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Relatos Ardientes

Aquella noche en el piso de mi hermana y mi prima

Voy a contar una historia que nunca le he contado a nadie. Es real, pasó hace unos años, y durante mucho tiempo me daba vergüenza recordarla. Después la fui asimilando como una etapa más de mi vida, y hoy, con la perspectiva del tiempo, la guardo casi como un tesoro: uno de esos secretos que todos llevamos por dentro y que nunca salen a la luz.

Aquel verano había bajado a Valencia para descansar unos días. Estaba quemado del trabajo, necesitaba salir de mi ciudad, y mi hermana Lucía me ofreció el sofá del piso que compartía con mi prima Carla. Las dos estudiaban Arquitectura y vivían en un apartamento pequeño cerca del centro, con un balcón estrecho que daba a una calle de naranjos.

Llevaba con ellas casi una semana cuando una noche decidimos salir a tomar algo los tres. No era la primera vez que salíamos juntos: cuando éramos críos, en las vacaciones de mis abuelos, las dos me arrastraban a todas partes. Pero había pasado mucho tiempo desde la última vez. Ahora ya no eran las niñas que se peleaban por la última galleta. Eran dos mujeres de veintipocos años que se habían vuelto guapas casi sin que yo me diera cuenta.

Empezamos la noche en un bar de tapas, seguimos en una terraza junto al río y terminamos en una discoteca que ponía música de los noventa. Bebimos demasiado. Reímos demasiado. Bailamos hasta que se nos pegaron las camisas a la espalda. De vez en cuando algún tipo se acercaba a alguna de ellas con esa sonrisa de cazador, miraba hacia mí y se daba media vuelta, convencido de que yo era pareja o novio o algo parecido.

—Si os estoy espantando a los hombres, me voy a una mesa y os dejo en paz —les dije al volver de la barra.

—Ni se te ocurra —contestó Carla, agarrándome del brazo—. Esta noche es nuestra, de los tres.

Lucía asintió y chocó su copa con la mía. Me besó en la mejilla, muy cerca de la boca, y se quedó un segundo más de lo necesario antes de apartarse. Lo achaqué al alcohol y a la música.

Hacia las dos de la madrugada nos cambiamos a un local más pequeño y allí Lucía se cruzó con un compañero de la facultad. Se llamaba Tomás, llevaba una camisa abierta hasta la mitad del pecho y la miró como si llevara meses esperando a encontrarla en cualquier sitio menos en clase. Se unió a nosotros. Bailaron pegados durante casi una hora.

***

Eran cerca de las cuatro cuando volvimos al piso. Lucía y Tomás iban delante, riéndose sin parar; Carla y yo, detrás, hablando de cualquier cosa para no pensar en lo que era evidente que iba a pasar. En cuanto cruzamos la puerta, mi hermana cogió a Tomás de la mano y se metieron en su dormitorio sin decir una palabra. La puerta se cerró con un golpe seco.

Me sentó raro. Lucía siempre había sido la pequeña, la que me preguntaba por los chicos del instituto, la que me pedía consejo sobre su primer novio. Ahora se encerraba con un hombre en su cuarto y a mí me tocaba hacer como si nada. Pero ya no era una niña, y era su casa.

—¿Quieres una infusión? —preguntó Carla quitándose los zapatos en mitad del salón—. Yo tengo el cuerpo demasiado revolucionado para dormir.

—Mejor un poco de agua —contesté.

Trajo dos vasos, encendió el televisor con el volumen muy bajo y se sentó a mi lado en el sofá. Hablamos de tonterías. De los abuelos, de un viaje a la sierra que habíamos hecho de críos, de un perro que tuvo de pequeña y que se había muerto el año anterior. La voz se le iba volviendo más baja y más lenta a medida que pasaban los minutos.

Y entonces, por debajo de la música del televisor, empezamos a oír los gemidos. Primero apenas un murmullo, luego más claros, los suspiros agudos de mi hermana mezclados con algún gruñido de Tomás. Carla y yo nos miramos, los dos rojos, y nos echamos a reír como dos críos a los que han pillado en la puerta de la habitación de los padres.

—Esto es surrealista —dije.

—Es Lucía —contestó ella encogiéndose de hombros—. Ya estoy acostumbrada.

Sin avisar, se inclinó hacia un lado y dejó caer la cabeza sobre mis muslos. Se acurrucó como un gato, mirándome desde abajo con esa sonrisa torcida que tenía desde niña. Yo, sin pensarlo, le puse la mano en la barriga, encima del jersey fino, y seguimos hablando.

Al principio no me fijé. Tardé dos o tres minutos en darme cuenta de que la falda corta que llevaba se le había subido al moverse y dejaba ver el principio de unas braguitas blancas. Aparté la vista, intenté concentrarme en la pantalla. Pero mis ojos volvían solos.

***

Los gemidos del otro cuarto subieron de tono. Lucía estaba pidiendo cosas en voz alta, con palabras que yo no quería oír de su boca. Sentí que se me empezaba a poner dura sin quererlo, y supe al instante que Carla se daría cuenta porque tenía la cabeza apoyada exactamente encima.

Hizo un movimiento muy lento, como si estuviera buscando una postura mejor, y se giró de lado. Ahora su mejilla rozaba el bulto de mis pantalones. No dijo nada. No me miró. Pero levantó un pie descalzo, lo apoyó en el respaldo del sofá y la falda se le subió del todo. Vi entonces, a la luz azul del televisor, la transparencia de las braguitas, los labios de su sexo marcándose contra la tela, una pequeña sombra de vello que la tela dejaba intuir.

—Carla… —dije en voz baja.

—Calla.

Abrió la boca y mordió suavemente, por encima de la tela del pantalón, la zona donde mi polla empezaba a apretar. No fue un mordisco fuerte, casi un beso con dientes, pero bastó para que perdiera el último resto de sentido común. Llevé la mano hasta sus braguitas, despacio, dándole tiempo de sobra para apartarme. No se apartó.

Estaban húmedas. Pasé los dedos por encima, una y otra vez, hundiendo la tela contra ella hasta que los labios quedaron a cada lado de la franja blanca. Eran rosados, carnosos, calientes. Carla se arqueó en el sofá y soltó un suspiro que no se parecía en nada a su voz de siempre.

Mientras yo la acariciaba, ella me bajó el pantalón con una determinación que no esperaba. No tenía prisa, pero tampoco dudaba. Sacó mi polla y se la metió en la boca como si llevara toda la noche pensando en ello. Su lengua jugó un par de segundos en la punta antes de tragársela entera. Pegué la cabeza contra el respaldo y cerré los ojos. Era mi prima. Era mi prima y yo estaba ahí dejando que me la chupara con mi hermana follando a tres metros de distancia.

Pasé los dedos por debajo de la tela y le toqué el clítoris. Estaba duro, pequeño, electrizado. Carla gimió con la boca llena y ese gemido vibró por toda mi polla. Le metí dos dedos. Empezó a moverse contra mi mano sin separarse, sin sacarme de su boca, los dos buscando ritmos distintos que poco a poco se acompasaron.

***

Se levantó de golpe. Sin sacarse la camisa, se quitó la falda y las braguitas de un tirón y se subió al sofá, una rodilla a cada lado de mi cabeza. Bajó hasta dejarme su sexo justo encima de la boca. Le agarré las nalgas con las dos manos, la atraje hacia mí y empecé a lamerla.

Recorrí todo el surco con la lengua, despacio al principio, luego con más fuerza. Cuando llegaba al clítoris, lo apresaba con los labios y lo soltaba sin dejar de mirarla desde abajo. Ella se mordía el dorso de la mano para no gritar y mover demasiado las caderas. Le metí la lengua todo lo que pude. Le pasé el dedo por el ano, sin entrar, solo dibujando pequeños círculos. Carla soltó la mano que se mordía y dejó escapar un gemido largo.

—No pares, no pares, no pares —repitió en susurros.

Sentí cómo todo su cuerpo se tensaba. Las piernas le temblaban a cada lado de mi cabeza. Cuando se corrió, lo hizo apretándose contra mi boca con una fuerza que me dejó sin aire un par de segundos. Me empapó la barbilla.

—Pero si te has corrido —le dije cuando consiguió volver a hablar.

—Soy multiorgásmica, primo. Acabo de empezar.

Me empujó hasta dejarme tumbado en el sofá, se colocó encima y se hundió sobre mi polla muy poco a poco, mirándome a los ojos todo el rato como si quisiera asegurarse de que yo no me arrepentiría a la mañana siguiente. Empezó a moverse despacio, con las dos manos en su propio pecho, los pezones marcándose bajo la camisa que aún llevaba abierta.

***

La puerta del cuarto de Lucía se abrió. No oímos los pasos hasta que la tuvimos delante. Estaba completamente desnuda, con el pelo revuelto y una sonrisa que no se parecía a ninguna que yo le hubiera visto antes. Se quedó un momento quieta, mirándonos.

—Por fin —dijo bajito.

Carla no se detuvo. Yo tampoco. No sé por qué no me dio vergüenza. Quizá porque ya no había nada que esconder, o porque algo en su tono hacía pensar que llevaba mucho tiempo esperando aquella escena. Mi hermana se había vuelto una mujer guapa: pechos pequeños, pezones oscuros, sexo depilado del todo. Me costó admitirme a mí mismo que la estaba mirando como nunca antes había mirado a una hermana.

Solté la cintura de Carla y, casi sin pensarlo, llevé la mano hacia el vientre de Lucía. Ella la cogió, la guió hacia abajo y la dejó apoyada entre sus piernas. Estaba mojada, todavía, de lo de antes. Sentí un calor estúpido en la cara y a la vez un tirón profundo en la polla.

Me soltó la mano y empezó a acariciar con dos dedos el clítoris de Carla mientras esta seguía moviéndose sobre mí. Las dos se miraban, se sonreían. Luego Lucía se subió al sofá, se puso de rodillas encima de mi cabeza y bajó hasta que su sexo quedó al alcance de mi boca. La lengua se me adelantó al pensamiento. La lamí como había lamido a Carla, sin saber muy bien cómo había llegado a aquella escena.

Mis manos se fueron al culo de mi hermana mientras Carla se inclinaba hacia delante para besarla. Se besaron entre ellas, con lengua, despacio, como dos personas que ya lo habían hecho antes. Y ahí entendí que aquella noche no era una primera vez para ellas. Era una primera vez solo para mí.

Carla se separó, se sacó mi polla y empezó a meneármela con las dos manos. Lucía bajó de mi cara, se arrodilló junto a su prima y sacó la lengua. Se turnaron, una lamiendo, la otra masturbándome, los ojos clavados en mí mientras se reían bajito de mi cara de no entender nada. Aguanté lo que pude. Cuando me corrí, mi semen cayó sobre la lengua de mi hermana y entre los dedos de mi prima, y ellas dos, sin dejar de mirarme, se besaron una vez más para repartírselo.

***

Acabamos los tres tumbados en el sofá, abrazados, en silencio. Nadie dijo nada durante mucho rato. Sabíamos lo que había pasado y los tres sabíamos que no estaba bien, que era exactamente la clase de cosa de la que nunca se habla en una mesa familiar. Pero también sabíamos, sin decirlo, que ninguno se arrepentía.

Al rato salió Tomás del cuarto, vestido y con el pelo revuelto. Se paró un segundo a mirarnos. Se despidió con un gesto y se marchó del piso como si encontrarse a un trío de primos abrazados desnudos en un sofá fuera lo más normal del mundo. Carla me dijo después que era de confianza, que estaba casado y que de vez en cuando se acostaba con cualquiera de las dos. Que no diría nada.

Los días que me quedaban en Valencia los pasé entre la cama de mi prima, la cama de mi hermana y aquel sofá. Cada noche encontrábamos una excusa para volver a empezar. Comíamos juntos por la mañana, salíamos a pasear de tarde, y por la noche, cuando la luz se apagaba, dejábamos de ser primos y hermanos un rato.

El día de la vuelta nos despedimos en la estación con un abrazo demasiado largo. Ninguno de los tres ha vuelto a sacar el tema. Cada vez que coincidimos en alguna comida familiar, en una boda, en la casa de los abuelos, nos miramos un segundo, sonreímos, y volvemos a poner cara de hermano y de primos como si aquellos días no hubieran existido nunca.

Mi relación con Lucía y Carla es buenísima. Las quiero mucho, ellas me quieren a mí, y de aquello solo queda este recuerdo que escribo aquí por primera vez, una etapa pequeña y cerrada de una vida que sigue, y de la que, todavía hoy, no me arrepiento.

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Comentarios (5)

Tomas_46

excelente!!! me dejó con ganas de más

PatoMagallanes

Por favor una segunda parte, ese final no puede quedar asi jaja

GrisesBaires

Muy bien narrado, se siente real y no es para nada forzado. De lo mejor que lei aca en mucho tiempo

Zornot

jajaja la prima no andaba con vueltas eh, tremenda situacion

RodrBA_lector

Buenisimo este relato. Saludos desde Cordoba, segui subiendo!

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