Lo descubrió por la ventana del cuarto de su madre
Lucía cabalgaba sobre Iván con una urgencia que no admitía pausas. Las caderas se le hundían en círculos lentos primero y después cortos, contraídos, casi convulsos. Tenía las manos clavadas en los hombros del chico y los pechos —pesados, generosos, marcados por venas finas y azuladas— se mecían con cada empujón hasta rozarle los antebrazos, dejándole rastros tibios de sudor.
Hacía rato que Iván se había corrido, pero seguía duro dentro de su madre, palpitando en aquel calor apretado mientras ella buscaba lo suyo. Lo miraba con los ojos vidriosos, el labio inferior entre los dientes, sin dejar de moverse.
—Quédate ahí, mi amor —susurró Lucía—. No te salgas todavía. Está por venirme.
Iván la sujetó por la cintura y empujó desde abajo, despacio, profundo, frotándole por dentro ese punto que ya conocía de memoria. Lucía arqueó la espalda, abrió la boca sin que saliera ningún sonido y se vino temblando, las piernas tensas alrededor del cuerpo joven de su hijo menor, el coño contrayéndose en oleadas húmedas alrededor de aquella verga aún semidura.
A esa misma hora, a unos cuantos kilómetros, un autobús se detenía en la terminal del pueblo. Mateo bajaba con dos maletas y la sonrisa cansada del que vuelve después de meses. No tenía la menor idea de lo que estaba pasando en su casa.
Lucía se dejó caer sobre el pecho mojado de Iván y se quedó así, jadeando, mientras el semen tibio empezaba a chorrearle por dentro. Él le acarició la espalda con manos temblorosas. Olía a sexo, a almizcle, a algo dulce y prohibido que se quedaba pegado a las paredes.
—¿Te gustó, mamá? —preguntó Iván, todavía dentro de ella.
—Me encantó —contestó Lucía y le dio un beso largo, húmedo, con la lengua afuera, muy distinto a los besos rápidos que solían darse mientras lo hacían—. Eres mi hombre.
—¿Repetimos esta noche? —Iván se endureció apenas oírla.
Lucía se incorporó, se miró en el espejo del tocador y empezó a acomodarse el pelo. La falda le quedaba arrugada, las bragas pegadas al sexo hinchado, brillantes de jugos.
—Hoy llega Mateo, cariño. Vamos a tener que parar un tiempo. No podemos arriesgarnos.
—Solo un rato más —protestó él, con esa voz baja de niño caprichoso—. No vamos a hacer ruido.
—Ya está, Iván. —Lo cortó con dulzura pero sin ceder—. Encima me viene el periodo en estos días. Justo para que no haya sustos.
Iván salió de ella con un suspiro pesado y se quedó sentado al borde de la cama, en silencio. Desde chico le tenía a Mateo un rencor que no había sabido nombrar nunca. Lo veía como una figura demasiado grande, demasiado parecida al padre que no estaba. Y ahora Mateo volvía justo cuando todo era perfecto en esa casa.
La puerta principal sonó.
—¡Llegó tu hermano! —gritó Lucía desde el pasillo, corriendo a abrir.
Mateo estaba en el umbral con las maletas y los brazos abiertos. Lucía se le tiró encima sin pensarlo, lo abrazó fuerte, le llenó la cara de besos cortos que duraban un segundo más de la cuenta. Le inhaló el cuello como quien prueba un perfume conocido. Mateo le respondió igual: la apretó por la cintura, sintió la suavidad de los pechos contra el suyo y el calor del vientre, y por un instante cerró los ojos.
—¿Y tú no me saludas, hermanito? —dijo después, tendiéndole la mano a Iván con una sonrisa amplia.
Iván le devolvió el saludo con un apretón flojo y los ojos esquivos.
—Iván, saluda como se debe —lo regañó Lucía, dulce pero firme, mientras ya iba poniendo platos en la mesa.
El almuerzo fue una tortura para Iván. Su rutina, esa rutina perfecta que se había armado con su madre desde hacía meses, acababa de partirse en dos. Normalmente, al volver del colegio, comían rápido y se encerraban en el cuarto a follar hasta quedarse dormidos abrazados, con el semen de él escurriendo todavía entre las piernas de ella. Ahora estaba Mateo del otro lado de la mesa, tocándole el brazo a su madre, haciéndola reír con cualquier tontería.
Mientras Lucía contaba historias y se servía vino, Iván no podía dejar de recordar. La tarde anterior la había puesto de rodillas en la sala, con los ojos brillantes, y ella lo había mamado como si tuviera hambre, tragándoselo hasta que se le llenaban los ojos de lágrimas, dejando un hilo de saliva espesa colgando del mentón. Y aquella noche de tormenta, hacía un par de semanas, en el cobertizo del fondo del patio.
Habían quedado atrapados por un aguacero al volver de la tienda. Empapados, entraron al cobertizo viejo, oscurísimo, oliendo a tierra y a aceite. Lucía se recostó sobre unas bolsas apiladas y lo llamó con la voz ronca, sin levantar la cabeza. Iván se metió encima como un animal. Le bajó el pantalón a tirones, descubrió que estaba afeitada, suave, empapada, y empujó hasta el fondo de un solo embate. La lluvia tapaba los gemidos. Fue la primera vez que se besaron de verdad mientras lo hacían: un beso lleno de lengua, baboso, mordiéndose. Desde aquella noche dejó de pensar en ella como su madre y empezó a pensar en ella como su mujer.
—¿Estás bien, hijo? —preguntó Lucía sin dejar de mirar a Mateo.
—Sí. Estoy cansado —mintió Iván, y se levantó antes del postre.
Se encerró en el cuarto. Tenía la polla a medio levantar de tanto recordar.
—Ya sabes cómo es —disculpó Lucía a su hijo mayor—. Tiene diecinueve y a veces actúa como si tuviera menos.
Mateo asintió y bebió de su copa. Pero algo se le había encendido por dentro mucho antes, desde el abrazo en la puerta. Algo viejo, que él creía dejado en orden.
***
Esa noche el aire estaba fresco. Mateo decidió ir a ver a un amigo de la infancia que vivía a tres calles. Se despidió de Lucía con otro abrazo largo, los pechos aplastándose contra él de un modo que ya no podía ser casual, y le dejó un beso en la mejilla que se demoró demasiado.
Caminó hasta la casa de su amigo y se quedó un par de horas hablando, bebiendo cerveza, riéndose de viejas idioteces. Cuando se palpó el bolsillo para pagar la siguiente ronda, se dio cuenta de que se había dejado la cartera en la mesa de la cocina. Se levantó, prometió volver en quince minutos y caminó de regreso.
El portón estaba cerrado con llave. Las luces de la casa, encendidas. Saltó la tapia por el costado, sin pensarlo, como cuando era chico. Iba a entrar por la cocina, pero al cruzar el patio escuchó voces. Voces bajas, entrecortadas, que venían del cuarto de su madre.
Algo extraño —mitad preocupación, mitad otra cosa que no quiso nombrar— lo llevó hasta la ventana del fondo. Ahí había una tabla suelta en el marco que él mismo había roto a los doce años jugando al fútbol. La movió con cuidado y se asomó.
Tardó dos segundos en entender lo que veía. Y en esos dos segundos se le puso la verga dura como una piedra.
Iván estaba arrodillado detrás de Lucía, sobre la cama, follándola en cuatro. Ella tenía la falda enrollada en la cintura y el vestido abierto por delante. Los pechos enormes le caían pesados, blanquísimos, golpeándose uno contra el otro con cada embestida. El pelo suelto le tapaba media cara. Tenía la frente roja, sudada, los ojos entrecerrados.
Iván la agarraba de las nalgas, separándolas con las dos manos, y entraba con golpes secos. A veces se detenía un instante, como conteniéndose. Lucía giró la cabeza y le habló bajito.
—Despacio, mi amor. Más lento. Quiero sentirte largo.
Mateo no podía moverse. Le latía la sien. Lucía se acomodó, abrió más las piernas, se separó las nalgas con una mano y se guio la verga ella misma. Empezó a moverse hacia atrás con cadencia, engullendo la polla de su hijo menor en movimientos largos y lentos. Los pechos rozaban las sábanas. Iván dejó de empujar y se quedó mirando, amasándole las nalgas con posesión, como quien acaricia algo que considera suyo.
Mateo apoyó la frente contra la madera del marco. Tenía la respiración descompuesta. No era la primera vez en su vida que pensaba a su madre así, pero sí la primera que la veía. Y la veía con Iván. Con el mocoso. Con el hermano al que siempre había considerado un crío con rabietas.
Lucía aceleró el ritmo. Los gemidos se le volvieron más roncos, más cortos. Iván bufó, se tensó, le hundió los dedos en las caderas y se vino dentro de ella con un gemido apretado entre los dientes.
—¡Ay, Mateo, sí! —se le escapó a Lucía en el último segundo.
Hubo un silencio de cuchillo.
—¿Mateo? —La voz de Iván sonó rota.
—Perdón, mi vida. Creí escuchar su voz en el pasillo. Estaba pendiente. Perdón, perdón.
Mateo se quedó sin aire del otro lado del vidrio.
Iván salió de ella despacio y se sentó al borde de la cama, frotándose la verga aún sensible. Lucía se incorporó, se acomodó los pechos en el sostén con calma y lo abrazó. Le dio un beso largo en la boca, con la lengua afuera, un beso de mujer, no de madre. Iván no lo supo, pero ese beso no era para él. Era para el que estaba al otro lado de la ventana.
Mateo apartó la cara del marco. Le temblaban las manos. Tenía la polla dolorosamente dura, atrapada contra la tela del pantalón, y la cabeza en blanco.
Cruzó el patio sin hacer ruido y se sentó contra la pared del cobertizo, en la oscuridad, sin moverse. Recordó cosas que llevaba años empujando hacia abajo. Caricias que duraban más de la cuenta cuando él tenía catorce. Miradas a sus pechos que ella notaba pero nunca cortaba del todo, que apenas desviaba con una sonrisa ruborizada. La mano de ella en su muslo aquella vez que se quedaron viendo una película tarde, una mano que él había fingido no sentir.
Lo había dejado pasar entonces porque le tenía respeto, porque era su madre, porque uno no toca lo que no se toca.
Ahora no había nada que respetar.
Iván estaba metido dentro de Lucía desde hacía meses, y nadie lo sabía. Nadie excepto él, sentado en el suelo de su propia casa con la cartera todavía olvidada sobre la mesa de la cocina.
Pensó en irse. Pensó en hacer una valija de nuevo, volverse al apartamento de la ciudad y olvidarse de todo. Pero la respiración se le ordenó sola y la cabeza empezó a trabajar. No iba a denunciarlos. No iba a contarle a nadie. No iba a irse. Iba a quedarse el tiempo que hiciera falta y a hacer lo que el hermano menor le había ganado de mano.
Mateo había decidido, ahí mismo, contra la pared del cobertizo, que él también iba a tenerla. La iba a desarmar con paciencia, con tacto, con la ventaja de ser el mayor y el que se había ido. Le iba a poner las manos donde Iván las ponía. La iba a hacer gemir su nombre, esta vez sin error.
Se levantó, se sacudió el pantalón y rodeó la casa hasta la puerta principal. Tocó dos veces. Lucía le abrió en albornoz, con el pelo mojado de la ducha que se acababa de dar. Le sonrió.
—¿Olvidaste algo, mi amor? —preguntó ella.
—La cartera —contestó Mateo, sin dejar de mirarle el escote húmedo—. Solo la cartera.
Le pasó por al lado rozándole apenas el brazo. Lucía sintió ese roce y se quedó un instante quieta en el umbral, como si algo se hubiera movido dentro de ella.
El juego apenas empezaba.