Mi sobrina se quedó en casa y todo pasó en la ducha
Eran apenas las siete de la mañana cuando el timbre empezó a sonar sin descanso. Acababa de levantarme y Sebastián, mi hijo, seguía en la ducha de la planta baja preparándose para la universidad. Bajé descalza, todavía atándome la bata, y al abrir me encontré con mi cuñada Lorena y mi sobrina Camila en la puerta, con dos maletas enormes a sus pies.
—Marina, perdóname la hora —dijo Lorena, abrazándome con esa cordialidad de plástico que siempre tenía.
—¿Qué hacen aquí tan temprano? Pasen, pasen.
Las dejé entrar y cerré la puerta. Camila apenas levantó los ojos del piso para saludarme. La última vez que la había visto tendría unos catorce años; ahora, con diecinueve recién cumplidos, era otra persona. Alta, de piel muy blanca, con el pelo castaño suelto sobre los hombros y un cuerpo que rebosaba bajo una blusa roja demasiado pequeña. Sus pechos llenaban la tela hasta el último centímetro, y un brasier con relleno los empujaba aún más arriba.
Las hice pasar al salón y fui a servirles agua. Mientras estaba en la cocina recordé, demasiado tarde, que Sebastián tenía la costumbre de salir del baño desnudo o apenas con una toalla. Vivíamos solos desde mi divorcio y se había acostumbrado a moverse por la casa sin pudor. Ese detalle no se lo había contado a nadie de la familia.
Justo cuando volví con los vasos, escuché la puerta del baño abrirse. Sebastián caminó por el pasillo completamente desnudo, todavía con gotas de agua bajándole por el pecho, y solo se dio cuenta de la visita cuando ya estaba a la altura del salón. Lorena dejó escapar un gritito ahogado. Camila se tapó la boca con la mano, pero alcancé a ver cómo sus ojos bajaron directo a la polla de mi hijo, que le colgaba pesada entre los muslos, gruesa incluso en reposo, antes de apartar la mirada con las mejillas ardiendo.
—¡Mamá! —Sebastián se cubrió como pudo con las manos y volvió corriendo a su habitación.
—Perdón, cuñada, está acostumbrado a moverse así. Somos solo él y yo en la casa —dije con una sonrisa nerviosa.
—Tranquila, Marina. Ya es un hombre. Cómo creció... la última vez era un niño.
Camila tenía las mejillas encendidas como tomates. No dijo nada. Se quedó mirando fijamente el vaso de agua, y noté que respiraba un poco más rápido, con los pezones marcándose contra la blusa. Lorena, en cambio, se abanicaba con la mano y desviaba el tema hablando del calor.
—Bueno, te cuento a qué venimos. Tu hermano y yo nos vamos de viaje de trabajo dos semanas y no podemos llevar a Camila. ¿Te la puedes quedar?
Me quedé un segundo en silencio. Mi hermano me había apoyado mucho durante el divorcio, así que negarme estaba descartado. Además, ver a Camila ahí, sentada en mi sofá con esa carita de cordero, me ablandó.
—Por supuesto. Quédate las semanas que quieras, mi amor.
—¡Gracias, Marina, no sabes qué favor me haces! Camila ya terminó la secundaria y todavía no entra a la universidad, así que puedes mandarle a hacer lo que quieras. Ella te va a obedecer, ¿verdad, hija?
—Sí, mamá —contestó Camila con la voz apenas audible.
Lorena se despidió con un beso en el aire y se fue antes de que pudiera ofrecerle un café. La escuché arrancar el auto y alejarse. Camila seguía parada en medio del salón con las dos maletas a sus pies, sin saber dónde meterse.
—Ven, te muestro tu cuarto. ¿Desayunaste algo?
—No, manejamos toda la noche.
—Te preparo algo. Aprovecho y le hago a tu primo también.
Sebastián salió de su habitación vestido, todavía con la cara colorada por el incidente. Cuando vio a Camila en la cocina se acercó y le dio un beso en la mejilla.
—Perdón por lo de hace un rato, prima. Te juro que no sabía que estaban aquí.
—No pasa nada —murmuró ella, mirándose las manos.
Pero yo la conocía, aunque hiciera años que no la veía. Recordaba cómo seguía a Sebastián por todos lados cuando eran niños. Esa mirada con la que ahora lo seguía por la cocina era la misma de entonces, solo que ya no era una niña. Sebastián también la miraba a ella de otra forma, sin disimulo, se le iban los ojos a las tetas cada vez que ella se agachaba. Comieron juntos charlando de tonterías mientras yo terminaba de preparar el café, y cuando él se fue a la universidad, Camila se quedó conmigo.
***
Pasamos toda la mañana ordenando la casa. Le dije que no hacía falta, pero ella insistió en ayudar, y terminamos las dos empapadas en sudor moviendo muebles y limpiando los pisos. Para el mediodía, mi camiseta estaba pegada al cuerpo y los rizos de Camila se le habían apelmazado en la nuca.
—Estamos hechas un desastre —dije, riéndome—. Báñate primero tú.
—Ve tú, tía. Yo espero.
La miré un segundo. Tenía la blusa roja transparentándose por el sudor, y el brasier negro se le notaba con claridad. Algo, no sé qué, me llevó a decir lo que dije después.
—Mejor metámonos juntas. Total, el baño es grande y así no perdemos tiempo. ¿No te bañabas con tus compañeras en el gimnasio del colegio?
—Sí, pero...
—¿Pero qué, mi amor? Es solo agua.
Se quedó mirándome unos segundos. Yo no sabría explicar qué buscaba en mi cara, ni qué encontró. Asintió.
Subí con ella hasta la puerta del baño grande de la planta baja y le dije que sacara una muda limpia de su maleta. Mientras esperaba, me quité la ropa y la dejé en el cesto. Hacía meses que algo había cambiado en mí. Después del divorcio empecé a mirar a las mujeres de otra forma, a fijarme en cosas en las que antes no me fijaba. Camila, con su cuerpo recién estrenado y esa timidez que no terminaba de disimular lo que pensaba, había puesto el dedo justo en esa zona nueva. Yo ya me había tocado varias noches pensando en un coño joven, apretado, virgen, y ahora tenía uno bajo mi techo.
Llegó al baño con la ropa limpia en la mano y la dejó sobre la tapa del inodoro. No me miraba. Empezó a desabotonarse la blusa muy despacio, como si esperara que yo me diera la vuelta. No lo hice.
—Tranquila, soy enfermera. He visto mil cuerpos en el hospital. No tienes que tener vergüenza conmigo.
Eso pareció ayudarla. Se sacó la blusa, después el pantalón corto. Quedó en ropa interior negra de encaje, una lencería que claramente no había elegido pensando en que su tía la vería. Tenía los pechos altos, redondos, con los pezones rosados marcándose contra la tela. Cuando se sacó el brasier los vi temblar levemente con el movimiento, dos tetas blancas coronadas por pezones chicos y erguidos que me hicieron tragar saliva. Cerró los ojos para bajarse la tanga, como si así pudiera no estar ahí. Cuando el encaje cayó al piso me quedé mirándole el coño: casi lampiño, con apenas una franjita de vello castaño recortada sobre el pubis, y los labios pequeños, cerrados, rosados, todavía intactos.
—Eres hermosa, Camila —dije, y no era una mentira ni una estrategia. Lo dije porque me salió.
Ella sonrió tímidamente y se metió conmigo bajo la regadera. El agua caliente cayó sobre las dos y el vapor empezó a llenar el baño. Mis propias tetas, más pesadas que las suyas, se le rozaron sin querer contra el brazo y sentí que se estremecía entera.
—Mi amor, ¿tu mamá te llevó alguna vez al ginecólogo?
—No, nunca. Sabes cómo es.
—Una chica de tu edad ya debería estar yendo. Te puedo revisar yo, si quieres. Es rápido. Es lo mismo que hace el médico, solo que en confianza.
—¿Aquí?
—Aquí. Para que no te dé vergüenza después con un desconocido.
Asintió. Le pasé la esponja con jabón por los hombros, por la espalda, y la fui llevando hacia adelante hasta los pechos. Empecé a palparlos con suavidad, en círculos, como me habían enseñado en la facultad. Pero no era una palpación clínica y las dos lo sabíamos. Sus pezones se endurecieron bajo mis dedos casi de inmediato, dos puntitos duros que le pellizqué apenas entre el índice y el pulgar. Ella se mordió el labio y arqueó la espalda para meter más teta en mi mano.
—¿Sientes algo raro? —pregunté, sin dejar de tocarla.
—No... no sé. Se siente bien, tía.
—¿Sí? Dime qué se siente.
—Como... como corrientes. Acá abajo también.
Me puse detrás de ella. Mis tetas se aplastaron contra su espalda y el agua nos corría por las dos al mismo tiempo. Le seguí amasando los pechos desde atrás, ahora más lento, sintiendo cómo le entraba y le salía el aire. Le rocé los pezones con las yemas, se los pellizqué, se los estiré despacio, y se le escapó un gemido largo, contenido. Bajé una mano por su vientre plano hasta ese pubis casi lampiño y le pasé el dedo entre los labios del coño por primera vez. Estaba caliente y resbalosa, y no era el agua. Sonreí contra su cuello.
—Tía...
—Shh. No pasa nada. Estamos solas. Abrí un poquito las piernas para mí, mi amor.
Camila obedeció como una nena. Le busqué el clítoris con la yema del dedo, en la punta de la vulva, y en cuanto lo rocé pegó un respingo y se apoyó entera contra mi cuerpo. Se lo froté en círculos lentos, sintiéndolo hincharse bajo mi dedo, mientras con la otra mano seguía apretándole una teta. Ella no sabía qué hacer con las manos, se agarraba de mis muslos, del borde de la ducha, otra vez de mis muslos.
—Ay, tía, ay...
—¿Te gusta? Dilo.
—Me gusta. Me gusta mucho.
Le besé el cuello despacio, después le mordí el hombro, y esperé. No se apartó. Al contrario, echó la cabeza hacia atrás y me buscó la boca por encima del hombro. La besé con la lengua adentro, sin cortarme, mientras mis dedos le seguían jugando con el clítoris hinchado. Eso fue todo lo que necesité saber.
***
Nos sentamos las dos en el piso de la ducha, con el agua cayendo encima. Le abrí las piernas con suavidad y le pregunté si quería que siguiera. Asintió sin abrir los ojos, con el coño ya brillante y abierto delante de mi cara.
—Te voy a hacer una cosa que se llama tacto. Es para ver la profundidad. ¿Está bien?
—Sí, tía. Haz lo que quieras.
Le mojé bien los dedos con su propia humedad y le metí el dedo medio despacio. Estaba estrecha de una forma que me hizo gemir a mí. Sentí cómo el coño se le cerraba entero alrededor de mi dedo, chupándolo hacia adentro. Le metí un segundo dedo y ella apretó los dientes y se agarró del borde del piso con las dos manos.
—¿Te duele?
—Un poco. Pero no quiero que pares. Sigue, tía, sigue.
—¿Nunca te metiste nada, mi amor? ¿Ni tus propios dedos?
—No. Nunca.
—Entonces vas a aprender conmigo.
Empecé a moverlos con paciencia, entrando y saliendo, escuchando el ruido húmedo que hacía su coño cada vez que mis dedos volvían a hundirse hasta el fondo. Con el pulgar le fui buscando el clítoris arriba y se lo empecé a frotar al mismo tiempo. Camila abrió más las piernas sola, se ofreció entera, y yo aproveché para curvar los dedos adentro y buscarle ese punto rugoso que tenemos las mujeres en la pared de adelante. Cuando lo encontré, ella dio un respingo tan brusco que casi se golpea la cabeza contra la pared.
—¿Qué fue eso?
—Tu punto G, mi amor. Acuérdate de él. Es el que te va a hacer venir como una loca.
Me acomodé entre sus piernas y bajé la cara. Nunca había hecho esto antes, ni con ella ni con ninguna otra mujer, pero algo en mí ya sabía exactamente cómo. Le abrí los labios del coño con dos dedos y le pasé la lengua entera de abajo hacia arriba, lento, saboreándola. Tenía un sabor distinto al que había imaginado, más limpio, más dulce, con un fondo salado que se me pegó a la boca. Volví a lamerla, esta vez terminando en el clítoris, chupándoselo con los labios cerrados. Ella levantó las caderas del piso para seguir el ritmo. Las manos se le fueron solas a mi cabeza y me sostuvo contra su coño, apretándome la cara contra ella.
—Tía, no pares. Por favor, no pares.
—No voy a parar, mi amor. Te voy a comer entera.
Le hundí la lengua adentro, la enrosqué contra sus paredes, la saqué y le volví al clítoris. Se lo lamí en círculos, después de arriba abajo, después se lo chupé como si fuera un pezoncito diminuto. Al mismo tiempo le volví a meter los dedos y le busqué el punto G, apretándolo desde adentro mientras mi lengua le castigaba el clítoris. Camila empezó a mover las caderas sola, a follarse contra mi cara sin darse cuenta, jadeando cada vez más fuerte.
—Ay, tía, ay, me voy a... no sé... me está pasando algo...
—Vente, mi amor. Vente en mi boca.
Le seguí lamiendo mientras le movía los dedos adentro más rápido, buscándole ese punto cada pocos segundos. Su respiración se aceleró hasta que era casi un jadeo continuo. Las piernas le empezaron a temblar contra mis hombros. La sentí ponerse más mojada, más hinchada, apretándose alrededor de mis dedos con espasmos, hasta que de golpe su cuerpo se arqueó entero y dejó escapar un grito largo, contra su propio puño, mordiéndose los nudillos para no gritar más fuerte. Le sentí en la lengua un chorro tibio, un flujo espeso que le salió del coño con la corrida y que me tragué entero.
Cuando terminó, se quedó tirada contra los azulejos respirando como si hubiera corrido una maratón. Tenía los ojos cerrados, las piernas todavía abiertas y una sonrisa que no le había visto en toda la mañana. El coño le seguía latiendo, contrayéndose solo, con brillo entre los muslos.
—Esto... esto nunca me había pasado —dijo.
—Es la primera vez, ¿verdad? ¿Nunca te habías corrido?
Asintió sin abrir los ojos.
—Es la primera vez de todo, tía. Me acabo de correr por primera vez en mi vida, y me lo hiciste vos.
Me incliné y la besé en la boca. Ella me devolvió el beso con torpeza al principio, después con ganas, y no le importó saborearse a sí misma en mi lengua. Su lengua buscó la mía y nos quedamos así, abrazadas debajo del agua, mucho más tiempo del que hubiera sido razonable. Mientras la besaba le agarré una teta y se la apreté fuerte; ella me metió una mano tímida entre las piernas y me tanteó el coño por primera vez. Yo estaba empapada, mucho más que ella. Le guie los dedos, se los cerré sobre mi clítoris, le mostré cómo moverlos.
—¿Así, tía?
—Así, mi amor. Aprende bien. Vas a tener que hacerme esto muchas veces.
—¿Vamos a poder hacer esto otra vez? —preguntó, sin dejar de frotarme.
—Tenemos dos semanas, mi amor. Vamos a coger todos los días. Te voy a enseñar todo. Cómo lamer un coño, cómo meter los dedos, cómo montar una cara. Todo.
Sonrió y se acurrucó contra mi pecho, chupándome un pezón como si fuera lo más natural del mundo. Le pasé la mano por el pelo mojado. Estaba pensando ya en todas las cosas que le quería enseñar, en todo lo que recién empezaba para ella, cuando escuchamos la puerta de la calle abrirse y unos pasos rápidos en el salón.
—¿Mamá? ¿Camila? —gritó Sebastián desde el pasillo.
Las dos nos miramos heladas.
—Se suspendieron las clases. Vine a buscar la mochila para ir a la biblioteca —dijo más cerca, ya casi en la puerta del baño.
—¡No entres! —grité.
Demasiado tarde. La puerta estaba sin pestillo. Sebastián la abrió de un empujón, pensando que algo nos había pasado. Y ahí nos vio, a las dos, desnudas, abrazadas en el piso de la ducha, con la cortina abierta y el agua cayendo encima, con la boca de su prima todavía pegada a mi pezón y mis dedos entre sus piernas. Se quedó congelado en el umbral con los ojos enormes, y en el bulto del pantalón se le empezó a marcar la polla creciendo, dura, imposible de disimular.
Camila pegó un grito y se cubrió como pudo con los brazos. Yo tiré de la cortina y le grité que se fuera, pero alcancé a ver perfectamente la sonrisa lenta que se le dibujó en la boca antes de cerrar la puerta tras de sí, y la mano que se pasó por encima del bulto sin ningún disimulo.
—Tía... —susurró Camila, blanca como un papel—. Nos vio.
—Sí, mi amor. Nos vio.
—¿Qué vamos a hacer?
La miré, todavía con el corazón golpeándome en el pecho y el coño palpitándome entre las piernas. Sebastián era mi hijo, sí. Pero también era un chico de veintiún años con una polla enorme que acababa de ver a su prima y a su madre desnudas, abrazadas, follando bajo el agua. Y yo conocía esa sonrisa.
—Por ahora, terminemos de bañarnos. Después vemos.
Camila me miró durante un segundo largo. Después se rio bajito, una risa nerviosa que terminó en otra cosa.
—Tía... esto se complica más, ¿no?
—Mucho más, mi amor. Mucho más.
Le besé la frente, le mordí un pezón despacio, y abrí la llave del agua fría.