Encontré a papá entre los muertos y no lo solté
El asfalto de Phoenix hervía bajo las ruedas de la Cazadora. Mi camioneta blindada, erizada de alambres y placas oxidadas, masticaba kilómetros mientras yo trituraba a cada infectado que se atravesaba. Cada cráneo que estallaba contra el parachoques me acercaba al barrio donde crecí. La misión era simple en mi cabeza: sacar a mis padres del infierno y subirlos al helicóptero del escuadrón.
Al doblar en la calle de siempre, un grito rompió el silencio. Lo reconocí en el aliento, un sonido que me partió en dos. Aceleré dejando un rastro de carne aplastada. La puerta de la casa colgaba entreabierta. Entré con el fusil en alto, lista para el final.
Lo que vi no me entra entero en la memoria. Mi padre, ya no él, desnudo en medio del salón con los ojos lechosos y la boca floja. Del armario empotrado venía la voz de mi madre, también desnuda, suplicando. Lo entendí en un parpadeo: la infección lo había atrapado encima de ella y ella había logrado encerrarse adentro a tiempo.
Le tiré una patada al pecho y lo hice trastabillar. Abrí el armario, saqué a mi madre temblando y la envolví en una manta. Las hélices del helicóptero llenaron el cielo. Mis compañeros se asomaron por la puerta lateral y estiraron las manos para subirla primero. Cuando me tocó saltar a mí, unos dedos fríos como piedras se cerraron sobre mi tobillo. Mi padre. Caí de bruces sobre el asfalto y una horda se desbordó desde la avenida como una marea negra.
Miré hacia arriba y le hice la señal al sargento Ramos. Váyanse. Sálvenla. Ramos cerró el puño contra el pecho —el saludo de los condenados— y el helicóptero se elevó con mi madre adentro, dejándome con el monstruo que había sido mi padre.
Le apunté entre los ojos. El cañón temblaba. Apreté el gatillo y no salió ninguna bala, salió un sollozo. Bajé el arma. Le sellé la boca con cinta adhesiva y lo arrastré hasta la jaula trasera de la Cazadora. Era mi padre todavía. Algo en mí no lo soltaba.
***
Encontré refugio en un supermercado abandonado al borde de la autopista. Lo até a una columna con cuerdas de escalada. Cada vez que intentaba morder, le caía un puñetazo limpio en la mandíbula. Aprendió rápido. A los pocos días dejó de intentarlo y caminaba a mi lado, colgado de la soga como un perro grande y descompuesto.
Sus ojos blancos se encendieron frente al freezer de carnes. Le tiré un cerdo entero descongelado y lo desgarró con una hambre primitiva. Mientras comía me miró un segundo de más, y juro que el músculo de la cara se le movió en algo parecido a una sonrisa. Algo nació ahí dentro de mí. Una idea torcida y luminosa: entrenar a papá.
Las semanas se hicieron meses. Con cortes de carne como premio aprendió a quedarse quieto, a esperarme, a seguir mi paso. Era torpe. Era mío.
Una tarde quise bañarlo. El agua de los bidones del fondo salía marrón y fría, pero la usé. Le froté la piel con un trapo intentando quitarle el hedor a fruta podrida y a tierra húmeda. No se iba. Me di cuenta de que ya casi no lo notaba. Era el olor de papá, el olor de mi supervivencia.
Mi mano resbaló sobre su estómago hundido y bajó más. Lo que colgaba entre sus piernas latió una vez. Después latió de nuevo y se puso duro como una rama tallada. Pálido, recorrido por una red de venas violetas, frío al tacto pero firme. Su cuerpo respondía a algo que no era vida pero que tampoco era olvido del todo.
Un calor torpe me subió por el vientre. Llevaba meses sin tocarme, encerrada en uniformes y en miedo. Mi propia carne despertó debajo del pantalón. Soy lo que soy: una mujer con un sexo que no decide ser lo que los demás esperan. Esa noche, en cuclillas frente a él, dejé de pelearme con la imagen y me dejé sentir. Una mano se cerró sobre él. La otra se me fue a mí.
Dejé caer el trapo. Me arrodillé sobre baldosas mojadas. Acerqué la nariz a su sexo y olí lo que esperaba —descomposición dulzona— y abajo, otro olor más viejo, salado, casi familiar. Abrí la boca y lo probé. No fue lo que temía. Sabía a carne curada al aire, salado, con un fondo metálico. El corazón me golpeaba la garganta como un tambor de guerra. Lo chupé sin pensar, con un hambre que llevaba meses pidiendo permiso.
Me saqué la ropa con torpeza. La tela mojada se me pegaba a la piel. Me puse a cuatro patas sobre el suelo resbaladizo, le guié las caderas y guié su sexo hacia mí. Entró frío y rápido. Casi enseguida noté que algo viscoso y tibio brotaba dentro de él, lubricándolo todo. Sus manos torpes me agarraron las caderas. Aprendió a moverse en dos embestidas. Su cuerpo todavía sabía lo que era el deseo, aunque su mente ya no.
***
El supermercado se convirtió en nuestra casa. Cada pasillo guardaba una postal. Lo tuve contra las heladeras apagadas, sobre el mostrador de la carnicería, entre las cajas de conservas vencidas. Dormía pegada a su carne fría, abrazada a un peso que no respiraba pero que estaba. Él se quedaba inmóvil mirando el techo con sus ojos blancos, y yo, enroscada ahí, dormía como no dormía desde antes del fin del mundo.
Cazábamos juntos. Su instinto era más limpio que el mío. Le costó entender que no podía morder a las presas, que esas eran mi comida. Aprendió a romperles el cuello con un giro seco y a dejarme el cuerpo intacto. Tenía miedo de perderlo si me contagiaba, pensaba siempre que me lavaba la sangre de las manos. Tenía miedo de olvidarlo todo si me convertía.
Lo bañaba en el arroyo de atrás. Le cepillaba los dientes con un cepillo viejo y agua fría porque el aliento le mordía la nariz. Le hablaba durante horas: de la primera vez que monté en moto, del nombre que me elegí para mí, de cosas que no le había contado a la versión viva. Él no contestaba. A veces, eso era mejor que cualquier respuesta.
Un año cabe entero adentro de un supermercado vacío. Aprendí a olvidar el calendario.
***
Esa noche estaba montada sobre él, sobre un colchón tirado en el suelo. Lo cabalgaba sin prisa y sin vergüenza, las caderas marcando un ritmo que ya conocíamos los dos. Sus manos frías me apretaban la cintura, dejándome marcas violetas que iban a durar días. Le hablaba a media voz, palabras sueltas que él no entendía pero que sentía en la respiración rota.
No los escuché entrar. Mis gemidos, largos y abiertos, debieron guiarlos hasta el centro del supermercado. No oí botas sobre el cemento. No oí los seguros desactivándose.
—¿Sargento Vega?
La voz me cayó como un cuchillo de hielo entre las vértebras. El cuerpo se me tensó como un arco. Abrí los ojos.
Estaban ahí. Mis viejos compañeros, en semicírculo, los rostros pálidos bajo la luz amarillenta de las linternas. Caras de horror puro. Llevaban quién sabe cuánto rato mirando, escuchando el chapoteo de nuestros cuerpos en el silencio de cemento.
No me moví. Empalada sobre él, sin aire, sintiéndolo entero dentro de mí mientras el mundo entero me juzgaba en silencio.
Y entonces mi padre —el zombie, el muerto sin vergüenza— sintió cómo el pánico me contraía y lo confundió con placer. Gruñó desde el fondo de su garganta seca. Sentí cómo se sacudía dentro de mí, una pulsación violenta, y después el chorro caliente que me llenó. Mi cuerpo respondió con un espasmo traidor, una mueca a medio camino entre el éxtasis y la vergüenza.
—¿Qué pasa? ¿Por qué se quedan así? —dijo otra voz.
Mi madre.
Se abrió paso entre los soldados y entró en el círculo. Su cerebro se negó a leer la escena primero. Vio una silueta familiar montada sobre alguien. Después los detalles fueron cayendo como gotas de ácido sobre su cara.
Vio mi pelo. Vio la curva de mi espalda. Vio la piel pálida y apergaminada del hombre debajo. Vio las costillas hundidas. Vio a su marido. Vio cómo el sexo muerto de su marido seguía clavado en su hija.
El grito no le salió de la garganta. Le salió de las tripas. Un desgarro que no era humano, el sonido exacto de una mente quebrándose limpio por la mitad. Sus ojos buscaron los míos sin encontrar a la hija que había enterrado un año antes. Encontraron a otra cosa. Después se le doblaron las rodillas y cayó de espaldas contra el cemento con un golpe sordo. El epitafio de mi familia.
El caos fue mi puerta.
Mis compañeros se volcaron sobre el cuerpo de mi madre y me dieron la espalda. La adrenalina me sacó del shock como un tirón. Me deslicé de él con un sonido obsceno que nadie escuchó. Mis dedos encontraron una granada de humo en la mochila tirada al lado del colchón. Tiré la anilla y la lancé sin mirar.
La explosión sorda escupió una nube blanca espesa. Toses, maldiciones, confusión. Mi cortina perfecta. Agarré la mano fría de mi padre y tiré. Él vino conmigo sin preguntar nada, porque ya no preguntaba nada.
Salimos por la puerta trasera al asfalto. La Cazadora seguía ahí, cubierta de polvo y de mí. Lo empujé al asiento del copiloto, salté al conductor y la llave giró antes de que la puerta se cerrara del todo. El motor rugió. Las ruedas mordieron el pavimento. Nos lanzamos hacia el norte como una bala desesperada.
***
La gasolina se acabó en algún punto de una ruta sin nombre. El motor murió con un último estertor metálico y nos quedamos en silencio. No había más camino que el bosque, así que nos metimos en el bosque, desnudos los dos. La carrera había sido frenética y nadie había pensado en ropa.
La ladera era empinada y resbalosa. Subimos hasta que el techo de árboles se abrió. Apareció una cabaña de madera oscura, un último suspiro de civilización plantado en la cima. Y la vista. La ciudad allá abajo, un tapiz de luces rotas, y en el horizonte los destellos anaranjados del fuego de artillería. Mi antiguo escuadrón librando otra batalla contra otra horda en otra ruina.
Mi padre se detuvo a mi lado, estatua silenciosa. Después giró la cabeza despacio, levantó los brazos y los abrió. Un gesto torpe y aprendido. Un abrazo.
Entendí.
Di un paso y me metí en ese hueco. Apoyé la cabeza contra su pecho frío y correoso. Sus brazos se cerraron alrededor de mí con la fuerza de una tenaza. Y entonces lo oí. Un tamborileo lento, casi inaudible, bajo mi oreja. Su corazón, lo que quedaba de él, latiendo despacio. Un ritmo fúnebre y constante. El único sonido real en un mundo de fantasmas.
Nos quedamos así, viendo el sol hundirse y teñir el cielo de naranja y de sangre. Abajo, la guerra seguía. Los gritos, el deber, las órdenes del sargento Ramos por una radio que ya no me iba a buscar. Todo eso pertenecía a otra mujer. A otra vida que ya no quería.
Me aparté un poco para mirarlo de frente.
—Ya no quiero volver —susurré, el aliento haciendo una nube pequeña entre nosotros—. Quiero quedarme acá. Contigo.
Le tomé la cara con las dos manos y junté mi boca con la suya. Sus labios cedieron despacio, fríos y firmes como cera. Pasé la lengua por la comisura y él abrió la boca por reflejo aprendido. Mi lengua encontró la suya, inerte, gélida, y la rodeó con mi calor. Un beso torpe, lento, sin la coordinación de los vivos, y por eso mismo más mío que cualquier otro.
Cuando me separé, un hilo brillante se estiró entre nuestras bocas y se rompió.
Ahí, viendo morir el último destello de luz en la ciudad de los muertos, lo entendí entero. Mi padre. Mi novio. Mi amante. Los dos únicos habitantes de un reino chiquito en la punta del mundo. Una reina y su rey muerto, por fin en paz.