Mi cuñada me esperó con una sorpresa prohibida
La vida tiene la costumbre de soltarte sorpresas justo cuando crees que ya nada te puede mover. La que voy a contar fue una de ésas. Pasó hace un par de semanas y todavía me sigue volviendo a la cabeza cada vez que me quedo solo en el departamento.
Tengo cincuenta años. Vivo solo desde que me separé de Bianca, y los jueves siempre fueron el día más largo de mi semana. La oficina cierra tarde, vuelvo cansado y el departamento huele a nadie. Esa noche llegué temprano por excepción, me descalcé en el pasillo y pasé el dedo por el contestador casi por inercia.
—Damián —decía la voz de Renata—, no cocines. Te esperamos a cenar. Tu mejor cuñada.
Renata es la hermana menor de Bianca, y siempre fue, durante el matrimonio y después, la única de esa familia que me trató como si todavía valiera algo. Solía bromear con que me iba a tener «en condiciones» para cuando su hermana entrara en razón. La broma se repetía tanto que un día dejó de ser solo una broma.
Me bañé rápido, me abrí una cerveza fría para sacudirme el cansancio del cuerpo y manejé hasta su casa. Llegué un poco antes de la hora. Renata abrió la puerta con un vestido cruzado que no era el que uno se pone para una cena familiar de jueves cualquiera, y un perfume nuevo que tampoco era para mí, en teoría.
—Federico avisó que se queda un día más por un trámite —me dijo, ya con una copa en la mano—. Vamos a tener que arreglarnos los dos solos. Lucía está con el novio. ¿Tomamos algo mientras esperamos?
Asentí. Los dos compartíamos el gusto por el vodka, así que preparó un par de destornilladores y se acomodó en el apoyabrazos del sillón, justo del lado donde yo me había sentado. Con la excusa de meterme un almohadón en la espalda, se estiró sobre mí, y los pechos sueltos bajo la camisa de seda me rozaron el hombro. La primera vez podía haber sido casualidad. La segunda no.
—¿Estás cómodo, cuñado?
Está jugando, pensé. Y sabe perfectamente lo que hace.
Se sentó frente a mí en un puff bajo y empezó a hablar de cualquier cosa. No registré una sola palabra. La camisa se le abría dos botones más de lo prudente, y cada vez que cruzaba y descruzaba las piernas el dobladillo del vestido subía un centímetro nuevo. No era la primera vez que la veía. Era la primera vez que me dejaba mirar así.
Llevaba más de dos meses sin tocar a una mujer, y mi cuerpo no estaba dispuesto a fingir educación. Renata se dio cuenta. Sonrió, se humedeció el labio inferior con la lengua y dejó la copa en el piso, sin apuro.
—Te gusta lo que ves —dijo. No era una pregunta.
—Estás haciendo todo lo posible para que me guste.
—Estoy haciendo todo lo posible para que dejes de aguantarte.
Me incliné, le pasé la mano por la nuca y la besé sin preguntarle nada. Tenía gusto a vodka, a cigarrillo lejano y a algo que yo no había probado en años. Se separó apenas, con los ojos brillantes, y se dejó caer de rodillas entre mis piernas.
—Antes de que me arrepienta —murmuró, y me bajó el cierre.
No se anduvo con ceremonias. Me tomó la verga con las dos manos, la miró un segundo como midiendo lo que tenía adelante y se la metió entera en la boca, con los ojos fijos en los míos. Dos meses de abstinencia se acumulan en cualquier parte. En ese momento se me acumularon en la columna y tuve que agarrarme del respaldo del sillón para no perder pie.
—Tranquilo —dijo, sin sacársela del todo—. Tenemos toda la noche.
Tenía una técnica que no se aprende en un par de noches. Subía despacio, apretaba con la lengua justo abajo del glande y bajaba otra vez hasta el fondo, sin desviar la mirada. Cuando empezó a sentir que me venía, me agarró las nalgas con las dos manos y aceleró. Quise avisarle. Ella negó con la cabeza. Hizo un gesto pequeño, urgente, casi mudo: vente.
Cerré los ojos, eché la cabeza hacia atrás y la dejé tragarse todo. No perdió una sola gota.
—Vas a tener que quedarte así un rato —dijo, riéndose, mientras se limpiaba el labio con el pulgar—. Pero no demasiado. Esto apenas empieza.
***
Le levanté la cabeza, la besé en la boca sin asco, y después la di vuelta sobre el sillón. Le tenía ganas desde hacía años, desde aquel verano en el que la había visto en bikini al borde de la pileta y había decidido no volver a mirarla así. La promesa duró lo que duran las promesas frente a una mujer que de verdad te quiere arriba.
Le abrí las piernas y bajé. Estaba tan mojada que apenas pude pasarle la lengua dos veces antes de que me agarrara del pelo y empezara a moverse contra mi boca. Gemía como un animal cansado de fingir, dejaba caer la cabeza hacia atrás y me clavaba los talones en los hombros. Ella también venía de un período largo de sequía, lo entendí ahí mismo.
—Ven, ven ya —me pidió, tirándome del pelo hacia arriba—. Quiero sentirte.
Me levantó con las dos manos, me empujó contra el respaldo y se subió encima. Se ensartó sin pausa, sin pedir permiso, y empezó a moverse con una potencia que me sorprendió. Subía y bajaba clavándome contra el sillón, los pechos rebotando a la altura de mi cara, los ojos fijos en los míos.
—Se nota que la conoces bien —le dije con la voz ronca.
—Hace años que quiero conocerla así. Cállate y cógeme.
Se vino primero ella, en menos de cinco minutos. Pensé que se había venido en serio, pero apenas terminó de sacudirse me agarró la cara y me dijo:
—Eso fue de muestra. Soy multi. Lo que viene en serio te lo voy a pedir distinto.
Se quedó arriba, moviéndose despacio, recuperando el aire. Después siguió: tres, cuatro, cinco veces. No los conté. Se venía con cada empujón fuerte, como si el cuerpo la hubiera estado esperando hacía meses. Cuando finalmente se bajó, todavía con las piernas temblando, me empujó contra el respaldo y se sentó al borde del sillón.
—Necesito decirte algo —dijo, mirándome la verga como si calculara una operación—. Federico no me da lo que necesito hace mucho. Por las mañanas me arreglo sola con el bidet, el chorro de agua tibia me hace venir, pero no es lo mismo. Lo que me acabas de hacer no me lo hace nadie. ¿Te queda otra ronda?
—Pregunta tonta.
—¿Te gusta mi culo?
La miré con la cara medio levantada hacia mí, los ojos brillantes, los pechos todavía rojos del roce.
—Pregunta más tonta todavía.
—Bueno —dijo, y la sonrisa se le movió un milímetro—. Porque ahí es donde quiero que termines.
***
Me bajé al piso, sobre la alfombra. Renata se trepó encima en cuclillas, los muslos abiertos sobre los míos, la mano derecha guiándome hacia la entrada. No quiso crema. Solo saliva, mucha, escupida directo, untada con dos dedos.
—Despacio al principio —me advirtió, no porque le doliera, sino porque pensaba hacerlo durar.
Bajó moviéndose en círculos, abriéndose con las dos manos, dejándome ganar centímetro a centímetro. La punta entró primero. Ella tragó saliva. Subió. Bajó otra vez, un poco más. Repitió la maniobra hasta que se dejó caer del todo y los glúteos quedaron apoyados contra mis muslos. La cara se le transformó.
—Cómo me llenas —susurró, casi como un rezo.
Empezó a moverse. No era un vaivén, era una coreografía. Subía recto, bajaba en círculos, apretaba en la mitad del recorrido y soltaba justo abajo. Sabía exactamente lo que hacía y disfrutaba que yo lo notara. Se inclinó hacia adelante, me puso un pecho en la boca y me pidió, sin palabras, que mordiera. Mordí.
—Más fuerte —dijo, y siguió moviéndose.
El orgasmo le llegó desde adentro, no desde la piel. Lo vi venir antes que ella. Empezó a temblarle el vientre, después los muslos, después la garganta. No gritó como antes. Rugió. Una palabra rota detrás de la otra, todas obscenas, todas dirigidas a mí o a ningún dios en particular. Se vino con la verga enterrada en el culo y sin apurar el ritmo, alargándolo, sosteniéndolo, hasta dejarme las piernas mojadas y los oídos zumbando.
—No pares —pidió cuando empezó a bajar.
—Ahora me toca a mí pedirte —dije.
—Me pongo en cuatro —respondió, ya bajándose—. Y vos te haces cargo.
Se acomodó en la alfombra, las rodillas separadas, la cara contra el piso, las dos manos abriéndose los cachetes para mostrarme exactamente dónde quería que entrara. La monté como un jinete, las nalgas entre mis muslos, las manos en su pelo. Empecé despacio. Duró tres movimientos. Después la calentura me ganó a mí.
—Más fuerte —pidió ella—. Más, dale.
Le di con todo. Le tiré del pelo, le marqué las nalgas con la mano abierta, le golpeé los testículos contra el sexo en cada empujón. Ella respondía empujando hacia atrás, encajando todo, pidiendo más. No era una mujer pidiendo cuidado. Era una mujer pidiendo que nada quedara guardado.
Cuando me vine no fue una explosión. Fue un derrumbe. Sentí la verga latiendo en cada chorro, los dedos clavándose en su cintura, la garganta soltando un sonido que no era un gemido. Era otra cosa. Caímos los dos hacia adelante, ella primero, yo encima, sin separarme, todavía dentro.
***
Tardamos en hablar. Ella se rió primero, una risa baja, ronca, satisfecha, mientras me corría el pelo de la frente con la punta de los dedos.
—Damián, me hiciste una mujer feliz. ¿Sabes una cosa? Todas las mujeres están buscando el punto G. Yo creo que encontré el mío hace tiempo, pero no es ése. Es el punto A. El anal. Puedo venirme de mil maneras, pero no estoy completa si no me la dan por ahí. Y tú sabes cómo darla.
—¿Vamos a comer? —pregunté, porque era lo único razonable que se me ocurrió decir.
—Primero nos bañamos —respondió—. Y después comemos. Y después seguimos. Federico vuelve mañana al mediodía. Tenemos toda la noche para nosotros.
Esa fue la primera. Hubo otras, muchas otras, y ninguna se pareció a las anteriores. Y un día también descubrí que Lucía, mi sobrina, había heredado de la madre algo más que el color de los ojos. Pero ésa, como dice el dicho, es otra historia.