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Relatos Ardientes

Lo que mi hija descubrió en mi ordenador

Mi vida cambió por completo cuando me separé de Elena, la única mujer a la que había querido sin reservas. Han pasado tres años desde aquel divorcio y la herida sigue ahí, escondida en los rincones donde no la veo todos los días. Me llamo Andrés, tengo cuarenta años, y de ese matrimonio me quedó lo único bueno: una hija, Camila.

Camila acaba de cumplir dieciocho. Es alta para su edad, morena, con una sonrisa que vuelve la cabeza a cualquiera cuando entra en una habitación. Tiene el cuerpo que tenía su madre cuando la conocí, la misma forma de mirar de reojo, las mismas piernas largas. Lo pensé mil veces antes de que pasara lo que pasó, y lo pensaba sin ningún propósito. Era una observación, como quien comenta el parecido de un sobrino.

La custodia compartida nos dejó así: fines de semana alternos y los martes, cuando paso por el instituto y la traigo a mi casa a dormir. Al día siguiente la llevo temprano y vuelvo a la oficina. Esa rutina la inventamos hace tres años y la respetamos como si fuera un contrato.

Compré una casa pequeña en las afueras, en una urbanización tranquila cerca de mi trabajo. Tiene piscina, un jardín apretado y dos habitaciones. La primera vez que vino a verla, Camila pasó la tarde entera decidiendo cómo ordenar la suya. La casa fue idea suya tanto como mía.

Hace meses me dijo que quería venirse a vivir conmigo de forma permanente. La razón oficial es que no soporta a la pareja nueva de Elena. La razón real, lo sabemos ella y yo, es otra. Es lo que empezó aquel sábado y lo que sigue ocurriendo cada vez que nos quedamos solos.

***

Aquel sábado llovía. La recogí del instituto y le dije que el plan era hacer lo que ella quisiera. Cine, una cafetería del centro donde sirven helado en invierno, una vuelta por las tiendas en la que se probó tres pares de pantalones y se quedó con uno. Volvimos a casa a media tarde, satisfechos, con esa euforia ligera que da pasar el día entero con alguien que te quiere.

Yo me puse el pantalón corto suelto que uso en casa. Camila se cambió a un pijama de camiseta blanca y unas braguitas que apenas se veían bajo el dobladillo. Me senté frente al ordenador, en el salón, a leer un rato.

No quiero presumir de mejor padre del que soy. Llevaba mucho tiempo sin pareja, sin tocar a nadie, y había encontrado en internet páginas de relatos que leía por las noches. Lo había vuelto un hábito tranquilo, como quien lee novela negra antes de dormir.

—¿Qué haces, papi?

Camila apareció detrás del sofá, descalza, con el pelo recogido en una coleta torcida.

—Nada. Leo.

—¿Me dejas?

Y antes de que pudiera cerrar la pestaña, se sentó en mi regazo como ha hecho desde los cinco años. La diferencia era que esta vez tenía dieciocho. La diferencia era que se acomodó sobre mí con todo su peso, con los muslos apoyados en los míos, y leyó por encima de mi hombro tres líneas que no debió haber leído nunca.

Era un relato de incesto. Padre e hija. No el mío, no nuestro, solo uno cualquiera de los que se encuentran ahí. En la pantalla, el padre tenía a la hija boca abajo sobre una mesa, con la falda subida hasta la cintura, y le metía la polla de golpe mientras ella gemía que sí, papi, más fuerte, papi. Camila leyó las tres líneas dos veces. La sentí respirar más despacio contra mi cuello.

—Papi.

—Camila, baja. Vamos a cenar.

—Papi, lo leemos juntos.

Su voz era distinta. No la de la niña que pide ayuda con los deberes. Una voz baja, lenta, casi divertida. Intenté que se levantara con cualquier excusa, con cosquillas, con un empujoncito disimulado, pero ella no se movió. Se removió encima de mí, arrastrando el culo despacio, de atrás hacia delante, dos veces, tres, y yo sentí lo que ella sintió, la polla hinchándose bajo el pantalón corto, apretada contra la tela fina de sus braguitas, y los dos nos dimos cuenta de lo mismo al mismo tiempo.

—Antes lo noté con el culito —dijo, sin girarse—. Sentí como un calambre.

Esto no puede estar pasando.

Me levanté de la silla con ella encima y la dejé en el suelo como si pesara nada. Le dije que era hora de cenar, que se fuera a la cocina, que ahora la alcanzaba. Camila no se fue. Me agarró por la muñeca con esa firmeza que tiene cuando quiere algo y no piensa cederlo.

—Papi, me mojé.

—Camila, por favor.

—Mira.

Y se levantó el camisón.

***

No voy a justificarme. No voy a decir que la culpa fue suya, ni de los hombres que escriben esos relatos en internet, ni de Elena, ni del azar. Lo que ocurrió ocurrió porque yo no fui capaz de salir del salón en ese momento, y por nada más.

Las braguitas eran blancas, de algodón, y tenían una mancha oscura en el centro, redonda, del tamaño de una moneda. Se le pegaban a los labios del coño de tal manera que se le marcaba la raja entera bajo la tela. Camila metió los pulgares en el elástico y se las bajó hasta las rodillas antes de que pudiera decirle nada. Se quedó ahí de pie, con el camisón subido hasta el ombligo, enseñándome un coño depilado, rosado, brillante de humedad, con los labios pequeños entreabiertos.

—Mira cómo estoy, papi.

La senté en el sofá. Le pedí que se calmara. Le dije que aquello era algo que las personas adultas hacían entre ellas, y que yo era su padre, y que esto no podía pasar. Camila me escuchó con la mirada fija, sin parpadear, y cuando terminé de hablar me cogió la mano y se la llevó al muslo. Después la subió ella misma, deslizando mis dedos por la cara interna del muslo hasta que la yema del corazón tocó la humedad caliente entre sus piernas.

—Tócame.

Le dije que no. Pero mi mano ya estaba ahí, y mis dedos se hundieron sin querer entre los labios mojados, y sentí el clítoris hinchado, duro como un botón, y Camila cerró los ojos y arqueó la espalda contra el respaldo del sofá.

—Papi, ya soy mayor.

Le dije que sí, pero que no de esa manera. La mano seguía trabajando sola. Le pasé el pulgar por el clítoris, en círculos lentos, y ella abrió las piernas del todo, sin vergüenza, agarrándose las rodillas para dejarme más espacio.

—Papi, llevo meses pensando en esto. Desde que vi lo que lees en tu ordenador. Llevo meses en mi cama, en casa de mamá, pensando en ti. Metiéndome los dedos pensando en ti.

Le metí un dedo. El coño la apretó de golpe, caliente, resbaladizo, y Camila soltó un jadeo que no era de niña. Le metí un segundo dedo y curvé la punta buscando el punto de arriba, y ella empezó a moverse contra mi mano, adelante y atrás, buscando más.

—Más adentro, papi. Más.

Lo que vino después lo recuerdo como se recuerda un sueño que se cuenta a medias por vergüenza. La besé yo, no me besó ella. Le abrí la boca con la lengua y ella la abrió más, chupándome la lengua como si fuera otra cosa. Le arranqué el camisón por la cabeza y ella se quedó desnuda del todo, con los pezones oscuros, pequeños, tiesos, y yo se los cogí con la boca, uno y otro, mordiéndoselos hasta que gritó.

Me arrodillé en el suelo, entre sus piernas abiertas, y le comí el coño despacio, con la lengua plana primero, de abajo arriba, lamiendo desde la entrada hasta el clítoris, y después con la punta, en círculos, chupándoselo entero, metiéndosela por dentro. Camila me agarró la cabeza con las dos manos y me la apretó contra el coño, empujándome la cara, restregándose contra mi boca hasta que se corrió gritando papi, papi, papi, con los muslos temblándole a los lados de mi cabeza.

Cuando levanté la cara tenía la barbilla empapada. Camila se dejó caer del sofá al suelo, entre mis rodillas, y me bajó el pantalón corto de un tirón. La polla saltó fuera, dura, apuntándole a la cara. Ella la miró un segundo, seria, y después la agarró con la mano derecha y se la metió en la boca hasta la mitad.

Aprendía rápido, demasiado rápido para una chica que decía no haber estado nunca con un hombre. Me la chupaba con la boca entera, cerrando los labios apretados alrededor del tronco, subiendo y bajando la cabeza, y cuando la sacaba me lamía los huevos, uno primero, después el otro, se los metía en la boca. Le pregunté quién le había enseñado y me dijo, con la polla apoyada en la mejilla, que internet. Le creí porque quería creerle.

—Córrete en mi boca, papi.

Y volvió a metérsela hasta el fondo, moviendo la lengua contra el glande, con la mano derecha bombeándome la base. No aguanté. Le agarré la coleta y me corrí en su boca a chorros largos, mirándola tragar, viéndola sacar la lengua entre chorro y chorro para enseñarme el semen que le caía. Se limpió con el dorso de la mano y sonrió.

Cuando acabó, lloré. Lloré como no había llorado desde el día en que firmé los papeles del divorcio. Camila me abrazó con la naturalidad de quien consuela un golpe en una rodilla.

—No llores, papi. Esto va a ser nuestro secreto.

—Si tu madre se entera…

—No se va a enterar. Te lo prometo.

***

Los meses siguientes fueron una caída larga. Cada fin de semana alterno, cada martes, encontrábamos una excusa para que pasara lo mismo. Empezamos por lo simple y fuimos sumando. Dormíamos juntos, ella desnuda contra mi pecho, con mi mano metida entre sus piernas casi toda la noche. Nos duchábamos juntos, y yo la enjabonaba entera, las tetas, el culo, el coño, hasta que se corría contra el azulejo con los dedos míos dentro. Camila descubrió cosas de su propio cuerpo que ninguna chica de su edad descubre con su padre. Le enseñé a correrse encima de mi cara, sentada en mi boca. Le enseñé a chuparla mirándome a los ojos. Le enseñé a masturbarse delante de mí con dos dedos, para que yo pudiera verle bien el clítoris hinchado. Yo recuperé un apetito que pensaba olvidado.

Llegó a parecerme normal. Eso es lo más perverso, supongo. Verla aparecer en mi cocina los martes por la noche, con el uniforme del instituto a medio quitar, la falda plisada corta, las medias hasta la rodilla, dejó de incomodarme y empezó a alegrarme. La oía abrir la puerta de la calle y se me aceleraba el pulso como cuando era estudiante y esperaba a la primera novia. A los cuarenta años. Con mi propia hija. Muchas de esas noches ni cenábamos. La sentaba en la encimera de la cocina, le abría las piernas, le apartaba las braguitas a un lado y le comía el coño hasta que se corría dos veces seguidas, agarrada del mueble para no caerse.

Una noche me preguntó cuándo íbamos a hacer el resto.

—¿El resto?

—Ya lo sabes. El resto. Follarme, papi. Metérmela entera.

Le dije que era una decisión suya. Que cuando ella quisiera, sin presión, sin prisa. Camila se rió.

—Papi, llevo seis meses esperando.

Lo hicimos despacio, con calma, en mi cuarto, con la luz pequeña de la mesilla y la puerta cerrada con llave aunque no había nadie más en la casa. La desnudé despacio, mordiéndole el cuello, y ella me desnudó a mí de rodillas, chupándome la polla un rato antes de dejarme meterla. La tumbé boca arriba, le abrí las piernas y me coloqué encima, apoyando el glande en la entrada del coño. Estaba tan mojada que se me deslizó dentro casi sin empujar. Camila cerró los ojos y soltó el aire despacio cuando la sentí abrirse alrededor de la polla, apretada, ardiendo.

—Toda, papi. Métemela toda.

Empujé hasta el fondo, hasta que los huevos le rebotaron contra el culo. Camila respiraba fuerte, me clavaba las uñas en los hombros, me pedía cosas que yo no le habría dicho cómo pedirlas a su edad. Que más fuerte, papi. Que me la partas, papi. Que me llenes de leche, papi. La follé en cuatro posiciones esa noche. Boca arriba, con las piernas sobre mis hombros, viéndole el coño estirarse alrededor de mi polla cada vez que salía y volvía a entrar. A cuatro patas, con la cabeza contra la almohada y el culo levantado, dándole azotes en cada nalga hasta que se le pusieron rojas. Encima de mí, cabalgándome, botando arriba y abajo con las tetas rebotándole en la cara, mientras yo le apretaba los pezones entre los dedos. Y al final de lado, ella pegada a mi pecho, yo entrándole desde detrás, con la mano en su clítoris frotándoselo mientras la embestía. Se corrió tres veces antes que yo, gritando cada vez más fuerte, sin importarle nada. Cuando ya no aguanté más, le pregunté dónde y me dijo dentro, papi, dentro. Me vacié dentro de ella en empujones largos, cada uno más profundo, y ella me clavaba las uñas en la espalda y me susurraba al oído que sí, que así, que era suyo.

No fue su primera vez, y eso lo entendí ahí, aunque me había jurado lo contrario. Daba igual. Daba absolutamente igual.

Después, tumbados de cara al techo, con el semen todavía escurriéndosele por el muslo, me dijo algo que todavía me da vueltas.

—Si mamá supiera. Pobre mamá.

Y se rió.

***

Hace un mes, Camila me pidió que invitara a su mejor amiga, Lucía, a pasar un fin de semana en casa.

Le dije que no. Le dije que era peligroso, que Lucía no podía sospechar nada, que iba a tener que dormir en su cuarto y no en el mío. Camila me miró con esa sonrisa que ya conozco demasiado bien.

—Papi, Lucía y yo nos contamos todo.

—¿Todo?

—Todo.

Le pregunté si Lucía sabía. Me dijo que no exactamente. Me dijo que Lucía sospechaba algo y que ella, Camila, no había desmentido nada. Me dijo que Lucía llevaba meses fantaseando y que estaba dispuesta a venir con tal de comprobar si lo que imaginaba era cierto.

Le dije que no. Camila aceptó sin discutir, lo cual debió haberme alertado.

El viernes siguiente, Lucía apareció en la puerta con una mochila y la madre detrás. Camila la había invitado igualmente, dándome por convencido. La madre se llama Marta. Lucía es alta, rubia, con esa belleza limpia que tienen algunas chicas a los dieciocho. Marta tendrá unos treinta y ocho años, y al verla en mi puerta entendí de dónde sale la hija.

—Andrés, espero que no molestemos.

—En absoluto, Marta. Pasad.

Marta dejó a Lucía y se quedó a tomar un café. Camila le hizo señas a su amiga para que subieran al cuarto y nos dejaron solos. Marta y yo hablamos del divorcio mío y del suyo, que estaba a punto de empezar, de cómo se las arreglaba una con una hija adolescente y una vida que no terminaba de arrancar. Cuando se fue, me dijo que me llamaría.

Esa noche, en la cocina, Camila me pasó por detrás y me susurró:

—Te gustó, ¿verdad?

—Camila.

—No me importa, papi. Pero te gustó.

***

No voy a contar lo que pasó esa noche con Lucía. No es que no haya pasado nada; pasó lo que tenía que pasar, lo que Camila había planeado desde que oyó el ruido del coche de Marta en la entrada. Llevo mi secreto y ahora otro encima, y no sé cuántos más voy a poder sumar antes de que algo se rompa.

Marta me llamó la semana pasada. Pasamos una tarde en un hotel discreto del centro. Se desnudó delante de mí sin apagar la luz, con el cuerpo de una mujer de treinta y ocho años que sabe lo que tiene, tetas grandes con las areolas anchas, caderas amplias, un coño de mujer hecha con vello recortado. Me chupó la polla de rodillas en la moqueta antes de que yo pudiera decir nada, mirándome desde abajo con los ojos de Lucía. Después me la follé encima, con ella cabalgándome despacio, apretándome las tetas contra la cara, y de nuevo a cuatro patas contra el cabecero, agarrándole el pelo, terminando dentro de ella con la cara pegada a su espalda. Cuando ya me iba, con la camisa a medio abrochar, me preguntó si me importaría que ella y Lucía pasaran unas vacaciones de verano con nosotros en la casa que tengo alquilada en la costa.

Le dije que sí.

Camila lo sabe. Lucía lo sabe. Marta cree saberlo todo, pero solo sabe la parte que la afecta a ella. Yo soy el único que sabe el conjunto. Y mientras escribo esto, entiendo que ese verano va a ser largo y peligroso, y que va a haber una segunda parte que todavía no sé cómo contar.

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Comentarios(8)

Sebas_RD

Increible relato, de los mejores que lei en mucho tiempo!!!

LucasNight42

Por favor que haya segunda parte, quede con ganas de mas...

CarlosMza

Me gusto como lo planteaste, sin apurarte llega al punto. Muy bien logrado.

Lorena_75

Me recordo a algo que lei hace un tiempo pero este esta mucho mejor escrito. Gracias por compartir.

tomis_rdz

tremendo esto jajaj

DiegoMar_77

El suspenso del principio esta muy bien manejado, uno ya intuye hacia donde va pero igual engancha. Buen trabajo.

PatoM22

Muy creible y bien armado. Sigue asi!

Mati_cordoba

Y hay segunda parte o queda ahi? jaja espero que no termine tan pronto

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