Mi prima recién casada me besó esa tarde
Carmen y Lucía eran primas y cabreras. Desde niñas pastoreaban juntas en el monte, y a los veinte años seguían igual, solo que Lucía estaba recién casada y Carmen seguía soltera y, según su prima, demasiado tímida para su propio bien.
Aquel mediodía de agosto extendieron el mantel a la sombra de un roble. Las cabras pastaban un poco más abajo. Carmen sacó el pan y el queso de la cesta y, casi sin pensar lo que decía, preguntó:
—¿Y cómo es la vida de casada, prima?
Lucía soltó una risa baja. Era preciosa: alta, morena, con el pelo recogido en una cola que le caía sobre el hombro, los ojos negros y una boca que siempre parecía a punto de soltar una grosería.
—Igual que la de soltera. Me acuesto caliente y me duermo con la mano entre las piernas.
Carmen bajó la cabeza. Sintió la cara arderle.
—No digas esas cosas.
—¿Para qué preguntas si no quieres oír las respuestas?
Carmen era guapa, muy morena, más baja que Lucía y aún más delgada. Llevaba el pelo en dos trenzas que se balanceaban cuando movía la cabeza. Tiró de una, sonrió y dijo casi en un susurro:
—No esperaba que fueras tan clara.
Lucía se acercó un poco más.
—Tu vergüenza me pone.
—¿Qué te pone?
—Cachonda. Mucho.
Carmen se puso más colorada todavía. Quiso reírse, pero le salió un sonido nervioso. Lucía le pasó el dorso de la mano por la blusa, justo por encima del pecho izquierdo.
—¿No te besa nadie? ¿Nadie te toca?
—Para.
—¿Por qué? Si nadie nos ve más que las cabras.
Carmen miró hacia el valle. Era cierto. Estaban solas. La aldea quedaba a tres kilómetros y no pasaba un alma por aquel monte salvo ellas.
Lucía le acarició el muslo por debajo del vestido.
—¿Te haces pajas?
Carmen no respondió. Lucía le levantó el mentón con tres dedos, le dio un beso corto en los labios y le preguntó:
—¿Quieres que te haga yo una?
Carmen temblaba. No dijo ni sí ni no. Lucía interpretó el silencio a su manera. Le subió la falda del vestido, le metió la mano por debajo de las bragas y encontró lo que esperaba encontrar.
—Estás empapada, prima.
Le coló dos dedos. Carmen abrió la boca, pero solo le salió un suspiro. Lucía se acercó a su oído.
—Saca la lengua para que te la chupe.
Carmen la sacó, casi sin querer. Lucía se la mordió, se la chupó, y mientras tanto sus dedos no paraban. Pocos minutos después, a Carmen le tembló todo el cuerpo y se le escapó un gemido largo. Cuando recuperó el aire, vio que Lucía se chupaba los dedos como si fueran caramelo.
—¿Eso era una paja? —preguntó Carmen, todavía aturdida.
—Eso era el principio.
Le quitó las bragas. Se quitó las suyas. Juntó los muslos con los de Carmen, encajó un sexo contra el otro y empezó a frotarse despacio. Carmen ya no decía nada. Solo cerraba los ojos y se dejaba llevar. Cuando Lucía bajó la cabeza y le pasó la lengua por dentro, Carmen entendió que aquel mediodía iba a ser el primero de muchos.
Comieron tarde. El postre lo cogieron de un ciruelo en la huerta de abajo.
***
Era la temporada de las ciruelas. La huerta estaba cargada y el suelo lleno de fruta a medio pudrir. La huerta era de Bernardo, sargento de la guardia civil, soltero, cuarentón, alto y delgado, con un mostacho que se cuidaba más de lo que se cuidaba el uniforme. Era también el padrino de Lucía, y se llevaba a matar con el padre de esta desde hacía años por una vieja historia de novia robada que nadie quería recordar.
Las dos primas estaban subidas al ciruelo más grande, guardándose la fruta dentro de la blusa, cuando oyeron pisadas y vieron aparecer a Bernardo con la escopeta colgada del hombro.
—He cazado dos urracas sin disparar un tiro —dijo mirando hacia arriba—. Bajad.
En las aldeas, llamar urraca a una mujer era un insulto. Lucía no se mordía la lengua ni con su madre.
—Urraca tu sombra.
—Abajo.
—Bájame tú, valiente.
Bernardo disparó al aire. Carmen bajó del árbol como una ardilla, pero Lucía no se movió. Todo el monte sabía que Bernardo cargaba los cartuchos con sal, y un disparo en el muslo dejaba a cualquiera sin poder sentarse en un mes.
—El próximo va a tu coño —dijo Bernardo.
Lucía levantó el vestido y le enseñó las bragas blancas.
—Dispara, valiente.
Carmen se metió entre las dos lenguas.
—No le hagas caso, ya sabes cómo es tu ahijada.
—Demasiado lo sé. Vete a tu monte, niña. A esta me la llevo.
—Pues llévanos a las dos.
—Vete antes de que me lo piense.
Lucía bajó del árbol para que su prima no pagara por ella. Bernardo le cerró las esposas en las muñecas y le dijo a Carmen que se largara. Carmen dudó. Lucía la miró y le dijo bajito:
—Vete, prima. Yo me sé defender.
Carmen se fue monte arriba con las cabras. Bernardo no llevó a Lucía al cuartelillo. La llevó a su casa.
***
En cuanto entraron en la sala, Lucía supo que aquello no era una detención. Bernardo cerró la puerta con llave, le tapó la boca con una venda y le ató los tobillos con la otra antes de que pudiera protestar. La tiró sobre la cama de matrimonio y le quitó las sandalias.
—No me gusta esa cara que tienes, ahijada. Te la voy a cambiar.
Le pasó las yemas de los dedos por las costillas. Lucía se retorció. Era de las que no soportaban cosquillas. De las costillas pasó a las axilas, de las axilas a las plantas de los pies, y luego volvió a empezar. Lucía reía hasta llorar, y entre risa y risa intentaba insultarlo con la mordaza puesta.
—Aprende a respetar a tu padrino.
Le desabotonó la blusa. Cayeron ciruelas sobre el colchón. Le bajó las copas del sujetador y se quedó mirando los pechos pequeños, las areolas oscuras, los pezones tensos por el aire fresco. Bernardo se sacó la polla. La frotó contra los pezones, despacio, y luego se inclinó y le pasó la lengua por encima.
—Te voy a hacer correr, ahijada.
Le subió el vestido y le bajó las bragas hasta las rodillas. Lucía cerró los ojos. No quería verle la cara mientras la lamía, pero el problema fue que con los ojos cerrados sintió cada cosa el doble. La lengua entre los muslos, el mostacho raspándole por dentro, los dedos abriéndola. Aguantó lo que pudo. Cuando se corrió, lo hizo a pesar suyo y con un grito ahogado contra la venda.
Bernardo se quitó la ropa, le quitó la mordaza, pero no las esposas. Le preguntó si quería que se las quitara.
—Si me las quitas, te marco la cara —dijo Lucía.
—Ah, ¿sí?
La penetró así, esposada, y mientras se la metía y la sacaba le hizo cosquillas otra vez. Lucía no sabía si reía o lloraba. La pelvis se le movía sola. Cuando estaba a punto de correrse de nuevo, Bernardo le sacó la polla y le hundió la lengua. Otra vez. La puso a cuatro patas, le lamió desde el sexo hasta el ano y le metió un dedo donde Lucía nunca había dejado entrar a su marido. Lo llamó puerco. Él le dio la razón. La penetró por detrás muy despacio, le metió un dedo en el sexo al mismo tiempo, le magreó los pechos con la otra mano. Cuando Lucía gimió que se corría, Bernardo le mordió el hombro y se vació dentro de ella.
Le quitó las esposas. Lucía empezó a vestirse en silencio.
—No te vas todavía.
—Ya me has hecho bastante.
—Tu marido pasa tabaco por la frontera. Lo sabemos todos. Si no me follas tú a mí ahora, lo follo yo a él en el calabozo cinco años.
Lucía se quedó quieta con un calcetín en la mano. No tenía con qué responder a eso. Andrés llevaba dos años en el contrabando para terminar la casa.
—¿Y si te entrego, lo dejarás en paz?
—Palabra de padrino.
Se montó encima de él. Bajó el culo despacio. Bernardo le pidió un beso. Lucía se lo dio con los ojos cerrados, pensando en el monte, en su prima, en cualquier cosa menos en él. Pero el cuerpo no entiende de orgullos: cuando se corrió, fue con todo, y dejó que él se vaciara fuera, encima de su vientre, antes de poder evitarlo.
—¿Bailas, ahijada? —preguntó Bernardo poniendo un disco en el tocadiscos.
Sonaba una canción vieja, de esas que ponían en las verbenas. Lucía dijo que no, pero ya había tirado las bragas al suelo. Bailaron pegados. Él se empalmó otra vez. Ella se colgó de su cuello, le rodeó la cintura con las piernas y le pidió, en voz baja, que la empotrara contra la pared.
Cuando volvió al monte, Carmen la esperaba con las cabras reunidas y cara de preocupación.
—¿Qué te hizo?
—Solo quería asustarme.
—Por la cara que traes, no lo consiguió.
—Pues no.
***
El domingo siguiente Carmen comió en casa de Lucía y Andrés. A las cuatro él se fue a jugar al fútbol y se llevó el ruido de la moto monte abajo. Lucía pasó el pestillo en cuanto dejó de oírse el motor. Carmen ya estaba esperándola con las manos sobre el mantel, los dedos cruzados.
—He estado practicando —dijo.
—¿A qué?
—A comer un coño. Con ciruelas. Las parto por la mitad y las lamo.
Lucía se rió mientras llevaba los pocillos al fregadero. Le preguntó por encima del hombro:
—¿Y te hacías una paja mientras tanto?
—Dos. Tres días seguidos.
Lucía dejó los pocillos sin lavar. La llevó a la habitación. Se desnudaron junto a la cama, sin prisa, sin hablar, mirándose como si llevaran semanas planeándolo.
—Quiero saber qué se siente al recibir una corrida en la boca —dijo Carmen.
—¿Solo eso?
—Para empezar.
Se tumbaron juntas. Lucía le aplastó los pechos contra la cara y Carmen los lamió uno y luego el otro, hundiendo la cara entre ellos como si no supiera por dónde empezar. Después Lucía se subió, le puso el sexo en la boca y se quedó quieta el tiempo justo para que Carmen recordara lo que había practicado con las ciruelas. Carmen le agarró la cintura y empezó a comerla con un hambre que no había tenido la primera vez en el monte.
Lucía la avisó cuando estaba a punto. Apartó el sexo un par de centímetros, lo justo para que Carmen sintiera caer dentro de la boca aquella crema espesa con sabor a sal y a algas. Carmen no apartó la cara. Cuando Lucía terminó, le lamió todo lo que quedaba.
—¿Qué tal? —preguntó Lucía.
—Me he sentido una guarra. Muy guarra. Y me ha encantado sentirme así.
—¿Dónde se ha ido la chica tímida de la semana pasada?
—Se murió en el monte, prima. Entre tus piernas.
Lucía se metió entre las suyas y le devolvió el favor. Carmen no aguantó nada. Estaba tan cachonda que se corrió antes de que la otra encontrara el clítoris siquiera, y mientras se corría iba diciendo en alto, como si necesitara oírse a sí misma, que se corría, que se corría en su boca, que se corría en la boca de su prima.
Llamaron a la puerta. Una voz desde la calle preguntó si había alguien. Era la suegra. Lucía le tapó la boca a Carmen con la mano y se quedaron quietas, conteniendo la risa, hasta que oyeron los pasos alejarse por el camino de tierra.
—Le ha cortado el rollo a la vieja —susurró Lucía—. Pero a nosotras no.
Carmen le mordió el cuello y volvieron a empezar desde el principio.