Mi tía bajó al living mientras mi tío dormía
Veníamos arrastrando un calor de mierda toda esa semana de enero, y la casa de mis tíos en las afueras se había convertido en el único lugar tolerable porque tenía pileta y aire acondicionado en el comedor. Tobías y yo no necesitábamos más excusa para quedarnos a dormir cuatro o cinco días seguidos cada vez que nuestros viejos se iban de viaje.
Mi tía Liliana tenía cuarenta y dos, era hermana de mi madre y, desde que tengo memoria, fue la mujer que más me costó mirar a la cara sin sentir vergüenza por lo que pensaba. No era el único al que le pasaba. A Tobías, mi primo por el lado paterno con el que crecí casi como un hermano, también se le notaba. Hablábamos de ella en voz baja cuando nos íbamos a dormir, y esa noche habíamos cruzado un par de líneas más de las que conviene contar.
Mi tío Esteban volvió a la tarde de un viaje corto por trabajo. Llegó cansado, con olor a cerveza y con esa mirada de quien quiere demostrar algo que ya no puede demostrar. Cenamos los cuatro en la galería. Liliana llevaba un vestido liviano color crema, sin corpiño, y el calor le marcaba la transpiración apenas en el escote. Esteban no le sacaba los ojos de encima. Nosotros tampoco, pero sabíamos disimular un poco mejor.
—¿Otra cervecita? —preguntó ella, ya parándose con la bandeja.
—Dos —contestó él, y le palmeó el muslo de paso.
Liliana sonrió con esa sonrisa que era pura cortesía. Yo me di cuenta. Tobías también.
Después de comer, mi tío se la llevó al cuarto sin pedir permiso. Tobías y yo nos quedamos en el living con la tele baja, fingiendo mirar una película. No hizo falta esforzarse mucho para escuchar lo que pasaba al fondo del pasillo: dos minutos, máximo tres, y un silencio que no era de amor. Después el ronquido de mi tío atravesó la puerta como si la cerradura no existiera.
***
Liliana apareció diez minutos más tarde envuelta en una bata blanca, con el pelo suelto y los pies descalzos. Tenía la cara enrojecida, pero no de placer sino de fastidio. Se sentó en el sillón individual frente a nosotros y se sirvió un vaso de vino tinto sin decir palabra.
—¿Está todo bien, tía? —pregunté, sabiendo que no.
—Todo perfecto —contestó, y le pegó un trago largo al vino.
Tobías se levantó sin hacer ruido y fue hasta donde estaba ella. Le sacó el vaso de la mano, lo dejó en la mesa y se arrodilló frente al sillón. No habló. Le puso una mano en la rodilla y la subió un poco por debajo de la bata.
—Tobías —susurró ella—. Tu tío está al lado.
—Tu tío está roncando —dije yo, parándome también.
Liliana miró hacia el pasillo. La puerta del cuarto estaba entreabierta y los ronquidos de Esteban llegaban regulares, profundos. Cerró los ojos un segundo, los abrió, miró a Tobías, después a mí, y con un gesto mínimo de la barbilla dijo que sí.
La levantamos del sillón individual y la pasamos al sofá grande. Tobías se sentó en el medio y la acomodó a horcajadas sobre él. La bata se le abrió por arriba: tenía los pechos más llenos de lo que yo había imaginado, con los pezones oscuros y duros por el aire del ventilador de techo. Yo me ubiqué detrás de ella, le levanté la prenda por la espalda y le besé el cuello, justo en el lugar en que se le erizaba la piel.
—Despacio —dijo ella, como pidiéndose permiso a sí misma—. Por favor, despacio.
***
Tobías fue el primero que entró. Liliana se aferró a sus hombros, contuvo un quejido y empezó a moverse arriba y abajo, lentamente, con la cara hundida en el cuello de mi primo. Yo le sostuve el cinturón de la bata para que no se cayera del todo y le pasé la mano por la espalda hasta agarrarle la nuca. Tenía la piel hirviendo.
—Tan callada como puedas, tía —le murmuré al oído.
—Lo intento —contestó ella, mordiéndose el labio.
Cada vez que Tobías la levantaba un poco y la dejaba caer, a Liliana se le escapaba un sonido pequeño, agudo, que ella misma cortaba apretando los dientes. Yo la tenía dura contra la espalda baja desde hacía un rato y ella lo notaba. Estiró la mano por detrás, me buscó por encima del short y me apretó. Después tiró del elástico, sin mirarme, y me liberó.
—Vení adelante —dijo, soltándose un instante de Tobías—. Quiero verte la cara.
Pasé del otro lado del sillón. Ella seguía moviéndose sobre mi primo pero ahora me tenía a mí parado enfrente, a la altura de su boca. Me agarró con las dos manos y me llevó adentro sin pedir permiso. La sentí ahogarse un segundo y después acomodarse, encontrarme el ritmo. La saliva le caía por el costado de la boca y le mojaba el pecho.
Estuvo así varios minutos. Yo le acariciaba el pelo y le sacaba los mechones que se le pegaban a la frente. Tobías la sostenía por las caderas desde abajo y la guiaba sin apuro. Mi tía no dejó de moverse ni una vez, pero los ojos los tenía cerrados, perdidos en algún lugar al que nosotros no íbamos a llegar.
***
—Esperen —dijo de pronto, sacándome de la boca y apoyando una mano en el pecho de Tobías para que parara—. Cambien.
Nos quedamos un segundo sin entender. Después se reacomodó: se puso en cuatro sobre el respaldo del sofá, con la cara hacia donde yo estaba parado y el culo hacia mi primo. Se llevó las manos a la espalda, juntó las muñecas y las dejó ahí, como pidiendo que se las sostuvieran.
Tobías agarró las muñecas con una sola mano. Con la otra se acomodó y entró de un solo movimiento. Liliana abrió la boca para gritar y yo le metí los dedos antes de que el ruido le saliera. Después los dedos los reemplacé por mí. Ella me chupó con una desesperación que no le había conocido a una mujer hasta esa noche.
El ronquido de mi tío seguía atravesando el pasillo. A veces se cortaba, hacía una pausa, y nosotros tres nos quedábamos congelados unos segundos hasta que Esteban se acomodaba en la cama y volvía a empezar. La primera vez que pasó, Liliana se rió por la nariz, casi histérica. La segunda vez ya ni se inmutó.
***
—Levantala —dijo Tobías, saliendo de ella—. Quiero hacer algo.
La alzó como si fuera mucho más liviana de lo que era y, antes de que yo pudiera preguntar, ya estaba caminando con ella en brazos por el pasillo. Liliana movió la cabeza para todos lados, asustada, y empezó a golpearle suavemente el hombro.
—No, no, no —decía, en voz muy baja—. No hagan eso, por favor, no hagan eso.
Tobías paró justo antes de la puerta del cuarto matrimonial. La dejó en el piso, contra el marco, y la miró sin decir nada. Yo llegué detrás. Mi tío seguía boca arriba, con un brazo cruzado sobre los ojos y la boca abierta. La luz del baño que daba al pasillo le iluminaba media cara.
Liliana miró a su marido. Después me miró a mí. Después miró a Tobías. Tres segundos, no más. Y después se quitó la bata sola.
***
Tobías la levantó otra vez y le hizo cruzar las piernas alrededor de su cintura. Yo me ubiqué detrás. Liliana no decía nada, solo respiraba muy fuerte por la nariz y miraba fijo la cama de su marido por encima del hombro de mi primo. Tobías la dejó caer con cuidado y ella sintió cómo entraba otra vez. Le clavó las uñas en la espalda con tanta fuerza que después le quedaron marcas durante días.
Yo le besé la nuca, le aparté el pelo y le acomodé las manos contra la pared. Después fui despacio, muy despacio, buscándole el lugar de atrás. Liliana se mordió el dorso de la mano cuando entré. No gritó. Pero las lágrimas le caían por las mejillas y no eran de dolor.
—Si querés que paremos, paramos —le dije al oído.
—No paren —contestó.
Esteban se movió en la cama, se dio vuelta del otro lado y siguió roncando. Liliana lo miró por encima del hombro, se rió en silencio y volvió a apoyar la frente contra el cuello de mi primo.
***
El final llegó casi al mismo tiempo. Tobías la sostenía contra la puerta y yo la sostenía contra él, y los tres nos movimos en una especie de ritmo torpe y rápido durante unos minutos que parecieron más largos. Liliana mordió la tela del hombro de Tobías para no gritar cuando lo sintió la primera vez. La segunda vez que pasó ya no le importó el ruido.
Tobías terminó adentro y yo terminé inmediatamente después. Liliana dejó caer la cabeza hacia atrás, sobre mi hombro, y se quedó así unos segundos, sin abrir los ojos, sin decir nada. Cuando salimos, le temblaban las piernas. Tuvimos que sostenerla los dos para que pudiera quedarse parada.
—Llévenme al baño —pidió, en un susurro—. Y después al cuarto, con él.
La acompañamos al baño. Ella se mojó la cara, se enjuagó la boca, se puso un poco de agua en el cuello y nos hizo un gesto para que la dejáramos sola un minuto. Cuando salió, tenía la bata otra vez puesta, pero ya sin atar. La llevamos hasta la puerta del cuarto. Antes de entrar nos miró a los dos.
—Esto no pasó —dijo.
—Esto no pasó —repetimos los dos, y cada uno sabía que era mentira.
Se metió en la cama al lado de mi tío. La dejamos ahí, desnuda debajo de la bata abierta, con el pelo todavía mojado en las puntas. Cerramos la puerta despacio.
***
Nos despertamos cerca del mediodía. Liliana ya estaba en la cocina haciendo el desayuno, en short y musculosa, como cualquier otro día. Tenía ojeras grandes pero estaba maquillada, peinada, perfecta. No nos miró cuando entramos. Nos sirvió café y tostadas sin decir palabra.
Mi tío Esteban apareció rascándose la panza, contento como un nene en Navidad.
—¡Cómo te dejé anoche, eh, mi amor! —dijo, y le palmeó el culo a Liliana al pasar—. Hace años que no te hacía gritar así.
Liliana se quedó quieta, con la jarra de café en la mano. Tobías miró fijo la mesada. Yo me concentré en revolver el azúcar de la taza durante mucho más tiempo del necesario.
—Estuviste imparable, gordo —contestó ella al fin, sin darse vuelta.
Mi tío salió a la galería y se asomó a la pileta, donde Tobías y yo ya estábamos pensando seriamente en meternos para escapar del clima de la cocina. Nos vio con los ojos rojos y se rió.
—¿Ustedes dos no se cansan nunca, che? —nos gritó—. A ver si se consiguen unas novias en el pueblo, así no están todo el día en mi casa rompiendo las pelotas.
Tobías y yo no contestamos. Liliana, desde la cocina, dijo en voz alta lo único que iba a decir sobre el tema:
—Dejá a los chicos, Esteban. Bastante hacen con bancarte.
Y siguió lavando la jarra como si nada hubiera pasado.