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Relatos Ardientes

Lo que pasó en la tienda con mi padre nunca debió pasar

Me llamo Lucía y acabo de cumplir veinte años. Hasta hace dos semanas, jamás se me habría pasado por la cabeza que un fin de semana de acampada con mi padre pudiera terminar siendo la noche más confusa y la más caliente de toda mi vida.

Mi padre, Ramón, tiene cincuenta y un años. Es un tipo enorme: mide casi uno noventa y dos, espaldas anchas, antebrazos de albañil con venas marcadas y una barriga firme que asoma cuando se quita la camiseta después del trabajo. Lleva la barba siempre algo descuidada y entrecana, y huele a colonia barata mezclada con tabaco rubio y madera de pino. Desde que mi madre se marchó con otro hombre hace cinco años, somos solo él y yo. Demasiadas tardes en el sofá viendo películas; demasiadas mañanas desayunando en silencio. Quizá fueron demasiadas.

Este julio mi madre canceló a última hora un viaje que íbamos a hacer juntas, y yo, por orgullo, llamé a mi padre y le propuse irnos a la sierra los dos solos, como cuando todavía era una niña que se subía a sus hombros. Ramón aceptó al segundo intento, riéndose con esa risa grave que siempre me ha hecho cosquillas en el estómago. Reservó un sitio en un área de acampada perdida entre los pinares del Moncayo, junto a un arroyo de agua helada y casi sin vecinos.

Llegamos un viernes a media tarde. El sol todavía pegaba fuerte cuando empezamos a montar la tienda. Yo me había puesto unos pantalones cortos vaqueros muy desgastados, tan justos que la costura interior se me marcaba al andar, y una camiseta blanca de tirantes finos sin sujetador debajo. Cada vez que me agachaba a clavar una piqueta, los pechos se movían sueltos bajo la tela y notaba la mirada de mi padre clavada en mi espalda, en mis caderas. Él no decía nada. Solo carraspeaba, bebía un trago largo de su cerveza y volvía a tensar la cuerda con más fuerza de la necesaria.

—Esta lona no aguanta una hostia de viento, hija —murmuró sin mirarme.

—Pues entonces aguántame tú a mí —contesté riendo, sin pensar.

Él levantó la vista. Algo cambió ahí, en esos dos segundos largos. Después siguió clavando piquetas en silencio.

Cuando terminamos, fuimos a bañarnos al arroyo. Me quité los pantalones detrás de un tronco caído y aparecí en un bikini negro diminuto que me había prestado mi mejor amiga. Ramón estaba de espaldas, en bañador, mirando el agua. Se giró al oírme y se quedó parado. Tragó saliva. Yo fingí que no me daba cuenta y me metí corriendo en el arroyo.

El agua estaba tan fría que los pezones se me pusieron duros al instante, marcándose como dos botones bajo la licra. Mi padre entró detrás. Cuando llegó a la zona en la que el agua le cubría hasta la cintura, no pudo disimular: noté perfectamente el bulto que se le formaba bajo el bañador mojado. Lo miré medio segundo y volví la cara hacia los pinos. Algo se me apretó dentro, entre las piernas, y desde luego no era por el frío del arroyo.

***

Cenamos pasta con tomate calentada en el hornillo, salchichas pasadas por la brasa y dos latas de cerveza por cabeza. La noche cayó de golpe, como cae en la montaña en julio, y con ella vino un frío seco que se metía bajo la sudadera. Yo me había puesto un pantalón fino de algodón gris, unas braguitas blancas que no abrigaban nada y una sudadera vieja de mi padre, dos tallas más grande, que olía a él.

—Te vas a quedar tiesa, Lucía —dijo Ramón removiendo las brasas con un palo.

—No quiero meterme aún en la tienda —protesté—. La hoguera está bonita.

Estuvimos otra hora mirando el fuego. Él me contó cosas de cuando conoció a mi madre, de cuando yo nací, de cómo tuvo que sostenerme con una sola mano porque era diminuta. Me senté a su lado y apoyé la cabeza en su hombro. Su barba me rozaba la frente. Olía a humo de leña, a sudor limpio y a esa colonia suya que conozco desde antes que las palabras.

Cuando ya no quedaban más que ascuas, nos metimos en la tienda. Habíamos llevado dos sacos, pero el mío era ridículo, una tela fina que no abrigaba nada. Apenas pasaron diez minutos cuando empecé a tiritar de verdad.

—Ven aquí, anda —dijo él en la oscuridad, abriendo la cremallera de su saco grande—. No seas tonta. Métete conmigo, que te vas a poner mala.

Dudé un instante. Después me deslicé dentro.

Su cuerpo era una estufa. Apoyé la cara en su pecho desnudo, donde el vello entrecano me hacía cosquillas en los labios. Su brazo me rodeó la cintura y me apretó contra él. Nuestras piernas se enredaron sin querer, o sin querer del todo. Notaba su respiración acompasada contra mi pelo.

—¿Mejor? —preguntó en un murmullo.

—Mejor —dije.

Hablamos durante mucho rato, en susurros, como si tuviéramos miedo de despertar a los pinos. Le conté que en la facultad me sentía sola, que no había encontrado a nadie con quien quisiera estar de verdad, que los chicos de mi edad me parecían tontos. Él me acariciaba el pelo con esa mano enorme. En algún momento, sin pensarlo, moví las caderas y mi culo se apretó directamente contra su entrepierna. Y entonces lo noté.

Estaba duro. Muy duro. Y muy grande.

—Lucía… —su voz salió ronca, baja—. Perdóname. Hace mucho tiempo que no…

—No tienes que pedir perdón —lo corté en un susurro.

No me aparté. Al revés. Empujé el culo hacia atrás, despacio, frotándome contra él. Mi padre soltó un suspiro largo, como si llevara años conteniéndolo.

Esto no está bien. Esto no está bien. Esto no está bien.

Pero entonces, ¿por qué me estaba mojando como nunca me había mojado por nadie?

***

Su mano grande bajó lentamente, dudando, hasta colarse bajo la sudadera. Sentí sus dedos ásperos en la piel del vientre. Subieron despacio, como pidiendo permiso a cada centímetro, hasta cerrarse alrededor de uno de mis pechos. Yo no llevaba sujetador. Mi pezón ya estaba duro de antes. Cuando lo pellizcó con dos dedos, se me escapó un gemido que intenté ahogar contra la tela de su camiseta.

—Joder, hija —jadeó él contra mi nuca—. Joder.

Me incorporé a medias para quitarme la sudadera. Mis pechos quedaron al aire dentro del saco. Él los miró un segundo eterno, con culpa y con hambre, como si no acabara de creérselo, y después agachó la cabeza y los chupó con desesperación. La barba me arañaba la piel y a mí cada raspón me empujaba más abajo, más cerca de él.

Me bajó el pantalón y las braguitas con dos tirones torpes. Yo lo ayudé a empujarlas por mis muslos hasta sacarlas por los pies. El saco se había convertido en un horno. Olía a sudor, a cerveza, a leña y a mí.

—Date la vuelta —me pidió.

Me puse a cuatro patas dentro del saco entreabierto. Ramón se arrodilló detrás. Sentí su barba rozarme la cara interna de los muslos, su aliento caliente, y después su lengua, ancha y firme, recorriéndome de abajo arriba sin prisa, una vez, dos, tres. Me derretí. Bajé la cara hasta apoyarla en la almohada y mordí la tela para no gritar.

Cuando su lengua subió un poco más, hasta donde nadie había llegado nunca, di un respingo. Él se rió bajito contra mi piel y volvió a hacerlo, despacio, sin presionar, solo dejándome notar que estaba ahí. Me corrí con un temblor largo, callado, que me dejó las rodillas flojas.

***

Se quitó el pantalón del chándal. Cuando se giró hacia mí en la penumbra azulada que entraba por la lona, le vi la polla por primera vez. Era gruesa, muy venosa, más grande de lo que había imaginado en cualquiera de mis sueños raros de los últimos años. Me incorporé y la cogí con las dos manos, sintiendo el peso y el calor. La acerqué a la boca y la lamí entera, de arriba abajo, como si llevara meses ensayando. Él jadeaba y me agarraba el pelo, sin tirar, solo sosteniéndolo. Babeé sin vergüenza. La saliva me caía por la barbilla.

—Para, hija, para —jadeó él al cabo de un rato—. Me corro.

Me tumbó de espaldas. Me abrió las piernas con las dos manos y se quedó mirándome, igual que cuando yo era pequeña y me peinaba sentándome encima de la mesa, solo que ahora la mirada era otra. Después se colocó encima y empujó despacio. Mi cuerpo cedió poco a poco, abriéndose alrededor de algo que parecía no caber. Me clavó las uñas en la cadera sin darse cuenta.

—Despacio —susurré.

—Despacio —repitió él, como una promesa.

Me besó por primera vez en la boca mientras se hundía en mí. Su barba me arañó la barbilla. Su lengua sabía a cerveza. Empezó a moverse en un vaivén lento que me hacía arquear la espalda contra la lona del suelo. Mientras me embestía, agachaba la cara y me chupaba los pechos, primero uno, luego el otro, mordiendo apenas. Me corrí otra vez, agarrada a su nuca como si me estuviera ahogando.

Luego me dio la vuelta sin sacarla, y la tienda se llenó del ruido sordo de su cuerpo chocando contra el mío. Me agarró del pelo, recogido en una coleta floja, y tiró un poco. Me dio una palmada en el culo que sonó más fuerte de lo que esperábamos, y los dos nos echamos a reír en mitad de un jadeo. Me dio otra, más floja. Y otra más.

—Ven aquí —dijo después, tumbándose de espaldas.

Me senté encima de él, todavía con el saco enredado en los pies. Empecé a moverme despacio, apoyando las manos sobre su pecho ancho y peludo. Él me miraba desde abajo con una expresión que no le había visto nunca, una mezcla de orgullo, de vértigo y de algo que quizá llevaba mucho tiempo intentando esconder. Me tocaba los pechos con las dos manos, me los apretaba y me los soltaba al ritmo en que yo subía y bajaba.

***

Cuando lo sentí cerca, intentó apartarme. Me sujeté.

—Fuera, hija —jadeó—. Fuera o…

Le hice caso a última hora. Me bajé con un movimiento rápido, me arrodillé entre sus piernas y le terminé con las manos, sacándole la lengua como hacían las chicas de esos vídeos que él jamás imaginó que yo había visto. Mi padre soltó un gruñido grave, ronco, que pareció salirle del estómago. Su semen me cayó caliente en la lengua, en los labios, en la mejilla y en el cuello. Una gota gruesa me resbaló por el pecho. Tragué lo que me cupo y me quedé un momento así, marcada por él, con los ojos cerrados.

Cuando los abrí, Ramón estaba mirándome desde la almohada con una cara que no he sabido descifrar después. Mezcla de paz, de espanto y de algo que se parecía mucho al amor.

Nos limpiamos con una camiseta vieja. Volví a meterme en su saco. Me acurruqué contra su costado, sudada, jadeando, con el corazón todavía descontrolado.

—Papá… —susurré después de un rato larguísimo—. ¿Qué hemos hecho?

Ramón tardó en contestar. Me besó la frente con una ternura que me dolió.

—No lo sé, hija. No lo sé.

Fuera, los pinos seguían crujiendo igual que cuando yo tenía ocho años y me dormía con la cabeza en su hombro junto a otra hoguera, en otra acampada, en otra vida. Nada parecía haber cambiado allí afuera. Aquí dentro, todo.

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Comentarios (5)

GusGar77

Que relato, me dejo sin palabras. De los mejores que leí acá, en serio.

martina_lectora

Increible como lo describiste, se siente tan real y tan prohibido al mismo tiempo. Muy buen trabajo!

Nico_sur22

excelente!!! segunda parte porfa

LectorNocturno

La tension al comienzo esta perfectamente construida, uno ya siente lo que viene y aun así no puede parar de leer. Muy bueno

jorgito88

Genail el relato, muy morboso y bien redactado. Tiene mis 5 estrellas sin duda

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