Lo que mi suegra y yo hicimos en aquel probador
Marisol enviudó cinco años antes de que yo apareciera en la vida de Camila, y desde entonces vivía con su única hija. Cuando nos casamos, ella insistió en que nos quedáramos los tres bajo el mismo techo. Mi mujer no quiso dejarla sola, así que nos mudamos a la planta baja y mi suegra siguió ocupando la habitación del fondo.
Tenía cuarenta y siete años, el pelo castaño claro recogido en una coleta floja casi todo el tiempo, y un cuerpo que en cualquier otro contexto me habría puesto nervioso desde el primer día. Pechos grandes que el sostén apenas contenía y un trasero que la ropa entallada nunca lograba disimular.
Aquella tarde de viernes, Camila estaba sentada a la mesa de la cocina con una taza de té entre las manos. Le faltaban dos meses para dar a luz y al día siguiente era la boda de su prima. Estaba al borde del llanto.
—Mamá, mañana es la boda y no tengo nada que ponerme —dijo, dejando caer los hombros.
—Es normal, hija. Con siete meses de embarazo no te entra nada de lo que tenías —contestó Marisol, secándose las manos en el delantal.
—¿Me estás llamando gorda?
—No, mi vida. Pero ¿te has mirado el pecho últimamente?
Camila se llevó las dos manos al busto y soltó una risa amarga. Yo entré en ese momento, atraído por el olor a café recién hecho, y las dos voltearon al mismo tiempo.
—¿De qué hablan? —pregunté, sirviéndome una taza.
—De que tu mujer se queja del tamaño de pechos que le heredé —respondió Marisol con esa sonrisa traviesa que siempre tenía cuando hablaba de cosas que se suponía no debía.
—Pues yo no tengo ninguna queja —solté sin pensarlo.
—¿Lo ves, hija? Si chiquitas no las tiene.
—Ahora con el embarazo me crecieron más, mamá.
—Antes tampoco las tenías chicas. ¿O no, Andrés?
Tragué saliva. Llevaba tres años haciendo el esfuerzo monumental de no mirar a Marisol cuando se inclinaba sobre la mesa, de apartar la vista cuando salía del baño con la bata mal cerrada. Y ahora me preguntaba directamente.
—Las he sentido siempre grandes —dije, tratando de parecer casual.
—¿Sentido? —saltó Camila—. ¿O sea que te fijas en las de mi madre?
El silencio duró dos segundos largos. Marisol soltó una carcajada que rebotó contra los azulejos.
—Hija, por favor. Llevo tres años viviendo con él. Si no se le hubiera ido la vista alguna vez, sería tonto o mentiroso. Los hombres miran.
—¿Y a ti no te molesta?
—Para nada. Es como mi hijo. Te adora a ti, y ha sido bueno con nosotras desde que tu padre se fue. Si te ayuda a retenerlo que mire un poco, pues que mire.
Camila bufó pero no dijo nada más. Yo aproveché para clavar la mirada en mi taza y esperar a que el tema cambiara solo. No cambió.
—A ver, dime una cosa, hija. ¿Cómo está la intimidad entre ustedes con el embarazo?
—Mamá, no…
—En serio. Porque imagino que poca cosa.
—Nada de nada —admití yo, ya que Camila no respondía.
—Siete meses —Marisol movió la cabeza con falsa lástima—. Lo tienes en cuarentena, hija. No es para que lo crucifiques porque se le va la mirada. Es un buen hombre.
—Pues mejor a ti que a la vecina —murmuró Camila.
—Eso digo yo. Mejor en familia. Aquí no pasa nada.
Lo dijo riéndose, pero la frase me quedó dando vueltas mucho rato.
***
Tres horas después estábamos los tres en el centro comercial. Era viernes de quincena, día de pago y víspera de boda, y aquello parecía el día del juicio final. La gente se apilaba en las cajas, había cola para entrar a los probadores y mi mujer suspiraba cada dos minutos.
Marisol encontró rápido lo que necesitaba: un vestido azul marino con cuello en V que le marcaba todo. Yo elegí una camisa y un pantalón. Camila no se decidió por ninguno y al cabo de media hora dijo que prefería el vestido que había visto antes en otra tienda al otro lado del centro.
—Ustedes paguen aquí —ordenó—. Yo voy a probármelo. Vuelvo en quince minutos.
Salió a paso ligero. Marisol y yo nos quedamos pagando, cada uno en su propio vestidor para verificar tallas. Cuando salimos, la fila para devolver prendas era el doble. Marisol me miró y se encogió de hombros.
—No tengo paciencia, hijo. Si me queda mal lo devuelvo el lunes.
En ese momento sonó mi teléfono. Era Camila. La voz se entrecortaba por el ruido de la otra tienda.
—Andrés, necesito que me compres un sostén de lactancia. Aquí no tienen mi talla. Y date prisa, que ya me decidí por este vestido.
—¿Un qué?
—Nursing bra. Para el goteo. El vestido es negro y se transparenta. Y se marcan los pezones. Cómprame uno.
—¿Qué talla?
—Pregúntale a mi mamá. Tengo que colgar.
Cortó. Le expliqué a Marisol y ella asintió como si fuera la cosa más natural del mundo.
—Vamos, yo te ayudo a elegir.
Caminamos hasta el sector de ropa interior. Yo iba dos pasos detrás, mirando al suelo para no cruzar miradas con las clientas que me observaban como un bicho raro. Marisol estuvo cinco minutos revisando perchas y al final tomó un sostén beige bastante feo.
—Este le sirve. Pero hijo, lo que cuesta esta cosa.
—Pues si no le sirve lo devolvemos.
—En ropa interior no hay devolución. Hay que probárselo.
—¿Aquí?
—En el probador. Acompáñame.
***
La fila del probador de mujeres era infinita. Marisol resopló y me arrastró del brazo hacia el otro lado de la planta, donde estaban los baños del centro comercial. El de mujeres tenía un cartel: fuera de servicio. El de hombres estaba abierto y vacío.
—Entremos —dijo en voz baja.
—Marisol, yo no puedo probarme un sostén.
—No seas tonto, me lo voy a probar yo. Pero sola no entro. Métete conmigo.
Miré a un lado y a otro. No había nadie. Empujé la puerta y entramos los dos.
Había un solo cubículo con retrete y un par de urinarios pegados a la pared. Marisol caminó directo al cubículo y yo la seguí.
—Cierra —ordenó.
Eché el pestillo. Estábamos a centímetros uno del otro. Ella olía a perfume cítrico y a algo más, algo que en ese momento no supe nombrar.
—Ayúdame a poner toda esta ropa arriba —me pidió.
Empecé a equilibrar las bolsas sobre la cisterna y entonces se oyó la puerta del baño. Alguien acababa de entrar. Marisol abrió mucho los ojos y se llevó el dedo a los labios.
Reaccioné por instinto. Me senté en el retrete con la tapa bajada, la tomé de las manos y tiré de ella hacia mí. Marisol cayó sentada en mi regazo, con los pechos rozándome la cara y las piernas a ambos lados de las mías.
—¿Qué haces? —susurró pegada a mi oreja.
—Te van a ver los tacones por debajo —contesté igual de bajo.
Afuera, un tipo silbaba mientras orinaba en el urinario. Yo subía y bajaba las manos por la cintura de Marisol con la excusa de tranquilizarla, pero sentía cómo cada caricia se me iba quedando un segundo más larga. Ella me apoyaba las manos en los hombros y respiraba contra mi cuello.
El tipo terminó, abrió el grifo, se secó las manos y salió. Marisol intentó incorporarse pero le sostuve la cintura un instante más del necesario.
—Quédese sentada, suegra. Si entra otro le verán los pies. Pruébeselo así.
—¿Así? Es un vestido que se abre por la espalda. Para sacarme el sostén tengo que quitármelo entero.
—Estamos en confianza, ¿no? ¿No me dijo en la cocina que mirara todo lo que quisiera?
Marisol se quedó callada unos segundos. Luego se puso de pie, me dio la espalda y se levantó el pelo con una mano.
—Bájame el cierre, anda.
Tomé la cremallera. Llevaba un vestido entallado que le dibujaba el trasero de tal forma que me costaba mantener el pulso firme. Bajé el cierre despacio, viendo aparecer la curva de su espalda, el sostén rojo de encaje, las hendiduras al final de la columna y por fin la goma de la braga del mismo color.
—Andrés, apura.
—Perdón, suegra. Perdone el vocabulario, pero qué tremendo trasero tiene usted.
—Niño grosero. Termina y calla.
El vestido cayó hasta sus tobillos. Marisol siguió dándome la espalda. Me quedé sentado en el retrete, con los ojos a la altura de su cintura y el cuerpo ardiendo.
No voy a sobrevivir a esto.
—Marisol —dije con la voz rota—. ¿Me deja mirarla unos segundos más?
—Estás loco.
—Llevo siete meses sin nada. Entiéndame. Solo unos segundos.
Suspiró. Pero no se movió.
—Aprovecha entonces.
Bajé los ojos hasta sus caderas. La braga roja apenas le cubría la mitad. La piel se le ponía de gallina con el aire frío del baño. Cada vez que respiraba, la espalda se le movía y todo lo demás también.
—Suegra, lo que daría por hundir la cara ahí.
—Andrés.
—Le doy ciento cincuenta.
Giró la cabeza por encima del hombro. Su mirada ya no era de madre.
—¿Ciento cincuenta dólares?
—En la cartera. Ahora mismo.
—Y de esto ni una palabra a nadie. Mucho menos a mi hija.
Saqué los billetes con dedos torpes. Ella los tomó, los dobló y los metió dentro de su zapato.
—Ándale —dijo—. Y rápido, que se nos hace tarde.
***
Le abrí las nalgas con las dos manos y hundí la cara entre ellas. La piel era suave, tibia, y olía a su perfume mezclado con algo más íntimo. Marisol soltó una risa nerviosa y se apoyó en la puerta.
—Despacio, Andrés. Despacio.
Le pasé la lengua por la curva interna, mordí suave, respiré contra la tela de la braga. Ella separó un poco más las piernas. Cuando llevaba dos minutos así, me apartó con la mano.
—Ya, hijo, ya. Pásame el sostén que tengo que probármelo. Se nos hace tarde de verdad.
Se dio la vuelta para quedar de frente. Bajé la mirada y vi cómo se le ensanchaba la pupila al fijarse en mi entrepierna.
—Madre mía cómo estás.
—Así me dejó.
—Pues sácatelo, hijo. Te vas a hacer daño. Después de lo que acabas de hacer no creo que importe que tu suegra te lo vea.
Me bajé el pantalón hasta los tobillos. Marisol abrió la boca y se quedó así varios segundos.
—Por dios, Andrés. Eso no es normal.
—¿No le gusta?
—Me asusta. Es enorme. Mi hija no puede con eso, ¿cómo aguanta?
Volví a tirar de sus manos. Marisol cayó sentada sobre mí otra vez, esta vez con el sexo aplastado bajo sus nalgas, separado por la tela fina de la braga.
—Para que no le vean los tacones —repetí, ya sin disimular.
—Ay, hijo. La siento entera. Es como sentarse en una piedra.
Se quitó el sostén de encaje y se probó el otro. El de lactancia le quedó perfecto. Giró el torso para mirarse en el espejo pequeño de la puerta del cubículo y al moverse me restregó sin querer.
—¿Cómo me ves? —preguntó.
—Igual que a Camila. Misma talla.
—Pues entonces servirá.
Empezó a quitárselo para volver a ponerse el suyo. Le sujeté las manos.
—Espere. ¿Me deja chuparle un pecho?
—Andrés, por dios.
—Cincuenta más.
Suspiró largo y volvió a sacar el sostén.
—Cincuenta y son tuyas un minuto. No más.
Pagué. Hundí la cara entre sus pechos y empecé a chupar con todo. Marisol me sostuvo la cabeza con una mano y respiró pesado.
—Mi chiquito, ya te hacía falta, ¿verdad?
Yo no podía hablar. Lamí, mordí suave, pasé la lengua por el pezón que tenía el aro más oscuro y me detuve ahí. Marisol gimió bajito y se le escapó un movimiento de caderas. Sentí cómo sus nalgas se apretaban sobre mí.
—Andrés —susurró—, mi hija no te entiende como debería.
—No.
—Y a mí hace mucho que nadie me toca.
Levanté la cara. Tenía las mejillas rojas y los labios entreabiertos.
—Suegra.
—No me digas suegra. Dime mami.
—Mami.
—¿No me la quieres dejar ir hasta el fondo a tu mami?
***
Se puso de pie un segundo. Deslizó la braga roja por las piernas, la pateó hacia un rincón y volvió a sentarse sobre mí, esta vez sin nada en medio. Me agarró el sexo con una mano, lo dirigió y se dejó caer despacio.
El gemido fue largo, ahogado contra mi cuello.
—Dios mío, Andrés. Estás dentro.
—No haga ruido, mami.
—No puedo. Es demasiado grande.
Empezó a moverse. Subía y bajaba apoyándose en mis hombros, despacio al principio, mordiéndose el labio para no gritar. Las bolsas del centro comercial se balanceaban encima del retrete. Cada vez que ella bajaba, yo le mordía un pecho para no gritar yo también.
—Mami, despacio.
—No puedo, hijo. Llevo años sin esto.
El ritmo subió. Marisol se aferró al borde de la puerta y empezó a bajar con más fuerza. La piel de sus nalgas chocaba contra mis muslos con un golpe húmedo, rítmico. Yo le metía la lengua en la boca para tragarme sus gemidos.
—Andrés, voy a gritar.
—Aguante.
—No aguanto. Tápame la boca.
Le puse la mano sobre los labios. Marisol mordió la palma y aceleró las caderas. La sentí temblar entera, contraerse alrededor de mí, y soltar un grito que el guante de mi mano apenas filtró.
Me corrí dentro sin avisar. No pude evitarlo. Llevaba siete meses guardando todo y aquello me reventó. Sentí cómo el calor se quedaba dentro de ella, cómo ella lo sentía también, cómo se inclinaba hacia adelante y apoyaba la frente contra mi hombro respirando como si hubiera corrido un kilómetro.
—Mami —dije bajito.
—Cállate. Cállate.
Nos quedamos así dos minutos completos. Afuera, en la tienda, sonaba la música del centro comercial y los altavoces anunciaban ofertas. Adentro, oíamos solo nuestra propia respiración.
***
Marisol se levantó por fin. Le temblaban las piernas. Sacó del bolso un paquete de pañuelos y se limpió como pudo. Recogió la braga roja del suelo, la guardó hecha una bola en el bolsillo del vestido y se vistió en silencio.
Yo me subí los pantalones. Las manos no me respondían.
—Andrés.
—Sí.
—Esto no se lo cuentas a nadie. Ni a tu mejor amigo. Ni borracho. Ni en sueños.
—Lo juro.
—Si te portas bien… —se inclinó y me besó en la comisura de los labios—. Cuando mi hija se duerma, ven a mi cuarto.
Salimos del cubículo. Me lavé las manos como si tuviera que volver a una vida normal. Ella se acomodó el pelo en el espejo y respiró hondo. La puerta del baño se abrió en el momento exacto en que ya estábamos frente al lavabo, los dos compuestos. El hombre que entró nos miró raro, pero no dijo nada.
Salimos a la tienda. Camila apareció a los pocos minutos con su vestido negro en una bolsa y la cara satisfecha de quien por fin encuentra lo que busca.
—¿Trajeron el sostén?
—Sí, mi vida —contestó Marisol con una sonrisa perfecta—. Y tu marido pagó la mitad. Acuérdate de agradecerle bien esta noche.
Camila sonrió, me dio un beso corto y se colgó de mi brazo.
Caminamos hacia la salida. Marisol iba dos pasos por delante, con el bolso de mano, los billetes guardados dentro del zapato y el pelo recogido como si nada hubiera pasado. Antes de cruzar la puerta giró la cabeza apenas y me sostuvo la mirada un segundo.
Esa noche, después de cenar, esperé a que Camila se durmiera. Llevaba veinte minutos sin moverse cuando oí, al otro lado del pasillo, una puerta que se abría despacio. Salí descalzo. La luz del cuarto de Marisol estaba apagada, pero la puerta quedaba entreabierta. Una rendija. Una invitación.
Entré.