La despedida lésbica que sacudió a la familia
Volvieron al living para retomar la fiesta y ninguna se molestó en buscar ropa. Los vestidos colgaban de las sillas y las copas seguían llenas. La música sonaba más baja que antes, como si la propia casa intuyera que esa noche era distinta.
—¿Qué tal la concha de Mariana, tía? —preguntó Camila, con la voz arrastrada por el daikiri—. ¿Estaba a la altura?
—No estaba mal —contestó Diana, como si valorara un postre de hotel—. Aunque las conchas, ya te dije, no son lo mío.
—Ay, tía, soltate un poco. Acá nadie te va a juzgar —Camila la abrazó por detrás y le apretó los pechos por encima del vestido—. ¿Por qué nunca dejás que se vean? Siempre pensé que tenías unas tetas magníficas.
Antes de que Diana pudiera protestar, su sobrina le bajó la parte superior del vestido. Los pezones quedaron expuestos al aire fresco del salón, duros y desafiantes, como toda ella. Hubo aplausos y silbidos.
Camila la desnudó del todo al ritmo de una bachata lenta. Mariana, todavía detrás de su barra improvisada, bailaba sin más ropa que un par de medias de red y la miraba a los ojos. Diana, la mujer que nunca brindaba sin pedir un vaso para el hielo, empezó a mover las caderas con una soltura que su hermana Marta no le conocía.
Marta sintió que el aire del living se volvía espeso. Solo una vez en la vida había visto a Diana bailar así. Tenían veinte años recién cumplidos y estaban en una discoteca del centro. Diana se había emborrachado y subido al escenario en ropa interior, y uno de los strippers del local le había metido los dedos delante de todos. Al día siguiente, Diana lloró del bochorno. Pero esta vez, en la casa de su propia hija, no había vergüenza ninguna.
Camila se dejó caer en el sofá y palmeó sus muslos.
—Vení, tía. Sentate acá.
Diana obedeció como una adolescente sin defensas. La lengua de su sobrina le recorrió el cuello desde la oreja hasta la clavícula, mientras los dedos buscaban el premio. La concha de Diana, escondida durante años bajo bombachas de algodón y blusas abotonadas, se abrió húmeda al primer contacto.
—Camila, basta —intervino Marta, al ver a Yamila acercándose con otra copa—. Tu tía ya tomó demasiado.
—No seas pesada, mamá. Solo nos estamos divirtiendo.
—¿Tu idea de divertirte es masturbar a tu tía? Mirate, dios mío.
—¿En una noche como esta? Sí. Renata le chupó la concha a Lara hace media hora. Esto es un juego suave en comparación.
Tania y Carla, sentadas en el sillón de enfrente, se besaban sin parar. Una mano dentro de la otra, dedos que entraban y salían, lenguas que se buscaban como si llevaran años esperándose.
—¿No les da vergüenza? —insistió Marta.
Las dos se rieron, lo que solo hizo que la furia le subiera por la garganta.
—Es un juego entre amigas —dijo Tania.
—¿Un juego? Hace rato que esto dejó de ser un juego. ¿Cómo se van a mirar a la cara el lunes? ¿Les van a contar a sus maridos sobre estos jueguitos?
Ese golpe sí dio en el blanco. Carla apartó los dedos y bajó la vista hasta perderla en la alfombra. Tania se quedó con la boca entreabierta, sin réplica.
—¿Hasta cuándo piensan seguir? —Marta lanzó la pregunta directa a Lara.
La novia, todavía desnuda, se acomodó los anteojos.
—Tenés razón, mamá. Nos estamos pasando…
—Puede ser —interrumpió Camila—, pero ya pagamos los servicios de Yamila para toda la noche. Sería un desperdicio cortar acá. ¿No, tía?
—Cierto. Sería un desperdicio…
Yamila no esperó la orden. Se arrodilló frente a Diana y empezó a lamerle la concha con una calma quirúrgica. Diana gimió en el primer contacto. Camila le pellizcó los pezones como si estuviera regulando un volumen. En segundos, Diana arqueaba la espalda, con los ojos cerrados y los labios entreabiertos. La lengua de Yamila trabajaba el clítoris y se hundía en una vagina que llevaba meses sin recibir atención.
—Al parecer te calentó comerle la concha a Mariana, ¿eh, tía?
—Mmm… ya te dije que no son lo mío… pero esa mujer tiene un cuerpo que… uf… excitaría a cualquiera.
—A mí no —cortó Marta.
—No mientas, mamá —desafió Camila—. Todas vimos cómo te masturbabas en el baño. Estás tan caliente como nosotras. La diferencia es que no querés admitirlo.
—Eso fue un desliz. Una tontería del momento —las mejillas de Marta ardían rojas hasta las orejas.
—Yamila, ¿le harías el mismo favor a mi mamá?
—Sería un placer —respondió la morena, con esa media sonrisa que solo tienen las que cobran por saber lo que hacen—. Es una mujer hermosa.
Yamila avanzó hacia ella con paso de gata. Marta apretó el vaso entre las manos.
—Que ni se te ocurra acercarte.
—Es un ratito, mamá. Para que te relajes y no me arruines la fiesta.
Lara lo dijo en voz baja, casi un ruego, pero la frase pegó como un martillo. Marta no quería ser la madre que arruinó la única despedida de su hija. No opuso resistencia cuando Yamila le levantó el vestido ni cuando le bajó la bombacha. Apareció a la vista de todas una vagina prolija, con el vello recortado en triángulo. Lo que las hizo abrir los ojos fueron los hilos de flujo que se formaron al separar los labios.
***
La primera lamida fue como una corriente eléctrica. Marta giró la cabeza buscando una pared, un punto donde anclar la mirada, y lo que encontró la dejó muda. Los dedos de Camila estaban hundidos en la concha de Diana, y Diana le besaba la boca a su sobrina con una hambre que su hermana jamás le había conocido.
—¡Carajo! —exclamó—. ¿Pueden parar con eso?
Camila sonrió de costado y se levantó. Marta creyó que había ganado algo, pero entendió rápido que solo había abierto otra puerta.
—Ya vuelvo —dijo Camila—. Voy a buscar algo para hacerla más interesante.
Regresó con un dildo enorme sujeto en una mano y un arnés en la otra. Marta abrió los ojos como platos y se retorció contra la lengua experta entre sus piernas. Era un strap-on doble: la pieza más chica iba hacia adentro de la portadora, la otra hacia afuera. Marta lo había visto en algún video, pero no le hizo falta que se lo explicaran.
—Uy… esto se pone interesante —dijo Tania, poniéndose de pie—. ¿Lo vamos a usar con la agasajada?
—Imaginás bien.
—Están todas locas —escupió Marta entre dientes, sin poder dejar de retorcerse.
—No sé, chicas… me parece demasiado —Lara intentó retroceder, acomodándose los anteojos.
—No seas así, hermana. Es un ratito cada una.
—¿Cada una? —preguntó Renata—. ¿Eso me incluye a mí?
—Claro. Le vamos a regalar a Lara un orgasmo que se acuerde toda la vida. Para que el matrimonio empiece con buen pie.
—Pero… ¿esto no sería como acostarnos con ella? —Diana volvió a la realidad por un instante, con la borrachera difuminándose entre los gemidos.
—Para nada, tía. Es un juguete. Plástico. Ni siquiera hace falta que la toquemos.
—Bueno, sí… pero igual se lo estaríamos metiendo por la vagina.
—¿Y quién dijo que se lo vamos a meter por ahí? —respondió Camila, con una sonrisa que a Marta le heló la espalda.
—¡Eso sí que no! —chilló Marta.
—Es una broma, mamá —Lara la calmó con la voz más débil que pudo—. No hay forma de que eso me entre por otro lado.
Marta soltó el aire, pero le clavó a Camila una mirada que decía claramente: «Después vos y yo hablamos».
***
—¿Quién arranca? —preguntó Camila.
—Yo —saltó Tania—. Ay, ¡qué raro que es!
—Tiene un diseño doble. Uno va adentro tuyo, el otro afuera.
—Mostrame.
Camila se arrodilló entre los muslos de Tania y se tomó su tiempo. Una buena lamida, dos, tres, hasta que la concha de Tania quedó brillante. Después le hundió el pene chico con cuidado y ajustó el arnés. La pieza interna desapareció y Tania soltó un suspiro largo.
—Si no lo hubiera visto, no creería que hay algo ahí dentro —murmuró Carla.
—Lo siento todito —se rió Tania—. Y vos, Lara, prepará la concha, porque te voy a meter todo esto.
Sostuvo el dildo grande como si fuera parte de su propio cuerpo. Lara se puso en cuatro sobre la alfombra. Camila le pasó lubricante en gel y la ayudó a apuntar.
—Te juro que lo vas a gozar —le susurró Tania.
Todas miraban, incluida Marta, que tenía las piernas tan abiertas que ya nadie disimulaba el espectáculo. La lengua de Yamila trabajaba sobre su clítoris con una constancia que no aflojaba. Marta jamás lo iba a reconocer en voz alta, pero nunca le habían chupado la concha así. Sin querer, le acarició el pelo a la morena, y esa caricia silenciosa fue toda la confirmación que Yamila necesitó para chupar más fuerte.
Lara soltó un chillido cuando la punta del dildo se abrió paso.
—Tranquila, hermana. Te lo digo por experiencia. Va a entrar todo.
La voz de Camila la relajó. Tania la tomó por la cintura y empezó a mecerse despacio. Con cada embestida, el dildo se hundía un centímetro más en Lara y otro centímetro más en Tania.
—Uy… se siente increíble —suspiró Tania—. Cuanto más se la meto, más me la meten a mí.
—¿Viste? Eso es lo mejor —confirmó Camila—. Cuanto más le das, más te dan.
—¿Estás bien, amiga? —Tania bajó la voz—. Avisame si te hago mal.
—Está bien… ya no duele tanto.
Pocos segundos después, la mitad del dildo había desaparecido y Lara sintió que la temperatura le subía hasta las orejas.
—¿Lo estás disfrutando? —insistió Camila.
—Mucho —apenas un hilo de voz.
—¿Tanto como para chupar una concha?
—Mmm… sí. Ahora mismo me encantaría comerme una rica concha.
—Lara, por favor —intervino Marta—. Vos no sos así.
Lara giró la cabeza y le clavó a su madre una mirada nueva.
—¿Por qué no? ¿Acaso no tengo derecho a calentarme? A mí también se me moja la concha. Hasta a vos te encanta que te chupen, no me mientas. Esta es mi despedida y la voy a disfrutar.
—¿Te excitan las mujeres? —preguntó Marta, con miedo, mientras su propio cuerpo se rendía a la lengua de Yamila.
—Sí. Me excitan. ¿Algún problema? No estoy diciendo que me vaya a casar con una. Digo que me calienta ver un buen par de tetas, un lindo culo y una buena concha.
—Camila no me lavó la cabeza, mamá —añadió Lara, anticipándose—. Solo me organizó una despedida en la que descubrí algo de mí. Si voy a estar casada toda la vida, al menos quiero llevarme estos recuerdos.
—¿La escucharon? —dijo Camila—. Esta noche se merece ser memorable. Carla, ayudame.
Carla saltó del sillón, agarró una silla, la plantó delante de Lara y se sentó con las piernas abiertas. Se separó los labios con los dedos.
—Dale, amiga. Date el gusto. Comer concha es hermoso. La primera vez que probé la tuya, algo hizo clic en mí. Desde aquella noche no podía parar de pensarlo.
A Lara le brillaron los ojos. Bajó la cara entre los muslos de Carla y empezó a lamer con una intensidad nueva, absorbiendo cada gota. La espalda de Carla se arqueó y los gemidos se elevaron por encima de la música. Tania, encendida, le clavaba el dildo a Lara con embestidas más profundas. Sentía la pieza interior hundiéndosele cada vez que empujaba.
***
Mientras tanto, Mariana se acercó a Diana con un daikiri en la mano. Meneó la cadera y se sentó a horcajadas sobre las piernas de la mujer. Diana tomó un sorbo, dejó la copa en la mesa y la besó. Marta, sin querer, soltó un gemido. Era el beso más lésbico que había visto en su vida. La lengua de su hermana entraba y salía de la boca de la otra con una obscenidad nueva.
—¿Puedo contratarte otro día? —preguntó Diana, separándose apenas.
—No hace falta. Con una mujer tan hermosa como vos me acuesto gratis.
Diana sonrió. Esa mujer que había pasado la cena hablando de impuestos y de seguros médicos parecía otra. El pelo despeinado le caía sobre la frente y le daba un aire rebelde de mujer joven. Volvió a besarla y Mariana se deslizó al suelo, entre sus piernas.
—Diana… ¿qué carajo te pasa? —tartamudeó Marta.
—No jodas. ¿Vas a decirme que no te encanta cómo Yamila te chupa la concha? En ningún momento le pediste que parara. Si vos podés, yo también.
Renata, hasta ese momento espectadora desde el sillón, se levantó. Camila y Tania la ayudaron a ajustarse el arnés. Con el dildo grande entre las piernas, Renata parecía otra. Caminó hacia su prima Lara y le acarició las nalgas.
—Mi turno, primita.
—Vení.
Lara separó las nalgas con las propias manos. Renata, con el corazón retumbándole en las orejas, le hundió la mitad del dildo de una sola embestida. Carla aprovechó el cambio de posiciones para sentarse en la silla, y fue Tania la que le ofreció la concha a Lara. Llevaba rato esperando ese momento. Cuando la lengua de su amiga le tocó el clítoris, chilló.
***
—Hay que reconocer que Lara chupa bien —comentó Diana, acariciando el pelo de Mariana—. Se nota desde acá.
—Algunas tenemos talento innato para esto —se rió Camila.
Carla se acercó al sillón y se sentó al lado de Diana. Le acarició los pechos, vio que sonreía, y se animó a más. La lengua bajó al pezón y Diana, sin pensarlo, la besó en la boca.
—Te veo muy contenta, mamá —dijo Renata, todavía hundiendo el dildo en Lara—. ¿No me ibas a decir que estas cosas no te iban?
—Bueno, vos sabés mejor que nadie que no me desagradan.
—¿A qué se refieren? —preguntó Camila, sin dejar de moverse—. Estuviste toda la noche quejándote. Y ahora resulta que querés contratar a Mariana y que tu hija te lance esos guiños.
—Mmm… no me corresponde a mí —Diana miró a Renata—. Contales vos lo que pasó después de aquella noche con Tania. Tenés mi permiso.
Todas las miradas se voltearon hacia Renata, menos la de Lara, que seguía con la cara entre los muslos de Tania.
—Creo que ya no tiene sentido callarlo —empezó Renata, sin frenar el ritmo—. Después de aquella noche con Tania, no podía creer lo que había hecho. Lo primero fue contárselo a mi mamá. Pensé que se iba a enojar. Pero no. Me dijo que ella había hecho algo parecido cuando era joven. ¿Adivinen con quién?
El silencio se estiró. Una sola mujer de la sala tenía edad parecida a Diana. Todas las cabezas giraron hacia Marta.
—¿Por qué me miran a mí? —Marta levantó la voz—. No digas pavadas, Renata. ¿Te parece que yo iba a hacer algo así con mi propia hermana?
—Sí pasó —cortó Diana—. Aquella noche en la discoteca, cuando me sacaste arrastrada. Volvimos a casa y discutimos. Me preguntaste por qué me había besado con esa chica. Te dije que tenía ganas de probar. Te dije que tenía curiosidad.
—De eso me acuerdo. Y me acuerdo de haberte dicho que era una locura.
—Sí. ¿Y qué pasó después?
—Mmm… nos pusimos a tomar unas cervezas en tu cuarto. Después nos fuimos a dormir.
—Lo de las cervezas es cierto. Lo de dormir… no tanto. Hermana, yo creí que te acordabas. Al parecer tomaste mucho.
—O lo bloqueó —agregó Renata—. Creo que yo hubiera hecho lo mismo si no hubiera hablado con mi mamá esa misma semana.
—Basta con esto, Diana. No pasó nada. No quiero que mis hijas piensen barbaridades.
—Está bien, hermana. No pasó nada —Diana puso los ojos en blanco—. Yo solo quería que entendieras una cosa: yo también opino que el sexo entre mujeres está mal. Comer fritos también. Y sin embargo, acá estamos.
—No me jodas, Diana. El sexo entre mujeres no es natural y…
—Deberías chupar otra concha —la interrumpió Camila—. Mi turno con el strap-on. Tania, ayudame.
Las quejas de Marta no llegaron a ninguna parte. Tampoco insistió mucho. Yamila se encargó de mantenerla bien distraída, con la lengua hundida entre sus muslos. Renata le cedió el dildo a Lara y se sentó en la silla. Era el turno de su prima de devolverle la cortesía de aquella otra noche en el baño.
—Disfrutá, primita —le susurró—. Yo me habría matado por una despedida así.
Lara sonrió tímida y le besó la concha. En ese instante, Camila se le acercó por detrás, pero el dildo no apuntó hacia la vagina. Lara sintió la presión del gel un poco más arriba.
—¡Hey! —exclamó Marta—. ¿Le vas a meter todo eso por el culo?
—Mmm… mi hermana tiene razón —añadió Diana—. Eso ya me parece demasiado.
—¿Querés que lo haga, Lara? —preguntó Camila, ignorándolas.
—Sí. Quiero saber qué se siente.
—Te va a encantar. Te lo digo por experiencia.
El dildo entró despacio. Lara apretó los dientes con un ardor sordo que después se transformó en calor. No frenó: la concha de Renata era una distracción dulce.
***
Carla, ya sin paciencia para besar a Diana solamente, se arrodilló al lado de Mariana y se sumó a la tarea. Las dos lenguas se turnaban en la concha de Diana. La mujer se estremeció y los dedos se le crisparon en la tapicería del sillón.
—Ay, chicas… me van a volver loca.
Mientras tanto, Tania se sentó junto a Marta. Le sonrió con un descaro que la otra no supo cómo encajar.
—Al final, bien que te gustó la negra.
—Callate, idiota. No te dirijas a mí.
—No te hagas la difícil, Marta. Estuviste toda la noche mirándome el culo. Te caliento. Admitilo.
Marta abrió la boca para responder y los labios de Tania ya estaban sobre los suyos. No opuso resistencia. Cerró los ojos y dejó que la lengua se le metiera hasta el fondo. Acarició el pelo de Yamila, que seguía abajo, y separó más las piernas.
El culo de Lara se abría a empujones, con esa lentitud que tienen los descubrimientos. Camila parecía haber esperado ese momento toda su vida.
Diana, entre tanto, terminó tendida sobre la alfombra. Mariana se sentó a horcajadas sobre su cara y la miró desde arriba con esa media sonrisa de bartender. Diana no protestó. Mostró una sonrisa que la hizo parecer diez años más joven y empezó a lamer la concha de Mariana por tercera vez en la noche.
Tania pidió relevo con un gesto y Yamila se incorporó. Para sorpresa de las dos, Marta no se movió ni un milímetro. Mantuvo las piernas separadas y, en cuanto Tania quedó arrodillada entre ellas, le posó la mano en la nuca con una suavidad que no se permitía hace años. La guió hasta donde quería. Después, cuando Yamila se acercó a besarla, Marta le devolvió el beso. Los labios de la morena tenían el sabor de sus propios flujos. Le pareció el sabor más íntimo que había probado en su vida.
***
El dolor del culo de Lara era agudo, pero soportable. Lo que la mantenía firme era saber quién la estaba penetrando. Era su hermana. La misma que la había acompañado en cada crisis, la que sabía qué cuello le gustaba en sus blusas y cuál no. Si Camila le decía que iba a gozar, le creía. Durante mucho tiempo había esquivado el sexo anal por pudor, por considerarlo «de putas». Esa noche aceptaba serlo, al menos por una vez.
El bombeo se hizo más rítmico. Camila notó que Lara lo disfrutaba por la forma en que se comía a Renata. Había una voracidad lésbica nueva en ella, reconocible. Era la misma que Camila había descubierto en sí misma cinco años antes.
—¿Querés probar otra concha, hermanita? —le preguntó.
—Quiero probarlas todas.
—¿Todas? —Marta levantó la cara del cuello de Tania.
—Todas. Es mi despedida y la voy a disfrutar al cien por ciento. Tía, ¿te puedo chupar la concha?
—Mmm… ¿estás segura, mi amor? Después no te arrepientas.
—No me voy a arrepentir. Es algo que me quiero permitir, solo por hoy.
—Si es solo por hoy, no le veo nada malo —Diana se acomodó en el sillón con una sonrisa lenta.
Y mientras el dildo se le hundía hasta el fondo del culo, Lara empezó a lamer la concha de su tía. Sintió una descarga eléctrica recorrerla de los tobillos a la coronilla. No iba a detenerse hasta probarlas a todas. Ni su madre, todavía gimiendo bajo la lengua de Tania, iba a poder pararla.