Lo que pasó con mi cuñada cuando volví de la universidad
Conocía a Mariela desde que tengo memoria. Sus padres y los míos eran amigos del barrio mucho antes de que cualquiera de nosotros naciera. Cuando mi hermano Bruno cumplió siete años, su madre llegó del hospital con una bebé en brazos y mi padre, medio en broma, dijo que ahí venía la novia. Nadie pensó que aquella ocurrencia se haría realidad diecinueve años después, cuando Mariela apareció en casa con un test de embarazo y una sonrisa nerviosa.
Se casaron en cuatro meses, con la barriga ya marcando bajo el vestido. Mi sobrina Catalina nació un domingo de octubre, y para entonces Mariela tenía veinte recién cumplidos y yo dieciocho. Cursaba mi primer año en la facultad de derecho. Bruno trabajaba en una imprenta del centro, con doble turno y un sueldo que nunca alcanzaba. Como en casa de mis padres había espacio, se vinieron a vivir con nosotros mientras juntaban algo para alquilar.
Durante semanas estuvimos solos en casa la mayor parte del día. Mis padres salían temprano al trabajo, Bruno dormía hasta el mediodía y se iba al taller hasta la noche. Yo regresaba de las clases pasadas las dos. Mariela atendía a la nena, lavaba ropa, preparaba el almuerzo, y cuando la bebé se dormía, nos cruzábamos en la sala, ella con un café, yo con los apuntes.
Hablábamos de todo. Como crecimos juntos —ella, sus dos hermanas y yo—, no había temas vedados entre nosotros. De niños jugábamos en el patio, de adolescentes íbamos al cine, a comer pizza, a las plazas. La hermana del medio, Renata, era de mi edad exacta, y por años Mariela insistió en que termináramos siendo novios. Nunca pasó nada serio. Renata me caía bien, pero la chispa no aparecía.
A Mariela, sinceramente, nunca la había mirado como mujer. Para mí era casi otra hermana. Mide un metro con sesenta, tiene el busto chico, las caderas anchas, una cintura que se nota cuando lleva blusas ajustadas y un pelo castaño que casi siempre lleva atado. No es una belleza de revista. Es una chica linda, normal, de la cuadra. Y era la esposa de mi hermano. Esa última parte, sobre todo, hacía que cualquier pensamiento más allá fuera impensable.
Hasta el martes en que la encontré desnuda saliendo de la ducha.
***
Esa mañana hubo paro de transporte y el profesor de procesal canceló la clase a las nueve. Tomé el primer autobús que conseguí y llegué a casa antes de las once. Venía con muchas ganas de orinar, había aguantado todo el viaje, y al abrir la puerta lo único que pensé fue en correr al baño.
No toqué. No escuché agua. Empujé la puerta y entré.
Mariela estaba parada en el medio del baño, totalmente desnuda, todavía mojada, con el pelo pegado a los hombros y una toalla colgándole del brazo. Me miró con los ojos enormes, sin moverse, y yo me quedé congelado. Tres segundos, tal vez cuatro. Fueron suficientes para verla entera y para que mi cuerpo, que llevaba veinte minutos al borde, se rindiera.
Sentí el calor bajándome por la pierna antes de poder reaccionar. Los pantalones primero, después el zapato. Quise morir. Mariela soltó una carcajada corta, nerviosa, llevándose la toalla al pecho.
—Ay, dios, espera que te traigo un pañal de la nena —dijo, y se rió otra vez, esta vez más fuerte.
Salí del baño rojo hasta las orejas, con los pantalones empapados y la cara ardiéndome. Me metí en el baño chico de la planta baja, me bañé rápido, me cambié, y subí al cuarto a tirarme en la cama mientras intentaba recuperar la dignidad. Pero no podía. Cada vez que cerraba los ojos volvía a verla así, parada, mojada, con esa expresión de sorpresa absoluta. Y ya no me parecía simplemente la mujer de mi hermano. Me parecía, de pronto, deseable de una manera que me daba culpa solo de pensarla.
Estaba tratando de concentrarme en un código procesal cuando golpearon la puerta.
—¿Puedo? —preguntó.
—Pasa.
Entró con la bata de toalla cerrada, el pelo todavía mojado pero peinado, sin maquillaje. Se sentó en el borde de la cama, a metro y medio de mí, y se tapó la cara con las manos.
—Perdón por reírme. Fue automático.
—Tranquila. Yo tendría que haber tocado.
—Yo tendría que haber puesto el seguro. La nena dormía y no quise hacer ruido.
Estuvimos en silencio unos segundos. Yo no podía mirarla a los ojos.
—¿Te puedo preguntar algo? —dijo.
—Mmm. Dale.
—¿Qué te pareció lo que viste?
Levanté la vista. Estaba seria. No había picardía en la pregunta.
—Mari, no…
—En serio. Quiero saber.
—¿Sinceramente?
—Sinceramente.
—Estás muy linda. Más de lo que yo pensaba.
Bajó la mirada y se mordió el labio. Después levantó los ojos.
—Bruno me dijo la semana pasada que estoy gorda. Que ya no me arreglo. Que no soy la misma de antes. Hace casi un mes que no me toca.
Tragué saliva. No sabía qué responder. Nunca había estado en una conversación así con ella.
—Subiste algo de peso, sí —admití—. Pero te queda bien. Te ves más mujer. Y no estás gorda, Mari. Para nada.
—¿En serio?
—En serio.
—¿Y caliente? ¿Sigo siendo caliente?
Me reí, incómodo.
—Eso no te lo puedo contestar yo.
—¿Por qué no?
—Mari, soy el hermano de tu marido.
—Justamente.
***
Hubo un silencio que duró demasiado. Yo sentía el corazón en las orejas. Ella miraba el suelo.
—Renata me contó —dijo de pronto, sin levantar la vista.
—¿Qué cosa?
—Lo de ustedes dos. El verano pasado. En la casa de campo de los abuelos.
Me quedé sin aire. Eso había pasado, sí. Una sola vez, después de mucho vino, en una pieza con olor a humedad, los dos mareados y arrepentidos al día siguiente. Nadie tenía que saberlo. Nadie. Y sin embargo Renata se lo había contado a su hermana mayor, con detalles, según el tono con que Mariela lo decía.
—No tendría que haberte dicho nada —siguió—, pero te juro que me quedé pensando. Toda la semana. Y hoy, cuando te vi parado ahí, con esa cara, me di cuenta de que llevaba pensando en ti sin querer.
—Mari, no podemos.
—Ya sé.
—Es mi hermano.
—Ya sé.
—Si se entera, se rompe todo.
—Si lo hablamos así, sí. Si nadie dice nada, no se entera nadie. Bruno está en el taller hasta las nueve. Tu mamá no vuelve hasta las siete. Catalina duerme dos horas más.
Se levantó. La bata se aflojó un poco al moverse. Yo no me moví.
—Dime que no y me voy ahora mismo —dijo—. No te lo vuelvo a pedir nunca más. Te lo juro.
No le dije nada.
Se acercó. Se sentó en mis piernas, con la bata todavía puesta. Me agarró la cara con las dos manos y me besó. Despacio, con miedo, como tanteando hasta dónde podía llegar. Yo cerré los ojos y le respondí el beso. Ella tomó eso como permiso y abrió la bata.
***
La empujé hacia atrás, más por urgencia que por brusquedad, y me saqué la camiseta de un tirón. Mariela se reía nerviosa, casi agradecida, mientras yo le mordía el cuello, los hombros, el escote. Tenía la piel todavía con olor al jabón del baño, ese aroma a almendras que conocía desde que éramos niños y que ahora me golpeaba distinto.
Le pasé la lengua por el pecho. Tenía los pezones chicos y oscuros, duros antes de que los tocara. Cuando le mordí uno, arqueó la espalda y dejó escapar un gemido seco, como si no quisiera que la oyeran. Bajé despacio, por el vientre, por la cadera, hasta el borde interno del muslo. Ella se tapó la boca con la mano.
—Más despacio —pidió.
No le hice caso. Le abrí las piernas y le pasé la lengua entera, de abajo hacia arriba, una vez, dos veces, tres. Se le escapó un sonido que no esperaba, un gemido grave que terminó con un nombre, el mío, dicho como si pidiera perdón. Le seguí, lento, atento a cada movimiento de las caderas. Cuando empezó a temblar le hundí la boca con más fuerza, y se vino así, callada, mordiéndose el dorso de la mano para no gritar.
Se quedó quieta unos segundos, con los ojos cerrados. Después los abrió y me miró fijo.
—Ahora tú —dijo.
***
Me empujó suavemente para que me parara. Se sentó en el borde de la cama y me bajó el pantalón sin sacarme los ojos de encima. Le costó un poco con la ropa interior; estaba muy duro, ya. Cuando me liberó, respiró hondo y se rió bajito.
—Bueno. No me esperaba esto.
Se inclinó y empezó a chuparme con un ritmo cuidadoso, midiéndome. Yo le agarré el pelo, no para forzarla, sino porque necesitaba sostener algo. Me miraba mientras lo hacía. Esa fue la parte que más me destrozó la cabeza. Que me mirara. Que estuviera ahí, de rodillas, la mujer de mi hermano, con esos ojos castaños que conocía desde la infancia, haciéndome aquello.
—Para. Para o termino.
Se separó y se acostó boca arriba sobre la cama. Me llamó con un dedo.
—Ven.
Me acomodé entre sus piernas y la miré una última vez. Era tarde para dudar. Ella misma me empujó con la mano, guiándome, hasta que la sentí cerrarse alrededor de mí. Soltó un quejido largo, y yo entré entero, sin frenarme. La sentí caliente, mojada, apretada de un modo que me hizo apretar los dientes para no terminar enseguida.
Empezamos despacio, mirándonos a los ojos, como buscando todavía la oportunidad de echarnos atrás. Después no hubo más oportunidad. Mariela me clavó las uñas en la espalda y me pidió más fuerte, después más rápido, después que no parara. La di vuelta, la puse de costado, después boca abajo, con la cara contra la almohada para que no se la oyera. Se vino dos veces más así, conteniendo los gritos contra la tela.
Cuando ya no aguantaba, le pregunté, y ella me dijo que adentro, que terminara adentro. No tendría que haberlo hecho. Lo hice igual.
***
Nos quedamos en silencio mucho rato. Ella sobre mi pecho, las dos manos quietas, respirando despacio. Catalina seguía durmiendo del otro lado del pasillo. Eran las doce y veinte.
—No podemos contar esto —dijo al fin.
—Ya sé.
—Ni borrachos. Ni a nadie. Ni a Renata.
—Ni a Renata.
Se levantó, se cerró la bata, se peinó con los dedos y me miró desde la puerta antes de irse.
—Si quieres que esto no pase más, dímelo ahora. Pero piénsalo bien.
Cerró la puerta. Yo me quedé en la cama, mirando el techo, con la culpa subiéndome de a poco como una marea. Ya sabía qué iba a contestar. Ya sabía que iba a volver a pasar. Por eso, justamente, no le dije nada esa noche en la mesa, mientras Bruno comía sin mirarnos y Mariela me pasaba el pan sin mirarme tampoco, con la mano firme.