Mi hija me llamó por mi nombre por primera vez
Cuando me habló al oído, esa noche, lo hizo con las mismas palabras que veintidós años atrás había susurrado su madre, una madrugada en un departamento prestado, mientras yo le rogaba que me dejara ser el primero.
—Despacio, por favor.
Fue lo único que pude responder. Cualquier otra cosa me habría desarmado la voz.
—Me hacés el hombre más feliz del mundo —agregó ella, y me besó la barba.
Entré despacio, como me lo pedía, y también porque yo quería sostener cada segundo de ese momento dentro de la cabeza, intacto. La tengo normal de largo, gruesa más que nada, y cuando ya estaba todo adentro me quedé quieto. Sentía cómo Camila me apretaba con un latido que no venía de ningún músculo en particular, sino del cuerpo entero. Nunca había sentido algo así. Su madre, en sus mejores noches, no se le acercaba.
—Ya estoy adentro tuyo del todo, mi vida —le dije—. De ahora en más te doy hasta donde el cuerpo aguante. O hasta donde vos quieras.
—Cogeme, papá. Como deseaba tenerte así.
—Sos hermosa, Cami. Y este pedazo tuyo más todavía. Los labios se te abren como pétalos cuando te excito. No sé si me gusta más comerte que estar adentro, pero esta vez quiero terminar acá. ¿Puedo? —le susurré contra la oreja.
—Sí, mi amor. Quiero sentirte caliente adentro.
—¡Mi nena... ahg... aaagh!
Y me vine. Sentí cómo me cabeceaba contra el fondo de ella, y sus manos buscaron mis nalgas para que no me retirara ni un centímetro. Caí a su lado en la cama, sin aire, mirando el techo y un punto fijo de la cornisa donde la pintura empezaba a saltarse.
—Esto fue rápido, Mariano.
Era la primera vez que me llamaba por mi nombre. Y me gustó. Si me decía papá en ese momento, todo se me iba a quebrar en la cabeza. Llamarme Mariano me daba una distancia mínima, suficiente para no sentirme en falta con un Dios al que de todos modos hacía décadas no le rezaba.
—Es que me vengo imaginando esto desde la noche que volviste —contesté—. Te prometo que la próxima voy más lento.
Me recuperé en pocos minutos. Ella me besaba el hombro, la clavícula, y me acariciaba con la palma abierta, despacio, sin apuro, hasta que sintió que el cuerpo me volvía.
—Cami, quiero darte vuelta. Quiero verte ese culo mientras te cojo. ¿Me dejás?
Cuando se puso en cuatro, me arrodillé detrás. Le bajé del todo la bombacha que se había quedado a media pierna y la usé para secarle el sudor entre los muslos. Después me prendí como un ternero, con los labios sobre los suyos, y le pasé la lengua larga, sin apuro, mientras le separaba las nalgas con las dos manos. El centro le quedó a la vista, marrón claro, con esas pequeñas estrías que parecían apuntar al ojo del medio. Lo lamí también, porque no pude evitarlo, y ella pegó un saltito.
—Papito, esa parte no, que no entrás.
—Tranquila. Ahora solo te quiero comer entera.
Puse la lengua en punta y le hice barreno ahí, despacio, mientras con la mano libre le acariciaba el clítoris. Camila se mojaba de a poquito, soltaba pequeños temblores, no orgasmos completos sino preorgasmos que la dejaban más cerca del filo cada vez.
—¿Le gusta a la nena lo que le hace este viejo degenerado?
—Este viejito me está matando de placer.
Estuve un rato largo entre sus piernas, alternando entre la concha y el culo, hasta que sentí que si no la cogía me iba a venir solo de mirarla. Apunté a su sexo y la fui metiendo despacito, sin sacarme del todo nunca, gozando del culo que tenía adelante de los ojos como me había gustado gozar del culo de su madre, en otra vida.
Estuve embelesado en esa posición un tiempo que no podría medir. Me sacó del trance su grito.
—Dale, Mariano. Dame, papitooo.
Esa mezcla de mi nombre y la palabra que no debería haber dicho me hizo terminar al grito de:
—Tomá, Cami, tomá.
Más que un orgasmo, fue una transfusión. Caí sobre la cama como si me hubieran soltado los cables de la espalda. Tenía hambre. Tenía un hambre absurda, como cuando uno termina un partido largo en el club.
—Tengo hambre. ¿Te comerías unos sándwiches?
—Bueno, nena, ha sido demasiado para este viejo. Me baño, como algo y a la cama.
—Nos bañamos, comemos y volvemos a la cama —me corrigió, mientras se incorporaba con la sábana enredada en una pierna—. Desde hoy hacemos todo juntos. ¿Sí?
Asentí con la cabeza, todavía sin aire para más palabras.
***
Cuando me desperté ya eran las nueve. Tarde para mí, que abro la veterinaria a las ocho. Llamé a Damián, mi socio, le pedí que se hiciera cargo de las consultas del día y me tomé la jornada libre. Yendo al comedor sentí olor a café recién hecho y a tostadas con manteca. Camila estaba de espaldas en la cocina, con una remera mía que le tapaba apenas las nalgas, sirviendo dos tazas.
—Hola, dormilón.
La tomé de la cintura, apoyando la pelvis sobre su trasero, como hacía con su madre veinte años atrás, y le di un beso en la curva del cuello, donde Lorena tenía un lunar y Camila tiene una constelación de pecas finas.
—Mmh. ¿Este señor está pidiendo el mañanero?
—No, no. Antes tenemos que hablar.
—Pensé que ya habíamos hablado anoche.
—Anoche dijiste que de ahora en más hacemos todo juntos, y yo asentí. Pero hay cosas que aclarar, porque esto que estamos haciendo no es un matrimonio, no es un concubinato. La sociedad lo llama incesto, Cami, y tenemos que ponernos de acuerdo en pautas de convivencia y en lo que viene.
—Bueno —dijo, no muy convencida—. Hablemos.
—Almorzamos juntos. Yo mientras tanto me pongo al día con unos papeles del estudio contable. ¿Te parece?
***
Cuando nos sentamos a almorzar, entre risas tímidas y miradas que no terminaban de saber dónde apoyarse, dimos cuenta de un guiso de lentejas que ella había preparado mientras yo firmaba facturas. De sobremesa, con una copa de tinto en la mano, empecé.
—Cami, cuando volviste de Madrid no me imaginé en la vida un regalo así. Estoy maravillado. Nunca pensé que iba a hacer lo que estoy haciendo. Pero no estoy arrepentido.
—Papi, yo...
—Dejame seguir. Algunas cosas las tenemos que fijar ahora. Primero, acá adentro de casa me podés llamar como quieras: papá, papito, Mariano, lo que te salga. Yo, por respeto a tu madre, no te voy a llamar más hija dentro del dormitorio. Afuera de casa soy tu papá y como tal me tratás siempre. Hasta acá, ¿estamos?
—Estamos.
—Ahora la parte difícil. Yo tengo cuarenta y nueve años, Cami. En diez voy a ser un viejo, en quince voy a ser un viejo muy viejo. Vos tenés veintitrés. Te puede pasar de enamorarte de alguien de tu edad, o de cualquier edad, y que esto que estás sintiendo por mí se te termine. ¿Pensaste eso?
—Sinceramente, no.
—Quiero que me prometas una cosa. El día que aparezca alguien, o que esto deje de ser lo que sentís ahora, me lo decís. No me atás a tu vejez, no me hacés escenas. Me lo decís y listo.
—Te lo prometo.
Después dormí una siesta, costumbre que me agarré desde que Lorena ya no estuvo. A la tarde salimos a tomar un café por el centro y volvimos con comida tailandesa y una botella de Malbec, porque la noche prometía ser especial.
***
Cenamos uno frente al otro, con guiños y promesas tontas, como cualquier pareja recién armada. Al terminar nos sentamos en el sillón, encendí el televisor, pero no llegamos a elegir nada. Empezamos a besarnos y manosearnos, así estuvimos un rato hasta que ella se levantó y me tomó la mano.
—Vamos al dormitorio. Estamos más cómodos.
A los pies de la cama, casi desnuda, la giré despacio. Quedamos frente a frente. Tomó la iniciativa, se colgó de mi cuello y me besó como si la besaran por primera vez. Una mano se le escapó del cuello y bajó lentamente, hasta meterse dentro de mi slip y agarrarme.
Empecé a recorrerle el cuerpo con las palmas. Le descubrí cada bahía, cada ensenada, como si fuera la primera persona en pisar esa costa. Le desabroché el corpiño y aparecieron los pechos pequeños, firmes, con pezones oscuros que pedían boca. Sus ojos, almendrados como los de su madre pero más vivos, me miraban con ese brillo que tienen las mujeres cuando ya decidieron. Le tomé un pezón con los labios, le pasé la punta de la lengua, y se le erizó al instante. Las manos me bajaron por la planicie morena de su piel hasta el triángulo de la bombacha. Lo sentí tibio, mojado. Corrí la tela con los dedos y le toqué los labios. Tuvo un pequeño espasmo que me dijo todo lo que necesitaba saber.
Nos sacamos lo poco que quedaba. Ya desnudos, le besé centímetro a centímetro la piel hasta llegar al premio. Me sumergí en su sexo, coronado por unos labios hinchados que parecían pedir mordida apenas. Le di un orgasmo rápido, casi sin querer, mientras todavía estaba acomodándome.
Los gemidos llenaban la habitación. La iluminaba apenas el reflejo amarillo de los faroles de la calle, que entraba filtrado por la persiana. Esa luz me dejó ver cómo se ponía en cuatro, ofreciéndome todo, sin disimular. Me ubiqué detrás. Conecté los cuerpos, entrando de a poco. Quería que durara.
Ya entero adentro, empezamos el juego que tanto íbamos a aprender a jugar: el ritmo del pongo y saca, los gemidos cada vez más fuertes, las manos que buscan algo de qué agarrarse en la sábana.
—Aaag, sí, sí, papito, cómo te siento.
Mis bolas le golpeaban la entrepierna con un movimiento rítmico, lento, hasta que nos enganchamos en una sincronización rara, casi épica. La penetraba lento y cada vez más rápido. Sentía cómo sus músculos internos me apretaban, como si no me quisieran soltar. Aguantaba el semen que pugnaba por salir. Quería seguir y no terminar.
Sé que no debería haberme sentido así con el cuerpo de mi hija. Pero la pasión que me imponía Camila me llevaba a un punto en el que la cabeza dejaba de razonar. Saqué los pensamientos de adentro y me dejé llevar.
Saber que cada gemido lo provocaba yo me incendiaba. Sus caderas se mecían en un vaivén fuerte. Estiré la mano para tomarle el pecho que pendía oscilante, el pezón duro me invitaba a jugar. El orgasmo se me venía. Salí de adentro, justo a tiempo. Su cara de sorpresa me hizo sonreír. Hundí la cara entre sus muslos y empecé a buscarle el clítoris con la lengua, a navegar entre los pliegues. Sus jugos me invadían las papilas, agridulces, calientes. No necesité demasiado. El orgasmo de ella fue corto y explosivo, le sacudió las piernas y le tensó los dedos del pie.
Sin dejar pasar el momento, retomé la posición. Esta vez me metí de un golpe, casi con violencia. Los cuerpos chocaban con un ruido entre acuoso y de palmada. Empezó a gemir de nuevo, fuerte, y eso me hizo terminar. Le solté todo adentro, y ella, al sentirme caliente, detonó otro orgasmo encima del mío.
Sentí cómo el líquido nos unía y bajaba por mis testículos.
—Papito, te amo. No quiero que esto se termine nunca.
—Yo quiero seguir queriéndote así, Cami, hasta que el cuerpo no me dé más.
Me dormí abrazado a su espalda, con la cara hundida en su pelo, escuchándola respirar. Mañana habría que ir a la veterinaria. Pasado, también. Y dentro de un mes habría que decidir qué le íbamos a contar a su tía, a los vecinos, al mundo entero. Pero esa noche, con su pelo metido en mi boca y su mano agarrando la mía debajo de la sábana, no había mañana.