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Relatos Ardientes

La tormenta que rompió todo entre mi hermana y yo

Hacer de niñero a los veintisiete no era el plan que tenía para esa semana, pero desde que me había quedado sin trabajo en la concesionaria, llevarles la contra a mis padres era un lujo que no podía permitirme. Ellos viajaban seguido al norte por temas de la empresa familiar —vendían insumos para clínicas y repuestos de equipos médicos— y aquel jueves de finales de agosto se subieron a la camioneta con la idea de volver el domingo.

—Nada de mujeres, nada de fiesta, nada de hierba —me advirtió mi viejo apuntándome con el dedo desde la ventanilla.

—Tranquilo. Cuido a Cami y listo.

Camila era la joya de la casa. Tenía diecinueve años, terminaba el último año del secundario y estaba preparando un examen de admisión que le había puesto los nervios de punta a toda la familia. Cuando ella estudiaba, todos caminábamos en puntas de pie. Y cuando ella estudiaba con su mejor amiga, yo intentaba estar cerca por motivos que no tenían nada que ver con la fraternidad.

La amiga se llamaba Lara. Veintidós años, pelo negro lacio que le caía hasta media espalda y unos ojos grises tan grandes que parecía que te miraban incluso cuando no te estaban mirando. Piernas larguísimas, cintura estrecha, tetas chicas y firmes que adivinaba debajo de las remeras ajustadas que usaba siempre. Una pantera que entraba a casa en jeans negros, se sentaba dos horas a estudiar con mi hermana y me hacía apagar la consola con el pretexto de servirles un té.

Esa noche el plan era perfecto. Lara venía a estudiar, las dos se encerraban en el cuarto de Camila como siempre, y cuando Cami se durmiera —porque Cami se dormía pronto— Lara bajaría al living a despedirse y yo la tendría sola frente a la chimenea. Una cerveza, una película mala, los troncos crujiendo, la mirada larga que prometía algo. Lo había ensayado en la cabeza durante toda la tarde.

Pero el viernes amaneció lloviendo.

***

Para la tarde, la tormenta era una bestia. Los álamos del fondo se hamacaban como si alguien los sacudiera con las manos, la lluvia golpeaba las ventanas en horizontal y el servicio meteorológico mandó alerta naranja para toda la zona. Mi viejo llamó cinco veces para asegurarse de que las persianas estuvieran bajas y para recordarme que no abriera la puerta a nadie. A las nueve menos cuarto, mientras yo perdía una partida absurda en el living, la voz de mi hermana llegó desde la planta alta.

—¡Mateo! Lara avisó que no viene. Dice que no se anima a manejar con esto.

—Lo imaginaba.

Apagué el joystick y me quedé un rato mirando el fuego. Afuera el viento aullaba como si quisiera meterse adentro. Pensé en abrir una cerveza, en buscar una película y en resignarme a una noche larga y aburrida. Y eso fue exactamente lo que hice durante un rato. Hasta que mi hermana bajó.

Bajó descalza, con un camisón estampado que le quedaba grande y los anteojos ligeramente torcidos. Camila no era Lara. Camila medía un metro cincuenta y cinco, tenía el pelo enrulado atado en una colita y los ojos chicos y miopes que había heredado de mamá. Casi siempre la veía como un bulto ruidoso en piyama que reclamaba el control remoto. Pero esa noche, con la luz del fuego pegándole de costado y un mechón cayéndole sobre la cara, la miré por primera vez como se mira a una mujer.

—Menos mal que estás —dijo, y se llevó una mano al pecho.

—¿Qué pasó?

—La rama de la acacia está rascando la ventana de mi pieza. Suena como si alguien quisiera entrar. No me banco quedarme arriba.

—Dormí en el cuarto de papá, entonces.

—¿Puedo quedarme un rato acá? Está prendida la estufa y…

—Quedate.

Se acomodó en el otro extremo del sofá, encogió las piernas debajo del camisón y me miró con esa cara de pedido callado que tenía desde los seis años.

—¿Película?

—Película.

***

Elegí cualquier cosa. Una historia de robo en Marsella, mucho ruido y poca trama. La lluvia tapaba parcialmente los diálogos. Camila pidió cerveza y se la negué, pidió otra vez y se la negué, pidió una tercera y al final le tiré una lata por encima del acolchado marrón con el que nos habíamos tapado los dos.

—Tomá. Una sola.

—Tengo diecinueve.

—Y yo veintisiete. Soy la autoridad legal de la casa por una noche. Una sola.

Se rio. Se acurrucó en el extremo del sofá con la lata entre las manos y los ojos clavados en la pantalla. La estufa crepitaba. El viento golpeaba. Yo intenté concentrarme en la película y por un rato lo logré.

Hasta que sentí su pie.

Fue casi imperceptible al principio. Un pie pequeño, frío, que escaló desde el otro extremo del sofá y se acomodó en mi muslo, justo arriba de la rodilla. La miré dos veces. Tenía la cara clavada en la pantalla, la boca entreabierta, los lentes resbalando un poco por la nariz. Pensé que era un movimiento involuntario. Pensé que mi cabeza estaba inventando cosas porque la lluvia y la chimenea producían demasiada intimidad.

Volví a la película.

A los diez minutos, el pie había subido un par de centímetros. A los veinte estaba en mi cadera. A la media hora, el dedo gordo descansaba justo en el borde del jogging, en un lugar donde un dedo gordo no descansaba por casualidad.

En la pantalla, el protagonista recibía sexo oral en un coche estacionado frente al puerto. La cámara hacía lo que las cámaras hacen en estos casos: enfocaba la cara del tipo, la nuca de ella, dejaba el resto a la imaginación. Yo estaba duro. Estaba duro como hacía mucho que no estaba duro, y mi hermana lo sabía, porque su pie estaba apoyado contra eso.

Justo antes del clímax de la escena, el living se quedó a oscuras.

—No, dale —protesté.

—Se cortó la luz.

El viento metió una ráfaga contra la ventana. La única luz que quedaba era la de la chimenea, que pintaba el living de naranja y proyectaba sombras temblorosas sobre las paredes. La tele negra. El silencio raro. Y el pie de Camila todavía apoyado donde estaba.

—Se cortó en la mejor parte —dijo ella, en voz muy baja.

Y movió el pie.

Lo movió sobre mi entrepierna, despacio, una vez, dos veces, tres. Sin urgencia. Como quien se asegura de algo. Yo dejé de respirar. Una parte de mí —la parte adulta, la parte hermano mayor, la parte que sabía perfectamente que esto no podía pasar— quiso levantarse, decir alguna estupidez, irme a la cocina, cerrarle la puerta, lo que fuera. La otra parte se quedó quieta y dejó que pasara.

—¿Qué hacés? —murmuré.

—Nada.

***

Pasaron unos segundos largos. La lluvia volvió con fuerza afuera. Los troncos crujieron en la chimenea. Yo no sabía dónde poner las manos.

—¿Qué sabés vos de estas cosas? —pregunté, porque no se me ocurrió otra cosa.

Ella se rio bajito.

—No mucho. Lo hice dos veces.

—¿A quién?

—A un compañero del cole. Y a un tipo en una fiesta el verano pasado.

Lo dijo como si me estuviera contando lo que había desayunado. Sin culpa, sin vergüenza. Como una confesión menor que en realidad no era menor para nada. Yo seguí mirando la chimenea, los reflejos rojos lamiendo las paredes, y sentí cómo una corriente eléctrica me bajaba por la columna.

—Vos podés ser el tercero —dijo entonces—. Si querés.

—Camila.

—Mateo.

—Somos hermanos.

—Ya sé.

Lo dijo sin levantar la vista de la chimenea. Como si hubiera estado esperando ese momento durante mucho más tiempo que la película. Yo abrí la boca para decir alguna otra cosa razonable y no me salió nada. Tenía la boca seca. Tenía un peso en el pecho que era mitad miedo y mitad otra cosa que no quería nombrar.

Ella se movió. Se deslizó debajo del acolchado como un pez nadando, se acomodó entre mis piernas, y antes de que yo pudiera procesar la imagen me bajó el jogging hasta la mitad de los muslos. Sentí el aire frío del living. Sentí su aliento tibio. Sentí cómo me agarraba con una mano que temblaba un poco y se inclinaba sobre mí con cuidado, sin saber del todo qué hacer pero queriendo hacerlo igual.

***

Le costó al principio. Tosió, se rio bajito, lo intentó de nuevo. Yo tenía las dos manos a los costados, sobre el sofá, sin saber qué hacer con ellas. No quería tocarla. Tocarla era cruzar otro umbral, y ya había cruzado demasiados. Pero sus enrulos rozaban mis muslos cada vez que se movía, y al final apoyé una mano sobre su nuca, despacio, sin presionar, solo para sostenerla.

—Más lento —dije.

—Decime cómo —respondió ella, separándose un segundo.

—Con la lengua. Sin dientes.

Asintió. Volvió a probar. Esta vez fue mejor. Mucho mejor. Y por un rato largo el living se llenó solo del crepitar de los leños, de la lluvia afuera, y de los ruidos contenidos que ella hacía cuando levantaba la cabeza para tomar aire.

Cuando sentí que estaba cerca, le aparté la cara con la mano. No quería terminar así. No todavía. Ella me miró con los ojos brillantes y la boca entreabierta, los lentes empañados, una mancha húmeda en la barbilla. Estaba preciosa. No «linda para ser mi hermana», preciosa de verdad. Y me dio una culpa enorme y, al mismo tiempo, me dio igual.

—Vení —le dije.

Se subió a horcajadas. Le levanté el camisón hasta la cintura y le bajé la bombacha hasta los muslos. Ella se aferró a mi cuello. Estaba tan mojada que no necesitamos nada más que un movimiento para que entrara.

—Despacio —pidió, y enterró la cara en mi hombro.

***

Acordate del condón, pensé tarde. Pero no había manera de moverse de ahí. La lluvia volvió a soltar una bomba afuera, las ventanas vibraron, y Camila empezó a moverse arriba mío con un ritmo desordenado que no se parecía a nada que yo hubiera tenido antes. Sus uñas se me enterraron en los hombros. Su boca pegada a mi cuello dejaba una humedad que se enfriaba al instante. La chimenea seguía pintando la escena de naranja, y en algún momento mi cabeza dejó de pensar y se entregó a la cosa entera, a la barbaridad entera.

Cuando ella terminó, lo hizo con un grito que tapó el ruido de la tormenta. Apretó los muslos contra mis caderas, se quedó dura un instante y después se desplomó encima de mí como si le hubieran cortado los hilos. Yo aguanté un poco más, la levanté, terminé afuera contra la tela del acolchado marrón, con la cara contra su pelo, sin decir nada.

Después nos quedamos quietos. Mucho rato. Hasta que la luz volvió, parpadeó un par de veces y se quedó fija. La tele se prendió sola con un menú de DVD en bucle. Camila se incorporó despacio, se acomodó el camisón, me miró sin sonreír.

—¿Estás bien? —pregunté.

—Estoy bien.

—¿Te arrepentís?

Negó con la cabeza. Se quedó un segundo en silencio, mordiéndose el labio.

—¿Mañana podemos otra vez?

***

Mis viejos volvieron tres días después de lo previsto. Un arroyo se había desbordado y cortó la ruta. Para entonces, Camila y yo lo habíamos hecho en el sofá, en el cuarto de papá, en mi pieza y dos veces en la cocina, contra la mesada, con el ruido del agua tapándolo todo.

Después de esa semana la cosa siguió un tiempo más, callada, escondida en cumpleaños y en tardes en las que mis viejos no estaban. Hasta que ella se recibió, se mudó al departamento de una tía, conoció a un pibe del trabajo y se casó. Tiene dos chicos ahora. La voy a visitar cada tanto, los días en que llueve fuerte y no puedo evitar pensar en aquel viernes. A veces, cuando me abre la puerta, me mira un segundo de más, y los dos sabemos en qué estamos pensando. Después me pregunta si quiero un café, los chicos vienen a abrazarme las piernas, y la vida sigue.

Pero la lluvia, cada vez que cae fuerte, me devuelve a esa noche. Al fuego. Al apagón. A su pie subiendo despacio por mi muslo.

Y todavía no sé si me arrepiento.

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Comentarios (5)

LautaroMdQ

Excelente!!! Me quede con ganas de mas, espero que sigas

Meli2003

Por favor seguí con esto, la tension que construiste fue increible. Necesito saber que pasa despues

GusJav30

uno de los mejores que lei en mucho tiempo, en serio

RiojaLector

La tormenta como fondo fue muy buena idea. Le da ese ambiente donde todo puede pasar y nada se puede negar despues. Muy bien jugado

playero33

jajaja ese detalle del pie... no lo vi venir. Tremendo

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