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Relatos Ardientes

Lo que vi en el espejo del cuarto de mis padres

Casi nunca me levantaba a beber agua en mitad de la noche. La sed me venía siempre antes de dormir o, como mucho, al despertar. Esa madrugada, en cambio, abrí los ojos a las tres con la garganta áspera y la sensación de haber soñado algo que ya no recordaba.

Salí descalza al pasillo y entonces los escuché.

Plaf. Plaf. Plaf. Un ritmo seco, sostenido, intercalado con quejidos cortos que conocía demasiado bien. La habitación de mis padres estaba al otro lado del corredor y, aunque ellos pensaban que nadie los oía, yo llevaba años confirmándoles lo contrario. A veces los pillaba apenas se metían a la cama, otras antes del amanecer, alguna mañana de domingo en la ducha. Aprendí pronto a reconocer la coreografía de sus encuentros.

No me considero ninguna pervertida; soy una chica como cualquier otra a la que el cuerpo le pide pruebas todo el tiempo. Cada vez que los oía, mi reacción era la misma: me ponía boca abajo sobre el colchón, cruzaba las piernas con fuerza y las apretaba una y otra vez hasta venirme con la cara hundida en la almohada. Ese método silencioso me había bastado durante años.

Pero los sonidos en el pasillo eran demasiado nítidos. Más limpios de lo que deberían. Eso solo podía significar una cosa: la puerta no estaba bien cerrada.

—Sí, así, más fuerte —se escuchó de fondo.

Mi vagina latía ya en sintonía con los golpes. Decidir no fue decidir, fue dejarme llevar por el cuerpo.

—¿Así te gusta, sintiendo mis huevos en el culo? —murmuró mi padre, con una voz baja y oscura que jamás le había escuchado en la mesa del desayuno.

Caminé hasta la puerta y comprobé que tenía razón. Estaba entreabierta apenas un palmo, lo suficiente para que el aire pasara pero no para que se viera la cama desde el pasillo. La distribución del cuarto la protegía: el baño y un closet formaban un recodo que tapaba la mitad de la habitación.

Lo que no había calculado mi padre era el espejo. Uno enorme, de cuerpo entero, tan ancho que cabían tres personas mirándose al mismo tiempo. Lo habían colgado al pie de la cama y, desde mi ángulo, devolvía cada movimiento con la nitidez de una pantalla.

Empujé la hoja unos centímetros más y me asomé.

Mi madre estaba a cuatro patas en el borde del colchón, con la cara enterrada en las sábanas y la espalda arqueada. Mi padre, de pie detrás de ella, entraba y salía a un ritmo brutal, la cabeza echada hacia atrás y la boca entreabierta. Tenía una mano apoyada en la cadera de ella, marcando el ritmo, y la otra cerrada en puño contra el muslo.

—Dios, me encanta tu polla, mi amor —gimió mi madre, ahogada en el algodón.

No alcancé a pensar que eran mis padres. En ese momento él era un hombre, un cuerpo, una boca abierta de placer, y yo me moría por estar en el lugar de ella. Por ser la que recibía las embestidas, por sentir esas manos en mis caderas, por que el chasquido de la carne contra la carne fuera el sonido de mi propio culo contra sus huevos.

Llevaba puesto un conjunto de pijama corto: una camiseta de tirantes con una cinta de encaje rosa en el escote y un short tan breve que apenas cubría la curva de las nalgas. A mi madre le encantaba comprarme ropa de mi edad pero femenina, bonita, decía ella, y a mí me gustaba reconocerme guapa frente al espejo sin parecer vulgar.

Bajé la mano sin pensarlo. Aparté el short, después la tela del calzón, y me encontré a mí misma empapada. Mis dedos resbalaban solos. Empecé a moverlos rápido, en círculos pequeños, mordiéndome el labio para no hacer ruido.

Entonces ocurrió.

Mi padre, en mitad de una embestida, levantó la cabeza. Y nuestros ojos se encontraron en el espejo.

Me quedé congelada con la mano entre las piernas. Vi cómo sus caderas trastabillaban una fracción de segundo, cómo el ritmo se le rompía, cómo recuperaba el compás sin apartar la mirada. Uno, dos segundos eternos en los que ninguno de los dos respiró. Después bajó los ojos hacia mi madre, que seguía gimiendo ajena, y volvió a moverse contra ella. Pero esta vez más fuerte, más rudo, más rápido, como si el descubrirme le hubiera encendido un motor nuevo.

Yo di media vuelta y salí del pasillo lo más rápido que pude.

Me encerré en el baño con el corazón galopándome en los oídos. Tenía miedo de salir y cruzarme con ellos camino del salón, con un sermón ya preparado. Pero los gemidos no se detuvieron.

—¡Ah, más rápido! ¡Mmh! —gritaba ella.

—Te voy a llenar entera, mi vida —rugió él.

Eran ruidos animales. No iban a parar de inmediato. Aproveché para escabullirme hasta mi cuarto, cerrar la puerta y, en lugar de meterme bajo las sábanas, desnudarme del todo. Me toqué los pechos pensando en la mirada de mi padre, me imaginé que eran sus dedos los que entraban y salían de mí, y me vine de la forma más intensa que recordaba, con la cara contra la almohada y todo el cuerpo temblando.

Después del orgasmo llegó la conciencia.

¿Qué carajos acabo de hacer delante de mi padre?

Me quedé tumbada boca arriba, mirando el techo. Seguro él ya se lo estaba contando a mamá. Seguro mañana habría una conversación insoportable, una mirada de decepción, un castigo. O peor: una negociación silenciosa para que no se supiera nunca.

Decidí que mi única defensa era hacerme la dormida. Si todo estallaba, ya improvisaría. Diría que escuché ruidos y temí que mi madre estuviera enferma. Lo de la mano entre las piernas lo negaría hasta morir.

***

La alarma me devolvió al mundo demasiado pronto. Recordé todo de golpe y el estómago se me cerró. No había dormido. Me vestí para la universidad con manos torpes, ensayando frente al espejo del baño la cara más neutra que podía componer.

Bajé a la cocina como cualquier otra mañana. Mi madre tarareaba mientras ponía las tazas en la mesa.

—Buenos días, familia.

—Buenos días, Renata. Apúrate que se hace tarde —dijo ella, sin asomo de nada raro en la voz.

Me planté en la silla con las manos sobre los muslos para que no se notara que me temblaban. Mi padre apareció con un plato de fruta en las manos. Lo dejó en el centro de la mesa, me rozó el pelo con la palma y me dio un beso en la mejilla, igual que cada mañana, sin apurarse y sin retrasarse.

—Buenos días, amor.

Y entonces lo supe. No había contado nada. No iba a contar nada. El secreto era nuestro.

Una parte de mí se hundió en el alivio. Otra parte, más nueva, empezó a vibrar de una manera distinta.

***

La semana se pasó en una niebla extraña. No volví a oírlos. Mi padre no buscó hablar conmigo en privado. Pero algo había cambiado entre nosotros y los dos lo sabíamos.

Por las mañanas, cuando coincidíamos solos en la cocina mientras mi madre se duchaba, nos quedábamos mirándonos sin apartar los ojos. Nadie decía nada. El café humeaba entre los dos. En cuanto se oían los pasos de ella en la escalera, los dos volvíamos a lo nuestro como si no hubiera pasado nada.

Por las tardes, los días que llegaba a casa antes que mi madre, sus gestos cotidianos se alargaban. Un beso en la frente que duraba un segundo de más. Una mano en mi hombro al pasar por detrás. Cumplidos pequeños, sutiles, sembrados con la naturalidad de quien comenta el tiempo.

—Te queda precioso ese short.

—Hueles tan bien…

—Ese peinado deja el cuello al descubierto. Me encanta.

Eran frases inocentes si las decía cualquier otro padre. Las de él no lo eran. Yo lo sabía porque las decía mirándome a los ojos un segundo más de la cuenta, con una sonrisa ladeada que él jamás le ofrecía a nadie más en mi presencia.

Yo me sonrojaba y bajaba la vista, pero al instante volvía a buscarlo. Me gustaba su atención. Me gustaba descubrirlo mirándome el escote cuando se agachaba para dejar la mochila. Me gustaba el juego.

***

El viernes por la noche volvió a pasar.

Estaba leyendo en la cama cuando oí los primeros sonidos al otro lado del pasillo. Reconocí enseguida la cadencia. Apagué la lámpara, esperé un minuto y salí descalza, como aquella noche.

La puerta volvía a estar entreabierta.

Esta vez la empujé un poco más sin titubear. Esta vez no fue el azar el que me llevó hasta el espejo: fui yo, con plena conciencia de lo que iba a encontrar.

Y él me estaba esperando.

Apenas estaban empezando. Mi madre, otra vez a cuatro patas, con la cara apoyada en el colchón y el culo levantado. Mi padre arrodillado detrás, frotándose la punta de la polla contra los labios de ella sin penetrarla todavía. Mirando directo al espejo. Mirándome.

Esta vez no me asusté, no salí corriendo. Esta vez él no apartó la vista.

Mi madre hizo el gesto de incorporarse y él la frenó con una mano firme en la nuca, sin dejar de mirarme.

—Quédate ahí, bebé —murmuró.

Mi madre soltó una risita suave desde la almohada.

—Vaya, hacía siglos que no me llamabas así.

Y entonces lo entendí. El apodo no era para ella. La orden no era para ella. Todo lo que estaba pasando en ese cuarto, esa noche, tenía un destinatario distinto del que mi madre creía.

Asentí desde la puerta. Una sola vez, muy lenta, para que él lo viera.

Y obedecí. Me quedé quieta.

Él respondió empezando a hablar bajo, ronco, con una cadencia que iba a la par de los círculos que su polla seguía dibujando en la entrepierna de mi madre.

—¿Te gusta, amor?

—¿Te gustaría sentirme?

—¿Te imaginas cómo sería que entrara despacio en ti?

—Me estás volviendo loco. Lo sabes, ¿verdad?

Mi madre, atrapada en su propia burbuja, contestaba a todo que sí entre suspiros, convencida de que la conversación era con ella. No se daba cuenta de que cada palabra cruzaba el espejo y aterrizaba sobre mí.

Para responderle, me bajé el short y las braguitas en un solo movimiento y los dejé caer sobre la madera del pasillo. Me quedé con la camiseta corta, el ombligo al aire, las piernas separadas.

A mi padre se le escapó un gemido grave. Empujó las caderas y la penetró de una sola estocada. Mi madre gritó. Él le dio una palmada seca en la nalga sin dejar de mirarme.

Yo bajé los dedos a mi entrepierna, ya escurriendo, y los metí dentro al mismo ritmo que él marcaba.

Sin perder el contacto visual, me dejé caer poco a poco hasta arrodillarme. Me incliné hacia atrás, apoyada en una mano, abriendo las rodillas lo más que podía. Quería que me viera. Que viera todo. Que supiera que se lo estaba ofreciendo.

Él lo entendió. Le bastó una mirada y un gemido contenido. Su ritmo se volvió más fuerte, más profundo, más cruel.

—Maldición, me fascinas. Te voy a hacer el amor y te va a encantar, ¿me oyes? —dijo.

Mi madre respondió por mí, ajena al juego.

—Sí, sí. Me encanta cómo me lo haces.

Él, sin apartar los ojos del espejo, empezó a nalguearla con la palma abierta, una nalgada a cada lado, alternando, con un ritmo de tambor. La piel de mi madre se puso roja en pocos segundos. Y ella, lejos de quejarse, pedía más.

Yo no podía dejar de tocarme. Me apretaba un pecho con la mano libre, los dedos de la otra entrando y saliendo a la velocidad del marcaje que él imponía. Estaba al borde.

—Termina, mi niña, por favor termina —dijo él, con la voz quebrada—. Quiero verte. Déjame verte.

Eso fue lo único que necesitamos las dos. Mi madre se vino primero, con un alarido que rebotó en las paredes. Yo me dejé ir un segundo después, mordiéndome el labio para no gritar, con todo el cuerpo temblando contra el marco de la puerta.

Cerré los ojos un instante, dos a lo sumo, porque no quería perderme nada. Cuando los abrí, mi padre estaba saliendo de ella. La empujó suavemente para tumbarla boca abajo sobre el colchón. Mi madre se dejó hacer, todavía flotando en su propio orgasmo, incapaz de levantar la cabeza para descubrirme en el espejo.

Él se quedó arrodillado sobre ella y empezó a masturbarse mirándome. Yo mantuve la vista clavada en su polla, en el puño rápido y feroz, en la cara desencajada. Le bastaron cinco segundos. Se vino sobre la espalda de mi madre con un gruñido apretado entre dientes que sonó a «jodida mierda».

Se quedó así, hincado y jadeante, dejándolo pasar.

Yo me levanté, recogí el short y las braguitas del suelo y me di cuenta entonces de que había dejado unas gotas mías sobre la madera. La idea de que las encontrara mi madre o de que mi padre tuviera que salir a limpiarlas con una toalla me regaló un escalofrío de morbo nuevo.

Volví a mirar hacia el cuarto. Le ofrecí una sonrisa de niña pequeña, agradecida e inocente, de esas que dejé de regalarle cuando empecé a crecer. Después le lancé un beso con la palma de la mano y me fui corriendo a mi cuarto antes de que mi madre se moviera.

Cerré la puerta sin hacer ruido y me metí en la cama.

Ahora necesitaba más. Mucho más. Y no podía permitir, bajo ningún concepto, que ella sospechara.

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Comentarios (4)

Chechi_arg

tremendo relato, me dejo sin palabras!!!

Luli_Ros

Por favor que haya segunda parte, quedé con ganas de saber cómo termino todo. Muy bueno!

AndreaK_85

Como enganchaste desde el primer parrafo! Eso de escuchar sin querer y no poder irse... muy bien narrado, se siente real.

Tomi_RA

el titulo me pareció muy inteligente, no lo vi venir jaja

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