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Relatos Ardientes

Mi hermano me esperaba al otro lado de la puerta

Aquella tarde en Barcelona supe que algo iba a cambiar entre Mateo y yo. Lo supe en el instante exacto en que me incorporé sobre la mesa del estudio, todavía con las piernas temblando, y vi una rendija de luz colándose por la puerta entreabierta.

Detrás de esa rendija estaba mi hermano pequeño.

Habíamos llegado a Barcelona el día anterior. Mateo había insistido en acompañarme. Decía que no le hacía gracia que yo, con veintidós años recién cumplidos, me subiera sola a un AVE para presentarme al casting más importante de mi vida. Yo le dije que no era necesario, que ya era mayor, que podía cuidarme. Él se rio y compró su billete de todas formas.

Menos mal que vino, pensé al bajarnos en la estación. Ahora ya no estaba tan segura.

El casting era para una pasarela de otoño. Mi agente, Sergio, me había conseguido el contacto después de meses moviendo el book por agencias de medio pelo. Llevaba dos años intentando colocarme en algún sitio decente y aquel era el primer estudio grande que aceptaba verme. Bruno y Damián, los dos diseñadores, eran los que decidían. Bruno era moreno, alto, con una barba muy cuidada y una mirada que pesaba más de lo que decía. Damián tenía el pelo gris, los ojos cansados y esa media sonrisa de quien lo ha visto todo demasiadas veces.

—Pasa, cariño —dijo Damián cuando abrí la puerta del estudio—. Sergio nos ha hablado mucho de ti.

Mateo se quedó en el pasillo. Yo le hice un gesto con la cabeza y él se sentó en el banco de madera, frente a una ventana llena de polvo, con el móvil en la mano y una cara de aburrido que en aquel momento me pareció hasta tierna. Le hice una señal con dos dedos: aguanta media hora. Él me devolvió un guiño y volvió a la pantalla.

El estudio era una sala enorme con suelo de cemento pulido y una mesa larga en el centro. Había una percha con varios vestidos y una cámara montada en un trípode. Sergio cerró la puerta detrás de mí, pero no del todo. Lo recuerdo porque pensé que era raro, que normalmente las puertas en estos sitios se cierran bien. Pero no dije nada.

—Quítate la chaqueta —pidió Bruno.

Me la quité.

—Y la blusa.

Dudé un segundo. Sergio me miró desde la esquina y me hizo un gesto leve con la cabeza, como diciendo «tranquila, esto es lo normal». Me quité la blusa.

—El sujetador también.

Cerré los ojos un instante. Pensé en los meses sin trabajo, en el alquiler atrasado, en la cara de mi madre cuando le dije que esta vez sí, que esta vez tenía un casting de verdad. Me llevé las manos a la espalda y solté el broche.

Damián se acercó. Olía a tabaco y a colonia cara. Me puso una mano en la cintura y otra en el cuello, despacio, como si me estuviera midiendo. Yo no me moví.

—Tienes la piel preciosa —murmuró—. Bruno, ven a ver.

Bruno se acercó por el otro lado. Sentí dos manos a la vez, una en la cadera y otra subiendo por mi columna. Pensé en irme. Pensé en bajar al pasillo y agarrar a Mateo de la mano y volverme al hotel. No lo hice.

***

Lo que pasó después fue ocurriendo casi sin que yo lo decidiera, como si alguien hubiera apretado un botón y mi cuerpo respondiera por su cuenta. Damián me sentó en la mesa. Bruno me besó el cuello, primero por detrás y luego rodeándome hasta encontrar mi boca. Sergio nos miraba desde la esquina, con los brazos cruzados, sin decir nada. La cámara seguía sobre el trípode, apagada.

—Túmbate —pidió Damián.

Me tumbé.

El cemento pulido estaba frío contra mi espalda. El techo del estudio tenía unas vigas de hierro pintadas de negro. Yo me concentré en contar las vigas mientras los dos diseñadores se deshacían del resto de mi ropa con una calma metódica, casi profesional, como si estuvieran preparando una prenda para una sesión de fotos.

Damián se quitó el cinturón. Bruno se desabrochó la camisa. Sergio seguía sin moverse.

No voy a contar cada detalle de lo que vino después. Bruno se colocó encima de mí, y al rato Damián también, y entre los dos me fueron llevando a un sitio donde el miedo y el deseo se confundían en algo que no sabía nombrar. Mi cuerpo respondía antes que mi cabeza. La cabeza tardó más, pero también acabó cediendo. En algún momento dejé de pensar en las vigas y empecé a gemir sin querer, mordiéndome el labio para que no se me escapara demasiado.

—Así, princesa —dijo Bruno con la voz ronca—. Justo así.

Cuando Sergio se acercó por fin, yo ya estaba en otra parte. Le miré desde abajo, jadeando, y le dejé hacer. Pensé que era un círculo que se cerraba: el agente que llevaba dos años prometiéndome trabajo, y los dos hombres que tenían en sus manos la firma del contrato.

Acabaron uno detrás de otro. Damián primero, casi sin avisar, con un quejido seco que se le escapó por la nariz. Bruno después, agarrándome de las caderas, susurrando cosas que no recuerdo. Sergio el último, mirándome a los ojos todo el rato, como si quisiera asegurarse de que entendía exactamente lo que acababa de pasar.

—Mañana firmamos —dijo Damián, abrochándose el cinturón—. Pásate por la oficina a las once.

—Te llamamos para la prueba de vestuario la semana que viene —añadió Bruno.

Sergio asintió desde la esquina, con esa sonrisa de oreja a oreja que siempre me había puesto un poco nerviosa.

—¿Ves? —dijo cuando los otros dos salieron—. Te dije que esto iba a ser fácil.

Y se fue detrás de ellos sin esperar mi respuesta.

***

Me quedé un rato tumbada en la mesa, sola, escuchando el zumbido del fluorescente del techo. Tenía la ropa esparcida por el suelo y la garganta seca. Me dolía todo y al mismo tiempo no me dolía nada. Sentí las lágrimas antes de darme cuenta de que estaba llorando.

Y entonces giré la cabeza hacia la puerta.

Estaba entreabierta. Una rendija de luz amarilla, del tubo del pasillo, atravesaba el suelo y se detenía justo a los pies de la mesa. Al otro lado, en el banco de madera, Mateo seguía sentado, pero ya no miraba el móvil. Tenía la espalda recta, las manos sobre las rodillas y los ojos clavados en la puerta.

En mí.

Lo había visto todo.

Me incorporé despacio. Bajé de la mesa con cuidado, como si tuviera miedo de que me fallaran las rodillas. Recogí las braguitas del suelo y me las puse. Después el sujetador. Tenía las manos torpes y tardé más de lo normal en abrocharlo. Mientras tanto, no aparté la mirada del rectángulo de luz amarilla.

Mateo tampoco apartó la suya.

—Pasa —le dije al fin, casi en un susurro.

La puerta se abrió sola, empujada por su mano. Mi hermano entró sin decir nada, cerró tras de sí y se quedó parado a dos metros de mí, sin atreverse a acercarse más.

Llevaba la sudadera gris que le regalé por Navidad. El pelo revuelto, como siempre. Tenía diecinueve años y aquella tarde, por primera vez, le vi cara de hombre.

—Cami —dijo—. ¿Estás bien?

Me eché a llorar. No pude evitarlo. Y él tampoco pudo evitar venir a abrazarme.

Me rodeó con los brazos despacio, como si tuviera miedo de romperme. Yo me apreté contra su pecho con todas mis fuerzas. Olía a champú barato y a la colonia que le habíamos comprado entre todos para su cumpleaños. Le sentí respirar contra mi pelo, con la respiración cortada, intentando contenerse.

—No tendrías que haber visto eso —le susurré.

—No he podido evitarlo.

Nos quedamos así un buen rato. Yo en sujetador y braguitas, él vestido del todo, sus manos quietas en mi espalda. Hasta que sentí cómo esas manos empezaban a moverse. Muy poco al principio. Una caricia mínima, casi un temblor, bajando por mi columna y deteniéndose justo encima del elástico de la braga.

Levanté la cara para mirarle.

Tenía las pupilas dilatadas y una expresión que no le había visto nunca. Le temblaba el labio inferior. Estaba a punto de pedirme perdón y al mismo tiempo a punto de no hacerlo. Le brillaba la frente bajo el fluorescente.

Yo decidí por los dos.

Me puse de puntillas y le besé en la boca. No fue un beso de hermana. Fue un beso de los que se dan despacio, abriendo los labios apenas, dejando que la otra persona decida si sigue o se aparta.

Mateo no se apartó.

Sus manos bajaron del todo y me agarraron por debajo, apretándome contra él. Sentí cómo se le endurecía contra mi vientre, separados solo por la tela del vaquero. Una corriente eléctrica me recorrió de arriba abajo y olvidé, durante un segundo entero, lo que acababa de pasar en aquella misma sala.

—Cami —murmuró contra mi boca—. Esto no…

—Calla.

Le volví a besar. Más fuerte esta vez. Le metí la lengua en la boca y sentí cómo se rendía, cómo dejaba de luchar contra lo que llevaba años queriendo y no se había permitido ni pensar. Sus manos me apretaban las nalgas con la torpeza de un chaval que casi nunca había tocado a nadie así, y eso, no sé por qué, me excitó más que todo lo demás.

Nos separamos un instante. Le miré a los ojos. Tenía la cara roja y los labios húmedos.

Mi hermano pequeño, pensé. Por Dios.

Pero ya no había marcha atrás.

Le cogí de la mano y le guie hasta la mesa. La misma mesa de cemento donde acababa de pasar lo otro. Me senté en el borde y le atraje hacia mí, abriéndome paso entre sus piernas. Mateo se dejó llevar como si llevara toda la tarde esperando este momento, probablemente porque era verdad.

Le ayudé a desabrocharse el vaquero. Él dejó caer la sudadera al suelo. Tenía el pecho lampiño y las clavículas marcadas, y un temblor en las manos que me ablandó por dentro. Le tiré del cuello hasta volver a tenerle pegado a mi boca.

—No te pares —le susurré al oído—. Por favor, no te pares ahora.

Él no se paró.

Lo hicimos despacio, sin prisa ninguna, como si quisiéramos compensar las dos horas anteriores con la lentitud de los siguientes diez minutos. Yo le guie con una mano y con la otra le sostuve la nuca. Mateo enterró la cara en mi cuello y respiró fuerte. Cuando se corrió, lo hizo sin un solo gemido, apretándome contra él, mordiéndome el hombro de un modo que no me hizo daño y que recordaré durante años.

***

Volvimos al hotel cuando ya era de noche. Ninguno de los dos habló en el taxi. Mateo me agarraba la mano por debajo del abrigo y yo apoyaba la cabeza en su hombro. El taxista nos miraba de vez en cuando por el retrovisor, seguramente pensando que éramos una parejita joven de viaje romántico. Estuve a punto de reírme.

En la habitación, Mateo se sentó al borde de la cama. Yo me quedé de pie frente a él, con el abrigo todavía puesto.

—Mateo.

—Dime.

—De esto, no le digas nada a nadie. Nunca. Ni a mamá. Ni a tus amigos. Ni a una novia, si alguna vez la tienes. Nunca.

Él asintió, despacio. Tenía los ojos brillantes y una sonrisa que no acababa de salir.

—Vale —dijo—. No diré nada.

Me senté a su lado y apoyé la cabeza en su hombro otra vez. Fuera, en la rambla, alguien tocaba la guitarra y unos turistas reían demasiado fuerte. Dentro, en aquella habitación pequeña con olor a moqueta vieja, mi hermano y yo guardábamos un secreto que no íbamos a contar jamás.

Al día siguiente firmé el contrato. Damián me sonrió como si no hubiera pasado nada. Bruno me besó en la mejilla con una formalidad helada. Sergio me dio una palmadita en la espalda y me felicitó por la decisión.

Y Mateo me esperaba en la cafetería de la esquina, removiendo un café con las dos manos, mirando hacia la puerta cada vez que oía pasos.

Cuando me vio entrar, sonrió.

Yo también.

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Comentarios (5)

GaboLeedor

Increible relato, me dejo sin palabras!!!

NocheViva

Por favor una segunda parte, no puede quedar así. Quedé con ganas de saber que pasó después

thriller_fan

Lo leí de un tirón, se siente muy real. Muy bien logrado el clima de tensión, enhorabuena

DiegoCba55

buenisimo, de los mejores que lei aca ultimamente

FlorMendozaK

¿Hay mas partes de esta historia? Espero que si porque se corto en lo mejor

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