La granja de mi tía me convirtió en su sumiso
Cada vez que holgazaneaba lo pagaba con ortigas, latigazos y sus botas embarradas. Y lo peor era que una parte de mí ya esperaba el próximo castigo.
Cada vez que holgazaneaba lo pagaba con ortigas, latigazos y sus botas embarradas. Y lo peor era que una parte de mí ya esperaba el próximo castigo.
Encontré a mi amiga temblando en el baño de aquella cena. Cuando pregunté quién la había dejado así, jamás imaginé que diría el nombre de nuestro profesor más temido.
Guardó la tarjeta durante semanas, repitiéndose que jamás iría. Una tarde de viernes, sin saber por qué, se puso su mejor vestido y cruzó aquella puerta.
Rodeada de vampiros en aquel viejo matadero, con el collar verde apretándome el cuello, comprendí que mi cuerpo ya no me pertenecía. Solo podía rogar por unos días más.
Cruzó murallas que nadie había vencido para clavarle la espada. Ella solo chasqueó los dedos, y el héroe descubrió quién mandaba de verdad en aquel trono.
Cuando la puerta volvió a abrirse, Rubén entendió que la noche anterior solo había sido el principio de lo que aquellas mujeres pensaban hacer con él.
Sabía que aquellos dos hombres la despreciarían en cuanto cruzara la puerta, y eso era justo lo que la hacía volver una y otra vez a por más.
Estaba medio desnuda en el coche de un hombre al que no conocía, en un parking lleno de gente, y él me dijo que me relajara porque mi chequeo apenas empezaba.
Llevo años trabajando entre muertos y creía haberlo visto todo. Hasta que aquel hombre, tendido en mi mesa de acero, se movió cuando hundí el bisturí en su pecho.
La primera vez que me puso el collar supe que no había marcha atrás: bajaría cada vez que ella llamara, dispuesto a obedecer cualquier orden que saliera de su boca.
«No estamos haciendo nada, es un trozo de silicona», me dijo. Pero la forma en que me miraba mientras abría la caja decía exactamente lo contrario.
Tenía veintitantos, una esposa flaca que nadaba abajo y unos ojos hambrientos que me suplicaban sin saberlo. Esa tarde le enseñé quién manda.
Le dije que esa noche no salía. Entonces tocó mi puerta con un vestido rosa en la mano y esa sonrisa que ya sabía de antemano que iba a ganarme.
Me arrastraron a la sala de examen por no respetar las reglas. No sabían que era justo lo que yo quería: que alguien por fin decidiera por mí.
Tenía la máscara puesta y la orden de no moverse. Sabía que esta vez no habría ternura, solo la lección que ella misma había buscado durante días.
Lo nuestro era el secreto que cargábamos a todas partes, pero esa noche, lejos de la ciudad, decidimos compartirlo con alguien más.
Desperté con el cuerpo encendido y la mano entre las piernas. Jamás imaginé que esa mañana mi hermana abriría la puerta… ni lo que vendría después.
Cuando la puerta del estudio chirrió a mis espaldas supe que no estábamos solos, y que la mujer escondida en la sombra no pensaba marcharse.
Cuando el avión tembló y ella cayó de golpe sobre mí, sentí sus caderas apretarse contra mi cuerpo. Ninguno de los dos dijo nada, pero algo había cambiado.
Mi amigo no le quitaba los ojos de encima. Yo fingía molestarme, pero lo cierto es que entendía perfectamente lo que él sentía al mirarla.