La tarde en que mi nuera me vio sin ropa
Lucía y Camila eran dos de mis cuatro nueras, y las únicas que vivían cerca de mi apartamento. Las otras dos estaban lejos: una en una zona rural del interior del país, criando hijos en una granja; la otra había emigrado a Italia con su marido hacía años. En abril de 2024 tuve la pésima suerte de que una moto me pasara por encima en una esquina del centro mientras iba a renovar la cédula. Aparte de los moretones repartidos por todo el cuerpo, lo grave fue una fractura expuesta de tibia que, a mis cincuenta y cuatro años, me dejó en cama y luego con muletas durante más de siete meses.
Trabajaba en una repartición pública, atendiendo un mostrador, y obviamente con la pierna armada como un mecano no podía pisar la oficina. La historia que voy a contar arranca recién en los últimos dos meses de aquella convalecencia, cuando el dolor ya no era el protagonista.
Soy viudo desde hace casi cuatro años. Mi mujer murió en otro accidente de tránsito que no viene al caso. Lo que sí viene es que tanto Lucía como Camila se turnaban para cuidarme durante el día, porque a la noche aparecían mis dos hijos cuando salían del trabajo. Lucía se ocupaba de las mañanas, después de dejar a mi único nieto en el jardín; Camila aparecía pasado el mediodía y se quedaba hasta las seis, cuando se iba a hacer las compras y a preparar la cena para Bruno, mi hijo menor.
Con el correr de las semanas, Lucía empezó a venir cada vez menos. Al principio había sido casi a diario, pero después era más bien para saludar y comprobar que todo estuviera en orden. Yo intuía que pasaba sólo porque se lo pedía Mateo, mi hijo mayor. Camila, en cambio, casi vivía conmigo aquellas tardes.
Tenía veintiséis años en aquel momento, y lo recuerdo bien porque los celebró en mi sala con una torta de chocolate amargo que en realidad no me gustó, aunque fingí lo contrario para no apagar la sonrisa con la que entró por la puerta esa tarde.
Para no mentirles, los primeros meses fueron horribles. A mi mal humor se le sumaba un dolor físico que a veces era insoportable y, sobre todo, la idea de depender de aquellas dos chicas para tareas íntimas. Que me alcanzaran ropa, sí. Que me ayudaran a cambiarme las medias, también. Pero lavarme, secarme, controlar que no se me mojara la herida, todo eso era un golpe duro al orgullo.
Con los meses, los dolores aflojaron y debo admitir que la presencia de aquellas chicas terminó animándome los días. Sobre todo la del turno de la tarde.
Charlábamos de cualquier cosa. Jugábamos a las cartas, al ajedrez, al dominó. Tomábamos mate, té, café, lo que fuera. Fue un tiempo adorable. No me arrepiento de lo que pasó después, y me hago cargo de lo mío: de lo que propicié con mis palabras, con mis miradas y con mis silencios. Pero también ocurrieron cosas casuales, como aquella tarde en que me estaba bañando y resbalé de la silla de plástico que ponía bajo la ducha.
La señorita Ferreyra —así le decía cuando estábamos solos— entró sin pensarlo. Me ayudó a incorporarme, me alcanzó una toalla y se quedó mirando, sin saber para dónde mirar, mi cuerpo viejo y desnudo. Sentí una vergüenza tan honda que se me revolvió el estómago. Ella, sin decir una palabra, empezó a secarme. Primero los hombros. Después la espalda. Después las piernas.
—Levantá los brazos, don —pidió en voz baja.
Levanté los brazos. Y entonces pasó la toalla por el pubis, con una lentitud que no parecía deliberada pero lo era. Sentí que me moría.
Debió haber durado menos de un minuto, pero para mí fueron veinte. La sangre me golpeaba en las sienes y debió notárseme en la cara, porque la vi en el espejo empañado: tenía los ojos abiertos como platos, los pelos del pecho parados como púas, y la verga, la maldita verga, había despertado y se levantaba sola, sin permiso de nadie. Camila se quedó congelada un segundo de más. Le pedí, casi suplicando, que se fuera. Salió rápido, con la toalla mojada en la mano. Yo salí del baño un buen rato después, ya vestido y con la bestia domada, y me deshice en disculpas torpes en la sala.
—Estas cosas pasan, don Hugo. Quédese tranquilo —dijo ella, evitando mirarme.
Mentía. Las dos miradas habían cambiado en aquel minuto del baño y las dos lo sabíamos. No es justificación, pero la culpa de lo que vino después no fue solamente mía.
Los días siguientes fingimos que todo seguía igual. Las rutinas, en lo formal, no se alteraron. Pero dentro del suegro discreto y agradecido habitaba ahora una bestia impaciente, despertada por la mano inexperta de aquella muchacha que llevaba en el dedo el anillo de mi hijo menor.
El almanaque arañaba octubre, pero el calor todavía no se había instalado del todo. De mi invalidez total ya no quedaba más que una cojera evidente, y aquella tarde Camila llegó estrenando una falda tubo negra como la noche más oscura, en perfecta sintonía con su pelo lacio azabache. Los hoyuelos que se le marcaban al sonreír se hicieron más profundos cuando la recibí en la puerta y le dije:
—¿Te escapaste de la escuela?
—No. Vine a ella —contestó, sin dejar de reír.
Un torbellino de calentura empezó a circular por la sala, espeso y caliente. La verga cabeceaba debajo del pantalón deportivo y tuve que taparla con un cojín del sofá apenas la apoyé en mi regazo. Estaba perdido. Las púas del pecho volvieron, y la mirada se me clavó en sus piernas: macizas, fibrosas, color caramelo, que no paraban de moverse de una manera que parecía descuidada y no lo era.
—¿Querés jugar a las cartas? —balbuceé.
—Si apostamos algo, sí —respondió la señorita Ferreyra, acomodándose el pelo detrás de la oreja.
—¿Qué querés apost…?
—Lo que sea —me cortó.
—En ese caso, lo mejor es que vayamos al cuarto —le aconsejé con la sonrisa más mala que pude esbozar, mientras adentro del pantalón la cosa se sacudía sola, como si presintiera que iba a comerse esa carne fresca, deseosa, prohibida.
Estaba exultante. Si hubiera podido, habría saltado la mesa ratona que nos separaba y le habría metido la verga entera en la boca. Pero en lugar de eso fui cojeando hasta el dormitorio con la erección más feroz que recuerdo haber tenido, y me tumbé boca arriba en la cama. Camila entró detrás, en silencio. Cerró las cortinas que estaban abiertas a medias. Una resolana ocre tiñó la pieza de un silencio que estaba por hacerse pedazos. Se sacó la blusa color marfil y los pechos brincaron, apenas atajados por el corpiño. Después se dejó caer a mi lado, mirando las aspas del ventilador del techo, único testigo de las dos respiraciones agitadas que ya estaban descompasadas.
***
Nos besamos como amantes desesperados. Como dos personas que llevaban semanas pensándolo y se habían prohibido decirlo. Yo le corrí las bragas hacia un costado y bajé con la boca, sin pensar en nada más. Tenía un montón de pelo cortado prolijo en una franja oscura, y ahí estaba la lengua, lamiendo, mordiendo despacio, escuchando los chillidos que se le escapaban a esa señora ajena. Me clavó las uñas en la nuca. Me llamó suegro entre dientes y juro que esa palabra fue lo más caliente que escuché en mi vida.
—¡Suegro, no pares! —gritó, temblando, cuando se vino la primera vez.
Pero los dos queríamos más, y fuimos por más. La falda y las bragas terminaron en el suelo. Ya completamente desnuda y con los muslos brillantes, abrió las piernas y me miró. Apoyé la cabeza ancha y oscura de mi verga en su entrada, y vi cómo se le dilataban las pupilas. Las manos en mis muslos no me detenían: me ordenaban ir despacio. Le hice caso. Después de todo, era la mujer de mi hijo. La penetré firme pero sin prisa. Los veintidós centímetros gruesos y venosos desaparecieron de a poco entre aquellos labios rosados, que se estiraron sin protestar para dejar pasar al intruso que estaba a punto de profanar el matrimonio de Bruno.
La imagen de las caderas de Camila moviéndose sobre mí —la piel canela brillando de transpiración, la sortija que se le bamboleaba en el dedo cada vez que apoyaba las manos en mi pecho— me persigue todavía hoy. La oí caer, esa sortija, en algún momento de la tarde. La escuché rebotar contra el piso de madera y rodar hasta meterse debajo del placard. Ella ni siquiera se dio cuenta. Yo sí. Y elegí no decir nada. Cerré los ojos, la apreté de la cintura y me vacié dentro de ella con un alarido que de seguro escucharon en el apartamento del frente.
Los gemidos de mi nuera sonaron toda esa tarde y sonarían las tardes siguientes. Repetimos la función casi todos los días durante un mes, hasta que la pierna sanó del todo y volví al trabajo. Después pareció que se cortaba.
De a poco entendí que no se cortaba: solamente cambiaba de frecuencia. Camila desaparece por meses, hace su vida, cocina para Bruno, va a las reuniones de la familia y me saluda con un beso en la mejilla como si nunca hubiera pasado nada. Pero cada vez que se pelea fuerte con mi hijo, toca el timbre del apartamento a las tres de la tarde con cualquier excusa: que vino a pedirme un consejo, que pasaba por el barrio, que me trajo una caja de bombones. Yo le doy el consejo. Le doy también todo lo demás. Y se va feliz, calzándose otra vez el anillo que aquella primera tarde fue a parar abajo del placard, hasta que se pelean de nuevo.