El día que mi tío descubrió mi secreto al volver
La casona donde vivíamos mi madre y yo quedaba en una calle vieja del centro, una de esas cuadras que todavía conservaba balcones de madera y baldosas gastadas por décadas de pisadas. Era una construcción de dos plantas, con pasillos largos y techos altos que crujían cuando soplaba el viento del sur. Mi madre la había heredado de mi abuelo y, como el sueldo de secretaria no le alcanzaba para mantenerla sola, había decidido alquilar las cinco habitaciones del piso superior a estudiantes que llegaban del interior buscando una carrera universitaria.
Yo tenía dieciocho años recién cumplidos y me llamaba Esteban. Para los demás era un muchacho callado, aplicado, de esos que pasan desapercibidos en el aula y vuelven directo a casa después de clase. Mi madre se enorgullecía de mí cada vez que algún vecino le decía que tenía un hijo ejemplar. Si ella hubiera sabido lo que hacía en cuanto la casa quedaba vacía, no habría podido mirarme a la cara nunca más.
Mi secreto había empezado casi por accidente, dos años antes, cuando subí al segundo piso a buscar una herramienta y entré sin permiso a la habitación de un inquilino que se había ido al campus. Vi un calzoncillo blanco tirado al lado de la cama y, por una curiosidad que no supe explicar entonces, lo levanté del suelo y me lo acerqué a la cara. El olor me golpeó. Olor a hombre, a sudor concentrado, a polla sudada después de un día entero encerrada en la tela, a algo íntimo que no debía estar oliendo. Sentí una corriente caliente bajándome por el estómago hasta la entrepierna, la verga se me puso dura al instante contra la costura del pantalón, y por primera vez en mi vida me di cuenta de que aquello no era un capricho cualquiera.
Desde esa tarde, cada vez que sabía que un inquilino que me atraía iba a estar ausente unas horas, le robaba a mi madre el manojo de llaves del armario del comedor y subía. Buscaba siempre lo mismo: ropa interior usada, abandonada sobre una silla o tirada dentro del cesto de mimbre del baño compartido. Algunos calzoncillos tenían todavía la humedad del día. Otros guardaban manchas amarillas en la parte de adelante, restos de orina que el dueño no se había molestado en enjuagar. Esos eran los que más me gustaban. Los apretaba contra mi nariz, respiraba hondo el olor a verga de macho, me bajaba el pantalón hasta las rodillas y me hacía la paja sentado al borde de la cama del desconocido, con la polla dura en el puño, imaginando cómo sería tener a ese hombre encima de mí, metiéndomela hasta el fondo del culo sin piedad.
Nunca me llevaba nada. Siempre dejaba cada prenda exactamente como la había encontrado, doblada igual, en el mismo ángulo, con la misma arruga. Limpiaba mi corrida del piso con papel higiénico, tiraba el papel en el inodoro del baño de abajo, y me juraba que esa había sido la última vez. A la semana siguiente subía de nuevo.
***
La llegada de mi tío Hernán a la casa cambió por completo el equilibrio de mi pequeño juego. Hernán era el hermano menor de mi madre y había estado once años viviendo en España, primero como mesero en un bar de Málaga, después como encargado de un taller mecánico en las afueras de Sevilla. Yo lo había visto en persona una sola vez, cuando tenía nueve años, en el casamiento de la tía Mariela. En aquella época era un hombre lejano, un tío más entre los muchos parientes a los que se saluda con un beso rápido y se olvida hasta la próxima boda.
Pero a los catorce empecé a darme cuenta de que los hombres me gustaban más que las mujeres. Y empecé también a seguir a Hernán en redes sociales. Mi madre tenía videollamadas con él los domingos, y yo siempre me las arreglaba para pasar por detrás de la pantalla y mirarlo. Hernán tenía la piel curtida por el sol, los hombros anchos, una sombra permanente de barba que le marcaba la mandíbula. Las manos le habían quedado gruesas y un poco torpes después de tantos años apretando llaves inglesas. En las fotos que subía a Instagram salía siempre con musculosas viejas y vaqueros gastados, y en una de esas fotos se le marcaba tan bien el bulto de la polla contra el jean que la guardé en el celular y me hice la paja mirándola durante meses. Era exactamente el tipo de hombre que aparecía en mis fantasías cuando subía al segundo piso a buscar ropa interior ajena.
Cuando mi madre nos contó una noche durante la cena que Hernán volvía al país y que se iba a quedar a vivir con nosotros un par de meses hasta encontrar trabajo, casi no pude probar bocado. Le dije que me parecía bien, que ojalá pudiera alojarse cómodo. Esa noche me hice tres pajas seguidas pensando en él, con la polla en la mano, imaginándome de rodillas mamándole la verga a mi propio tío hasta hacerlo correrse en mi cara.
***
Hernán llegó un martes de marzo, con dos valijas grandes y un bolso de cuero al hombro. Se abrazó a mi madre largo rato en el zaguán, hablándole en ese español medio andaluz que se le había pegado del otro lado del Atlántico. Cuando me vio a mí, se separó, me miró de arriba abajo y soltó una risa ronca.
—Pero qué grande estás, sobrino. Te dejé en pantalones cortos y me encuentro un señorito.
Me dio un abrazo apretado. Sentí su cuerpo firme, el pecho ancho, la entrepierna rozándome un segundo contra la cadera. Olía a tabaco rubio y a la colonia barata que venden en los aeropuertos. Cuando me soltó, tuve que darme vuelta para que no me viera la cara colorada ni el bulto que se me había armado en el pantalón.
Mi madre le ofreció la habitación más amplia del segundo piso, la única que tenía baño propio. Hernán deshizo las valijas esa misma tarde y por la noche ya estaba instalado como si nunca se hubiera ido. Durante la cena habló sin parar de los años en España, de las mujeres con las que había estado, de los planes que tenía para montar un negocio acá. Yo lo miraba en silencio, sin atreverme a intervenir, mientras me preguntaba cómo iba a hacer para esperar a la primera ocasión en que saliera de casa.
La oportunidad apareció apenas tres días después.
***
Era un sábado a la tarde. Mi madre se había ido al supermercado, como hacía siempre los sábados, y Hernán había bajado al living vestido con una camisa planchada, perfumado, contándome que había quedado de tomar un café con una amiga del barrio que no veía desde la adolescencia. Me guiñó un ojo al pasar a mi lado y me dijo que no lo esperara para merendar. La puerta de calle se cerró con un golpe seco. La casa quedó completamente vacía.
Subí las escaleras de a dos en dos. El corazón me golpeaba en las costillas y ya tenía la polla medio dura antes siquiera de llegar al pasillo. La puerta de la habitación de Hernán estaba sin llave, como casi siempre. La empujé despacio y entré.
El cuarto olía a él. A su colonia, al cuero del bolso, a algo más profundo que era el olor de su cuerpo después de tres noches en esa cama. La cama estaba sin tender. Las sábanas blancas conservaban la forma de su espalda, una marca alargada que iba desde la almohada hasta media altura del colchón. Sobre la silla del rincón había una toalla húmeda y, encima de la toalla, un calzoncillo arrugado.
Era un calzoncillo barato, de los que se venden por tres en las tiendas de los pueblos chicos, con elástico ancho y tela azul eléctrico. A pesar de haber vivido tantos años en Europa, Hernán seguía usando esa ropa interior tosca, sin pretensiones, que le marcaba al detalle todo lo que llevaba debajo. Lo levanté con las dos manos. Estaba todavía un poco tibio, como si se lo hubiera sacado hacía pocas horas. Lo di vuelta para encontrar la parte de adelante.
El olor era denso. Mucho más fuerte que cualquiera de los que había olido antes en esa casa. Olor a sudor de entrepierna, a piel masculina madura, a rastros de orina seca, a huevos de macho después de horas encajados en la tela. La zona donde había estado apoyada la punta de la polla tenía una manchita amarillenta reseca y, un poco más abajo, una mancha blanca chiquita, dura, que solo podía ser una gota de semen olvidada. Cerré los ojos y respiré hondo, saqué la lengua y lamí esa mancha blanca hasta que se disolvió en mi boca, sintiendo el gusto salado y espeso del resto de corrida de mi tío. Se me aflojaron las piernas. Me senté primero en el borde de la cama, después me dejé caer de espaldas sobre las sábanas revueltas.
Me bajé el pantalón hasta las rodillas. La polla ya me chorreaba líquido preseminal por la punta, tirante contra la panza. Apreté el calzoncillo contra la nariz y la boca, respiré hondo, y empecé a hacerme la paja con el olor de mi tío llenándome los pulmones. Me pasé la tela por la cara, por los labios, por la lengua. La chupé en el punto donde había estado la punta de su verga. Con la otra mano me metí dos dedos en el culo, escupidos, hasta el nudillo, imaginándome que era Hernán quien me los metía. Imaginé a mi tío entrando a la habitación, descubriéndome ahí con los dedos hasta el fondo del ojete, agarrándome del cuello, dándome vuelta boca abajo sobre la cama, escupiéndome entre las nalgas y clavándome la polla de un solo empujón sin lubricante, haciéndome lo que yo nunca me había atrevido siquiera a pedir en voz alta. La fantasía me llevó tan adentro que no escuché la puerta de calle. No escuché los pasos en la escalera. No escuché nada hasta que el picaporte giró.
Hernán entró a la habitación.
***
Me incorporé de un salto, saqué los dedos del culo y me subí el pantalón como pude, pero los dos sabíamos que era demasiado tarde. Hernán se quedó parado en el umbral, una mano apoyada en el marco, mirándome con una calma que me dio más miedo que cualquier grito. Vio el calzoncillo tirado sobre la almohada. Vio el bulto que todavía tenía marcado en la entrepierna. Vio la mancha húmeda de mi propio preseminal sobre la tela del jean. Después cerró la puerta detrás de él, sin apuro, y echó la traba.
—¿Y qué tenemos por acá, sobrino?
No me salió la voz. Tenía la cara roja, las manos temblando, el calzoncillo todavía a un costado de la cama. Quise inventar una excusa, decir que estaba ordenando, que lo había visto en el piso al pasar, pero las palabras se me atragantaron en un balbuceo que no significaba nada.
—Tranquilo —dijo él, acercándose un paso—. Sentate. No te voy a comer.
Me senté en el borde de la cama, mirándome los pies. Él se quedó de pie delante de mí.
—Por favor, tío. No le digas nada a mi mamá. Te juro que nunca más…
—Pará, pará. ¿Quién dijo algo de tu mamá?
Levanté la cabeza. Hernán me sonreía. No era una sonrisa de enojo ni de burla. Era otra cosa. Algo más turbio. Bajé la vista un segundo y vi que a él también se le estaba marcando un bulto grueso contra la costura del pantalón.
—Hace días que te vengo mirando, sobrino. Cómo te ponés colorado cuando entro a la cocina sin camiseta. Cómo se te va la mirada al bulto cuando ando en calzoncillos por el pasillo. Cómo te quedás trabado cuando te paso al lado. No soy ningún tonto. Ya me imaginaba que algo raro andaba pasando.
Tragué saliva. Tenía la garganta tan seca que me dolió.
—No le voy a contar nada a mi hermana —siguió él, en voz más baja—. Pero a cambio te vas a portar bien conmigo. ¿Estamos?
Asentí con la cabeza, sin saber muy bien a qué estaba diciendo que sí. O sabiendo perfectamente y no queriendo admitirlo ni ante mí mismo.
Hernán se inclinó hacia mí. Apoyó una mano en mi rodilla y la subió despacio por la parte interna del muslo hasta rozarme el bulto del pantalón. Con la otra mano levantó el calzoncillo azul de la cama y lo tiró a un costado.
—En vez de andar oliendo mis cosas a escondidas y meterte los dedos en el culo pensando en mí, sobrino, ¿no preferís hacerme una buena mamada de una vez?
Lo miré sin entender. O entendiendo demasiado, que era lo mismo.
—¿Cómo?
—Como lo escuchaste. A vos te gustan los hombres, y te gusta esto —apretó la palma sobre mi verga por encima de la tela— aunque no te animes a decirlo. Eso ya lo tengo clarísimo. Y resulta que mi cita de hoy me canceló a último momento, así que tenía la tarde libre y estaba con ganas de descargar. Si vos venís a ocupar el lugar de la señora que no apareció, te juro que mañana no me acuerdo de nada de lo que vi en esta habitación.
—Pero… mi mamá puede volver —murmuré.
—¿A qué hora salió?
—Hace como media hora.
—¿Y cuánto tarda en hacer las compras?
—Una hora, más o menos.
Hernán sonrió de nuevo, con esa mueca ancha y torcida que me erizaba la piel.
—Tenemos tiempo de sobra para que aprendas cómo se mama una polla como la mía.
***
Se puso de pie delante de mí. Sin dejar de mirarme, se desabrochó el cinturón. El sonido metálico de la hebilla en el silencio de la habitación me hizo apretar los muslos. Después el botón del pantalón. Después el cierre, diente por diente, sin apuro, alargando el momento. Cuando dejó caer la tela hasta los tobillos, llevaba debajo otro de esos calzoncillos baratos, esta vez verde oscuro, abultado en el centro de una manera que no dejaba lugar a dudas. La punta de la verga le empujaba la tela hacia afuera, formando un chichón grueso, y una mancha oscura de humedad se le extendía justo donde apretaba la cabeza.
—Sacámelo vos —me dijo—. Con los dientes.
Me arrodillé en el suelo entre sus piernas. Le acerqué la cara a la entrepierna y respiré. El olor era el mismo que había estado oliendo en el calzoncillo unos minutos antes, pero multiplicado, vivo, salido directo del cuerpo. Mordí el elástico del calzoncillo y tiré hacia abajo, despacio. La polla le rebotó contra la mejilla cuando quedó libre.
Su verga era exactamente como me la había imaginado durante todos esos meses, pero más grande. Grande, gruesa, de piel oscura, rodeada por una mata espesa de vello negro que le subía hasta el ombligo. Los huevos le colgaban pesados debajo, casi rozándole la cara interna de los muslos. Tenía la cabeza brillante, ya despierta, apuntando hacia adelante, con una gota transparente perlándole la punta. Me quedé mirándola sin poder reaccionar, sin saber si lo que sentía era miedo, asco, deseo o las tres cosas al mismo tiempo, pero sabiendo con total certeza que la quería adentro de la boca ya mismo.
—Sacale la lengua primero —me dijo, agarrándose la polla por la base y golpeándomela suave contra los labios—. Chupá esa gota. Es la muestra gratis.
Obedecí. Saqué la lengua y lamí la punta. El gusto era salado, denso, ligeramente amargo. Me limpié los labios con la lengua y tragué. Hernán me sonrió desde arriba, con las manos apoyadas en las caderas, mirándome como se mira a un animal que uno acaba de domesticar.
—Ahora los huevos. Metételos en la boca. De a uno.
Levantó la polla contra su panza para dejarme el espacio. Los huevos le colgaban justo delante de mi cara. Metí uno en la boca. Después el otro. Los chupé despacio, sintiendo el peso, el olor concentrado, los pelos gruesos que me hacían cosquillas en la lengua. Hernán soltó un gruñido largo, satisfecho.
—Buen chico. Ahora la polla. Con la boca bien abierta. Y cuidado con los dientes, sobrino, o te la vas a pasar mal.
Me tomó por la nuca con una mano firme, sin violencia pero sin pedir permiso, y me acercó la cara hasta su entrepierna. Abrí la boca. Me la metió de a poco, primero la cabeza gorda, que me abrió los labios más de lo que había esperado. Después un poco más, hasta que la sentí golpearme contra el paladar. Después un poco más todavía, hasta el fondo de la garganta, hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas. El olor concentrado de su cuerpo, el mismo que tantas veces había olido en sus prendas, ahora me golpeaba directamente en la nariz, con la mata de vello negro apoyada contra mi cara.
Empecé a moverme como me había imaginado en cientos de pajas solitarias, torpe al principio, ganando ritmo después. Sacaba la polla casi hasta la punta, dejaba la cabeza reposando en la lengua, la chupaba con los cachetes hundidos, y volvía a metérmela hasta el fondo. Cada vez que la punta me golpeaba la garganta tenía una arcada, pero me obligaba a aguantar. La saliva empezó a caerme por el mentón, por el cuello, mojándome la remera.
—Carajo —murmuró él, echando la cabeza hacia atrás—. La chupás mejor que muchas mujeres. Mirame, sobrino. Mirame mientras me la mamás.
Levanté los ojos sin sacármela de la boca. Nuestras miradas se cruzaron y sentí que la polla se le hinchaba todavía más entre mis labios.
—Así. Así me gusta. Sacála un segundo y escupile.
La saqué. Le dejé caer un hilo largo de saliva desde la boca hasta la cabeza. Él se la agarró y la pasó por toda la vara, embadurnándola bien.
—Ahora meté la lengua por el frenillo. Ahí, justo ahí abajo. Lamela como si fuera un helado.
Le obedecí. Le pasé la lengua ancha y plana por debajo de la cabeza, una y otra vez, mientras con la mano le trabajaba la vara mojada de saliva. Hernán apretó los dientes y me clavó los dedos en el cuero cabelludo.
—Sí, sí, así, mamá esa polla, sobrino. Esa polla que tanto te gustó oler en el calzoncillo.
Me la volvió a meter en la boca. Esta vez agarró con las dos manos y empezó a moverse él, empujando, follándome la boca a su ritmo. La punta me chocaba contra el fondo de la garganta una y otra vez, hasta que aprendí a aflojarla y a dejarla pasar. Los huevos se le mecían contra mi mentón. La saliva me caía a chorros.
—¿Es la primera vez que hacés esto, sobrino?
Asentí sin sacármela de la boca.
—Mentira. No puede ser. Tenés que haberla chupado antes.
Negué con la cabeza.
Él soltó una risa breve, sorprendida.
—Entonces sos un talento natural. Un sobrino chupapollas nato. Seguí, dale, seguí así.
***
Estuvimos así casi diez minutos. Yo arrodillado en el suelo, con las rodillas doliéndome contra las tablas, la mandíbula acalambrada y la polla ajena entrando y saliendo sin descanso. Él de pie junto a la cama, con las dos manos apoyadas en mi cabeza, marcando el compás sin suavidad, follándome la boca como si fuera un coño. Por momentos lo escuchaba contener la respiración. Por momentos murmuraba cosas sueltas en ese español andaluz que se le había quedado pegado: "eso es, joder", "qué boquita, cabrón", "trágame la polla entera". De vez en cuando me sacaba la verga de la boca de un tirón y me la restregaba por toda la cara, por los cachetes, por la nariz, por los ojos cerrados, embadurnándome con saliva y preseminal.
Sin dejar de follarme la boca, se agachó un poco y me metió una mano por debajo del pantalón. Me manoseó la polla dura, apretándomela entera en el puño. Yo gemí con la boca llena.
—Tenés la vergüita bien parada, sobrino. Se ve que te encanta chupar polla.
Me la sacó de la boca. Tenía la mandíbula tan cansada que me dolía cerrarla. Hernán me agarró del pelo y me guio la cara hacia sus huevos.
—Ahora los huevos otra vez. Chupámelos bien mientras yo me la trabajo.
Se hizo la paja a la altura de mi frente, con la polla mojada de saliva batiéndose contra mi cara, mientras yo le chupaba los huevos, uno a la vez, después los dos juntos, tirándomelos hacia el fondo de la boca. La respiración se le empezó a cortar. La mano se le movía cada vez más rápido sobre la verga.
—Abrí la boca, sobrino. Abrila grande. Sacá la lengua.
Le hice caso. Saqué la lengua todo lo que pude y esperé, mirándolo desde abajo. Hernán apretó los dientes, se agarró con más fuerza y soltó un quejido largo, ronco, animal. El primer chorro de semen me pegó en la mejilla, caliente y espeso. El segundo me cayó dentro de la boca, sobre la lengua. El tercero, el cuarto y el quinto me llenaron los labios, el mentón, la barbilla, gotearon hasta el cuello. Era mucho más de lo que había esperado. Era una descarga larga, abundante, contenida durante quién sabe cuántos días.
—Trágatelo, cabrón. Todo. No dejes una gota.
Cerré la boca y tragué lo que tenía dentro. El semen bajó denso, pegajoso, con un gusto fuerte que me quedó tapiando el paladar. Después me pasé el dedo por la cara, recogí lo que me había caído afuera, y me chupé el dedo delante de él. Hernán me miraba con la boca entreabierta, la polla todavía dura en el puño, brillando de saliva y corrida.
—La puta madre, sobrino. La puta madre.
Me quedé unos segundos quieto, arrodillado en el suelo, mirándome las manos, con las rodillas doliéndome y la polla mía todavía dura y sin descargar dentro del pantalón. Él dio un paso atrás y se sentó pesadamente en el borde de la cama.
Respiraba fuerte. Tenía la cara enrojecida y una sonrisa nueva, distinta, satisfecha. La polla le colgaba entre las piernas, todavía semirrígida, brillando.
—Buen chico —dijo, despeinándome con la mano—. Muy buen chico.
Se me acercó de repente, me metió la mano dentro del pantalón sin pedir permiso, me agarró la verga dura y me la trabajó tres, cuatro, cinco veces con la mano bien apretada. No hicieron falta más. Yo me corrí ahí mismo, con un gemido ahogado, descargando dentro de mi propio calzoncillo, empapando la tela.
—Eso también me lo debías, sobrino. No podía dejarte irte con las bolas llenas.
Sacó la mano, se la miró, se limpió los dedos en las sábanas de su propia cama. Se rio.
Me limpié la boca con el dorso de la muñeca. No supe qué decir. Él se levantó, se subió el calzoncillo y el pantalón con calma, se abrochó el cinturón. Mi mancha de corrida seguía tibia contra mi propio muslo, dentro de la tela.
—Andá a lavarte la cara antes de que vuelva tu mamá. Y cambiate el calzoncillo, que traés un desastre encima. Bajá la basura también, así parece que estuviste haciendo algo útil.
Caminé hacia la puerta como un sonámbulo. Cuando ya tenía la mano en el picaporte, lo escuché agregar a mis espaldas, en voz baja, casi para él mismo:
—Esto recién empieza, sobrino. La próxima vez no va a ser la boca lo único que use de vos. Te voy a abrir el culo con esta misma polla, y te lo voy a dejar tan usado que no vas a poder sentarte en una semana.
Bajé la escalera temblando, con la corrida ajena todavía tapizándome el fondo de la garganta y la mía secándose contra la piel. En la cocina, abrí la canilla y me lavé la cara dos veces, me enjuagué la boca con agua fría, escupí. Cuando mi madre llegó del supermercado con las bolsas, me encontró sentado a la mesa, leyendo un libro al revés, sin entender una sola palabra de lo que decía. Me preguntó si me sentía bien. Le dije que sí.
Arriba, en el segundo piso, escuché que la ducha de mi tío se ponía en marcha.