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Relatos Ardientes

El pacto que sellé con mi madre en la costa

Mariela tenía treinta y seis años y un cuerpo que aún conservaba la firmeza de la juventud, con la madurez añadida de una mujer que ya sabía exactamente lo que quería. De estatura mediana, curvas marcadas, pelo castaño suelto sobre los hombros y unos ojos verdes que, desde el divorcio, brillaban con un hambre nueva. Durante años se había guardado las ganas detrás del rol de esposa correcta. Esa fase ya no existía.

El día siguiente a la firma de los papeles hizo dos maletas, me llamó y me anunció que nos íbamos. Yo soy Bruno, su único hijo, y vivía con ella desde que me había vuelto de la universidad. Aceptar fue lo más natural del mundo. La casa que alquilamos quedaba sobre la costa, en un pueblo tranquilo de pescadores. Paredes blancas, ventanales abiertos al mar, una terraza con reposeras, piscina propia y tres habitaciones. Por las noches se escuchaba el oleaje como si las olas se rompieran al pie de la cama.

Los primeros días fueron de pura calma. Mariela bajaba temprano a la playa con un bikini mínimo, caminaba hasta el final del médano y volvía con la piel salada y los pies sucios de arena. Yo la acompañaba a veces, pero pronto noté que algo en mi madre estaba cambiando. La mujer contenida de la ciudad se había quedado en la ciudad. Aquí miraba con descaro a los surfistas que cargaban sus tablas, a los locales bronceados que pasaban por la rambla, a cualquier cuerpo que prometiera algo.

Yo no era ingenuo. Vivíamos los dos solos, dormíamos a tres metros de distancia, y la escuchaba moverse en su cama hasta tarde.

***

La cuarta noche cenamos en la terraza con una botella de vino blanco. El viento salado movía las cortinas y la única luz era un velador en el rincón. Mariela jugaba con el pie de la copa, mirándome desde el otro lado de la mesa.

—Bruno, hijo —dijo al fin—. Tengo que decirte algo y no sé cómo.

—Decímelo, mamá.

—Desde que llegamos no pienso en otra cosa. Quiero que me toquen. Quiero que me cojan. No quiero otro marido, no quiero reglas. Quiero verga, y la quiero ya.

Bajé la copa despacio. Tenía la pija dura desde la mitad de la cena, pero hasta ese momento me había convencido de que estaba imaginando cosas que no eran.

—¿En serio, mamá? —pregunté con la voz ronca—. ¿Y qué pretendés que haga yo?

—Que me consigas hombres. Vos los conocés en el bar, en la playa, donde sea. Los traés. Yo me dejo. Sin preguntas. Y vos te quedás a mirar todo lo que quieras.

Hubo un silencio largo. Ella se mordió el labio inferior y se inclinó sobre la mesa, las tetas pesadas presionando contra el borde de madera.

—Y a cambio —agregó—, lo que sobre es tuyo. Lo que no se lleven, lo que dejen, lo que necesite después… eso te toca a vos.

Extendí la mano. Ella me la apretó con fuerza.

Pacto sellado.

Mariela se levantó sin soltarme, rodeó la mesa y se arrodilló frente a mí. Me bajó el short hasta las rodillas y me sacó la pija de la ropa interior. Se la metió entera en la boca, despacio, como probando un sabor nuevo. Le apoyé la palma en la nuca, sin empujar, y la dejé marcar el ritmo. Subía y bajaba con la lengua pegada al tronco, la saliva corriéndole por el mentón.

—Tan dura para tu mamá —murmuró cuando salió a respirar.

Le abrí la bata corta de un tirón. Las tetas grandes le cayeron contra el muslo. Le pellizqué un pezón mientras ella volvía a tragarme. Con la otra mano la busqué entre las piernas y la encontré empapada. Metí dos dedos y empecé a moverlos al ritmo de su boca.

—Así, hijo —jadeó—. Tocá bien esa concha mientras te chupo. Acostumbrate, que de ahora en adelante esto es lo nuestro.

***

El primero llegó al día siguiente. Lo conocí en el bar del muelle: un surfista llamado Tomás, veintiocho años, abdomen marcado, manos grandes. Le ofrecí una cerveza en la terraza y le dije, con la naturalidad de quien presenta a una vecina, que mi madre estaba sola y con muchas ganas.

Mariela salió en bata corta de seda y se la abrió antes de saludar. Las tetas al aire, los pezones duros, la concha depilada brillando bajo la luz. A Tomás se le secó la boca.

—Vení —le dijo ella, arrodillándose en la madera—. Quiero ver con qué viniste.

Le bajó el short. La pija saltó libre, gruesa, y ella la recibió primero con la lengua y después con la boca entera. Lo chupó largo rato, mirándolo desde abajo. Yo me senté en una reposera, me serví otra cerveza y me desabroché el pantalón sin apuro.

Cuando Mariela se puso de cuatro sobre la mesa, Tomás la penetró de un empujón. Ella gritó tan fuerte que se escuchó desde la playa.

—¡Así, dale, así! —pedía mientras las tetas se le bamboleaban con cada embestida.

Me acerqué por delante y le ofrecí mi pija. La tomó con la boca sin dejar de moverse hacia atrás contra Tomás. Era un balanceo perfecto: hacia adelante para tragarme a mí, hacia atrás para recibirlo a él. Cuando se corrió, lo hizo gritando, apretando todo a la vez.

Tomás terminó dentro, se acomodó el short y se fue por la terraza hacia la playa con apenas un saludo. Yo me quedé.

***

Quedamos solos bajo la luz tenue. Mariela seguía sentada en el borde de la mesa, las piernas abiertas, los muslos pegoteados. Me acerqué y le pasé los dedos por los labios hinchados, recogiendo lo que el otro había dejado.

—Mientras te veía con él —dije— pensaba en cómo habrás sido a los veinte.

Soltó una risa baja. Se pasó la lengua por los labios y me miró con los ojos entrecerrados.

—Peor que ahora, hijo. Mucho peor. A los veinte me dejaba llevar por cualquiera. Una noche me cogieron tres dentro de una carpa en un campamento, mientras los demás dormían a dos metros. Salí caminando raro y feliz.

Le metí los dedos hasta el fondo.

—Seguí.

—También me llevaron a un motel dos amigos de tu tío. Me tuvieron toda la noche, uno detrás del otro. Me decían cosas que no se le dicen a una novia. Y me encantaba.

Le acerqué los dedos a la boca. Ella los chupó.

—Ahora contame vos —me pidió—. La primera.

—Se llamaba Sofía. Morocha chiquita, tímida en la fiesta y nada tímida después. La llevé a un baldío. Le bajé la bombacha en el pasto. Cuando terminamos me limpió con la boca y se fue caminando rara.

—Qué rico —murmuró Mariela, abriendo las piernas otra vez—. Vení, meteme la pija ahora, aunque me la dejó hecha un desastre.

Empujé hasta el fondo. Ella echó la cabeza atrás y se aferró al borde de la mesa.

—Así, hijo. Cogeme pensando en todas las que reventaste. Y yo te voy a pensar a vos cuando me cojan los demás.

Terminamos casi al mismo tiempo, abrazados, sudados, la frente de ella pegada a mi hombro.

***

A partir de esa noche, la casa de la costa se volvió otra cosa. Yo cumplía mi parte sin esfuerzo. Bajaba al pueblo a la tarde, conversaba con alguien en el bar, en la rambla, en la playa, y volvía con un candidato distinto. A veces dos.

El segundo día traje a Hernán y a Iván, dos amigos que se habían cruzado conmigo en la cancha de paddle del balneario. Mariela los esperaba desnuda en el sillón grande de la sala, tocándose con dos dedos mientras los oía entrar.

—Pasen, chicos. Tengo todo listo.

Hernán se tiró sobre ella y le metió la pija en la concha de un saque. Iván se arrodilló al costado y le acercó la suya a la boca. Yo me ubiqué en el sillón de enfrente, la pija afuera, sin tocarme, solo mirando. Mariela cogía y mamaba al mismo tiempo, el cuerpo brillando de sudor, los pezones duros y rojos por las cachetadas suaves que iba recibiendo.

La cambiaron de posición varias veces. La pusieron de perrito, la sentaron encima, la levantaron entre los dos. Cuando me acerqué, ella tenía la cara enrojecida y los ojos vidriosos.

—Vení, hijo. Vení a la boca de tu mamá.

Los tres terminamos casi a la vez. Mariela tragó todo lo que pudo, temblando de orgasmos que se le encadenaban uno tras otro.

***

Los días siguientes fueron así. Yo traía a alguien casi todas las tardes. A veces turistas de paso, a veces locales que no terminaban de creerse la suerte. Mariela los recibía siempre con poca ropa, la concha ya lista, la sonrisa de quien dejó de pedir permiso hace mucho. En la piscina la cogían mientras ella flotaba boca arriba. En la playa, a la luz de la luna, la ponían de rodillas en la arena mojada y las olas le mojaban las rodillas. En la cama grande de la habitación principal organizaban encuentros de tres y cuatro.

Yo casi siempre estaba presente. A veces solo miraba. Otras veces le sostenía las tetas mientras otro la cogía, o le metía los dedos en la boca para que los chupara. Tenía la pija dura permanente y un orgullo nuevo: el de ser el que conseguía, el que organizaba, el que después se quedaba.

***

Una noche, después de que un grupo de cuatro hombres se fuera, Mariela y yo quedamos solos en la terraza. Ella estaba desnuda, marcada de chupetones, con los muslos todavía temblando. Se sentó sobre mis piernas y me apoyó la frente en el hombro.

—Estoy reventada, hijo. Esos cuatro me cogieron sin parar dos horas. Me dejaron como un trapo.

—¿Te gustó?

—Me encantó. El más grande me hablaba en el oído mientras me cogía. Me decía cosas que jamás me dijo nadie. Yo le rogaba que no parara.

Le pasé la mano por la espalda. Ella me mordisqueó el cuello.

—Igual quiero más —murmuró—. Quiero que vos también, aunque esté dolorida. Aunque me arda.

Me bajé el short. Mariela se acomodó encima, guió la pija con la mano y se dejó caer despacio. Esta vez no hubo prisa. Se movió en círculo, lento, hablándome bajito.

—Mañana traeme dos más. Y pasado, los que quieras.

—Ya tengo al del bar del muelle —dije, agarrándole las caderas—. Y a uno del balneario de al lado.

—Traelos a los dos juntos. Y vos te quedás. Siempre te quedás.

—Siempre, mamá.

***

Terminamos abrazados en la cama matrimonial del cuarto principal, con la ventana abierta al mar. Mariela se acurrucó contra mi pecho, agotada, la respiración aún acelerada y el pelo pegado a la frente.

—Nunca me sentí tan viva, hijo. Nunca.

—Faltan dos semanas, mamá. Tenemos tiempo.

Me besó el pecho y se rió bajito.

—Que esta casa no se vacíe ni un día. Que siempre haya alguien entrando.

—Yo me encargo.

El viaje que había empezado como unas vacaciones cualquiera se había convertido en otra cosa. Mariela había encontrado, al fin, la versión de sí misma que llevaba años guardando bajo llave. Y yo, su hijo y cómplice, me había encargado de no dejar que esa mujer volviera nunca más a la celda de antes. El pacto se cumplía cada noche, mientras las olas seguían rompiéndose afuera como si tampoco ellas supieran detenerse.

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Comentarios (4)

MatiasRos

tremendo relato, no pude parar de leer

RicardoH86

Por favor continua esto, quede con muchas ganas de saber como sigue entre ellos

DelFin_33

me enganchó desde la primera línea. Muy bien construido!

LELO

Buenisimo!!!

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