Las miradas de mi hijo despertaron algo en mí
Mariana había cumplido treinta y nueve años el invierno pasado y todavía no se acostumbraba a la mujer que le devolvía la mirada en el espejo del baño. No era fea, ni mucho menos. Pero sus caderas se habían ensanchado, su vientre ya no era plano y los pechos —antes firmes y altos— le pesaban de una manera distinta. Maternidad, años, una vida sentada en una oficina del centro. Cuando se ponía una blusa ajustada, sentía que el cuerpo que conocía pertenecía a otra persona.
Cansada de mirarse así, se compró una cinta de correr de segunda mano y la metió en el rincón del salón. Empezó a entrenar cinco mañanas por semana antes de que la casa despertara.
Se vestía con leggins negros que se le ceñían como una segunda piel. Marcaban cada curva, cada pliegue, el contorno entero de unos muslos que ella consideraba demasiado gruesos y un trasero que se negaba a achicarse por mucho que sudara. Arriba se ponía un top deportivo que apenas contenía dos pechos pesados y todavía orgullosos. Se recogía la melena castaña en una coleta alta que se balanceaba con cada zancada.
Lucas, su hijo de diecinueve años, empezó a perder la cabeza poco a poco.
Al principio fingía que estudiaba en el sofá. Abría un cuaderno, ponía un libro sobre el reposabrazos y se sentaba con un café entre las manos. Pero sus ojos seguían a su madre con una concentración que ningún apunte le había sacado nunca. Cuando ella se inclinaba para ajustarse las zapatillas, el top se le abría unos centímetros y los pechos amenazaban con escaparse. Cuando volvía de la cinta, con los leggins empapados pegados a la piel, la tela se le hundía entre las nalgas y dibujaba la línea del sexo con una claridad que dolía mirar.
Mariana se dio cuenta el primer día.
¿Qué tanto me mira este chico? Soy su madre, por favor.
Se cruzó de brazos, se ajustó el top, le pidió que se fuera a la cocina si quería desayunar. Pero él volvía. Siempre volvía. Y aquellas miradas pesadas, oscuras, sin disimulo, empezaron a abrir algo dentro de ella que llevaba años cerrado.
Andrés, su marido, viajaba demasiado por trabajo. Cuando estaba en casa, la trataba como un mueble más del salón. Un beso seco en la frente al acostarse, un comentario distraído sobre la comida, y dormido en cinco minutos con la espalda hacia ella. Hacía meses que no la deseaba. Quizá más.
Lucas, en cambio, la miraba como se mira a una mujer. No a la mujer que le había cambiado los pañales, sino a una mujer de carne caliente y olor propio. Y ese hambre cruda, joven, sin filtro, le hacía sentir cosas que no quería nombrar.
Esto está mal. ¿Qué estoy haciendo?
Al día siguiente, sin pensarlo del todo, eligió los leggins más finos del cajón.
***
Una tarde de finales de junio decidió salir a correr al parque del barrio. Lucas estaba en la cocina, bebiendo agua del grifo a sorbos largos.
—¿Vas sola, mamá? —preguntó él, intentando sonar casual. La mirada ya se había deslizado.
—Sí. ¿Por qué?
—Te acompaño. Me viene bien moverme.
Mariana sintió el corazón golpear contra el top. Asintió con una sonrisa que intentó ser indiferente.
—De acuerdo. Pero no te quejes del ritmo. No paro hasta el quiosco.
A partir de aquella tarde empezaron a correr juntos casi todos los días. Las conversaciones, al principio, fueron las de cualquier madre y cualquier hijo: la universidad, las series, el calor que no aflojaba. Pero al cabo de unas semanas se volvieron más íntimas. Él le contó, sin mirarla, que se sentía solo desde que su mejor amigo se había mudado. Ella le confesó, sin pensar, que algunas noches le costaba reconocer a su marido.
Lucas se colocaba siempre un paso detrás de ella. Mariana lo sabía. Sentía la mirada clavada en la curva del trasero, en el rebote pesado del pecho cada vez que la adelantaba. Y en lugar de incomodarla, la encendía. Corría más erguida, arqueaba un poco la espalda, dejaba que el top se le subiera un centímetro de más. Sentía el sexo humedecérsele dentro de los leggins, y la vergüenza se le mezclaba con un calor que no podía controlar.
Lo que Mariana no sabía era que Lucas llevaba semanas haciéndole fotos a escondidas. Cuando ella entrenaba en el salón, él se asomaba desde el pasillo con el móvil en silencio. Guardaba las imágenes en una carpeta oculta del ordenador, y por las noches se masturbaba con ellas mordiendo la almohada para que nadie lo oyera.
***
Lo descubrió por accidente, una mañana de domingo. Lucas se había dejado el ordenador encendido al irse a la ducha, y Mariana entró a buscar un archivo de presupuestos. Pinchó por error sobre una carpeta sin nombre y la pantalla se llenó de ella.
Decenas de fotos. Su trasero pegado a la tela, el vientre con las pequeñas estrías de la maternidad, los pechos al borde del top, la línea del sexo marcada bajo los leggins. Algunas estaban tomadas desde tan cerca que se le veía el contorno completo del pubis hinchado por el ejercicio.
Mariana no apartó la mirada. Debería haberse escandalizado. Debería haber cerrado el ordenador y haberlo enfrentado esa misma tarde. Pero lo que sintió fue otra cosa: un golpe de calor entre las piernas, una humedad inmediata que le empapó la ropa interior, y una mezcla de halago y morbo que no había sentido en años. Su hijo la deseaba. La deseaba tanto que la fotografiaba en secreto para tocarse mirándola.
Cerró la carpeta despacio, como quien guarda un secreto. No dijo una palabra.
Desde aquel día empezó a entrenar sin bragas. Los leggins se le pegaban directamente a la piel y el sexo se le marcaba bajo la tela, hinchado y mojado por la mañana. Sabía que Lucas la miraba. Y saber que él lo sabía, y que ella sabía que él lo sabía, era una corriente eléctrica que la mantenía despierta hasta las dos de la madrugada.
***
Una tarde, después de una carrera larga, llegaron empapados a la cocina. Andrés estaba fuera, otra vez. Mariana abrió la nevera y se bebió un vaso de agua de un trago. Cuando se giró, Lucas la estaba mirando desde el otro lado de la encimera. No de reojo. Frente a frente. Con una calma nueva.
—Estás muy guapa cuando sudas —murmuró él.
Mariana se sonrojó como una adolescente.
—Lucas… no deberías decirme eso.
—Lo sé. Pero es verdad.
Esa noche, sola en su cama, con Andrés a quinientos kilómetros, Mariana se tocó pensando en su hijo. Imaginó que eran los dedos de Lucas los que se hundían entre sus piernas, que era su boca la que le mordía el cuello. Se corrió mordiendo la almohada para no decir su nombre en voz alta. Después lloró durante mucho rato.
***
Días más tarde, en el parque, tropezó con una raíz. Lucas la sujetó por la cintura para que no cayera y, durante un segundo entero, los dos cuerpos quedaron pegados. Ella sintió la erección de él contra la cadera. No retrocedió. Él tampoco.
—Perdón —susurró ella, sin mirarlo.
—Me gusta cuidarte —respondió él, con la voz ronca.
Aquella misma noche, ya tarde, Mariana pasó por delante de su habitación para ir al baño. La puerta estaba entornada. Lo vio a través de la rendija: sentado frente al ordenador, con los auriculares puestos, masturbándose despacio mirando aquellas fotos. La mano subía y bajaba por una polla gruesa, la punta brillante. Tenía los ojos entrecerrados y los labios separados.
Mariana se quedó inmóvil en la penumbra del pasillo. El sexo se le contrajo de golpe. Verlo así —entregado, perdido en el deseo por ella— rompió el último hilo de resistencia.
Empujó la puerta.
Lucas pegó un salto y trató de cubrirse.
—Mamá… yo… lo siento, no…
—No digas nada —susurró ella, acercándose con las piernas temblando—. Sigue. Quiero verte.
Se sentó en el borde de la cama. Despacio, se quitó la camiseta. Los pechos, pesados, libres, le cayeron sobre el torso. Lucas la miró como se mira algo que se ha deseado durante años.
—Eres preciosa —dijo él, sin dejar de tocarse—. No puedo dejar de pensar en ti. En cómo te mueves. En cómo respiras.
Mariana se pellizcó los pezones mientras lo miraba.
—Esto está mal, Lucas. Está muy mal. Pero no puedo dejar de imaginarte.
Él se levantó. Se acercó. La besó con una mezcla de torpeza y urgencia que la desarmó. Una lengua joven, hambrienta, sin pedir permiso. Mariana gimió contra su boca, y sus manos se enredaron en el pelo de su hijo como si llevara años esperando hacerlo.
Cayeron sobre la cama. Lucas le besó el cuello, los hombros, los pechos. Le chupó los pezones con la calma de quien ha practicado en la imaginación mil veces. Bajó por el vientre, por las caderas, por el interior de los muslos. Cuando hundió la cara entre sus piernas, Mariana se mordió el dorso de la mano para no gritar. La lengua la recorrió entera, larga y plana, despacio, como si quisiera memorizarla. Le metió dos dedos curvados y le buscó el punto exacto, ese que su marido había olvidado hacía años.
Se corrió en silencio, agarrada a las sábanas, con una lágrima escapándosele por la sien.
—Quiero sentirte dentro —suplicó ella, con la voz rota.
Lucas se colocó entre sus piernas. Frotó la punta contra el sexo empapado y entró centímetro a centímetro. Cuando estuvo dentro del todo, los dos se quedaron quietos, mirándose, respirando juntos. Después él empezó a moverse, lento y profundo, y Mariana le clavó las uñas en la espalda.
—Esto está mal… no pares, niño…
Él no paró. Se movieron en silencio durante mucho rato, cambiando de postura cuando el cuerpo lo pedía. Lucas se corrió dentro de ella con un gruñido bajo, abrazado a su madre como si temiera que se fuera. Mariana tembló debajo, con el rostro escondido en su cuello.
***
Cuando recuperó el aliento, Mariana se incorporó. Se vistió en silencio. Le acarició la mejilla a su hijo y le dijo, casi sin voz:
—Esto no puede volver a pasar. ¿Me oyes?
Lucas la besó en la frente con una ternura que la desarmó otra vez.
—Lo sé. Pero no puedo dejar de pensar en ti. Y tú tampoco.
Mariana cerró los ojos. Sabía que tenía razón.
***
A los dos días, después de la carrera de la tarde, Mariana se metió en la ducha con la idea clara de calmarse, de pensar, de poner orden. El agua caía caliente sobre los hombros tensos cuando oyó la mampara abrirse.
Lucas entró sin pedir permiso. Desnudo. Ya duro otra vez.
—Lucas, no… por favor. Esto tiene que terminar.
La voz le salió sin fuerza. Él pegó su cuerpo al de ella y la besó en el cuello, despacio, hasta que la besó en la boca y ya no hubo discusión posible.
—Solo una vez más —susurró ella contra sus labios, mintiéndose—. Para sacarlo del cuerpo. Después paramos.
No pararon.
La folló contra los azulejos fríos, con una pierna levantada y el agua cayéndoles encima. Después, esa misma semana, en la cocina, contra la encimera, mientras Andrés dormía la siesta en el piso de arriba. Después en el coche, en el garaje, antes de subir. Cada carrera por el parque terminaba en sexo. Cada sexo terminaba con Mariana llorando un poco y prometiéndose que sería el último.
Y no lo era.
Con el paso de las semanas, la culpa no desapareció: cambió. Se volvió más densa, más oscura, más adictiva. A veces, mientras Lucas la embestía por detrás, ella le susurraba sin pensar: «¿Te gusta cogerte a tu madre?». Y aquella frase, dicha en voz baja en una habitación a oscuras, la hacía correrse más fuerte.
Lucas, por su parte, se volvió más atrevido. Le metía la mano por debajo de la mesa durante la cena, con Andrés sentado enfrente, hablando del partido del domingo. Le rozaba el pecho al pasar por el pasillo. La miraba como si fuera suya.
Mariana vivía en un estado constante de excitación y miedo. Sabía que aquello podía destruir su matrimonio, su familia, su vida entera. Y, sin embargo, cada mañana volvía a ponerse los leggins delante del espejo. Cada mañana se aseguraba de que se ajustaran bien. Cada mañana esperaba la puerta del salón, el café entre las manos, la mirada pesada de su hijo.
El verano acababa de empezar. El secreto, también.