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Relatos Ardientes

Lo que empezó en el río con mi prima Camila

Camila y yo somos primos por parte de madre. Crecimos en casas vecinas durante los veranos, cuando mi madre me dejaba con la abuela y la familia de Camila vivía en el terreno contiguo, separados apenas por un muro bajo pintado de blanco. Éramos opuestos en casi todo. Ella era extrovertida, ruidosa, recién cumplidos los dieciocho, con esa risa que se oía desde la otra cuadra. Tenía la cara redonda, las mejillas siempre sonrojadas y unos ojos enormes que la hacían parecer una niña incluso cuando ya no lo era. Por dentro, sin embargo, era una mujer hecha. Sabía lo que quería y no aguantaba estupideces.

Yo vivía a media hora en la ciudad y bajaba los fines de semana. Era el primo callado, el que escuchaba más de lo que hablaba. Durante todo un año fuimos solo eso: dos primos cercanos que pasaban las tardes conversando en el patio trasero de la abuela. Ella me sacaba palabras a la fuerza, yo le bajaba la intensidad. Nadie en la familia pensó nunca que aquello pudiera convertirse en otra cosa. Nosotros tampoco, al menos no en voz alta.

El cambio ocurrió una noche de febrero, cerca del río que pasa por detrás del terreno de mis tíos. Habíamos salido a caminar con la excusa de tomar aire y terminamos sentados sobre el cofre de mi auto viejo, mirando el cielo. La conversación bajó de volumen hasta convertirse en susurros. Cuando la besé por primera vez, me devolvió el beso como si llevara meses esperándolo.

—Mateo, esto es una locura —dijo, los labios todavía pegados a los míos.

—Lo sé.

—Soy virgen.

—Lo sé también.

Nos pasamos al asiento de atrás. Le levanté la blusa despacio, descubriendo sus pechos firmes bajo la luz amarilla de un farol lejano. Sus pezones se endurecieron en cuanto el aire les pegó. Le besé el cuello, bajé por el esternón, le mordí suave un pezón mientras ella me clavaba las uñas en la nuca. Le bajé el pantalón y la ropa interior con la misma calma. Le separé los muslos con dos dedos.

—Tengo miedo —susurró, con esa voz infantil que contrastaba con la madurez de su mirada.

—Si quieres, paramos.

—No quiero parar.

Le pasé la lengua por la entrepierna durante varios minutos antes de subir. Estaba mojada, caliente, temblando. Cuando la penetré, lo hice tan lento como pude. Ella aguantó el grito mordiéndome el hombro. Una lágrima se le escapó por la sien y aterrizó en el asiento. Me abrazó muy fuerte. Repetía mi nombre como si fuera la única palabra que sabía. Cuando terminó, se quedó pegada a mi pecho durante un rato largo, sin hablar, escuchando cómo se me normalizaba la respiración.

—Soy tu prima —dijo al final.

—Lo sé.

—No me importa.

***

A partir de esa noche, nada volvió a ser igual. La rutina familiar se convirtió en una trampa para encontrarnos. Los fines de semana yo llegaba a casa de la abuela, dejaba la mochila, saludaba a los tíos por encima del muro y, en menos de una hora, ya estaba con Camila en algún rincón. Si sus padres salían, la tumbaba en el sofá de su sala, le arrancaba la ropa interior y la penetraba de un solo movimiento. Si no, cruzábamos al cuarto en construcción que estaba al fondo del terreno, un espacio sin terminar, con olor a cemento y polvo, donde nadie entraba nunca.

—Más fuerte, Mateo, no pares —me pedía, con una voz ronca que no parecía suya.

Había una capilla pequeña dentro del terreno, construida por mi abuela hacía décadas. Era un sitio que en teoría respetábamos. Lo profanamos un domingo a las tres de la tarde, mientras toda la familia comía en la casa principal. Le subí la falda contra la pared lateral del altar, le besé el cuello y la penetré desde atrás, con una mano tapándole la boca para que no se oyera por la ventana. Cuando terminamos, ella se persignó. Yo me reí bajito.

—Vas a ir al infierno —le dije.

—Vamos juntos.

***

La primera vez que me dejó cogerla por el culo fue en ese cuarto en construcción. Estaba parada contra la pared sin revocar, con la falda subida hasta la cintura, los muslos abiertos. Me miró por encima del hombro con una expresión que no le había visto antes.

—Puedes cogerme por donde quieras —dijo.

Me arrodillé detrás de ella. Le abrí las nalgas con las dos manos y le pasé la lengua despacio, mientras ella se tapaba la boca con el antebrazo. La preparé con saliva, con un dedo, con dos. Cuando entré, lo hice tan lento que me dolían las piernas de contenerme. Ella jadeó largo y profundo, como si estuviera soltando aire que había guardado toda la vida.

—No te muevas todavía —pidió.

Esperé. Cuando me dio permiso, empecé a moverme. Su esfínter me apretaba con cada embestida. El sexo le goteaba por la cara interna de los muslos. Terminé con la frente apoyada en su espalda, sin aliento.

La segunda vez fue distinta. Fue en el asiento del copiloto de mi auto, en un terreno baldío detrás de la estación. La acosté boca arriba, le puse los pies sobre mis hombros y la doblé en una posición que ella misma había pedido a media voz. Algo se me encendió en el pecho. Empecé despacio, pero a los pocos minutos estaba embistiéndola con fuerza, golpeando el techo del auto con la espalda.

—Duele —dijo—. No pares.

Le até las muñecas con su propio cabello, enrollándoselo en torno a las manos hasta inmovilizarla contra el respaldo. Con la mano libre le di nalgadas, una por cada embestida. La piel se le puso roja primero a marcas y después uniforme. Sus gemidos eran tan fuertes que cualquiera a treinta metros los habría oído. Terminé dentro de ella, vacío.

Después, ya respirando normal, se incorporó, se acomodó el pelo y me miró seria.

—Eso no se vuelve a repetir.

—¿Por qué no?

—Porque fue especial. No lo arruines.

Asentí. Sabía que cuando ponía esa cara, era inútil discutir.

***

Después de eso, todo se aceleró. Si calculaba mal, eran tres encuentros por día. Si calculaba bien, eran cinco. Sin contar los momentos en que la obligaba a tocarse mientras yo manejaba, sus dedos entrando y saliendo de su entrepierna mientras yo iba pendiente del retrovisor. Si estábamos en casa de la abuela y nadie miraba, le metía la mano por debajo de la falda mientras ella fingía conversar con su madre del otro lado de la mesa. Le frotaba el clítoris con la yema del pulgar, en círculos lentos, hasta que tenía que disculparse para ir al baño a terminar.

Los viernes eran maratones. Llegaba a su casa con la verga ya dura solo de pensar en la rutina. Ella abría la puerta vestida tal como me gustaba: una falda corta que apenas le cubría las nalgas, un top escotado y nada debajo. Su sexo estaba listo para mí, depilado como yo se lo había pedido semanas antes. Me miraba con una sonrisa que ya no era inocente.

—Hola, primo —decía bajito.

—Siéntate en el sofá. Ábreme las piernas. Quiero verte tocarte antes de que salgamos al cine.

Obedecía al instante, con ese contoneo provocador de cadera. Se sentaba, se subía la falda hasta la cintura, separaba los muslos. Sus dedos iban directos al clítoris, en círculos lentos mientras me miraba fijo.

—Así —jadeaba, metiendo un dedo dentro de sí misma—. Me gusta cuando me miras, Mateo.

Yo me desabrochaba el cinturón, sacaba la verga y empezaba a masturbarme despacio frente a ella. El ruido húmedo de sus dedos llenaba la sala. Le hablaba con la voz baja y firme, sin gritos, porque siempre había alguien a dos casas de distancia.

—Más rápido. Quiero verte acabar antes de que salgamos. Imagínate que hay gente mirándote, como va a pasar en el cine en una hora.

Sus caderas se movían contra su propia mano. Acababa rápido, con la espalda arqueada, tapándose la boca para no gritar. Yo me acercaba, le metía la verga en la boca tres segundos, solo para que se chupara la punta, y se la sacaba antes de que pudiera reaccionar.

—Vístete. Llegamos tarde.

***

En el auto, camino al cine, le ponía la mano en el muslo y subía hasta su sexo.

—Tócate ahora. Discreto, pero no pares. Quiero que entres al cine empapada.

Camila miraba alrededor, nerviosa pero obediente. Separaba las piernas lo justo. Sus dedos volvían a su clítoris en movimientos sutiles mientras el tráfico nos rodeaba. Cuando un auto se acercaba demasiado, se sonrojaba, se mordía el labio, pero no paraba.

—Hay gente por todos lados —susurraba—. Me imagino que me ven. Que se dan cuenta.

—Eso es. Sigue. Empápame el asiento.

Llegábamos al cine con ella temblando. Entrábamos a la sala oscura, elegíamos lugares en el medio, rodeados de desconocidos. Empezaba la película. Yo no veía nada. Le metía dos dedos por debajo de la falda mientras ella se retorcía en el asiento, tapándose la boca con la mano libre.

—Ahora tócate tú —le decía al oído, sacándole los dedos y lamiéndolos frente a ella—. Pero calladita.

Asentía sin mirarme. Bajaba la mano. Se frotaba el clítoris con urgencia. Sus gemidos escapaban como suspiros ahogados. Una vez, un tipo dos filas adelante volteó la cabeza un segundo, sin darse cuenta de nada, y eso bastó para que se corriera, con el cuerpo temblando entero, los ojos cerrados y la respiración contenida.

Si supieran que es mi prima, pensé esa noche, sin poder dejar de mirarla.

***

Salimos del cine con la verga a punto de explotar y ella incapaz de caminar derecho. En lugar de volver directo, me desvié por el camino de tierra que atraviesa los árboles densos detrás del terreno familiar. Era nuestro lugar. Aparqué en el mismo claro de siempre. Antes de apagar el motor, ya le había arrancado el top y le estaba mordiendo los pechos.

—Desnúdate del todo —le dije—. Quiero usarte en todas las posiciones.

Se quitó la ropa sin discutir. Quedó desnuda en el asiento del copiloto, los pechos rebotando mientras se trepaba a mi regazo. Yo me bajé los pantalones lo justo. La penetré de una sola embestida. Su sexo me tragó entero, con un sonido húmedo que llenó el auto.

—Cógeme fuerte —pidió, montándome con furia, las caderas chocando contra las mías.

La pasé al asiento trasero. La puse a cuatro patas. Le pasé la lengua por detrás mientras ella empujaba hacia mi cara. Le ordené que se girara y me la chupara. Lo hizo profundo, hasta la base, con la saliva chorreándole por el mentón. Volví a meterme en ella, esta vez contra la puerta, después de costado, abriéndole una pierna para llegar más profundo. Sus gemidos llenaban el auto.

—Eres mi prima exhibicionista, ¿no? —le dije, con la boca pegada a su oreja—. Te tocas en público para mí. Te corres en el cine con gente al lado.

—Sí —jadeó—. Solo para ti.

Entonces vi las luces. Una patrulla. El haz de la linterna barrió los árboles antes de que reaccionáramos. Nos quedamos congelados. Yo todavía estaba dentro de ella, los dos desnudos, sudados, jadeando. El oficial caminó hacia el auto despacio, sin apuro.

—Otra vez ustedes —dijo, riéndose por lo bajo cuando se asomó—. ¿Mucho amor, no?

Camila se tapó la boca para no soltar la carcajada nerviosa. Yo me incliné un poco para taparla con mi espalda.

—Cuidado con dónde se meten —siguió el tipo—. El comandante no quiere dramas en la zona.

—Sí, señor.

—Saludos a tu tío.

Las luces se alejaron entre los árboles. Otra vez nos había salvado la conexión familiar. Camila se giró hacia mí con los ojos brillando de algo que ya no podía esconder. Se apoyó en el respaldo, separó las piernas y me jaló del cuello.

—Sigue —dijo, apretándome con todo el cuerpo—. No pares ahora.

Y no paré. La embestí despacio primero, mirándola a los ojos, recordando aquella primera noche junto al río en la que ella era virgen y yo no sabía qué hacer con tanto miedo. Ahora no había miedo. Había una rutina que se había vuelto destino, una mentira familiar que sosteníamos sin esfuerzo cada domingo en el almuerzo de la abuela, y un cuerpo que conocía el mío mejor que cualquier otro.

Cuando terminé dentro de ella, Camila me besó la sien y se quedó quieta. Afuera, los árboles seguían tapando las luces lejanas de la patrulla, que se perdía despacio por el camino. Adentro, nadie hablaba. No hacía falta.

Un año después nos casamos. Nadie en la familia se opuso porque nadie en la familia supo nunca lo que habíamos sido antes de aquella boda. Y cada viernes, cuando Camila abre la puerta de nuestra propia casa con la misma falda corta y esa sonrisa que ya no es inocente, vuelvo a tener veinte años y vuelvo a estar en el asiento de atrás de aquel auto viejo junto al río, escuchándola repetir mi nombre como si fuera la única palabra que sabe.

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