Mi prima me probó por primera vez aquel jueves
Esa tarde de jueves volví a casa con las bolsas pegadas a las muñecas y la espalda mojada por el calor de la avenida. Tenía veinte años y una costumbre que mi madre nunca terminó de entender: caminar despacio por el centro aunque las bolsas pesaran, sólo para escuchar los piropos que los chicos del barrio me lanzaban como si no fueran a parar nunca.
«Princesa, mírame». «Hermosa, ven un segundo». «Mi reina, no me dejes así».
Yo nunca contestaba. No es que no me gustara, era más bien que no sabía qué hacer con todo eso. Tenía la piel trigueña, el pelo largo hasta la cintura, los ojos verdes y un cuerpo que parecía dibujado para llamar la atención sin que yo hiciera nada por merecerlo. Había perdido la virginidad a los dieciocho con un compañero de la universidad al que ya casi no recordaba, y desde entonces sólo me había acompañado mi propia mano por las noches.
Aquella tarde, sin embargo, algo iba a cambiar.
Apenas crucé la puerta de la casa escuché voces en la sala. Voces de mujeres conocidas que llevaban meses sin pisar nuestra cocina. Mi tía Marina y mi prima Camila estaban sentadas en el sofá, con vasos de limonada en la mano y una sonrisa que mi madre les devolvía como si nunca hubieran dejado de venir.
—¡Hola! ¿Y esto? —dije dejando las bolsas en el suelo.
—Mi vida, qué grande estás —dijo mi tía levantándose para abrazarme—. Mírate nada más, te has puesto preciosa.
Camila no se levantó. Camila se quedó sentada, con una pierna cruzada sobre la otra y la mirada clavada en mí desde la rodilla hasta el escote. Tenía veintidós años, tres centímetros más que yo, el pelo recogido en un moño descuidado y un labial granate que le marcaba la sonrisa como si la estuviera subrayando.
—Hola, prima —dijo ella sin apartar los ojos.
—Hola, Camila.
Hubo un segundo de silencio que las otras dos no notaron. Yo sí. Camila me estaba mirando como me miraban los chicos en la avenida, pero con una diferencia importante: ella sí esperaba respuesta.
—Suban un rato a tu cuarto, hijas, mientras yo preparo algo de comer —dijo mi madre—. Hace siglos que no se ven.
—Vamos —contestó Camila levantándose primero.
Le entregué las bolsas a mi madre, le di un beso rápido y subí. No esperé a mi prima. Subí los escalones de dos en dos, entré a mi cuarto, cerré la puerta, me apoyé contra ella y respiré.
Y entonces tomé una decisión que no había planeado.
Me quité la blusa. Me quité el sostén. Me quité los pantalones. Me quité la ropa interior. Me senté al borde de la cama con las piernas cruzadas y esperé.
No sé de dónde me vino la idea.
Quizás de los meses de aburrimiento, de las noches con los dedos, de aquella mirada que ella me había clavado abajo. Quizás de saber que mi tía y mi madre estaban tan entretenidas hablando que no iban a subir. Lo único que sé es que cuando escuché los pasos de Camila en la escalera, el corazón me golpeaba contra las costillas como si quisiera salirse.
Tocó la puerta dos veces. No esperó respuesta.
—¿Puedo? —dijo, y abrió.
Se quedó quieta en el umbral. La sonrisa con la que había subido se le congeló a medio camino. Cerró la puerta con el pie, despacio, sin apartar los ojos de mí.
—Vaya, vaya —murmuró en voz baja—. Así que mi prima es toda una mujer que no tiene a nadie que la toque.
—Podría decir que sí —respondí—. O podría decir que me estabas mirando demasiado en la sala. ¿No pensaste que me iba a dar cuenta?
—Pensé que te ibas a hacer la tonta.
—No me hago la tonta.
Caminó hasta la cama. Se relamió el labio inferior, lento, como si lo estuviera ensayando para mí. Se sentó en el borde, a treinta centímetros, y dejó que su mano se posara en mi rodilla.
—¿Te gustó que te mirara así?
—Por eso subí —dije.
—¿Y qué quieres que haga ahora?
—Cállame.
Se rió en voz baja. Una risa que no era simpática, era hambrienta.
—¿Te han probado alguna vez? —preguntó subiendo la mano por mi muslo—. Con la boca, digo.
—Nunca.
—Mmm. —Su mano llegó al borde de mi sexo y se quedó ahí, sin tocarme—. ¿Y tú a otra mujer?
—Tampoco.
—Hoy es un buen día, prima.
Se inclinó y me besó. No fue un beso de prueba ni de tanteo. Fue un beso de quien sabe lo que hace, de quien lo ha hecho muchas veces y no piensa explicárselo a nadie. Me agarró la nuca con una mano y con la otra me empujó hacia atrás hasta que quedé tumbada sobre la cama, desnuda, con ella encima vestida todavía.
—Quiero que te quedes quieta —dijo separándose—. Mira nada más.
Se quitó el vestido por la cabeza. Debajo no llevaba sostén. Los pechos le caían pesados, con los pezones oscuros y duros, y una cicatriz pequeña a un lado del ombligo que yo no le conocía. Se bajó las bragas y las dejó colgando del tobillo antes de patearlas a un costado.
—No me he duchado desde la mañana —avisé en un susurro tonto.
—Mejor.
Se arrodilló entre mis piernas. Me las abrió con las manos, sin prisa, como si estuviera abriendo un libro que quería leer despacio. Acercó la cara y respiró sobre mí. No me tocó todavía. Sólo respiró, y la sensación de su aliento caliente contra una piel que nunca había sido besada me arrancó un gemido que no supe contener.
—Mira esto —dijo ella—. Estás temblando.
—Por favor —pedí.
Y entonces bajó la cabeza.
La primera lamida fue larga, lenta, de abajo arriba, y me clavé las uñas contra la sábana. La segunda fue circular, alrededor del clítoris, sin tocarlo todavía. La tercera fue directa, y cuando la lengua de Camila se posó sobre el punto exacto, mi cuerpo se arqueó por sí solo, sin pedirme permiso.
—Así, así —murmuré—. No pares.
No paró. Me agarró los muslos con las dos manos para mantenerme abierta, me metió la lengua adentro hasta donde pudo y la sacó despacio, una y otra vez, mientras la nariz me rozaba en cada subida. Yo no era capaz de hablar. Sólo podía respirar a tirones y mirar al techo con los ojos a medio cerrar.
Estaba a un minuto, quizás menos, de venirme por primera vez en la boca de alguien, cuando la puerta del cuarto se abrió sin un solo aviso.
—Pero qué demonios.
Mi tía Marina. De pie en el umbral. Con la cara entre el asombro y otra cosa que tardé un segundo en reconocer.
—Mamá —dijo Camila levantando la cara sin soltarme los muslos—. Renata estaba…
—Cierra la puerta —cortó mi tía.
Camila no se movió. Yo intenté incorporarme y mi tía levantó la mano.
—Quédate como estás, Renata. —Su voz no era de regaño. Era otra cosa—. Tu madre está abajo cortando cebolla. Le dije que iba a subir un rato a verlas. ¿Tú entiendes lo que estoy diciendo?
Asentí sin atreverme a hablar.
Cerró la puerta. Le echó el seguro. Y empezó a desabrocharse la blusa.
—Mamá —repitió Camila, esta vez en otro tono.
—Si tu prima tiene tantas ganas, no vas a ser tú la única que se la coma. ¿Entendido?
Camila se rió por la nariz. Yo no entendí si era de incomodidad o de excitación. Tampoco me importó. Marina se bajó la falda, se quedó sólo con unas medias hasta el muslo y se subió a la cama detrás de mí. Se sentó contra la cabecera, me agarró por debajo de los hombros y me jaló hacia ella hasta que mi cabeza quedó apoyada contra su pubis.
—Vamos a hacer una cosa, mi vida —me dijo al oído—. Tú me vas a mamar a mí mientras Camila te termina lo que empezó. Si lo haces bien, no le digo a tu madre absolutamente nada. ¿Te parece?
Me parecía. Me parecía cualquier cosa. Asentí.
—Buena niña.
Se subió un poco más hasta quedar sentada sobre mi cara. Olía a perfume caro, a sudor de tarde, a algo dulce que no supe nombrar. Saqué la lengua sin pensar, sin saber bien cómo, y la pasé por donde la sentía más caliente. Marina dejó escapar un suspiro largo y me bajó la mano a la nuca para acercarme más.
—Así, mi amor. Aprendes rápido.
Camila volvió entre mis piernas al mismo tiempo. Esta vez no jugaba. Esta vez chupaba con una intención clara, sin tregua, alternando lengua y dedos hasta que sentí que el cuerpo se me iba a partir en dos.
—Voy a venirme —avisé contra mi tía.
—Vente —dijo Marina—. Vente en su cara como te enseñe yo.
Me vine. Me vine con un gemido que mi tía ahogó tapándome la boca con la palma. Me vine arqueada, sacudida, con los muslos cerrándose contra la cabeza de Camila, que no me soltó hasta haber bebido cada gota.
—Mira nada más —murmuró Marina mirando hacia abajo—. Si es una perra de raza, esta sobrina mía.
Camila levantó la cara, con la barbilla brillante, y se chupó los dedos uno a uno.
—Te toca a ti, mamá.
Mi tía se bajó de mi cara. Se acostó boca arriba al lado mío. Camila se subió encima de ella en sentido contrario, ofreciéndome a mí su pubis mientras le metía la cara a su madre entre los muslos.
—Cómele a Camila —me ordenó Marina con la voz ahogada—. Y aprende, que tienes mucho que aprender todavía.
No pregunté. No dudé. Me incliné hacia mi prima y le hice lo que ella me había hecho un minuto antes, con la torpeza de la primera vez y con las ganas de quien acaba de descubrir algo nuevo. Camila gemía contra su madre. Su madre gemía contra mi prima. Yo aprendía con la lengua lo que nadie me había enseñado nunca.
***
Cuando bajamos a comer, media hora más tarde, mi madre nos miró un instante de más. Camila se había recogido el pelo, mi tía se había puesto colorete, yo había bajado descalza. Nadie dijo nada.
—¿Y? ¿De qué hablaron tanto rato? —preguntó mi madre sirviendo el arroz.
—De cosas de mujeres —contestó Marina mirándome por encima del vaso—. ¿Verdad, Renata?
Yo me llevé el tenedor a la boca para no responder.
Mi prima Camila, debajo de la mesa, me apretó el muslo con la mano.