Mis dos tíos del pueblo me visitaban cada noche
Volví a Vegaltura un sábado de finales de junio, con la mochila al hombro y el corazón un poco más rápido de lo que quería admitir. El pueblo seguía igual: cuatro calles empedradas, la fuente seca en la plaza, los gatos durmiendo sobre los muros. De niño había pasado allí todos los veranos, y todavía recordaba el olor del heno mojado y los juegos a oscuras detrás del granero. Aquella era la casa donde, sin saberlo, había empezado a entender qué clase de hombre iba a ser.
A mis veinte años ya no quedaba nada del niño asustado. Vivía solo en la ciudad, me vestía como me daba la gana y disfrutaba de mi cuerpo sin pedir permiso a nadie. Me llamaba femboy cuando me preguntaban, aunque en el pueblo nadie iba a preguntar. Allí me esperaban, como siempre, mis dos tíos solterones, Aurelio y Domingo, los hermanos de mi madre, que habían vivido juntos en la antigua casa familiar desde que tengo memoria.
Aurelio era el mayor. Un hombre ancho, callado, con manos enormes y la piel curtida por el sol del campo. Su forma de hablar consistía en mover la cabeza y soltar una palabra cada media hora. Domingo, cinco años más joven, era todo lo contrario por fuera: delgado, de ojos despiertos, con una sonrisa rápida que nunca terminaba de alegrarle del todo la cara. Los dos me recibieron con el mismo abrazo torpe de siempre, como si no supieran muy bien dónde poner las manos.
—Estás más alto —dijo Aurelio, mirándome el pelo largo sin comentar nada.
—Y más flaco —añadió Domingo—. Tu tío te va a poner gordo a base de guisos.
Cenamos los tres en la mesa de la cocina, bajo una bombilla amarilla que zumbaba. Hablamos poco, lo justo. Yo notaba sus miradas cuando creían que no me daba cuenta. La de Aurelio, lenta y pesada, recorriéndome los hombros bajo la camiseta. La de Domingo, más nerviosa, saltando a la boca, al cuello, a las muñecas. Comí despacio, divertido por dentro. Después subí a mi habitación, en el ala este de la casa, con esa sensación tibia que da saber que te están mirando.
La habitación olía a madera vieja y a sábanas guardadas. Me puse un pantaloncito corto de seda granate y una camiseta finita, abrí la ventana para que entrara el aire del campo y me metí en la cama. Pensé que iba a tardar en dormirme, pero el viaje me venció enseguida.
***
Me despertó un peso. No un ruido, un peso. Algo se había hundido suavemente en el colchón a mi espalda, y un calor humano se acercaba a mi piel sin tocarla todavía. Abrí los ojos en la oscuridad y los volví a cerrar enseguida. Mantuve la respiración lenta, regular, como si siguiera dormido.
Olía a tabaco negro y a tierra seca. Aurelio.
El corazón se me disparó tan fuerte que tuve miedo de que lo oyera. Sentí los muelles de la cama vencerse mientras él se acomodaba con cuidado, casi con miedo a despertarme. Una mano grande, áspera, se metió debajo de la sábana. Subió por mi pantorrilla, dudó un segundo en la rodilla y siguió por el muslo. Cuando llegó al borde del pantaloncito de seda, se detuvo.
Yo no me moví. Solo controlaba el aire, dejándolo salir muy despacio por la nariz. Sentí cómo los dedos de mi tío exploraban la tela, la apartaban un poco, encontraban la curva de mi nalga. La palma se quedó allí, abierta, como si me midiera. Después un cuerpo entero se acercó por detrás y se pegó al mío.
Aurelio tenía la verga dura. La noté a través de su pantalón de pijama, presionando contra mí, buscando hueco entre mis nalgas con un balanceo lento, casi solemne. Su respiración se volvió más pesada en mi nuca. Cada empujón era una pregunta que yo elegía no contestar.
—Aldo —susurró, y la voz le tembló—. Aldito mío.
Una corriente me bajó por la espalda. No era miedo. Era algo más complicado: la certeza de que mi tío llevaba años queriendo hacer eso, y que esa noche, en el silencio de la casa, por fin se había atrevido. Apreté los párpados y dejé que siguiera. Cuando se corrió fue casi un sollozo ahogado, y noté la humedad caliente extendiéndose por la seda de mi pantalón.
Se retiró igual que había llegado, sin hacer ruido. La cama crujió una vez. La puerta se cerró con un clic. Me quedé boca arriba, mirando las vigas del techo, con la mancha tibia enfriándose contra la piel. Metí la mano entre mis piernas y me masturbé despacio, mordiendo la almohada, imaginando la cara que habría puesto él en la oscuridad.
***
La segunda noche supe que iba a volver. Lo supe desde el desayuno, cuando Aurelio no me miró ni una sola vez y se concentró en cortar el pan con una calma rara. Me acosté con el pantaloncito puesto y los ojos abiertos.
Tardó más esta vez. Vino a eso de las tres de la madrugada, cuando ya empezaba a pensar que se había echado atrás. El peso, otra vez. El olor, otra vez. Pero esta vez sus manos llegaron más lejos. Me levantaron la camiseta con cuidado y sus dedos torpes encontraron mis pezones, los pellizcaron, los giraron, como quien descubre un mecanismo nuevo. Me costó no respirar más rápido. Me costó muchísimo.
Aurelio volvió a frotarse contra mí hasta correrse, mordiendo una almohada que había traído consigo, como si la hubiera preparado para no hacer ruido. Cuando se fue, yo estaba tan caliente que apenas pude esperar a oír sus pasos por el pasillo para meterme dos dedos.
***
La tercera noche no quise simulacros. Me desnudé entero, dejé las sábanas medio caídas y esperé despierto, con la respiración fingida y el cuerpo eléctrico. Me había puesto saliva entre las nalgas. Quería que entendiera.
Cuando se metió en la cama, lo noté distinto. Él también estaba desnudo. La piel caliente de Aurelio se pegó a la mía sin tela de por medio, y un olor nuevo, más íntimo, se mezcló con el del tabaco. Una mano me recorrió la espalda entera, despacio, como si me reconociera. Otra encontró mi nalga y la abrió un poco.
—Aldo —susurró, y esta vez la voz era de quien ya no aguanta más—. Necesito…
No terminó la frase. Sentí cómo se acomodaba detrás de mí, cómo apoyaba la punta de su polla contra mi ano y empujaba con cuidado. Mojado, sí, pero ancho. Se me escapó un gemido bajo cuando me abrió.
—Estás despierto —dijo, y se quedó quieto.
Giré la cara apenas. La oscuridad estaba llena de su respiración.
—Estoy despierto, tío —contesté en un hilo de voz—. Llevo despierto las tres noches.
Hubo un silencio largo. Pensé que iba a salir corriendo, que iba a inventarse una excusa, que la casa entera se iba a romper. Pero yo, que nunca he sabido quedarme quieto cuando alguien duda, eché las caderas hacia atrás y le metí su verga entera dentro de mí.
—Ah… joder… —gimió contra mi nuca.
—No pares, tío —dije—. No te atrevas a parar.
Y no paró. Me agarró por la cadera con esa mano enorme y empezó a follarme en serio, con un ritmo torpe al principio y después firme, profundo, como si estuviera recuperando algo que llevaba años debiéndose a sí mismo. Yo movía el culo contra él, le pedía más, le decía cosas que en la ciudad nunca le había dicho a nadie. La cama crujía. La casa entera podía estar oyéndonos y yo no podía importarme menos.
—¿Me deseabas, tío? —le susurré—. ¿Tantos años me deseabas?
—Desde siempre —contestó con la voz rota—. Desde siempre, Aldo.
Se corrió dentro de mí con un gruñido contenido y me abrazó por la espalda, sudado, temblando un poco. Nos quedamos así, encajados, oyendo el grillo de la ventana.
—Esto no puede volver a pasar —dijo al rato, sin convicción ninguna.
—Claro que va a volver a pasar —contesté, y le besé la mano que tenía sobre mi pecho.
***
Volvió, claro. Cada noche, durante una semana, Aurelio cruzaba el pasillo descalzo y se metía en mi cama. Aprendimos a entendernos sin hablar. Yo aprendí a leer el peso de su cuerpo, la urgencia de su respiración, el momento exacto en que estaba a punto de correrse. Él aprendió a tomarse su tiempo, a tocarme la nuca cuando me ponía boca abajo, a esperar mi gemido antes de empujar fuerte. Descubrí algo que no sabía de mí: me gustaba someterme a él. Me gustaba que ese hombre callado, que apenas miraba a nadie a los ojos durante el día, me cogiera por las caderas en la oscuridad y me usara como si yo fuera lo único suyo en el mundo.
El problema, o lo que en realidad no era un problema, se llamaba Domingo.
Lo había notado en los desayunos. Sus ojos saltones puestos en mi cuello, en mis muñecas, en la marca que un día se me asomó por el borde de la camiseta. Una mañana, mientras Aurelio servía café, sentí el empeine descalzo de Domingo deslizarse por mi pantorrilla bajo la mesa, subir hasta la rodilla y quedarse allí. Lo miré. Él me sostuvo la mirada un segundo, sonrió de medio lado y siguió hablando del tiempo con su hermano como si nada.
Esa noche, cuando Aurelio entró en mi habitación y empezó a desnudarse, le puse una mano en el pecho.
—Domingo lo sabe —dije.
Aurelio se quedó parado, con el pijama a medio bajar.
—¿Qué?
—Sabe que vienes. Sabe lo que me haces. Y quiere subir.
Negó con la cabeza, despacio.
—Es mi hermano, Aldo. No podemos.
—¿No? —Le bajé el pantalón hasta los tobillos de un tirón y le agarré la verga, que estaba ya medio dura solo de mirarme—. ¿No lo habéis compartido todo desde críos? ¿La casa, las tierras, las cenas, hasta el silencio?
Aurelio cerró los ojos.
—Ve a buscarlo —dije—. Dile que su sobrino le está esperando.
Tardó en moverse, pero se movió. Salió descalzo al pasillo y oí, al cabo de un minuto que se me hizo eterno, dos juegos de pasos volviendo. Cuando se abrió la puerta, Domingo entraba detrás de su hermano, con una bata vieja mal cerrada y los ojos brillándole de miedo y de hambre.
—Esto está mal —dijo, sin moverse del umbral.
—Pronto va a estar bien, tío —contesté.
Me arrodillé en la alfombra y le tendí la mano. Domingo dio dos pasos, dejó caer la bata y se quedó delante de mí con la polla a la altura de mi boca. Era más larga que la de Aurelio, más fina, con una vena gruesa que la recorría entera. La metí en mi boca despacio, mirando hacia arriba, y le oí soltar un suspiro que no había soltado en su vida.
Aurelio se acercó por el otro lado. Me agarró el pelo y giró con suavidad mi cara hacia él. Pasé de un hermano al otro, alternando, sintiendo cómo se miraban por encima de mi cabeza con una mezcla de incredulidad y de complicidad antigua. Mordí, lamí, tragué, me dejé hacer.
—Mírame —ordenó Aurelio cuando me tenía la boca llena—. Mírame mientras se la chupas a mi hermano.
Le miré. Me sentí su puta y la suya y la de toda la casa.
Me llevaron a la cama. Me pusieron a cuatro patas en el centro del colchón. Domingo se acomodó delante, ofreciéndome su verga otra vez. Aurelio se colocó detrás, me escupió encima y me abrió con dos dedos.
—¿Lista, putita? —preguntó Domingo, y la palabra le sonó nueva en la boca, como si la estrenara conmigo.
—Es la primera vez que me llamas así, tío —jadeé—. Y me encanta.
Aurelio empujó dentro de mí justo cuando Domingo me llenaba la boca. Cerré los ojos un segundo. Sentir a los dos hermanos en mí, a la vez, los dos hombres que de crío me habían enseñado a montar en bici, a podar la higuera, a esperar la lluvia, me llenó de una clase de placer que no tenía nombre todavía. Era humillación, ternura, vértigo y casa.
—Joder, sí —gemí cuando pude—. Más fuerte, tío Aurelio. Soy vuestra puta. Soy vuestra.
Los dos obedecieron. Cogieron un ritmo común, antiguo, como si llevaran toda la vida ensayándolo sin saberlo. Mis gemidos quedaban ahogados por la polla de Domingo. Las embestidas de Aurelio sonaban por debajo, secas, contra mis nalgas. La cama crujía como un barco viejo.
—Me corro en tu culo, putita —avisó Aurelio al cabo de un rato.
—Sí, tío, sí —pedí en cuanto Domingo me dejó hablar.
Se vació dentro de mí con un gruñido largo. Casi a la vez, Domingo me agarró la cabeza con las dos manos y se corrió en mi boca, y yo me esforcé en tragar todo lo que pude, sin soltarle, mirándole a los ojos hasta el final.
Me quedé un momento así, llena por los dos lados, con la respiración rota y una sonrisa estúpida que no me cabía en la cara. Caímos los tres en la cama, hechos un nudo de piernas, brazos y sudor.
—Esto es nuestro secreto —murmuró Aurelio contra mi hombro.
—Nuestro secreto, putita —repitió Domingo, y me besó el cuello con una ternura que no me esperaba.
Me dormí entre los dos, con el olor a tabaco a un lado y el de la colonia barata de Domingo al otro, sabiendo que las vacaciones en Vegaltura se habían vuelto, otra vez, lo más importante de mi año. La casa vieja, los pasillos oscuros, los suelos que crujían: todo aquello que de niño me había parecido un escondite ahora era, por fin, un sitio donde ser exactamente quien yo era.
Y en el centro de la cama, entre mis dos tíos dormidos, me sentí como nunca me había sentido en ninguna otra parte: en casa.