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Relatos Ardientes

Mi prima vino del pueblo y todo cambió esa noche

Aquel domingo fui a comer a casa de mis padres sin avisar. Cuando crucé la sala vi a dos mujeres que no había visto nunca, sentadas en el borde del sofá como si pidieran permiso para estar ahí. Mi madre se levantó enseguida.

—Damián, te presento a tu tía Marisol y a tu prima Brenda. Son del rancho, por eso no las conoces, pero son de la familia.

—Mucho gusto —dije, dándoles la mano.

—¿Tú eres el mayor? —preguntó la tía con una sonrisa tímida.

—El mayor y el más guapo —contesté.

Las dos rieron, aunque la prima apenas levantó la cara. Tenía el labio inferior partido y la mejilla derecha morada, como si alguien le hubiera estampado la palma abierta hacía pocas horas. Me quedé mirándola un segundo de más.

—Hijo, qué bueno que viniste —dijo mi madre—. Necesito pedirte un favor. ¿Puedes hospedar a Brenda unas semanas en tu departamento?

—¿Por qué? ¿Pasó algo?

—Su padre le pegó —respondió la tía Marisol con la voz quebrada—. Quería obligarla a trabajar en la cantina del pueblo para sacarle el sueldo y emborracharse con él. Yo ya no sé qué hacer, sobrino. Si la dejo allá, un día me la van a regresar peor.

—Sólo unas semanas —insistió mi madre—. En lo que tu tía consigue cómo sacarse de encima al desgraciado y rentarle un cuarto.

Pensé en Camila, mi novia. Se iba tres semanas a Toronto a un curso de su trabajo. La coincidencia parecía hecha a propósito.

—Claro, sin problema. Sólo aviso que tengo una sola cama. La prima dormirá en el sillón mientras tanto.

—Ay, mijo, gracias —dijo la tía apretándome las dos manos—. En cuanto pueda mandar a la chingada al borracho, me la llevo.

Cuando Brenda se levantó para pasar al comedor entendí por qué su padre quería explotarla. Apenas me llegaba al hombro, no medía mucho más de uno sesenta. Tenía unas tetas pesadas que el suéter no alcanzaba a contener y unas caderas anchas dentro de un jean gastado. La cara le contradecía el cuerpo: redonda, pecosa, con los ojos demasiado grandes para sus veintitrés años. A pesar del golpe, sonreía como una niña que no sabe que la están mirando.

***

El camino al departamento fue corto. Ella llevaba una mochila chica y una bolsa de tela con dos vestidos doblados.

—Qué bonito está todo, primo —dijo cuando abrí la puerta—. Y ordenado.

—Vivo solo. Si dejo desorden, nadie lo recoge por mí.

—Disculpa la molestia. No quería caerte así.

—Tranquila. Eres familia.

Le mostré dónde dejar sus cosas, le pasé la clave del wifi y la contraseña de Netflix. Esa noche la llevé a comer hamburguesas a una fonda cerca del parque. Brenda se reía con la boca llena, hablaba poco de su padre y mucho de un perro que había dejado en el rancho. Yo la escuchaba e intentaba no pensar en cómo se le marcaban los pezones bajo la blusa cada vez que respiraba hondo.

***

De regreso al departamento le dije que iba a ducharme. Como vivo solo, casi nunca le pongo pestillo a la puerta del baño. Estaba terminando de quitarme la ropa cuando escuché el chasquido del picaporte. Brenda entró envuelta en una toalla blanca, distraída, mirando al piso.

El susto le hizo soltar la toalla.

La vi entera. Pezones gruesos, oscuros, despiertos. Una mata de vello fino entre las piernas. La piel pálida del estómago y un lunar apenas debajo del ombligo. Yo no alcancé a taparme. La verga se me puso dura antes de que pudiera hablar.

—Lo siento, no le puse seguro —dije, llevándome las dos manos a la entrepierna sin mucho éxito.

—No, perdón tú, supuse que habías salido —contestó ella, sin agacharse a recoger la toalla.

—Si quieres dúchate primero, yo espero.

—¿O nos duchamos juntos? —dijo, y el tono no era el de una niña.

—Brenda, somos primos.

—Ya nos vimos. No importa.

Y entró a la regadera antes de que pudiera negarme.

El agua caliente la hizo cerrar los ojos. Yo me metí detrás. Por un momento no nos tocamos, sólo escuché su respiración cortada.

—No estés nervioso —dijo, dándome la espalda—. Te pedí esto porque nunca he visto a un hombre desnudo. Mi mamá nunca me dejó tener novio.

—No te creo. Con tu cara y tu cuerpo, alguien lo habrá intentado.

—Lo intentaron. Mi papá los corría a chingadazos.

Me pasó la barra de jabón y me pidió que la enjabonara. Empecé por la espalda, bajé al inicio de las nalgas. Ella movía la cadera apenas un milímetro hacia atrás, lo justo para que yo entendiera. Después se volteó y me miró.

—¿Puedo tocarla? Nunca toqué una.

—Adelante.

Me la agarró con la mano derecha. Con la izquierda buscó la mía y se la llevó al pubis. Le pasé los dedos por encima de los labios. Soltó un suspiro contenido, casi un gemido.

—Se siente dura. Y grande.

Soltó una risa nerviosa, terminó de enjuagarse y salió de la regadera dejándome con el agua y la sangre en cualquier parte menos en la cabeza.

***

Le dije que se quedara con la cama, que yo dormía en el sillón. Aceptó sin discutir. Me costó cerrar los ojos. Brenda estaba a tres metros, en mi cama, después de haberme dejado claro lo que quería. Estaba por levantarme cuando escuché sus pasos descalzos sobre el parquet.

—Primo, hace frío. Vente a acostar conmigo.

—No es nada. He dormido en mi auto.

—Vente. No quiero que te enfermes.

Llevaba un short corto y una playera blanca holgada. Los pezones se transparentaban con la luz del pasillo. La seguí.

Nos acostamos espalda con espalda. A los pocos minutos sentí cómo se daba vuelta y me abrazaba por detrás. La verga se me puso dura otra vez. Su mano bajó por encima del pijama y empezó a apretar despacio.

—¿Quieres seguir? —pregunté.

—Sí —susurró.

La giré hacia mí y la besé. Eran besos torpes al principio, después profundos. Le levanté la playera y le saqué las tetas. Eran más pesadas de lo que aparentaban, y cuando le mordí el pezón derecho dio un saltito y se aferró a mi nuca. Bajé con la mano, le metí los dedos por debajo del short y la encontré mojada. La acaricié hasta que empezó a moverse contra mi mano sin disimulo.

—Quiero entregarme —dijo en voz muy baja—, pero nadie puede saberlo.

—Confía en mí.

Le quité el short. Le abrí las piernas y bajé con la lengua. Tenía sabor a algo limpio y nuevo, y se retorcía cada vez que jugaba con su clítoris. Se aferró a mi cabello, me guio sin pedir permiso, y de repente entendí que la timidez del primer día no era más que una capa fina.

Me incorporé y le acerqué la verga a la boca.

—Chúpamela.

Lo intentó torpe. Le indiqué cómo, dónde apretar, dónde aflojar. A los dos minutos me la estaba mamando como si llevara semanas practicando contra una almohada. Casi me corro en su boca.

La acosté boca arriba. Le puse la verga entre las tetas y empecé a moverme. Ella las apretaba con las dos manos y miraba con la boca entreabierta, como si no pudiera creer que aquello estuviera pasando bajo su techo recién prestado.

Saqué un frasco de aceite del cajón, le eché un chorro a la verga y froté la punta contra sus labios. Entré despacio, hasta la mitad. Después empujé. Sentí cómo cedía algo dentro y vi la mancha tenue en mi piel al retirarme. Cerró los ojos y apretó la mandíbula.

—Espera —pidió.

Me detuve. Le besé el cuello, las clavículas, los pezones. Cuando el cuerpo dejó de tensarse, volví a entrar. Esta vez gimió bajo y, después, gimió alto.

—Así, primo —dijo—. Más.

—Muérdete los pezones —ordené.

Las tetas le sobraban para alcanzárselos sola. Lo hizo con los ojos cerrados.

Le subí los tobillos a mis hombros. Embestí con más fuerza. Le besé las plantas de los pies, le mordí los talones, fui marcando un ritmo que se le metía en los gemidos. Después me incliné y le mordí los pezones a la vez. Soltó un grito largo.

Cambiamos. Ella se subió encima. Empezó moviéndose en vaivén y terminó dándose sentones, las tetas rebotándole contra mi cara. Me agarré de sus nalgas para acompañar el ritmo. La recosté de lado y la tomé por detrás, abrazándola entera, besándola en la boca mientras seguía adentro.

No aguanté más. La saqué y me senté sobre su pecho. Ella se apretó las tetas y me la pajeó tres veces con ellas. Me corrí en oleadas espesas que cayeron en el cuello, en la mejilla, en los pezones. Me quedé tirado de lado, sin aliento.

—Estuvo riquísimo —dijo.

—Para mí también.

Volvimos a la regadera. Lo hicimos otra vez, de pie, contra los azulejos. Después dormimos abrazados, desnudos, con la luz de la calle filtrándose por la persiana mal cerrada.

***

A la mañana siguiente me despertó con un beso. Había hecho huevos, frijoles refritos y café de olla. Comimos en silencio, sonriendo de vez en cuando como si compartiéramos un secreto del que ya no podíamos salir.

—¿Podemos repetir hoy? —preguntó.

—Todas las noches que quieras. Pero entre nosotros, ¿de acuerdo?

—No te apures, primo.

Esa tarde salimos a caminar buscando tacos y nos topamos con una sex shop. Brenda se detuvo en la vidriera como si hubiera encontrado una juguetería.

—¿Podemos entrar?

—Vamos.

Recorrió cada estante con los ojos enormes. Se quedó parada frente a un disfraz de sirvienta y me miró por encima del hombro.

—¿Si te lo compro, te lo pones?

—Sí.

El encargado le explicó para qué servía un dispositivo que ella señaló con curiosidad. Era para preparar el ano antes del sexo anal. Ella asintió, me miró y me pidió que también lo comprara. No pregunté nada.

***

De regreso al departamento me sentó en el sofá y se encerró en el baño. Quince minutos después salió con la falda diminuta, las medias blancas y la blusa que no le cerraba en el pecho. Se arrodilló entre mis piernas, me liberó la verga del pantalón y empezó a chuparla sin preámbulos.

Después se subió encima, me aprisionó entre las rodillas y se sacó las tetas. Sacó del bolsillo del delantal un frasco pequeño de Nutella que se había llevado de la cocina, se untó los pezones con dos dedos y me los acercó a la boca. Lamí el chocolate hasta que sólo quedó la marca de saliva en la piel.

Me agarró de la verga y me hizo seguirla a la habitación.

—Quiero que me des por el culo —dijo—. Sólo tú.

Se puso en cuatro y levantó la cadera. Le eché aceite en las nalgas, lo esparcí, le metí un dedo, después dos. Se relajó, gimió bajo. Le acaricié la espalda con la otra mano hasta que dejó de tensarse.

Le froté la punta contra el ano y empujé despacio. Gritó y se quedó quieta. Esperé. La besé en la nuca, le dedeé el clítoris con la mano libre y empecé a moverme en pequeños empujes.

—¿Quieres que pare?

—Duele, pero no pares.

Le di una nalgada suave. Aceleré el ritmo de a poco, siempre con la mano en el clítoris. Los gemidos se convirtieron en jadeos y los jadeos en gritos cortos. La di vuelta, la puse boca arriba, le subí los tobillos a mis hombros y volví a entrar. Esta vez con más confianza. Le mordí las plantas de los pies, los talones, las pantorrillas. Tensó las piernas, dio un grito largo y empapó las sábanas debajo de los dos. No le pregunté qué había sido. Seguí hasta vaciarme dentro de ella. Cuando salí, pasó un dedo por el filo de mi verga, recogió un poco de semen y se lo metió a la boca.

—Soy tuya —dijo con las piernas todavía temblando—. Pero como primos, ¿eh? Como primos.

***

Brenda estuvo conmigo casi un mes. Cocinaba, ordenaba, me esperaba con la cena puesta. Cogíamos cada noche y probábamos posiciones nuevas. Cuando no cogíamos, dormíamos abrazados, y cuando hacía calor, dormíamos desnudos. Algunas mañanas me despertaba con la boca caliente alrededor de la verga; otras, era yo el que le bajaba las bragas y le frotaba la punta contra las nalgas hasta que se daba vuelta y me montaba dejando caer las tetas sobre mi cara.

La tía Marisol terminó consiguiendo un cuarto, pero Brenda ya no quería volver al pueblo. Hablé con un amigo que es gerente de una distribuidora de autos y le pedí que la metiera de recepcionista. Le mandé una foto.

—No mames, ¿esta es tu prima? —me escribió.

—La misma.

—Cabrón, mándamela. Sí se le antojan esas tetas a cualquiera.

Brenda entró a trabajar ahí. Va siempre con falda corta y blusa ajustada, zapatos abiertos o flats. Los compañeros se le tiran como lobos y ella sonríe sin demasiado interés. Convencer a su madre de que se quedara conmigo de manera oficial habría sido fácil, pero decidí no levantar sospechas: Camila volvía en cualquier momento.

De todas formas, algunas tardes paso a buscarla por la distribuidora. La veo salir con su atuendo de oficina y no aguanto el viaje en coche pensando en cómo voy a abrirle la blusa apenas cierre la puerta del departamento. La llevo a su cuarto nuevo y le doy por el culo, como más le gusta a ella. Después la dejo dormida y vuelvo a casa con Camila, fingiendo que el día fue normal.

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Comentarios (5)

moreno28

Increible!!! de lo mejor que lei en mucho tiempo por aca

RamiroN_89

Por favor que haya segunda parte, quede con muchas ganas de saber como sigue todo entre ellos

TucoLector

Lo que mas me gusto es que no parece forzado para nada, se va dando natural. Muy bien escrito, felicitaciones

Seba_Mdq

tremendo relato, excelente

IsabelRdz

Me recordo a una situacion parecida que viví hace años, aunque sin llegar a tanto jaja. Un abrazo y seguí escribiendo

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