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Relatos Ardientes

Una apuesta entre tía y sobrino frente al mar

Las cartas estaban repartidas y el mar sonaba afuera y Marina tenía el top ajustado y los ojos verdes fijos en su mano con una concentración que Tomás encontraba completamente desproporcionada para una partida de UNO. Él también miraba sus cartas con más atención de la necesaria. Los dos sabían perfectamente que no estaban pensando en las cartas.

Tomás llevaba seis días durmiendo en el cuarto pequeño del apartamento. Marina era la hermana mayor de su madre, su tía de toda la vida, la que le había cosido los disfraces de los carnavales cuando era niño y lo había llevado al pediatra las tardes en que sus padres no podían. Ella tenía treinta y siete años; él, veintidós. Habían viajado a la costa por separado, ella adelantándose una semana para supervisar a los albañiles que terminaban la cocina, él para ayudar con las cajas pesadas hasta que llegara Roberto con el pequeño Lucas el sábado siguiente. Había sido una idea práctica y conveniente, y ninguno de los dos había anticipado lo que el calor y el aislamiento iban a hacer con la noción de práctico y conveniente.

La primera partida la ganó Marina. Tomás no supo si atribuirlo a los nervios, a la mala suerte o a que una parte de él había estado más pendiente del escote que de los colores, pero el caso fue que Marina puso la última carta con una sonrisa que no intentó disimular y lo miró con esos ojos verdes que en la penumbra del apartamento parecían aún más imposibles de ignorar.

—La camisa —dijo, simplemente.

Tomás se la quitó sin drama, intentando proyectar una indiferencia que no sentía. Tenía el cuerpo de un chico que jugaba al fútbol los domingos: delgado, los hombros bien definidos, el pecho liso. Marina lo miró un segundo más de lo estrictamente necesario antes de volver a barajar. Repartió de nuevo sin decir nada.

La segunda partida la ganó Tomás. Sin discusión, sin suerte extraordinaria, simplemente ganó. Dejó sus cartas en la mesa y la miró. Marina sostuvo su mirada y en su cara pasó algo que Tomás leyó antes de que ella hablara.

—No puedo —dijo Marina.

—¿Por qué?

—No llevo nada debajo.

Tomás procesó eso en silencio. Lo procesó con toda la sangre que le quedaba disponible en el cerebro, que en ese momento no era mucha.

—Un trato es un trato —dijo.

—Tomás.

—Es lo justo. Y lo sabes.

Marina lo miró un momento. Luego recogió las cartas despacio.

—Entonces cancelamos el juego.

—No, no, espera. —Tomás levantó una mano—. No hay que cancelar nada. Solo digo que un trato es un trato. Si no quieres cumplirlo, está bien, pero entonces el juego no tiene sentido.

Marina lo miraba con esa expresión suya de quien está evaluando algo con más seriedad de la que la situación requería en apariencia. En su cabeza pasaban cosas que no estaba segura de querer examinar demasiado. Pensó en los meses que llevaba siendo invisible para Roberto. En que nadie la miraba de la manera en que Tomás la miraba, con esa incapacidad total para disimular que a ella le producía algo que prefería no nombrar. Pensó también en que Tomás era el hijo de su hermana, y que esa frase debería pesarle más de lo que le pesaba en ese momento exacto. Se dijo que era una travesura y nada más, que las travesuras tienen límites razonables, y que ese límite todavía no estaba ni cerca. Una parte de ella sabía que se estaba mintiendo. La otra parte decidió no oírla.

—Esto queda entre nosotros —dijo finalmente—. Lo hago por el juego. Somos personas de palabra. Y no se vuelve a mencionar. Jamás.

—Jamás —dijo Tomás, con una seriedad repentina que habría resultado cómica en otras circunstancias.

Marina respiró. Y despacio, con las mejillas encendiéndose de una manera que no pudo controlar, se quitó el top.

Tomás no dijo nada. No podía. Los pechos de su tía en la penumbra tibia del apartamento eran la cosa más perfecta que había visto en su vida, sin comparación posible con ninguna referencia previa, real o de pantalla. No eran demasiado grandes, sino exactamente lo que tenían que ser: firmes, de una forma que desafiaba la gravedad con una naturalidad que los pechos de los videos nunca habían logrado del todo. Los pezones rosados, perfectos, la areola justa y precisa. La piel blanca de Marina adquiría en el calor de la costa un tono levemente cálido que Tomás registró con una claridad que sabía que no iba a olvidar. Se le puso dura de inmediato, con esa contundencia directa e incontestable, y agradeció en silencio estar sentado en el suelo con las cartas en el regazo. No podía apartar los ojos. Físicamente no podía.

Marina lo notó, se sonrojó más, intentó cubrirse con las cartas en una maniobra que era geométricamente insuficiente y que los dos sabían que era insuficiente.

—Ojos en el juego —dijo, con una voz que pretendía ser firme y no del todo lo lograba.

Tomás bajó los ojos a sus cartas. Los subió de nuevo casi de inmediato.

—Tomás.

—Perdón. Es que es difícil.

—Pues haz un esfuerzo.

—Lo estoy haciendo. —Pausa—. No está funcionando.

Marina soltó una carcajada breve a pesar de sí misma, y eso rompió algo en el aire del cuarto, lo volvió más respirable, aunque no menos cargado.

Jugaron con una dificultad considerable, al menos de parte de Tomás, que en ese momento habría sido incapaz de decir de qué color era la carta que tenía en la mano. Ganó de nuevo. Marina lo miró con una expresión entre resignada y divertida.

—El pantalón no —dijo, antes de que él abriera la boca.

—No te iba a pedir el pantalón.

—¿Ah no?

—No. —Pausa breve—. Déjame tocar.

Marina lo miró.

—Ni hablar. Soy tu tía, Tomás.

—Es equivalente a quitarse una prenda. Es más justo que nada.

—No es equivalente para nada.

—Es lo más cercano a equivalente que existe en estas circunstancias.

—¿Estás oyendo lo que estás diciendo?

—Estoy siendo muy razonable, la verdad.

Marina lo miró un momento largo. Él la miraba de vuelta con esa mezcla de determinación y algo más parecido a la súplica que resultaba, a su pesar, difícil de ignorar completamente. Era el hijo de su hermana. Lo había visto crecer. Le había puesto el termómetro cuando tenía nueve años y una fiebre tonta de campamento. Y ahora estaba ahí, sentado en el suelo de su apartamento, mirándola como si ella fuera lo único que existía en el mundo, con el torso descubierto y un bulto evidente en el pantalón corto que ninguno de los dos pretendió no ver.

—Una —dijo Marina al fin—. Una y ya. Y después seguimos jugando como si nada.

—Como si nada —confirmó Tomás.

Tomás extendió la mano despacio, como si los movimientos bruscos pudieran romper algo que era frágil sin que ninguno lo hubiera dicho en voz alta. La puso sobre el pecho derecho de Marina con una suavidad que ella no esperaba del todo. Lo sintió cálido y firme y perfectamente real bajo su palma, el pezón endureciéndose con el contacto antes de que ninguno de los dos pudiera evitarlo. Tomás no se movió. Solo lo sostuvo así, sintiendo el peso exacto en la palma, el calor de su piel, la textura suave que ninguna referencia previa le había preparado para recibir con esa claridad. El pezón endurecido contra el centro de su mano era una información que su cuerpo procesó con una velocidad que su cabeza no alcanzó a supervisar.

Marina tenía los ojos mirando hacia otro lado y las mejillas completamente encendidas y los labios levemente abiertos y una expresión de quien está intentando que su cuerpo no opine y no lo está logrando del todo. Sabía que el pezón se había endurecido. Sabía que él lo sentía. No había manera de que no lo sintiera con la mano puesta así, quieta y cálida y completamente presente.

El teléfono de Marina vibró en la mesa con una insistencia que rompió el aire del cuarto como un balde de agua fría.

Los dos se miraron.

En la pantalla: Roberto.

Tomás retiró la mano, se puso la camisa en tres segundos, recogió las cartas del suelo y se puso de pie.

—Atiende —dijo, en voz baja.

Marina contestó con una voz que esperaba sonara normal.

—Hola.

La voz de Roberto al otro lado era la de siempre: directa, sin preámbulos. Le dio el número del electricista encargado de las luces que instalarían al día siguiente, le preguntó por Lucas con la brevedad de un hombre que cumple con el trámite de preguntar, y colgó en menos de dos minutos.

Tomás, desde el corredor con las cartas en la mano, alcanzó a escuchar el tono de la conversación sin entender las palabras. Cuando escuchó a Marina decir buenas noches con esa normalidad suya, supo que no era nada. Entró a su cuarto, cerró la puerta y se quedó parado en la oscuridad un momento con el corazón más acelerado de lo necesario para una llamada sobre un electricista.

***

Se recostó en la cama sin encender la luz. Tenía el calor de la piel de Marina todavía en la palma de la mano y el pezón endureciéndose contra sus dedos con una precisión que no se borraba. Se masturbó con una concentración total, pensando en su tía y en sus pechos y en la manera en que ella había intentado no mirarlo cuando se quitó el top y no había podido, y se durmió con esa ligereza específica de quien ha resuelto una tensión que llevaba días acumulando, aunque sepa perfectamente que mañana va a volver a empezar.

Marina se acostó en el cuarto principal con el ventilador portátil apuntándole a la cara y el calor pegado a la piel y las sábanas tibias. Pensó en lo que había pasado con esa honestidad consigo misma que era uno de sus rasgos más sólidos y que a veces resultaba incómoda. Había una lista de razones por las que aquello era una idea terrible y podía recitarlas todas sin esfuerzo. La primera era que Tomás era su sobrino. La segunda era que Roberto era su marido. La tercera era que su hermana era la madre de Tomás, y que en la lista de personas a las que Marina podía hacerle algo así, su hermana estaba primera de todas. Las recitó en voz baja, en orden. No sirvieron de nada.

Metió los dedos despacio entre sus piernas, con esa familiaridad solitaria que llevaba meses siendo la única disponible, y pensó en Tomás y en la manera en que la había mirado cuando se quitó el top, esa incapacidad absoluta para disimular que era lo opuesto exacto a la manera en que Roberto la miraba —o no la miraba, que era más exactamente el caso—. Pensó en su mano sobre su pecho, cálida y quieta y completamente presente, en el pezón endureciéndose antes de que ella pudiera evitarlo, en su propia cara mirando hacia otro lado fingiendo que su cuerpo no estaba opinando exactamente lo que estaba opinando.

El orgasmo llegó con una intensidad que la sorprendió, genuino y completo, el primero así en mucho tiempo, en ese calor y ese silencio y ese apartamento a medio terminar frente al mar. Cuando terminó, se quedó quieta, con los dedos todavía adentro y el techo arriba y el ventilador moviéndole el pelo húmedo.

No quería analizarlo. No quería pensar en lo que significaba ni en adónde podía ir ni en las razones por las que no debería ir a ningún lado. Todas esas razones tenían nombre propio: el de su hermana, el de Roberto, el de Lucas, que llegaría el sábado con su cara de niño dormido en el asiento de atrás del coche.

Pero pensaba en Tomás. En su mano cálida y su manera de mirarla, y en que todavía faltaban nueve días para que llegara el resto de la familia y el mundo exterior volviera a existir y, con él, todas las razones por las que esto era una idea terrible.

Por ahora, el mundo exterior no existía. Solo existía el calor y el mar y ese apartamento y Tomás al otro lado de la pared.

Cerró los ojos. Y supo, con la misma honestidad de siempre, que mañana iba a volver a sacar la baraja.

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