Saltar al contenido
Relatos Ardientes

Espié a mi madre con su ex amante tres madrugadas

Lo que voy a contar ocurrió hace unos cinco años y creo que fue lo que me marcó. Mi madre llevaba mucho tiempo sola desde que se separó de mi padrastro, al que aquí llamaré Ricardo, y nosotros habíamos vuelto a la casa de mi abuela. Pocos meses después, ella murió en un accidente de tránsito y la casa quedó vacía con nosotros dos.

Mi madre era una mujer atractiva a sus cuarenta años. Medía algo más de uno sesenta, tenía el cabello negro hasta los hombros y una figura que el tiempo no había estropeado. Trabajaba mucho, casi nunca paraba quieta, y aunque jamás pisó un gimnasio, su cuerpo se mantenía firme. Pechos grandes, cintura marcada, caderas estrechas. Una de esas mujeres a las que los hombres miran dos veces en la calle.

Ricardo era diez años menor que ella. Alto, moreno, tatuado por los brazos y con una barba espesa que le tapaba media cara. No era guapo, pero tenía algo bruto y seguro que a mi madre le gustaba. Trabajaba en la municipalidad y, después de la separación, había vuelto a aparecer por la casa: primero con la excusa del entierro de mi abuela, luego con visitas que se hacían más frecuentes y más largas.

Las primeras semanas tras el funeral pasaron tranquilas. La casa olía a velas viejas y a silencio. Hasta que una madrugada me despertaron unos ruidos extraños que venían de la planta baja.

***

Bajé descalzo, agarrado del pasamanos para que la madera no crujiera. A medio camino me asomé por encima de la baranda y los vi.

Estaban en el sillón grande de la sala. Mi madre apoyada en cuatro patas sobre los cojines, Ricardo detrás de ella, sujetándola por la cintura. La ropa estaba tirada por el piso: la bata de mi madre, su ropa interior, los pantalones y los calzoncillos de él. Solo Ricardo conservaba todavía la camiseta.

La escena me cayó como un golpe. En los dos años que habíamos vivido juntos nunca los había oído, nunca había imaginado nada parecido, y verlos así, sin aviso, en la misma sala donde mi abuela nos servía café los domingos, me revolvió el estómago. Pero no me moví. No pude.

El sonido era inconfundible: el choque de sus cuerpos, los gemidos contenidos de mi madre, la respiración pesada de él. Yo solo veía la espalda ancha y morena de Ricardo moviéndose contra ella. De mi madre apenas distinguía las piernas y un trozo de espalda blanca.

—¿Extrañabas esto, eh? ¿Lo extrañabas? —dijo él con la voz ronca, mientras le soltaba una palmada en el muslo.

—Sí… sí… mmm…

—Te encanta, dilo.

—Sí, papi. Sí.

Escucharla hablar así, a mi madre, fue lo que me sacudió de verdad. Esa palabra en su boca, esa voz que yo nunca le había oído. Empecé a sudar frío. El corazón se me disparó. Y, aunque me daba vergüenza incluso entonces, sentí cómo se me endurecía todo dentro del pantalón del pijama.

No deberías estar viendo esto.

Pero mis pies no se movieron.

Ricardo la giró de un movimiento, la acostó a lo largo del sofá y volvió a entrar en ella. Por primera vez vi de frente el pecho de mi madre, los pezones tensos, las marcas rojas que él le había dejado al chuparlos. Vi también la longitud de él, brillante por la humedad de los dos, sin condón. No me importaba lo asqueroso que sonara pensarlo: estaba paralizado, hipnotizado.

El ritmo cambió. Ahora él se inclinaba sobre ella, le besaba el cuello, le mordía un hombro y volvía a empujar. Mi madre tenía los ojos cerrados y la boca abierta, y yo pude ver, en sus labios, una sonrisa que no le conocía.

—¿Quieres que acabe dentro? —jadeó él.

Eso fue todo lo que pude soportar. Subí las escaleras de tres en tres, me encerré en mi cuarto y, antes de que pudiera pensar en nada, acabé sobre la sábana, tapándome la boca con el brazo para no hacer ruido.

***

A la mañana siguiente mi madre había preparado huevos revueltos y café. Me sirvió con la misma sonrisa de siempre, me preguntó por la preparatoria, por un examen. Nada en su cara delataba lo que había hecho horas antes. Yo, en cambio, no podía mirarla a los ojos sin sentir que me ardía la cara.

Los días siguientes hice lo único que sabía hacer: encerrarme en mi habitación cada noche, repasar la escena hasta el último detalle, masturbarme una y otra vez imaginando que la oía. Esperaba volver a escuchar ruidos abajo, y nada. Una semana. Diez días. Dos semanas. Hasta que una madrugada los oí, pero distintos. Esta vez venían del cuarto de mi abuela, donde mi madre se había instalado después del entierro.

Me bajé de la cama sin encender la luz. Llegué al pasillo y, en efecto, la puerta estaba cerrada con seguro. Pero esa habitación tenía una pared con ladrillos de vidrio translúcido, los típicos bloques que en algunas casas viejas sirven para dar luz al corredor. Me subí a un estante de madera que había al lado y, conteniendo la respiración, acerqué la cara al cristal.

Allí estaban otra vez. Esta vez en la cama que había sido de mi abuela.

Ricardo la tenía con las piernas cargadas sobre sus hombros. Se movía despacio, casi en cámara lenta, susurrándole cosas que yo no alcanzaba a oír. Ella respondía con la boca abierta y movimientos suaves de cabeza. La cama crujía bajo ellos como un mueble que pide piedad.

—Shh, shh… despacio, nos pueden oír —murmuró mi madre.

—Que oigan —contestó él, sin dejar de moverse.

Me dio un escalofrío. Esa frase iba para mí, aunque él no supiera que yo estaba ahí. O quizá lo sospechaba. Quizá disfrutaba pensarlo. Nunca lo sabré.

Ricardo le soltó las piernas y la giró sobre el costado. Le levantó una pierna y empezó a entrar en ella desde un ángulo distinto. Mi madre se mordía el dorso de la mano para no gritar. La vi roja, sudada, transformada. Esa mujer que durante años me había leído cuentos antes de dormir era otra persona ahora.

Me bajé el pantalón allí mismo, parado sobre el estante, con el corazón a punto de salirse. Lo que pasó después lo recuerdo como una sola imagen: ella retorciéndose, él tirando de su cintura para pegarla contra su pelvis, el sonido húmedo, casi obsceno, de los dos cuerpos. Y yo terminando contra la pared, conteniendo un gemido entre los dientes.

Cuando bajé del estante tuve que apoyarme contra el muro para no caerme. Las piernas me temblaban. Volví a mi cuarto sin mirar atrás.

***

Pasaron tres semanas sin que volviera a oír nada. Empecé a creer que se habían vuelto más cuidadosos, o que yo, por dormirme demasiado pronto, me los perdía. Pero el cumpleaños de Ricardo estaba cerca, y yo sabía que algo iba a pasar. Lo sabía como se sabe que va a llover por el olor del aire.

La noche de su cumpleaños no apareció. La siguiente tampoco. Pero la tercera madrugada, alrededor de las cuatro, escuché pasos torpes en la entrada y la risa baja de mi madre. Me senté en la cama, ya despierto, y esperé.

Esta vez tampoco subieron al cuarto. Hablaban en susurros, pero los susurros viajan en una casa silenciosa.

—Te estaba esperando —dijo ella.

—Feliz cumpleaños atrasado, amor.

—Veo que mi regalo ya está listo.

—Llevo horas esperándote.

—Chúpamela. Una chupada por mi cumpleaños.

—Shh, calla. Vamos al cuarto.

—No. Aquí.

Bajé las escaleras pegado a la pared. La sala estaba a oscuras salvo por la lámpara amarilla de la mesa lateral, la que mi abuela usaba para leer. Esa luz dibujaba un círculo justo encima del sofá.

Y dentro de ese círculo estaba mi madre, completamente desnuda, de rodillas sobre la alfombra, con la cabeza moviéndose entre las piernas de Ricardo.

Nunca antes la había visto desnuda. Esa fue la primera vez. Las nalgas pequeñas, la espalda blanca, la cintura estrecha. Verla así, ofrecida, hizo que me apretara contra el pasamanos para no perder el equilibrio.

Él le sujetaba la cabeza con una mano y marcaba el ritmo. Mi madre lo recibía sin queja, con un entusiasmo que yo nunca habría imaginado en ella. La saliva le bajaba por la barbilla y él se la limpiaba con el pulgar para volver a empujarle la cabeza hacia abajo.

—Así, así… qué bien lo haces —murmuraba él.

Después la levantó del piso, la acomodó boca abajo sobre el reposabrazos del sofá y se colocó detrás. Lo que vino después duró, calculo yo, más de una hora. Cambiaron de posición tantas veces que perdí la cuenta: ella encima cabalgándolo, él sentado y ella dándole la espalda, los dos tumbados, ella otra vez en cuatro al borde del sofá.

En un momento, mi madre lo empujó suavemente del pecho y le dijo, con un hilo de voz:

—Acuéstate. Quiero hacerlo yo.

Y se sentó encima de él. Lo cabalgó como yo no había visto cabalgar a nadie, ni en las pocas películas que mis amigos pasaban a escondidas. Sus pechos se balanceaban con cada salto. Se mordía el labio. Se agarraba al respaldo del sofá. Mi madre era otra mujer. Una mujer que yo no conocía y que, durante esos minutos, no parecía tener ningún parentesco conmigo.

—Sí, sí, así, papi… mmm… qué rico…

Yo, agarrado al pasamanos con una mano y al pijama con la otra, terminé por segunda vez esa noche. Las piernas dejaron de sostenerme. Me senté en el escalón, en la oscuridad, y desde ahí, casi sin aire, vi cómo Ricardo la levantaba sosteniéndola por la cintura y la penetraba con las piernas suspendidas. Vi cómo gruñía algo entre dientes y se vaciaba contra el vientre de ella, dejando un rastro espeso que mi madre, aún jadeando, se llevó al dedo con una naturalidad pasmosa.

Subí a mi cuarto antes de que se separaran. Me metí debajo de las sábanas vestido, temblando, y no dormí hasta que oí cantar al primer pájaro.

***

Dos meses después, mi madre me anunció en el desayuno que Ricardo iba a volver con nosotros. No me sorprendió. Lo que sí me sorprendió fue lo que sentí: una mezcla de alivio y decepción. Cuando se mudó, ya no hubo que espiar nada. Tenían su cuarto, su puerta cerrada y, alguna vez, sí, los oí. Pero ya no era lo mismo. Ahora eran una pareja, no un secreto. Y a mí lo que me había encendido era justamente eso, lo prohibido, lo robado, la sensación de estar viendo algo que nunca debí ver.

Intenté espiarlos un par de veces más. Las dos veces volví a la cama sin pasar de la mitad del pasillo. Bastaba con imaginarme cruzármelos al amanecer en la cocina para que se me quitaran las ganas.

A veces pienso que aquellas tres madrugadas me dejaron una marca que todavía cargo. No solo por lo que vi. Por la forma en que, desde entonces, el deseo siempre ha tenido para mí un componente de mirada, de distancia, de algo robado a través de una rendija. Pero esa ya es otra historia, y la dejo para otra noche.

Valora este relato

Comentarios (4)

Tomas_Noche

increible, me engancho desde el titulo. mas!!

LucioCba

Tres noches que se hacen cortisimas. Dejaste el final abierto y quede con mil preguntas. Necesito la continuacion.

Curioso_Noc

Esa mezcla de culpa y morbo que siente el narrador la transmitiste perfecto. Te juro que me quede pensando un buen rato despues de terminarlo.

SantiCba88

Como termino la tercera noche?? me quede con esa intriga jajaja. Por favor que haya segunda parte

Deja un comentario

Iniciar sesión o crear cuenta

Elegí cómo querés continuar.