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Relatos Ardientes

Lo que mi tío me pidió a cambio de su casa

Me dicen Camila, tengo veintiún años y nunca fui de las chicas que llaman la atención. Mido apenas un metro cincuenta y dos, mi cuerpo es delgado y sin curvas pronunciadas, y siempre pensé que esa invisibilidad era una bendición. Hasta que dejó de serlo. Esto que voy a contar pasó hace pocos meses, cuando me mudé a casa de mi tío Esteban después de uno de los peores momentos de mi vida.

Mi novio, Sebastián, me echó del departamento que compartíamos en Quilmes una madrugada de mayo, después de una pelea estúpida sobre dinero. Cargó mis cosas en cuatro bolsas de basura y las dejó en el palier. Yo lloré tres días seguidos en un hotel barato, dejé el trabajo en la cafetería donde atendía y me hundí en un agujero del que no sabía cómo salir. Volver con mis padres no era una opción: vivían en un pueblo de seiscientos habitantes y la sola idea de que toda la cuadra supiera del fracaso me daba arcadas.

Entonces me llamó él. Mi tío, hermano menor de mi padre. Me dijo que se había enterado por mi prima y que su casa estaba abierta, que no me preocupara por la plata. Esteban era el contraejemplo de mi padre: empresario inmobiliario, casado con una mujer mayor que él, dueño de una casa de tres pisos en una zona arbolada de San Isidro. Estable. Aburrido. Inofensivo. O eso creí.

Su esposa, Adriana, me recibió con una sonrisa tensa y un té de hierbas. No le caí bien desde el primer minuto. Tenía cuarenta y muchos, el pelo siempre recogido, los labios apretados. Nunca me dijo nada feo, pero tampoco me dirigió la palabra si no era estrictamente necesario. Cuando salía de la casa, lo cual ocurría casi todas las mañanas porque hacía trámites o iba al gimnasio, me observaba por el espejo retrovisor antes de arrancar el auto, como si quisiera memorizar mi cara para denunciarme después de algo que yo todavía no había hecho.

Cuando ella se iba, la casa entera respiraba distinto. Yo me sentía libre por primera vez en semanas. Caminaba descalza por los pasillos de madera. Me preparaba el desayuno en bata. Dejaba la puerta del baño abierta porque me daba claustrofobia bañarme con todo cerrado. Me cambiaba en mi cuarto sin correr la cortina, mirando los árboles del fondo mientras me ponía el corpiño. Me convencí de que estaba sola. Que la casa era mía durante esas horas.

No estaba sola. Esteban llegaba en silencio. Aprendí después que estacionaba a media cuadra y entraba sin tocar timbre, que se quedaba parado en el pasillo escuchando, que sabía exactamente cuál era el momento en que yo bajaba la toalla. Lo descubrí casi por accidente, una mañana de junio, cuando salí del baño envuelta en una toalla blanca y entré a mi cuarto.

Estaba sentado en mi cama. Tenía una de mis bombachas en la mano izquierda, las puntas de los dedos rozando la tela. Cuando me vio entrar, las guardó en el bolsillo del pantalón con un movimiento lento, como si no le importara que yo lo estuviera viendo hacerlo.

—Sobrina, te estaba esperando —dijo.

—¿Podés salir un momento? Necesito vestirme.

—De eso justo quería hablar.

Me quedé en el umbral, agarrando la toalla con las dos manos. El corazón me golpeaba contra las costillas y el agua de la ducha me chorreaba por las pantorrillas hasta la alfombra.

—No entiendo de qué.

—Camila, vos sabés lo que cuesta una casa como esta. La luz, el gas, la comida. Te abrí las puertas, no te cobré un peso. ¿Cuánto hace que estás acá? ¿Tres meses?

—Vos me invitaste.

—Y vos aceptaste. Nada es gratis, sobrina. Tenés que ir entendiéndolo. Pero tranquila, no es nada feo lo que te voy a pedir.

Sacó del otro bolsillo un fajo de billetes. Los apoyó sobre mi colcha despacio, uno encima de otro, como si estuviera contándolos. Eran muchos. Más de lo que yo había ganado en el último año entero.

—Esto es para vos. A cambio quiero algunas fotos.

—Tío, yo no…

—Sin tela. Nada de contacto. Yo tomo las fotos y me voy. Te juro que no las comparto con nadie.

Miré los billetes. Después la puerta cerrada detrás de él. Después mi propia mano agarrando la toalla. Pensé en el alquiler que iba a tener que pagar cuando saliera de esa casa, en las deudas que me había dejado Sebastián, en lo lejos que estaba mi pueblo. Pensé en lo poco que tendría que hacer para conseguir todo eso.

Caminé hasta la cama. Tomé los billetes. Los conté con los dedos temblando y los metí en el cajón de la mesa de luz, debajo de un libro de yoga que nunca leía.

—Apurate. Y no quiero que las vea nadie más, ¿escuchaste?

—Ni un alma. Te lo juro. Quiero algunas paradas y otras en la cama.

Dejé caer la toalla.

***

El aire de la habitación se me pegó a la piel mojada. Me apoyé contra la cómoda primero, con una mano en la cadera, mirando hacia el ventanal. Esteban tomaba las fotos sin decir nada, sólo se escuchaba el clic del teléfono cada pocos segundos. Después me hizo girar contra la puerta del placard, me pidió que levantara los brazos, que me pasara la lengua por el labio. Lo obedecí. Cada instrucción me parecía menos absurda que la anterior.

Me dejé caer sobre la cama después. Boca abajo primero, con el trasero un poco levantado. Boca arriba después, con una pierna doblada hacia el costado. Las sábanas me rozaban los pezones y no podía no notarlo. La cámara seguía cada movimiento con la lentitud de alguien que no tenía apuro.

Empecé a calentarme sin querer. Al principio fue una incomodidad, después un calor que me subía desde las caderas hasta el cuello. Cuando me acomodé de costado, mi mano derecha bajó sola hasta el pubis. La detuve un segundo. Después seguí.

Mis dedos giraban en círculos despacio. La piel ya estaba húmeda. Ni siquiera sé en qué momento mi tío dejó de tomar fotos y empezó a grabar en video, pero cuando levanté la vista para mirarlo, vi el bulto en el pantalón y los ojos fijos en la pantalla del teléfono. Se le había olvidado disimular.

Me prendió más verlo así.

Tener a un hombre veinticinco años mayor que yo paralizado, mirándome como si fuera la única cosa en el universo, me dio un poder que no había sentido nunca. Me incorporé sobre las rodillas, sin sacar los dedos de mí, y me arrastré hasta el borde de la cama. Bajé hasta el piso. Me arrodillé frente a él.

—No digas nada. Bajate los pantalones.

Me miró desde arriba un segundo, sorprendido. Después soltó el cinto con la mano libre y dejó caer el pantalón hasta los tobillos. Su verga estaba dura, mucho más grande de lo que yo había imaginado. La agarré con las dos manos y la sentí pesada, caliente, viva. Me quedé un momento mirándola sin saber por dónde empezar.

Le pasé la lengua por la punta primero, despacio, mientras lo miraba directamente al lente. La metí entre los pechos chicos que tengo y la moví de arriba a abajo, sintiendo cómo la piel le iba quedando más tirante. Después la intenté llevar a la boca y casi me ahogo. Mi tío, sin soltar el teléfono, me apoyó la mano libre en la nuca y empujó. Sentí la verga golpear el fondo de mi garganta. Las lágrimas se me escaparon sin querer y se mezclaron con la saliva que me caía por el mentón.

Mi mano izquierda seguía entre mis piernas. No la había sacado en ningún momento. El piso de madera abajo de mí se estaba mojando con lo que goteaba. Me daba vergüenza y no me importaba.

Después de varios minutos así, lo sentí tensarse. Me agarró el pelo con más fuerza y se vino dentro de la boca, profundo. Sentí cómo bajaba por la garganta sin que yo pudiera hacer nada. Cuando me soltó, me quedé un segundo arrodillada, con los labios brillantes, mirándolo desde abajo.

—Nadie puede ver ese video. Nadie.

—Tranquila, sobrina. Esto se queda entre nosotros.

En ese instante escuchamos el ruido inconfundible de las llaves girando en la cerradura de la puerta principal. Adriana volvía. Mi tío se subió el pantalón con la velocidad de un mago, ajustó el cinto, se pasó las manos por el pelo y salió de mi cuarto sin mirarme. Yo cerré la puerta con llave y me dejé caer sobre la cama, todavía desnuda, con el corazón retumbando.

Tardé varios minutos en levantarme. Me encerré en el baño, abrí la canilla del lavabo y me lavé la cara con agua fría hasta que la piel empezó a doler. Me cepillé los dientes dos veces. Me cambié con ropa amplia, una remera que me llegaba hasta los muslos, y bajé recién a la hora de la cena, con la mirada puesta en el plato.

Adriana sirvió fideos. Mi tío preguntó cómo había estado mi día. Yo dije que bien, que había estudiado un poco. La cuchara me temblaba y nadie pareció notarlo. O quizás él sí lo notó y le gustó.

Esa noche dormí cinco horas con la luz prendida. A la mañana, cuando bajé a desayunar, encontré sobre la mesada de la cocina un papel doblado con mi nombre escrito a máquina. Lo abrí. Adentro había otro fajo de billetes, más grueso que el primero. Y una sola línea, escrita con birome azul: «Mañana te toca grabar otra cosa».

No tiré el papel. Lo guardé en el mismo cajón.

Lo que pasó después es otra historia, pero les juro que en ese momento, leyendo esa línea con los dedos todavía temblando, supe que no iba a frenar. Y que no quería frenar.

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Comentarios (5)

TabooWolf

Tremendo. No pude parar de leer, me tiene enganchado desde la primera linea.

Rodrigo88

Por favor seguila, quede con ganas de saber que pasa despues. Excelente relato!

MarianaK_99

Me encanto como esta escrito, se siente muy real. El titulo ya te dice todo sin decirte nada.

Cris_BA

Que comienzo mas potente jaja. Engancha de entrada y no afloja. Sigan subiendo cosas asi!!

ElRonco_09

Buenisimo, esperando mas relatos asi

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