La tarde de bicicletas con mamá en el bosque
Habían pasado siete meses desde aquella primera noche en el salón de casa, cuando mi abuelo y yo dejamos de fingir y mamá dejó de resistirse. Siete meses en los que su vientre se había redondeado como una luna llena, firme, alto, marcando cada vestido que se ponía.
Ella no sabía de quién era el niño que llevaba dentro. Si mío. Si de su propio padre. Y esa duda, en lugar de torturarla, la había convertido en otra cosa.
—No sé si me preñaste tú o me preñó papá —me susurraba algunas mañanas, mientras le acariciaba la barriga apoyada contra mi hombro—. Y me gusta no saberlo. Me gusta más de lo que debería.
Más de lo que debería. Esa frase resumía todo lo que pasaba dentro de aquella casa desde el invierno.
Aquel sábado de julio decidimos salir al campo. El plan oficial era inocente: una tarde de bicicletas por los caminos de tierra que rodeaban el pueblo. Éramos cinco: mamá, mi abuelo, mis tres amigos de toda la vida y yo. A Adrián, Tomás y Sergio les había contado todo hacía meses. Lo sabían y lo aceptaban con esa fascinación callada de los que descubren un secreto enorme y deciden no traicionarlo.
Mamá se había puesto un vestido veraniego ligero, blanco, que le marcaba la barriga como si estuviera dibujada con tinta. Nada debajo. Lo supe en cuanto se inclinó para ajustar el sillín y vi que la tela se le pegaba a la curva del culo sin que nada interrumpiera la línea. El escote, bajo y suelto, dejaba entrever casi todo cada vez que se inclinaba sobre el manillar.
—Vas provocando —le dije al oído antes de salir.
—¿Y qué quieres? —respondió, mirando a mis amigos con una sonrisa que ya no era de madre—. ¿Que me ponga un saco?
Pedaleamos por un camino estrecho que se internaba en el bosque. Mamá iba en el centro, marcando el ritmo. Yo veía cómo el vestido se le subía con cada movimiento, cómo la barriga le rozaba el cuadro, cómo se mordía el labio cuando un bache la hacía rebotar sobre el sillín. Mis amigos pedaleaban detrás. No hablaban. No hacía falta.
***
Paramos en un claro a unos veinte minutos del pueblo, lo bastante lejos para que nadie nos cruzase, lo bastante abierto para que el sol llegara directo al suelo. Mamá bajó de la bici con las piernas algo temblorosas y se apoyó en un tronco caído. Respiraba agitada. El vestido se le había mojado de sudor por la espalda.
—¿Te encuentras bien, hija? —preguntó mi abuelo, acercándose por detrás. Su voz tenía esa gravedad que aparecía solo cuando algo iba a pasar.
—Estoy bien, papá —dijo ella sin volverse—. Solo… el camino me ha puesto un poco nerviosa.
Nerviosa. Esa era la palabra que ella usaba en lugar de cachonda. Llevábamos meses traduciéndonosla.
Me acerqué por el otro lado. Le pasé la mano por el vientre, por encima de la tela fina, y noté el calor que despedía. Mis amigos se habían sentado en otro tronco, a unos cinco metros, y miraban sin decir nada. Adrián tenía las manos apoyadas en los muslos. Tomás se las había metido en los bolsillos. Sergio respiraba por la boca.
—Mírame —le dije a mamá.
Ella levantó la cara. Tenía los ojos brillantes, casi húmedos, y un rubor que le subía desde el cuello.
—Quítate el vestido —le pedí.
Se quedó quieta un segundo. Después miró a mis amigos, que no apartaban la vista, y miró a mi abuelo. Y se quitó el vestido.
Se quedó de pie en mitad del claro, con la barriga enorme bajo el sol, los pechos hinchados, los pezones oscuros y duros, las piernas marcadas por el pedaleo. Una mujer entera, completa, ofrecida. Mi madre.
—Joder… —murmuró Sergio entre dientes.
—Cállate y mira —dijo mi abuelo, sin volverse hacia él.
Mi abuelo se acercó por detrás de ella, le pasó las manos por la cintura ancha y le bajó la cabeza hasta el hombro. Le mordió la oreja despacio.
—Diles tú lo que eres —le susurró—. Diles cómo te llaman ellos dos cuando nadie escucha.
Mamá tragó saliva. Le costó arrancar la voz.
—Soy… soy la mujer de mi hijo y de mi padre —dijo, mirando a mis amigos. Le temblaba la voz, pero no se rendía—. Y no sé de quién es el bebé que llevo.
Adrián cerró los ojos un instante. Tomás se llevó la mano al pantalón. Sergio se mordió el labio igual que mi madre se lo mordía.
***
La ayudamos a arrodillarse sobre la hierba seca, con cuidado, sosteniéndole la barriga entre los dos. Mi abuelo se sentó delante de ella. Yo me coloqué detrás. La maniobra ya la conocíamos. La habíamos repetido durante meses, en la cocina de su casa, en el sofá del salón, en el cuarto donde ella ya no dormía con nadie. Pero nunca al aire libre. Nunca con público.
Mamá se inclinó sobre el regazo de mi abuelo con la torpeza de la prisa. Cuando lo tuvo en la boca, soltó un suspiro largo, casi de alivio, como si llevara horas esperando ese momento. Yo, detrás, le levanté la cadera, le aparté el pelo de la espalda y le pasé los dedos por la entrepierna. Estaba empapada. Llevaba empapada todo el camino.
—Esta no es la primera vez que sale así desde casa —dije, sin dirigirme a nadie en particular.
—Ya lo veo —respondió Tomás.
Entré despacio. Mamá gimió con la boca llena, y yo noté cómo el sonido le vibraba por todo el cuerpo. La barriga le colgaba bajo ella, casi rozando los muslos de mi abuelo. La sostuve con una mano por debajo, protegiéndola, y con la otra le apreté la cadera para marcarle el ritmo.
Mis amigos se habían acercado. No demasiado. Lo justo para verlo todo sin interferir. Adrián fue el primero en sacársela. Tomás y Sergio lo imitaron a los pocos segundos. No nos pidieron permiso, y nosotros no se lo dimos. No hacía falta.
Mamá levantó la cara del regazo de mi abuelo. Tenía la barbilla mojada.
—Que se acerquen —dijo, sin mirarme—. Que se acerquen, hijo. Quiero verles la cara.
Adrián fue el primero. Se arrodilló a un lado de ella y le ofreció la mano antes que ninguna otra cosa, como si entendiera que aquello no era exactamente lo que parecía desde fuera. Mamá le agarró los dedos, se los apretó, y solo entonces le abrió la boca.
Tomás se colocó al otro lado. Sergio se quedó de pie delante, dudando, hasta que mi abuelo le hizo una seña con la cabeza.
—Ven, chaval —le dijo—. No te quedes mirando como un pasmarote.
Y así, sin decirlo en voz alta, mamá tenía cinco hombres alrededor: su padre debajo, su hijo detrás, y los tres amigos de su hijo a los lados y delante. Las manos iban y venían sobre su barriga, sobre sus pechos, sobre su pelo. Nadie apretaba. Nadie empujaba. Era una coreografía rara, casi devota, como si todos supieran que aquella mujer embarazada era el centro absoluto del claro y de la tarde.
***
Mamá se corrió la primera. Lo hizo con un grito ahogado, mordiéndose el brazo, con todo el cuerpo apretándose alrededor de mí. Sentí cómo le palpitaba la cadera, cómo se le tensaban los muslos. Mi abuelo le sujetó la cara entre las manos durante el temblor y le habló bajo:
—Eso es, hija. Eso es. Aquí estamos.
Lo dijo con una ternura extraña, fuera de lugar, que me erizó la nuca. A veces se me olvidaba que para él yo era el nieto y ella la hija. Casi nunca, pero a veces.
Adrián se corrió poco después, sobre el pecho de mamá, sin avisar, con la torpeza del que nunca había vivido nada parecido. Pidió perdón entre dientes. Mamá le pasó los dedos por la mejilla.
—Tranquilo, cariño —le dijo—. No has hecho nada malo.
Tomás y Sergio aguantaron un poco más. Mi abuelo terminó dentro de ella con un quejido ronco, agarrándole las caderas, y yo lo seguí casi al mismo tiempo. Cuando me retiré, me senté un instante en la hierba para recuperar el aire. Mamá se dejó caer de lado, con cuidado de la barriga, y se quedó allí, mirando el cielo entre las copas de los árboles.
—Joder —dijo Sergio, sin más adjetivos.
—Ya —contestó Tomás.
Adrián no dijo nada. Se sentó al lado de mamá y le ofreció su camiseta para que se limpiara el cuello. Ella la aceptó con una sonrisa cansada y se incorporó despacio.
***
Marina, mi novia, apareció en el coche un rato después, justo como habíamos quedado. Llevaba agua fría, toallas y un termo con té. No iba a entrar en escena. Lo habíamos hablado por la mañana: ella sabía lo que había, lo aceptaba con la misma calma con la que aceptaba todo lo demás, y prefería ser parte del cuidado y no del acto. Le bastaba con saber.
—¿Estás bien, suegra? —le preguntó a mamá, ofreciéndole una toalla.
—Mejor que nunca, hija —respondió mamá, riéndose por primera vez en toda la tarde.
Marina se sentó a su lado y la ayudó a vestirse despacio. Le ajustó el vestido sobre la barriga con esa delicadeza que solo tienen las mujeres entre ellas. Le apartó un mechón de pelo de la frente. Le tendió el agua.
—¿Te ha hecho daño? —le preguntó en voz baja.
—No —dijo mamá—. Me ha hecho bien.
Marina la miró un instante, asintió, y se levantó. Le pasó otra toalla a mi abuelo, otra a mí, otra a cada uno de mis amigos. Como si recogiera después de una merienda. Como si todo aquello fuera parte de algo normal en nuestra familia. Y de alguna manera, ya lo era.
***
Volvimos al pueblo cuando el sol empezó a bajar. Mamá iba en el coche con Marina, y los demás detrás en las bicicletas. Mis amigos pedaleaban en silencio, como si todavía estuvieran procesándolo. Adrián fue el último en hablar.
—Oye —me dijo cuando ya estábamos cerca de casa—. Lo de hoy…
—No tienes que decir nada.
—Quería decirte que tu madre… no sé. Que la cuides.
—La cuidamos —dije.
Y era verdad. Cualquiera que mirase a mi madre aquella tarde, embarazada hasta arriba y abierta a todo, podía pensar que la estábamos usando. Pero la verdad era la contraria. Ella nos usaba a nosotros. A mi abuelo, a mí, ahora a los demás. Usaba la situación, la duda, la barriga, el secreto. Lo usaba para no sentirse sola en aquel embarazo imposible, en aquel verano largo, en aquella casa donde todos sabían y nadie hablaba.
Aquella noche, cuando entré a su habitación a darle un beso antes de dormir, mamá ya estaba tumbada de lado, con la mano sobre la barriga, mirando un punto fijo en la pared.
—Mañana viene tu abuelo a cenar —dijo, sin volverse.
—Lo sé.
—Sergio me ha escrito —añadió—. Pregunta si puede pasarse el sábado.
Me quedé en el umbral, sin saber qué responder. Después de un rato, ella se giró por fin y me miró a los ojos.
—Dile que sí —dijo—. Diles que sí a todos.
Y apagó la luz.