El encargo de mi suegro y la lengua de mi cuñada
Esa tarde mi suegro me llamó para que me presentara en su casa. Para la ocasión elegí un vestido blanco a media pierna y unas medias negras. Cuando llegué, Lourdes, la criada, me abrió la puerta y me condujo hasta el salón. Al empujar la hoja, descubrí que en el sillón principal no estaba mi suegro. Era Marisol, mi cuñada, quien me esperaba con una sonrisa lenta.
—Hola, ¿cómo estás, cuñadita? —dijo, sin moverse.
Me senté frente a ella, en el mismo sofá donde había vivido y presenciado tantas cosas. Marisol se puso de pie, cruzó la alfombra con calma y me miró desde arriba.
—Me parece que el cabrón de mi padre quiere que tú y yo follemos —soltó, sin rodeos.
Se acercó, me puso la mano en el mentón y me obligó a sostenerle la mirada.
—Tranquila, cuñadita. Tengo experiencia en esto.
Antes de que pudiera responder, me empujó sobre el sofá y me subió el vestido hasta dejar al descubierto el tanga azul marino que me había puesto pensando en mi suegro. Empezó a acariciarme por encima de la tela, despacio, midiendo mis reacciones. Después coló los dedos por debajo del elástico.
—¿Sabes una cosa? —dijo en voz baja—. En el internado me lo hacía con compañeras y con alguna profesora, y muchas veces pensaba en ti.
Sin esperar respuesta, juntó sus labios con los míos en un beso largo, apasionado, que me dejó sin saber si me estaba dejando hacer o si era yo quien la perseguía. Sentirme dominada por ella me ponía caliente de una manera que no había previsto.
—Creo que es mejor que las dos estemos de pie —murmuró—. Así nos desnudamos mejor.
La obedecí. Antes de terminar de pensarlo, ella ya me había sacado el vestido y me había dejado solo con el tanga. Esa tarde no me había puesto sujetador. Ella seguía vestida de la cabeza a los pies, y eso, en lugar de incomodarme, me ponía aún más. Sin dejar de besarme, tiró del tanga hacia abajo y lo dejó caer al suelo.
Tomé yo la iniciativa, casi sin darme cuenta. Le quité la blusa, la falda, el sostén que tampoco llevaba. Bajo la ropa, Marisol también escondía un tanga, esta vez amarillo. La empujé contra una de las paredes del salón, la puse de espaldas, me arrodillé y, por primera vez de cerca, vi ese culo que tantas veces había imaginado al otro lado de una pantalla.
Cuando me levanté, ella se giró y nos quedamos pegadas, frente a frente.
—Cuñada, entiendo que el imbécil de mi hermano mayor esté colado por ti —me susurró—. Estás buenísima.
—Tú sí que eres una mujer bellísima, Marisol. Joven y muy deseable.
Volvimos a besarnos. Me empujó hasta una de las columnas que separaban el salón del comedor y se arrodilló delante de mí. Sacó la lengua y la metió entre mis piernas con una destreza que me dejó muda. No sé qué cosas más habría aprendido en aquel internado, pero comer coños lo hacía con matrícula de honor. Su lengua jugaba conmigo de un modo casi cruel, deteniéndose justo antes de cada borde, retomando cuando yo ya creía que iba a explotar. No tardó mucho en provocarme un orgasmo que me dejó las piernas temblando.
—Mi niña, eres fabulosa —le dije, atrayéndola hacia mí—. Ahora me toca a mí demostrarte lo que sé hacer.
Me arrodillé yo. Pasé la lengua por sus labios, despacio al principio, y después la metí dentro. Marisol gimió y se aferró a mis hombros.
—No me imaginaba yo tener una cuñada tan puta y tortillera —jadeó—. Se nota que no soy ni de lejos el primer coño que comes.
No lo era. Pero ese no era el momento de contar mi vida. Seguí concentrada en su placer hasta que sintió el suyo. Marisol no era de las que tardan en correrse. Cuando me levanté, creí que la cosa terminaba ahí. Me equivocaba.
Me hizo girarme y ponerme de cara a la columna, de espaldas a ella. Sentí que se arrodillaba detrás de mí y, un segundo después, su lengua tocando un lugar en el que ninguna otra mujer me la había puesto antes.
Desde que me había convertido en lo que era para mi suegro, había aprendido a cuidar mi higiene como si fuera una obligación profesional. No me ahorraba ninguna guarrería que se me ocurriera, pero algo así no lo había probado. La lengua de Marisol entre mis nalgas me pareció lo más sucio y, al mismo tiempo, lo más excitante que me había pasado en la vida. Me corrí otra vez sin que ella me tocara siquiera el coño.
Cuando volví a respirar, decidí proponerle algo.
—¿Qué te parece, cuñadita, si hacemos un sesenta y nueve en el suelo?
No esperé respuesta. Me tumbé sobre la alfombra, abrí las piernas y la invité con la mirada. Marisol se rió.
—No me imaginaba que fueras tan puta, cuñada.
Se colocó encima de mí, en posición invertida, y volvió a meterme la lengua. Yo no me quedé atrás. Las dos empezamos a lamernos como si compitiéramos. Marisol llevaba más rato sin correrse, así que la trabajé con calma hasta que se entregó. Cuando lo hizo, soltó una de esas frases que se le escapaban siempre.
—Joder, cuñada, haces maravillas con la lengua. Si a mi hermano se la haces igual, debe estar alucinando contigo.
No le dije que todos sus hermanos habían pasado por mi boca, y que ninguno se había quejado. Ella siguió ocupándose de mí hasta que conseguí otro orgasmo. Me costó respirar.
—Qué zorras somos las dos —se rió—. ¿Seguimos en el sofá, cuñis?
Le pareció una gran idea. Le pedí que se sentara con las piernas abiertas. Yo me puse a cuatro patas, como una perra, y le comí de nuevo. Estaba volviéndome adicta a su sabor.
—Parece, cuñadita, que le has cogido el gusto a mi coño —jadeó—. Y, ¿sabes?, me estás haciendo gozar como nunca. En el internado ninguna chica me hizo correrme tantas veces.
Insistí hasta que se vino otra vez. Entonces me hizo cambiar de postura. Me apoyé sobre el respaldo del sofá, ella se arrodilló sobre los cojines, me abrió con una mano y, con la otra, me metió tres dedos. Acercó la cabeza a mi otro agujero y empezó a pasar la lengua por los bordes. La combinación me llevó a un sitio nuevo. Mis gemidos se descontrolaron.
—¿Te gusta, cuñadita? —preguntó, sabiendo la respuesta.
No hacía falta contestar. Marisol siguió hasta provocarme un orgasmo enorme, distinto a todos los anteriores.
—¿Has quedado satisfecha? —me preguntó después.
La verdad es que no. Sentía que tenía que devolvérselo. Le pedí que se pusiera a cuatro patas sobre el sofá. Me arrodillé en el suelo, detrás de ella, y le hice exactamente lo mismo. Era la primera vez en mi vida. Sabía que no era lo más higiénico, pero el sabor combinado con sus gemidos me hizo entender por qué ella había insistido. Cuando se corrió, le saqué la lengua.
—Menuda tarde me has hecho pasar, zorra —me dijo, sin aliento—. Una de las mejores de mi vida. Tenemos que repetir.
Me besó otra vez en la boca, a fondo. Las dos nos vestimos. Me marché de casa de mi suegro con las piernas todavía temblando.
***
Pocos días después recibí la orden habitual: conectarme a la cámara. Cuando lo hice, la pantalla mostraba la biblioteca del chalet. En uno de los sillones estaba Daniela, la mujer de otro de los empresarios fuertes de la zona, socio de mi suegro en más de un asunto. Llevaba un vestido blanco de corte sobrio. Al rato apareció Marisol con un vestido rosado, corto, palabra de honor. Se sentó a su lado.
Las dos charlaban como si nada. Marisol le explicó que su padre la estaba metiendo en los negocios de la familia mientras terminaba la carrera, y que uno de los acuerdos en los que la había puesto a trabajar implicaba a las dos casas. Después bajó la voz.
—Me he dado cuenta de cómo me miras desde hace tiempo —dijo, con la mano apoyada en la rodilla de la otra—. Seré muy amiga tuya si me ayudas con este negocio.
Daniela entendió. Se pusieron las dos de pie. La mujer rodeó a Marisol con los brazos, le bajó las manos hasta el culo, y mi cuñada se aferró a su cabeza. Se besaron largo, profundo. Antes de que la otra terminara de procesarlo, Marisol le había bajado el vestido y la había dejado en bragas y sujetador blancos.
La sentó en el sofá, se apartó un paso y se quitó el suyo, quedándose con un tanga diminuto. Se notaba que ella sí había preparado el encuentro. Después se inclinó, le retiró el sujetador y lanzó la boca sobre los pezones de Daniela. Mientras la chupaba, le amasaba los pechos con las dos manos.
—¿Tu marido no te hace esto? —le preguntó Marisol, sin levantar la vista.
—No, cariño. Hace tiempo que no me toca. Sospecho que se lo hace con alguna empleada.
—Los tíos son unos cerdos —murmuró Marisol—. Pero yo te prometo que vas a gozar, si me ayudas con los negocios.
Como anticipo, le quitó las bragas. Bajó la cabeza y empezó a comerle el coño. Daniela gimió como si le hubieran arrancado algo de dentro.
—Nunca habría imaginado que con una mujer se pudiera gozar tanto —dijo, agarrándose al cojín—. Es la primera vez.
—Reconoce que llevas tiempo mirando a las mujeres con ganas —contestó Marisol, separándose un instante.
—Sí. Llevo una temporada fijándome en chicas jóvenes, pero no me había atrevido.
Marisol siguió, paciente, hasta que Daniela se corrió con un gemido largo, casi animal. La cuñada subió hasta su boca y la besó.
—Eres bellísima —le dijo Daniela—. Te adoro.
—Tú también lo eres. Habrá muchos chicos jóvenes encantados de follar contigo. Si quieres, yo te ayudo a tenerlos.
—Gracias, mi amor. Pero ahora me gustaría a mí dártelo a ti. No lo he hecho nunca.
—No te preocupes. Yo te enseño.
Marisol se sentó en el sofá. Daniela le besó los pechos, descendió por el vientre, le quitó el tanga y se enfrentó a su coño con la torpeza nerviosa de la primera vez. Pero tenía ganas, y eso pesaba más que la técnica. Marisol cerraba los ojos, dejaba escapar suspiros cortos, la guiaba con palabras suaves. Cuando se corrió, le acarició la cabeza.
—Cariño, has aprendido rápido. Lo vas a hacer muy bien. Pero quiero que aprendas más cosas. Túmbate.
La alumna obedeció. Marisol le pidió que levantara una pierna, se sentó encima, y rozó su sexo contra el de ella. Después le indicó que se pusiera a cuatro patas sobre el sofá. Marisol se acomodó en el suelo, detrás, pegó la boca al trasero de la otra y empezó a besárselo. Después metió la lengua en el coño.
—Mi amor —jadeó Daniela—, nunca pensé que esto se pudiera hacer. Y que fuera tan placentero.
Marisol le aplicó el mismo tratamiento hasta que se corrió otra vez. La discípula quiso devolverle la lección. Esta vez fue Marisol la que se puso a cuatro patas y Daniela quien se arrodilló en la alfombra. Lo hizo con bastante más soltura que la primera.
—Lo haces divinamente —le dijo Marisol—. Yo me ocuparé de que tengas coños que comerte.
Daniela siguió hasta el final. Cuando Marisol se corrió, la otra miró el reloj y soltó una pequeña queja.
—La tarde se me ha pasado volando, pero debo irme.
Se vistió. Antes de salir del campo de la cámara, se inclinó sobre Marisol, le besó la comisura de la boca y le susurró una frase que escuché perfectamente desde el otro lado de la pantalla.
—Da por hecho el negocio. Y todos los que quieras tú, mi amor.
Apagué la conexión. Me quedé un rato sentada delante del monitor, con la respiración todavía agitada. Mi suegro va a llamarme otra vez muy pronto.