Mi primera vez fue con el primo mayor de mi madre
Esa tarde de domingo, casi toda la familia se había ido a la casa de los vecinos del frente, donde Marisa cumplía cincuenta y armaba un asado que ya llevaba horas. Yo había aguantado un rato con el primer chorizo y la primera vuelta de cerveza, pero después me escapé. Los domingos por la tarde siempre me agotaban, y la idea de quedarme solo en casa, con la cortina baja y el ventilador a tope, era lo más cercano a la felicidad que conocía a los diecinueve años.
Llevaba puesto un short de fútbol y una remera vieja, y estaba tirado en el sofá del living mirando algo en el celular cuando oí la reja. Pensé que sería mi vieja, que se había olvidado algo, pero los pasos eran demasiado pesados para ser ella.
—¿Hay alguien? —gritó una voz desde la cocina.
Me incorporé de un salto. Era Ramiro, el primo mayor de mi mamá, al que toda la vida le habíamos dicho «tío» por costumbre. Tenía cuarenta y ocho años, una entrada de cabello pronunciada y unos brazos que parecían sacados de otra época, de cuando se entrenaba con pesas en el patio de cemento. Olía a cerveza fría, a sol y a un perfume barato que se le había evaporado a medio uso.
—Tío, ¿qué hacés acá? —pregunté desde el pasillo, fingiendo más sorpresa de la que sentía.
—Vine a buscar hielo, me mandaron. Pero la verdad es que ya estoy medio mareado y no tengo ganas de volver enseguida —dijo, apoyándose en el marco de la puerta de la cocina—. ¿No tenés una cerveza más para hacerme el aguante?
Le señalé la heladera y me quedé parado, sin saber muy bien qué hacer con el cuerpo. Lo había visto cientos de veces en cumpleaños y navidades, siempre con la voz un poco más alta de lo necesario, siempre contando anécdotas viejas que nadie le pedía. Pero esa tarde, con la casa vacía y el ruido amortiguado del asado del otro lado de la calle, era distinto. Era un hombre grande, con la camisa abierta dos botones, transpirando, ocupando casi todo el ancho de la cocina.
Sacó la cerveza y se sentó en una de las sillas plásticas que mi mamá tenía contra la pared. Yo me apoyé en la mesada, de frente a él, con los pies descalzos sobre las baldosas tibias.
—Te estás poniendo grandote vos, eh —dijo, mirándome de arriba abajo sin disimulo—. La última vez que te vi todavía eras un mocoso.
—La última vez que me viste fue hace tres meses.
—Tres meses, qué rápido pasa el tiempo —murmuró, más para él que para mí.
Hubo un silencio largo. Yo me quedé observándole los brazos, esa forma redondeada del bíceps, las venas que se le marcaban en el antebrazo cuando levantaba la lata. No sé en qué momento crucé la cocina, ni cómo decidí hacerlo. Lo único que recuerdo es haber apoyado la palma de la mano sobre su pecho, por encima de la tela de la camisa, como quien comprueba si una superficie está caliente.
Ramiro no se movió. Ni una sola fibra del cuerpo. Sólo me miró desde abajo, con los ojos un poco entrecerrados por el alcohol y por algo más que yo todavía no terminaba de leer.
—Estás duro acá —dije, y mi propia voz me sonó ajena.
—Siempre fui de hacer mucho ejercicio. Antes, digo. Ahora ya no tanto.
Bajé la mano por la camisa y la subí hasta el brazo. Apreté el bíceps con los dedos. Ramiro siguió hablando como si nada, contándome alguna historia sobre el gimnasio del barrio que había cerrado hacía años. Mi cabeza ya no escuchaba las palabras, sólo el ritmo grave de su voz.
—Escuchá, ¿me hacés un favor? —cortó de pronto—. Tengo un problema con el celular, no me anda el WhatsApp y necesito mandar una foto. ¿Lo mirás vos que sos joven?
—Vení al cuarto, ahí tengo todo a mano —dije sin pensar.
***
Mi pieza estaba al fondo, separada del living por un pasillo angosto. Cerré la puerta detrás de nosotros por costumbre, no por estrategia, aunque ahora me cuesta creerlo. Ramiro me dio el celular y se sentó en el borde de la cama, con las piernas abiertas y los codos apoyados en las rodillas. Yo me senté a su lado, tan cerca que mi muslo descalzo rozaba la tela rasposa de su pantalón.
Le resolví la tontería del WhatsApp en treinta segundos. Después me quedé con el aparato en la mano, sin devolvérselo, buscando una excusa para alargar el momento.
—Tío —dije, y la palabra me sonó ridícula—, ¿en serio antes hacías tanto gimnasio?
—Mucho. Todos los días, dos horas. Hasta los treinta y cinco.
—Mostrame.
Levantó las cejas, divertido.
—¿Mostrarte qué?
—No sé, los brazos, el pecho. Para ver si todavía se nota.
Se rio, una risa corta que le salió desde el estómago, y se sacó la camisa con un movimiento perezoso. La piel del torso era más clara que la de los antebrazos, surcada por algunas canas en el centro del pecho. Tenía la barriga apenas hinchada por la cerveza, pero los hombros y los pectorales seguían firmes, como esculpidos en una madera que el tiempo había pulido.
Sin pensarlo, le puse las dos manos sobre el pecho. Le sentí el corazón latiendo más rápido de lo que su cara dejaba ver.
—Estás caliente —murmuré.
—Vos también.
No fue una broma. Lo dijo bajo, con la voz raspada, y yo entendí en ese segundo que ya no había vuelta atrás.
—Si querés —dijo él, mirándome fijo—, mañana vuelvo cuando no haya nadie. Y te hago el amor con tiempo.
—¿Y por qué no ahora? —contesté, y el corazón me golpeaba en las sienes como si quisiera salirse.
***
Ramiro se paró frente a mí y se bajó el pantalón hasta los muslos. La tenía dura desde antes de que yo le tocara el pecho. Yo me arrodillé en la alfombra, entre sus piernas, con las manos apoyadas en sus rodillas para no temblar tanto. Era la primera vez que veía a otro hombre así, tan cerca, tan al alcance de mi boca. Me llevó unos segundos animarme.
—Despacio —dijo él, con una mano en mi nuca, sin empujar, sólo guiándome.
Empecé torpe. Demasiada saliva, demasiada prisa, los dientes asomando cuando no debían. Pero Ramiro no me apuró. Me iba diciendo cómo, en susurros, y yo aprendía. A los pocos minutos ya había encontrado un ritmo y él tenía los ojos cerrados, la cabeza echada hacia atrás, las venas del cuello hinchadas. Me temblaban las piernas, las rodillas, hasta los dedos de los pies clavados contra la alfombra.
—Date vuelta —me dijo de pronto.
Me levanté, me bajé el short y la ropa interior de un tirón, y me apoyé contra la cama, en cuatro. Lo escuché escupirse en la mano y después sentí la presión, esa presión que nunca había imaginado tan concreta, tan terca, abriéndose paso a la fuerza. Quise gritar, pero apenas me salió un quejido ahogado contra la sábana.
—Pará, pará —le pedí—. Me duele.
Se quedó quieto, sin retirarse, respirando despacio en mi espalda. En ese mismo momento se oyó la reja del fondo, la voz de mi prima Aldana llamando a alguien desde el patio.
—Mierda —murmuró Ramiro, y se apartó como si la piel le quemara.
Nos vestimos a las apuradas. Él se peinó con la mano y se acomodó la camisa, y yo me senté en la cama con la respiración entrecortada, mirándome los pies. Cuando salimos al living, Aldana ya estaba en la cocina buscando un cuchillo más grande para el asado. Apenas nos saludó. Ramiro le siguió la conversación como si nada, como si no acabara de tener la mitad del cuerpo metida dentro de mí.
—Bueno, me llevo el hielo —dijo, agarrando la conservadora.
Antes de salir, me miró por última vez desde el pasillo. No hizo falta que dijera nada.
***
Volvió al día siguiente, a la siesta. Mi vieja había salido a cobrar una jubilación a dos cuadras y mi viejo dormía con el aire prendido en la pieza grande. Ramiro entró por la puerta de atrás sin tocar el timbre.
—¿Estás solo? —preguntó en voz baja.
—Casi. Pero podemos cerrar mi puerta.
Esta vez no hubo pretextos ni conversación. Caminamos al cuarto en silencio, como si los dos tuviéramos miedo de cambiar de opinión si se nos cruzaba una palabra. Cerró la puerta con llave y me besó por primera vez. Un beso raspado, con olor a yerba y a menta, que me dejó sin aire.
—¿Querés terminar lo de ayer? —me dijo contra la oreja.
Asentí sin hablar.
Me arrodillé de nuevo, ahora con más confianza, y le hice oral hasta que él tuvo que apartarme suavemente para no acabar. Después me acostó boca abajo sobre la cama, me separó las piernas con la rodilla y se acomodó detrás. Esta vez había traído saliva, baba, una crema que sacó del bolsillo del pantalón. Se tomó su tiempo. Me preparó con los dedos primero, uno, después dos, hasta que dejé de apretar los dientes.
—Avisame si te duele mucho —me susurró.
Entró despacio, milímetro a milímetro. Me ardió igual, pero menos. Sentí cada centímetro como una intrusión y como una bienvenida al mismo tiempo. Cuando estuvo dentro del todo, se quedó quieto, respirando en mi nuca, con la mano abierta sobre mi cintura.
—Bueno, ya está —dijo, casi para tranquilizarme—. Lo peor ya pasó.
Empezó a moverse. Ni muy rápido ni muy lento, como si estuviera midiéndome. Me agarraba la cintura con las dos manos y de a ratos subía una hasta la espalda, acariciándome con la palma abierta. Cada vez que entraba hasta el fondo, yo sentía un escalofrío que me bajaba por las piernas, una mezcla rara de dolor sordo y de algo nuevo, algo que se parecía a un placer al que todavía no le sabía el nombre.
—Date vuelta —me dijo después de un rato—. Quiero verte.
Me giré boca arriba. Me levantó las piernas y se acomodó otra vez entre ellas, despacio, mirándome a los ojos. Lo abracé por los hombros, le clavé las uñas en los brazos, le toqué el pecho que esa misma tarde me había llamado desde la cocina. Él me sostenía la mirada como si quisiera asegurarse de que yo no me arrepintiera.
—Estás bien —dijo, y no era una pregunta.
—Estoy bien.
Siguió un buen rato así, en misionero, con el peso del cuerpo apoyado en los antebrazos para no aplastarme. Yo le miraba la línea de la mandíbula, las gotas de sudor bajándole desde la sien, los labios entreabiertos. Hasta que en algún momento me apretó contra el colchón, soltó un gemido grave y muy bajo, y sentí algo tibio y resbaloso derramarse adentro de mí.
Se quedó arriba mío unos segundos, sin moverse, con la frente apoyada contra la mía. Después se incorporó despacio y se fue al baño sin decir nada. Yo me quedé tirado, mirando el ventilador del techo, escuchando el agua de la canilla. Tenía las piernas todavía abiertas y una sensación rara entre los muslos, como si recién entonces empezara a entender qué había pasado.
Cuando volvió de la ducha, ya vestido, se acercó a la cama y me apoyó una mano en el hombro.
—Esto queda entre nosotros —le dije.
—Por supuesto. No le voy a decir a nadie.
Me besó en la frente como un padre besa a un hijo dormido, y salió. Escuché el motor del auto arrancar en la vereda, alejarse, doblar la esquina.
Después me metí a la ducha y me quedé mucho rato bajo el agua, sin saber muy bien qué pensaba ni qué sentía. Sólo sabía una cosa: la idea de volverlo a ver en el próximo cumpleaños familiar ya no me daba vergüenza. Me daba expectativa.