acarició por encima de la tela, despacio, como quien comprueba algo que ya ha tocado antes en la cabeza. Después hizo lo mismo con Adrián. Ninguno de los dos retrocedió.
—Hay que reconocer una cosa —dijo ella, soltando una risa baja—. Tenéis un buen par de pollas.
***
Yo estaba en mi casa, a cientos de kilómetros, con la luz apagada y el portátil sobre las piernas. La imagen era nítida, el sonido también. No sé por qué Marina había decidido que yo fuera testigo de aquello, pero hacía semanas que cumplía sus citas sin preguntar. Me habían enseñado a obedecer.
Marina se bajó el vestido por arriba, despacio, lo justo para liberar los pechos. Eran pequeños, muy blancos, con los pezones oscuros y duros. Después, sin levantarse, se subió la falda hasta la cintura y separó las piernas. Llevaba un tanga blanco que no tapaba casi nada. Los chicos se quedaron quietos un segundo, como si hubieran olvidado cómo se respira.
Les abrió las braguetas con paciencia, una y otra, y sacó las dos pollas, ya endurecidas por la espera. Empezó a masturbarlos al mismo tiempo, una en cada mano, mirándolos a la cara para que ellos la miraran a ella. Después se inclinó hacia Bruno y le pasó la lengua por la punta sin dejar de mover la mano de Adrián.
—Hermano, esta tía usa la lengua mejor que nadie —murmuró Bruno con la cabeza echada hacia atrás—. No me extraña que el viejo esté chocho por ella.
Marina ni se inmutó. Se metió la polla de Bruno entera en la boca, con calma, como si fuera un postre que llevaba mucho tiempo esperando. Después le hizo un gesto a Adrián para que se acercara más. Cuando los dos miembros estuvieron a la misma altura, abrió la boca y los recibió juntos. Adrián soltó un sonido a medio camino entre risa y queja.
Yo bajé la mano por debajo del pantalón sin pensarlo. Mi marido dormía en la habitación de al lado. Lo recordé un instante y lo olvidé enseguida.
***
Marina les pidió que se tumbaran en el suelo. Lo hicieron sin discutir. Ella se tumbó entre los dos, con la cabeza apoyada en una mano, y empezó otra vez con el juego: la boca para uno, la mano para el otro. Los iba turnando, escupía un poco para que la mano resbalara mejor, los miraba a los ojos cuando notaba que estaban a punto.
—Bueno, mis niños —dijo en un momento—. Creo que ya es hora de que mami os haga un regalo de verdad. Pero quedaos con esto. A partir de ahora, si vosotros sois buenos conmigo, yo seré buena con vosotros. Juntos o por separado, da igual. Pero si volvéis a ser malos, mami no os dará chocolate.
—Seremos buenos —dijeron casi a coro.
Verla lamer dos pollas a la vez me había puesto en un estado que ya no controlaba. Tenía la mano metida hasta el fondo y el corazón en la garganta. Marina pidió a Adrián que se tumbara y se sentó encima, encajándole la polla dentro de un solo movimiento. Soltó un suspiro largo, satisfecho. Bruno se puso de pie a su lado y le ofreció la suya. Ella la aceptó sin mirar, abrió la boca y siguió cabalgando al hermano.
Bruno no aguantó mucho de espectador. Pidió cambio. Marina se rió, se levantó de Adrián y se acomodó sobre Bruno, que ya estaba tumbado boca arriba. Empezó a moverse encima de él con un ritmo distinto, más lento, mientras Adrián, ahora de pie, le metía la polla en la boca.
—Joder, hermanito —dijo Bruno apretando los dientes—. Esta tía lo hace mejor que las chicas de la oficina.
Marina no dijo nada. Seguía ocupándose de las pollas de «sus niños» con una concentración casi profesional.
***
—Hermano —soltó Adrián de pronto, mirando hacia abajo—. ¿Crees que a nuestra nueva mami le gustaría que se la metiéramos por el culo? Me apetece un montón.
—Ya lo dije —contestó Marina con la voz ronca—. Si sois buenos, mami os complace.
Cambiaron de postura sin necesidad de muchas palabras. Bruno se quedó tumbado, Marina volvió a montarlo de cara hacia él, esta vez echada hacia delante para dejar el culo libre y al aire. Adrián se colocó detrás, escupió en su mano, y se la metió por detrás con cuidado al principio, luego sin tanto.
—Hermano —dijo Adrián con la voz cortada—. Esta puta tiene un culo divino. No sabes el gusto que le está dando a mi polla.
Bruno apretaba los pechos de Marina mientras ella se movía. Se notaba que estaba al borde de algo grande, los dos lo estaban. Yo también. La pantalla iluminaba la habitación entera, y yo no quería que terminara todavía.
—¿Estáis viendo lo que os habéis perdido por no ser amables conmigo? —murmuró Marina, con esa sonrisa torcida—. Bueno, lo hemos perdido todos. Ahora lo estamos arreglando.
Adrián fue el primero en pedir cambio. Quería el coño otra vez. Bruno aceptó, porque a esas alturas ya no había ego que valiera. Salieron, recolocaron, y al final Marina acabó cabalgando a Adrián mientras Bruno la penetraba por detrás de un solo empujón.
—Tienes razón, hermanito —dijo Bruno con la cara apoyada en la espalda de ella—. Nuestra nueva madre tiene un culo muy acogedor.
Los gemidos de los tres se mezclaron unos minutos largos hasta que Bruno avisó. Marina le dijo que sí con un gesto. Se corrió dentro y, cuando salió, todo el culo de ella brillaba por fuera. Adrián tardó un poco más, lo suficiente para que ella siguiera moviéndose encima sin descanso. Cuando él terminó también, Marina se separó de los dos y se sentó en el sofá con las piernas abiertas.
—Chicos, seguiría con vosotros un rato más —dijo, recuperando el aire—. Pero tengo que llegar al sitio donde vinisteis a buscarme. Voy a lavarme. Vosotros deberíais hacer lo mismo.
La pantalla se cortó.
***
Días después llegó otra orden de conexión. Esta vez Marina llevaba una blusa azul y una falda corta negra que le dejaba la mitad de los muslos al aire. A su lado, sentado muy recto, estaba Tomás. El tercer hijo del primer matrimonio. El único cuñado mío con el que ella todavía no había hecho nada. Hablaban como si no se conocieran de nada, los dos algo nerviosos, ella mucho menos que él.
—¿Te gustan mis zapatos? —le preguntó de pronto.
Sin esperar respuesta, alzó una pierna y la apoyó en el regazo de Tomás. Empezó a frotarle el bulto del pantalón con el tacón, despacio, sin dejar de mirarlo a los ojos. Él no dijo nada, pero tampoco se apartó.
—¿Te gusta? —insistió ella.
Tomás apretó los labios. Marina decidió por los dos. Se levantó, se quitó la blusa y la falda en dos movimientos rápidos, y se quedó delante de él en un conjunto de lencería negra que parecía pensado para esa escena en concreto.
—Tranquilo, mi amor —le dijo, agachándose hasta su oído—. Esto no se lo contaremos ni a tu mujer ni a tu padre. Será nuestro secreto.
Eso pareció bastarle a Tomás. Le bajó las copas del sujetador con dedos torpes y la besó en el pecho. Ella le acariciaba la nuca como a un niño pequeño.
—Mi niño —ronroneó—. Si tienes ganas de tetita, mami te dará tetita.
Yo, otra vez, ya no tenía ni la sensación de estar haciendo nada raro. La mano otra vez bajo la sábana, otra vez la luz azul de la pantalla en la cara.
***
Después fue ella la que se arrodilló. Le abrió la bragueta, le sacó la polla y se la metió en la boca con la misma calma de siempre. Tomás cerró los ojos y se sostuvo del respaldo del sofá.
—Lo haces muy bien, Marina —susurró.
—Llámame mami —pidió ella, con la polla todavía rozándole los labios.
—Mami, lo haces muy bien —repitió él, casi sin voz—. Pero me encantaría comerte el coño.
—¿Tu mujer no te deja?
—Hace mucho que no lo hacemos. Hemos caído en la rutina.
«Si supiera que sus hermanos sí lo hacen», pensé yo desde el otro lado de la pantalla, mordiéndome el labio.
—Es todo tuyo —dijo ella, y se tumbó en el sofá con las piernas abiertas.
Tomás se arrodilló entre sus muslos y le pasó la lengua sin prisa, primero por encima del tanga, después apartándolo a un lado. Marina suspiró de una manera distinta a las otras veces, más auténtica. La cara que puso decía que el chico aprendía rápido.
—Me has hecho alucinar con tu lengua —murmuró cuando se corrió—. Desde este momento, mi cuerpo es tuyo.
***
Tomás se desnudó del todo. Le quitó el tanga a Marina y se tumbó de medio lado en el sofá. Le pidió que se colocara delante. Ella obedeció. Alzó una pierna, dejó la cadera bien expuesta, y él, desde esa postura tan rara, le metió la polla de un golpe seco. Los dos gimieron al mismo tiempo.
—Con un coño tan caliente como el tuyo, no me extraña que mi padre esté loco por ti —dijo él con la cara contra su cuello.
—Y tú, con esta polla, seguro que tu mujer te adora —contestó ella, riéndose entre los empujones.
Yo me toqué con más fuerza, sin mirar el reloj. Se notaba que aquello iba a durar.
Tomás le acariciaba los muslos sin dejar de moverse dentro de ella. Marina avisó primero. Soltó un grito ahogado, le clavó las uñas en el brazo, se quedó quieta unos segundos. Pero la polla de él seguía dura.
—Mi amor, así no podemos quedarnos —dijo ella, recuperando la respiración—. Pero ahora la postura la elijo yo.
Le pidió que se tumbara boca arriba. Se sentó encima y empezó a cabalgarlo con un ritmo que parecía estudiado al milímetro. Tomás dejó caer la cabeza contra el sofá.
—Decididamente, eres una folladora extraordinaria —dijo él, casi como si lo descubriera en ese momento—. Ya entiendo lo que mi padre vio en ti.
—Llámame mami —repitió ella.
—Como tú quieras, mami.
Cuando él avisó de que se corría, Marina se levantó, se arrodilló a sus pies y abrió la boca.
—Mi niño, tengo ganas de tragarme tu leche.
Tomás se puso de pie a duras penas, se acabó de masturbar dos veces, y descargó dentro de su boca. Ella tragó sin apartarse, mirándolo desde abajo.
—Esto está siendo increíble —dijo él, todavía sin recuperar el aire.
***
Se tumbaron abrazados en el sofá. No hablaron durante un rato. Yo seguía con la pantalla encendida, esperando algo que no sabía qué era. Al cabo de unos minutos, la mano de Tomás empezó a moverse otra vez por la cintura de ella, y la polla volvió a despertarse contra su muslo. La besó largo, le acarició los pechos, le mordió el cuello.
—Me encantaría poseer tu culo —le dijo al oído.
—Es tuyo. Y si eres bueno conmigo, no será la última vez que lo poseas.
—Para entonces seré muy viejo —contestó él, riéndose por primera vez en toda la tarde.
Marina se puso a cuatro patas en el sofá y giró la cabeza por encima del hombro.
—Aquí me tienes.
Tomás se arrodilló detrás. Entró despacio, comprobando, escuchando. Cuando estuvo seguro de que ella aguantaba, marcó un ritmo que los volvió locos a los dos. Marina apretaba un cojín contra la cara y soltaba sonidos que no parecían suyos. Yo, ya sin pretender disimular, terminé al mismo tiempo que él.
—Mami, ¿me das permiso para correrme en tu culo? —preguntó Tomás casi al final.
—Hazlo, mi niño —respondió ella, con la voz rota.
Y lo hizo. Cuando salió, todavía agarrado de sus caderas, ella se quedó quieta un momento más, respirando contra el sofá. Después se giró sobre la espalda, lo miró desde abajo, y le sonrió como me había sonreído a mí la primera vez que aceptó mostrarme todo esto.
La pantalla se cortó otra vez. Yo me quedé mirándola un rato largo, esperando ya la próxima orden.