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Relatos Ardientes

La primera noche con mi tía y el secreto que guardamos

Aquel curso de Arquitectura me obligaba a vivir entre semana en casa de mis tíos. La universidad quedaba a dos horas en tren del pueblo de mis padres, y la solución más barata fue aceptar la habitación que mi tía Beatriz tenía libre en el piso de arriba. De lunes a viernes dormía allí; los fines de semana volvía con mis padres. Mi tío Mauricio, hermano mayor de mi madre, trabajaba como viajante comercial y pasaba semanas enteras fuera, recorriendo el norte del país con el coche cargado de muestras.

Mi tía tenía treinta y tres años, dos hijos pequeños —Lucas, de seis, y Camila, de cuatro— y un cuerpo que llevaba meses obligándome a mirar al suelo. No era una belleza convencional, pero tenía algo que me desordenaba la cabeza: caderas anchas, pechos generosos algo descolgados de las dos lactancias, una boca grande y unos ojos castaños que se quedaban demasiado tiempo en los míos. Yo la espiaba sin querer cuando se inclinaba a recoger los juguetes del salón, cuando salía del baño envuelta en una toalla, cuando se sentaba a desayunar con la bata mal cerrada.

—¿Más café, Andrés? —me preguntaba sin levantar la vista del periódico.

—No, tita, gracias —respondía yo, apretando los muslos por debajo de la mesa.

Por las noches era peor. La pared de mi habitación daba directamente con la suya. Cuando Mauricio estaba de viaje, podía oírla moverse en la cama, pasarse las horas dando vueltas y, alguna que otra noche, oír el ritmo amortiguado de su respiración cuando se masturbaba. Yo me quedaba quieto, conteniendo el aliento, con la mano metida dentro del calzoncillo y la cara hundida en la almohada para no hacer ruido.

Llevaba ya unos meses así cuando empecé a oír las discusiones. Mauricio volvía de los viajes agotado, cenaba en silencio, se duchaba y se metía en la cama. Una madrugada salí del baño y los oí discutir tras la puerta entreabierta de su dormitorio.

—Siempre estás cansado, Mauricio. Siempre. Llevamos así desde que nació la niña —decía ella con voz baja y rabiosa.

—Beatriz, déjalo. Mañana arranco a las cinco.

—Algún día vas a volver de un viaje y no vas a poder entrar por esta puerta.

Me quedé clavado en el pasillo, descalzo, escuchando. Aquella amenaza me sacudió por dos motivos: porque mi tía estaba sufriendo de verdad y porque, en algún rincón vergonzoso de mi cabeza, una voz me dijo que tal vez había una oportunidad para mí.

***

La tarde que todo cambió fue un martes de finales de octubre. Salía de la facultad con un par de compañeros, dispuesto a perder el tiempo en el bar de siempre, cuando me sonó el teléfono.

—Andrés, ¿puedes volver pronto hoy? Lucas tiene que entregar mañana una tarea de inglés y yo no le puedo ayudar. Tú lo hablas mejor.

—Voy para allá, tita.

Colgué y me despedí de los demás con una excusa cualquiera. En el tren de vuelta tenía las manos sudadas. Mauricio llevaba ocho días de ruta por Galicia y aún le quedaban otros cuatro. Iba a estar a solas con ella en la cocina, con los críos jugando en el salón, y por primera vez tendría una excusa real para quedarme cerca.

Cuando me abrió la puerta, llevaba la bata de seda azul que siempre olía a lavanda. Le sonreí, le di un beso rápido en la mejilla y me fui directo a la mesa de la cocina con Lucas. Estuve casi una hora con el niño explicándole los verbos irregulares y haciéndole repetir frases sencillas. Beatriz nos rondaba: ponía la cena, removía algo en una olla, abría y cerraba cajones. Yo notaba sus piernas pasar a mi lado y cada vez que se inclinaba para sacar algo del horno se me iban los ojos.

A las nueve, Lucas y Camila ya estaban acostados. Beatriz me sirvió un plato y se sentó frente a mí. La bata se le había aflojado un poco y el escote dejaba ver el borde de un sostén color hueso. Comimos en silencio durante un par de minutos. Después me apoyó los dedos en el dorso de la mano.

—Andrés, mírame.

Levanté la vista, asustado.

—Llevas semanas mirándome de una forma que no me parece la de un sobrino.

Sentí que la sangre se me escapaba de la cara y se me iba toda a la entrepierna al mismo tiempo. Quise decir algo, pero la voz se me quedó atascada.

—Perdona, tita. Es que… estás muy guapa con esa bata. No quería incomodarte.

Se mordió el labio y sonrió de medio lado. No era una sonrisa de tía.

—No me incomodas. Me extraña, que es distinto.

Se acercó, me cogió la cara con las dos manos y me dio un beso corto en la boca. Apenas un roce. Se separó, esperó mi reacción y, al ver que yo no me apartaba, se inclinó otra vez. Esta vez fue más largo. Su lengua entró despacio. Sabía a vino tinto y a algo dulce que no supe identificar.

—Tita —murmuré cuando me dejó respirar—, sé lo que pasa entre el tito y tú. Os oí discutir hace unas semanas.

Se le borró la sonrisa de golpe.

—¿Nos espías?

—No. Salí a beber agua y os oí sin querer.

Se quedó mirando el mantel. Al cabo de unos segundos, sus ojos se llenaron de lágrimas que no llegaron a caer.

—Mauricio hace meses que ni me toca. Vuelve, duerme, se va al bar con sus amigos, vuelve, duerme. Desde Camila lo hemos hecho tres veces. Tres en cuatro años.

Yo no sabía qué decir. Le aparté un mechón de la frente.

—Yo no podría. Si tuviera una mujer como tú en casa, no tendría tiempo ni de mirarme las uñas.

—Mira el sobrino, ahora me sale poeta —dijo, y se rio bajito.

—Hablo en serio, tita.

—Pues los hombres habláis mucho. La mitad de lo que decís sobra. A la hora de la verdad pocos hacen lo que prometen.

—Yo cumpliría.

Lo dije sin pensar. Ella levantó la cabeza muy despacio.

—¿Cumplirías qué, exactamente?

Tragué saliva. Estaba en un acantilado y los dos lo sabíamos.

—Lo que hiciera falta. Todas las veces que hiciera falta.

***

Me cogió de la mano y me llevó por el pasillo hasta su dormitorio. Cerró la puerta con seguro. Yo respiraba como si hubiera subido cuatro pisos. Ella se detuvo a un paso de la cama, se quitó las zapatillas y se desató el cinturón de la bata con una calma que me pareció imposible.

—Esto no se cuenta nunca, Andrés. Ni a un amigo, ni a una novia, ni a tu madre el día que se te suelte la lengua después de unas copas. Nunca. ¿Lo entiendes?

—Lo entiendo, tita.

—Y deja de llamarme tita ahora mismo.

Asentí. Ella dejó caer la bata. Debajo llevaba un sostén color hueso y una braga sencilla, también clara. Se desabrochó el sostén sin dramatismo, como si se preparara para dormir, y los pechos cayeron pesados, redondos, con los pezones oscuros y duros. Se bajó la braga con un gesto rápido. Tenía las caderas marcadas de las dos cesáreas y un vello castaño bien recortado.

—Quítate la ropa.

Lo hice torpe, tropezando con los pantalones. Cuando me bajé el calzoncillo, mi polla saltó hacia arriba con tanta fuerza que casi me hizo daño. Beatriz se quedó muy quieta mirándola.

—Joder, sobrino. Tu tío no la tiene ni parecida.

Se acercó, me la cogió con la mano y me la apretó despacio, midiéndola con los dedos. Yo estaba a punto de correrme solo con eso.

—Tita, espera, espera, que me…

—Beatriz —corrigió—. Y aguanta.

Me empujó con la otra mano hasta que caí sentado en el borde de la cama. Se arrodilló entre mis piernas y me la metió en la boca sin preámbulos. No fue una mamada elegante de revista. Fue caliente, profunda, con las dos manos sujetándome los muslos y la lengua presionando justo debajo del glande. Yo le miraba la nuca y los hombros y una franja de pecho que se balanceaba con cada movimiento, y pensaba que aquello no podía estar pasando en la misma casa donde por la mañana había desayunado tostadas con sus hijos.

Aguanté lo que pude. Cuando sentí que se me encogía todo, le tiré del pelo hacia atrás.

—Para. Por favor, para.

Se incorporó con la boca brillante y los ojos muy abiertos.

—Túmbate.

Obedecí. Ella subió a la cama, pasó una pierna por encima de mí y se sentó a horcajadas. Me cogió la polla con una mano, la guio entre sus labios mojados y se dejó caer despacio, mordiéndose el labio inferior, hasta que se sentó del todo y mis testículos quedaron aplastados contra ella. Sentí un calor que no había sentido nunca.

—Madre mía —susurró con los ojos cerrados—. Madre mía, sobrino.

Empezó a moverse en círculos pequeños, sin levantarse del todo. Yo le agarré las caderas y le marqué el ritmo. A los dos minutos la cogí por la cintura, la levanté y la giré. Quedó de espaldas en el colchón con las piernas abiertas. Volví a metérsela y empecé a follarla en serio, despacio al principio y luego más rápido, mientras ella me clavaba las uñas en los hombros y se mordía la mano libre para no gritar.

—Más, sobrino, más. No pares. No te atrevas a parar.

La cama crujía. Una de las lámparas de la mesilla temblaba a cada embestida. Yo intentaba pensar en cualquier otra cosa para aguantar: en los apuntes de cálculo, en el partido del domingo, en el ruido del tren de las siete. No me servía de nada. Beatriz tenía la cara enrojecida, el pelo pegado a la frente y un brillo de sudor entre los pechos.

—Voy a correrme —le avisé.

—Dentro. Córrete dentro.

—Pero…

—Córrete dentro, te he dicho. Hoy quiero sentirlo.

No me hizo falta más. Empujé hasta el fondo y me vacié con un temblor que me bajó por los muslos. Ella se arqueó, me apretó las piernas alrededor de la cintura y dejó escapar un sonido ahogado contra mi cuello. Me quedé encima unos segundos, sin moverme, con la cara hundida en su pelo, escuchando cómo respirábamos los dos.

—El mejor polvo de mi vida —dijo al cabo de un rato, con los ojos cerrados.

Esa noche dormí en su cama. Lo hicimos otras dos veces, una a las tres de la mañana y otra al amanecer. Salí de su habitación a las siete y media con el cuerpo deshecho y la sensación rara de no saber quién era yo en aquella casa.

***

Mauricio volvió tres días después. Yo me las apañé para no cruzar la mirada con Beatriz delante de él. Por las noches, cuando él dormía, ella entraba en mi habitación descalza, se metía en mi cama sin decir nada y me follaba en silencio hasta que yo le tapaba la boca con la mano.

Pasó un mes. Una tarde, al volver del campus, me la encontré sentada en el sofá con un test de embarazo en la mano y una sonrisa que no supe interpretar.

—Es tuyo —dijo sin más.

—¿Cómo lo sabes?

—Por las cuentas, sobrino. Esto se sabe. Me quedé embarazada la primera noche.

Sentí un mareo y tuve que sentarme. Pensé en mi tío conduciendo en ese mismo momento por una autopista, pensando que volvía a una casa que ya no era exactamente la suya.

—Beatriz, esto es una locura. ¿Y si sospecha?

—No va a sospechar. Cuando vuelva esta semana, voy a hacerlo con él dos noches seguidas. En tres semanas le digo que estoy embarazada y se cree el padre del niño. Mauricio no es un hombre que haga cuentas.

Y así fue. Ocho meses más tarde nació un niño moreno, sano y muy parecido a mí cuando era bebé, aunque nadie lo notó porque la familia tiene los rasgos repetidos. Mauricio lo cogió en brazos en el hospital con los ojos brillantes y le dijo a mi tía que le había dado el mejor regalo de su vida. Yo estaba en la sala de espera, fingiendo que era solo el sobrino que pasaba a saludar, y noté que algo dentro del pecho me dolía de un modo nuevo.

Beatriz y yo seguimos viéndonos durante años, con preservativo a partir de entonces. Aquel niño es ya un adolescente alto y callado que algún domingo me pide que le ayude con los deberes. Yo le miro desde el otro lado de la mesa, le explico lo que necesita y le revuelvo el pelo cuando se va. Nadie sabe lo que sé yo. Nadie lo va a saber nunca. Es un secreto que cabe en una sola frase y que mi tía y yo nos prometimos no decir en voz alta jamás.

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Comentarios (5)

SrMaduro

Tremendo relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

Rodolfo_BA

Por favor que haya segunda parte, se hizo cortísimo y quede con muchas ganas de mas jajaja

CristinaRos

Me recordo a algo que viví hace años... esas cosas que uno no olvida por mas que pasen los años.

Miguelin77

Y despues de esa noche? siguieron viendose? quede con la intriga jaja

Luca_BA

Muy bien narrado, la tension del principio engancha desde el primer parrafo. Sigue publicando!

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