El pacto que los amigos de mi hijo armaron sobre mí
Mariana tenía treinta y ocho años y un cuerpo que todavía hacía girar cabezas en el barrio. Casada desde hacía dos décadas con un hombre que pasaba más tiempo en aviones que en casa, se mantenía firme: tetas pesadas que llenaban cualquier remera, cintura marcada, caderas anchas y un culo que se movía con vida propia al caminar. Después de dos hijos, su concha seguía apretada y, cuando el deseo la agarraba, se mojaba con una facilidad que la avergonzaba. Su hijo Tomás, alto y de mandíbula fuerte, tenía cuatro amigos inseparables: Bruno, Hernán, Federico y Joaquín. Todos de la misma edad, todos con ganas adolescentes que apenas disimulaban.
Empezó un viernes de marzo. El marido andaba por Mendoza cerrando un contrato y Tomás había invitado a los chicos a ver el clásico. Mariana preparó pizzas, sirvió birras y se cruzó de un lado a otro con un short que le marcaba todo y una remera sin corpiño. Cada vez que se inclinaba sobre la mesa ratona, cuatro pares de ojos se le pegaban al escote y a las nalgas. Ella lo notó. Y en vez de incomodarse, sintió un calor conocido que hacía meses no aparecía.
—Gracias, señora —dijo Bruno, el más descarado, con una sonrisa que tenía poco de inocente—. Está buenísima la birra.
Después del partido, los chicos se quedaron jugando online. Tomás subió a bañarse. Mariana bajó a la cocina a buscar más hielo y, sin que lo hubiera planeado, Bruno la siguió.
—Señora… ¿me da un vaso de agua? —preguntó él, cerrando la puerta detrás de sí.
Ella se dio vuelta despacio. Bruno estaba a un metro, el jogging marcándole el bulto. No le pidió permiso para nada. Le puso una mano en la cintura y la besó. Mariana abrió la boca sin pensarlo. En menos de un minuto, él tenía dos dedos hundidos entre sus piernas y la respiración cortada contra su cuello.
—Estás empapada —susurró—. ¿Hace cuánto que no te tocan así?
—Demasiado —respondió ella—. Cogeme, Bruno. Acá. Antes de que vuelva.
Él la giró contra la mesada de mármol, le bajó el short hasta los tobillos y se la metió de un solo empujón. Mariana mordió la palma de su propia mano para no gritar. Bruno la cogió con prisa, con la urgencia de un pibe que sabe que tiene quince minutos antes de que alguien baje. Cuando se vino, lo hizo adentro, con un gruñido bajo y los dedos clavados en su cadera. Ella sintió el calor extenderse por dentro y se vino también, temblando contra la heladera.
Esa fue la primera vez. No fue la última.
***
Al día siguiente apareció Hernán, supuestamente buscando un cargador olvidado. Mariana lo recibió en el living y los dos sabían perfectamente para qué había venido. Hernán era más bruto: la puso de rodillas, le ofreció la verga sin preámbulos y le sostuvo la nuca cuando ella aflojó la garganta. Después la dio vuelta sobre el sillón, le separó las nalgas y la tomó por atrás con escupitajos y nalgadas, sin pedirle permiso para nada.
—Te gusta, ¿no? —murmuraba—. Decilo.
—Me encanta… seguí…
Federico y Joaquín no tardaron en sumarse. Federico la encontró una tarde en el garaje y la sentó sobre el capó del auto, mordiéndole los pezones mientras le clavaba la pija hasta el fondo. Joaquín, el más callado, prefería las tetas: la hacía arrodillarse y se las apretaba alrededor de la verga hasta correrse en su escote.
Tomás empezó a notar cosas. Cabello revuelto, mejillas encendidas, algún amigo saliendo del baño con cara de recién cogido. Una tarde lo encontró sin medias palabras: Bruno se acomodaba el pantalón en el pasillo y Mariana estaba apoyada contra la pared con el labio mordido. Tomás se quedó duro un segundo y después soltó una carcajada.
—Posta, viejo. ¿Te estás cogiendo a mi vieja?
Bruno no negó nada. Se encogió de hombros con la misma sonrisa de la primera noche.
—Está buena tu vieja, Tomi. ¿Te molesta?
Tomás miró a su madre. Mariana esperaba un grito, una pelea, lo que fuera. En cambio, su hijo se rascó la nuca y largó otra risa, más floja.
—Mientras me pase guita y no me joda con la facultad… que la cojan los que quieran. Mi viejo no se entera de nada.
Y así, sin discutirlo, quedó instalado. Cada vez que Tomás llegaba y se cruzaba con uno de sus amigos saliendo del cuarto de Mariana, hacía un chiste y seguía de largo. Ella, al principio, sentía vergüenza. Después dejó de sentirla. Su hijo no la juzgaba; sus amigos la deseaban. Por primera vez en años se sentía la mujer que el espejo le devolvía.
***
Una noche, mientras Tomás jugaba con auriculares en su pieza, Bruno y Hernán la tomaron juntos en la cama matrimonial. Uno por delante, otro por detrás, las manos en sus tetas, la boca en su cuello. Mariana se escuchó pedirles cosas que jamás había dicho en voz alta. Tomás, del otro lado de la pared, subió el volumen del juego y meneó la cabeza con una sonrisa que ya no era de incomodidad.
Los encuentros se volvieron rutina. En la pileta, en el jardín, en el auto del padre. Una vez en la cocina, mientras Tomás cenaba a tres metros, levantando apenas la vista del plato.
—Seguí, mamá. No me hagas problema —dijo, y siguió comiendo.
Pero detrás de las risas había algo más grande cocinándose.
***
Todo se destapó un sábado a la noche. Los cinco —Tomás, Bruno, Hernán, Federico y Joaquín— estaban en el living con birras y partido de fondo. Mariana había salido al chino. Los chicos empezaron a hablar de mujeres del barrio. Bruno mostró una foto en el teléfono.
—Mirá la madre de Vázquez. Esa también está para usar.
Hernán se rio.
—Igual que la vieja de Tomi. Todas estas madres casadas están desesperadas.
Tomás, medio borracho, preguntó sin pensarlo:
—¿Y ustedes cómo saben que están desesperadas? ¿Probaron a todas o qué?
Hubo un silencio raro. Bruno se cruzó miradas con los otros y dejó la botella sobre la mesa.
—Tenemos un pacto, Tomi.
—¿Un qué?
Federico se inclinó hacia adelante y lo explicó todo. Habían armado un grupo cerrado hacía meses. Cinco integrantes, una sola regla: cada uno tenía que coger a la madre de otro del grupo. Se llevaba la cuenta, se compartía alguna foto sin caras, y al que más sumaba en el mes los otros le pasaban una plata. Empezaron por Mariana porque era la que tenían más a mano y la más linda. Cuando Bruno se la cogió en la cocina, lo anotaron. Después fue Hernán. Después Federico. Después Joaquín.
—Ya tenemos otras tres del barrio —agregó Joaquín—. La de Vázquez, la de Aguirre y la de Mansilla. Todas casadas, todas maduras, todas iguales que tu vieja.
Tomás se quedó callado un par de segundos. Después largó una carcajada que retumbó en el living.
—Posta que ustedes armaron un pacto para cogerse a las viejas de todos. Incluyendo a la mía.
—Exacto —dijo Bruno—. Y vos, sin querer, fuiste el que más nos facilitó las cosas. Cada vez que te reías, nos abrías más la puerta.
Mariana llegó justo en ese momento, con dos bolsas y la llave todavía en la mano. Las últimas frases las escuchó desde la puerta. Dejó las bolsas en el piso y avanzó hasta el living con la cara más seria de lo que esperaban.
—¿Entonces hay un pacto entre ustedes cinco para cogerme a mí y a otras madres del barrio?
Los cinco quedaron mudos. Tomás se mordió el labio y, con la voz un poco más floja, contestó:
—Eso parece, mamá. ¿Estás enojada?
Mariana no contestó enseguida. Avanzó dos pasos más, se sacó el saco y lo dejó caer sobre el respaldo de una silla. Sus ojos pasaron uno por uno por los cinco chicos, sin esquivar a su hijo. Después largó una risa corta, casi incrédula.
—No estoy enojada. Estoy caliente.
Se acercó al sillón largo y se sentó en el borde, con las piernas separadas apenas lo suficiente para que el short de jean dejara ver el comienzo del muslo.
—Si me hicieron parte del pacto sin avisarme, ahora me lo cuentan bien. Y de paso me lo demuestran.
***
Lo que siguió no tuvo nombre fácil. Bruno fue el primero en acercarse. Le levantó la remera con dos dedos y le besó el cuello. Hernán le bajó el short. Federico le abrió la boca con un beso. Joaquín se arrodilló entre sus piernas y le pasó la lengua por la entrepierna mientras los otros la desvestían a cuatro manos. Mariana se dejó hacer con los ojos entreabiertos, respirando hondo.
Tomás se quedó en el sillón de enfrente. No participaba. Solo miraba, con la cerveza en la mano y una expresión a medio camino entre la risa y la fascinación. Mariana, desde la nube de cuerpos que la cubrían, lo buscó con la vista y le sostuvo la mirada un segundo largo.
—No te vayas —le dijo—. Mirá tranquilo. Soy tu mamá. Es lo único que sigo siendo, igual.
Esa frase, dicha con la voz quebrada y al mismo tiempo firme, lo dejó clavado en el lugar. Tomás se quedó. Bebió. Miró. No tocó. Y entendió, sin necesidad de explicárselo, que ese límite que él no cruzaba era lo único que mantenía todo aquello en pie.
Los cuatro la tomaron por turnos durante casi dos horas. Le hablaban al oído, le pedían cosas, le pellizcaban los pezones, le tiraban del pelo. Mariana respondía con gemidos, con palabras sucias que nunca pensó decir, con orgasmos largos que la dejaban temblando contra los cojines. Cuando todo terminó, quedó tirada sobre el sillón, con la respiración entrecortada y la piel cubierta de sudor ajeno.
Bruno se le acercó, le acomodó el pelo detrás de la oreja con una ternura que no encajaba con lo anterior, y le dijo:
—Bienvenida al pacto, oficialmente.
Mariana se rio bajito, todavía agitada.
—Entonces tráiganme a las otras. A la de Vázquez, a la de Aguirre, a la de Mansilla. Quiero conocerlas. Quiero que ellas también dejen de fingir.
***
Esa noche marcó el comienzo de algo más grande. El pacto dejó de ser secreto entre los cinco amigos: Mariana se convirtió en la organizadora silenciosa. Era ella la que llamaba a las otras madres, la que las invitaba a tomar un café, la que las hacía hablar de sus matrimonios apagados hasta que ellas mismas terminaban preguntando si era verdad lo que se rumoreaba.
Una tarde llegó Silvia, la madre de un compañero del club de Tomás. Cuarenta y siete años, tetas grandes y un culo que tensaba el pantalón. Llegó nerviosa, con una excusa flaca sobre un libro prestado. Mariana le sirvió un vino, se sentó frente a ella y le habló con calma.
—No vine para juzgarte —le dijo Silvia, con la copa temblando entre los dedos.
—Ni yo a vos —respondió Mariana—. Vine para contarte que existe una forma de sentirse viva otra vez. Y que no le hace mal a nadie si nadie afuera se entera.
Silvia se quedó callada un buen rato. Después dejó la copa, asintió apenas y empezó a contarle cosas que llevaba años guardando. Esa misma noche, Bruno y Hernán pasaron por la casa. Mariana las acompañó a las dos. Silvia lloró en algún momento del principio. Después se rio. Después gimió. Cuando se fue, ya de madrugada, abrazó a Mariana en la puerta y le susurró un «gracias» que sonó a otra mujer.
***
El pacto creció así, mes a mes. No con la lógica brutal del grupo de WhatsApp de los chicos, sino con la red más lenta y más firme que Mariana fue tejiendo desde el living de su casa. Mujeres casadas de cuarenta y pico que llegaban tensas y volvían dormidas a sus camas matrimoniales con una sonrisa rara. Maridos que nunca se enteraron de nada y siguieron viajando, trabajando, mirando partidos con la cerveza en la mano.
Tomás, con el tiempo, dejó de hacer chistes. Se acostumbró. Aprendió a desaparecer cuando hacía falta y a no preguntar lo que no le tocaba preguntar. Una noche, ya tarde, su madre lo encontró en la cocina y se sentó a su lado.
—¿Estás bien con todo esto? —le preguntó ella.
Él se encogió de hombros, como aquella primera vez en el pasillo.
—Estoy bien si vos estás bien.
Mariana le acarició el pelo, breve, casi torpe. No dijo nada más. No hacía falta.
Afuera, en el barrio dormido, el pacto seguía respirando en silencio. Crecía, se ramificaba, cambiaba de nombres y de casas. Pero su corazón estaba en ese living, donde una mujer de treinta y ocho años se había permitido por fin pedir lo que quería sin pedir perdón por quererlo.