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Relatos Ardientes

Mi tío me enseñó lo que mis amigas ya sabían

Me llamo Lucía y voy a contarles algo que pasó hace más de quince años, cuando todavía no entendía mi propio cuerpo. Tengo treinta y tantos ahora, pero aquella noche en el departamento de mi tío Andrés sigue siendo el recuerdo más vivo que guardo, ese contra el que comparo todo lo demás.

A los dieciocho era una chica delgada, de piel canela y un metro cincuenta y tres de pura impaciencia. Tenía el pelo negro y largo, los pechos pequeños con pezones que se notaban a través de cualquier blusa fina, y una cintura tan estrecha que mis amigas me molestaban diciéndome que parecía de catorce. Era hija única, demasiado obediente, criada para no hacer ruido y para sacar buenas notas.

Mientras mis amigas del colegio ya hablaban de novios y de orgasmos en los baños del bar, yo seguía siendo la única virgen del grupo. No por convicción ni por miedo. Por simple falta de oportunidad. Los chicos de mi edad me parecían torpes, ruidosos, con manos sudorosas y conversaciones huecas. Ninguno me hacía sentir nada parecido a lo que describían en sus susurros las demás.

Mis padres viajaban cada dos meses por trabajo y, cuando lo hacían, me dejaban en casa de Andrés, el hermano menor de mi madre. Tenía treinta y ocho años, se había divorciado dos años antes y vivía solo en un departamento del centro con vista al parque. Era el hombre más guapo de la familia: alto, moreno, con barba corta y unos brazos que se le marcaban cuando se subía las mangas. Siempre fui su sobrina favorita. Me llamaba princesa desde que tengo memoria.

Aquella noche fue distinta porque algo dentro de mí se había roto en silencio durante semanas. Había encontrado películas en una memoria USB que él dejó conectada al televisor un fin de semana. Las vi tres veces antes de devolvérsela. Después, sola en mi cuarto, repetía las escenas de cabeza y me tocaba sin saber muy bien qué buscaba. Algo se acumulaba.

Llegué a su departamento un viernes con una mochila pequeña y la cabeza llena de ideas que no había decidido conscientemente. Cenamos pasta, vimos media película en su sofá y a las once me dijo que estaba cansado. Yo me quedé un rato más en la sala, fingiendo leer, hasta que escuché que en su habitación se encendía la luz amarilla del velador.

Subí al baño de invitados y me cambié. Una blusa fina de tirantes, sin sostén. Una tanga de algodón negro. Un short flojo que apenas me llegaba a medio muslo. Me solté el pelo. Me miré en el espejo y vi a una chica que no era exactamente yo. Decidí ir a darle las buenas noches.

Toqué dos veces. No respondió. Toqué una tercera y me pareció escuchar un sonido apagado, como una respiración fuerte. Pensé que se había dormido con la tele puesta. Empujé la puerta despacio, sin imaginar lo que iba a encontrar.

Andrés estaba sentado al borde de la cama, con el celular apoyado en el velador, los pantalones del pijama a la altura de las rodillas y su mano moviéndose con un ritmo que se detuvo en seco cuando me vio. Atinó a tomar un cojín y a taparse con él, pero ya era tarde. Yo había visto. Y él había visto que yo había visto.

—Princesa, perdón —tartamudeó—. Pensé que ya estabas dormida. Esto es… qué vergüenza.

—No te preocupes —dije, y mi voz sonó más firme de lo que esperaba.

Caminé hasta la cama y me senté a su lado. El cojín seguía sobre su regazo. Yo sentía el corazón en las orejas.

—Andrés, mírame. No es nada del otro mundo. De hecho, quería pedirte un favor.

Me miró sin entender, todavía rojo, todavía sin saber qué hacer con las manos.

—¿Qué favor, Lucía?

—Enséñame —dije—. Mis amigas ya saben de todo y yo todavía no sé nada. No quiero que mi primera vez sea con un chico cualquiera del barrio. Quiero que seas tú.

Se quedó mudo durante lo que me parecieron varios minutos. Yo veía cómo se debatía detrás de los ojos. Cómo el tío atento se peleaba con el hombre que llevaba meses haciéndose preguntas que no se atrevía a contestar.

—Princesa, eres mi sobrina. Yo no…

—Nadie tiene que enterarse —lo corté—. Nunca. Es entre nosotros.

Bajó la mirada al cojín y volvió a subirla.

—Si en algún momento quieres parar, paramos. ¿Está bien? Esta primera vez no voy a tocarte yo. Te voy a decir cómo tocarte tú.

—Está bien.

***

Me senté frente a él, sobre el sofá pequeño que tenía al pie de la cama, con las rodillas hacia un lado. Él se quedó al borde del colchón, apretando el cojín con tanta fuerza que se le marcaban los nudillos.

—Tócate por encima de la blusa —me dijo en voz baja—. Despacio, en círculos. Aprieta un poco cuando te guste.

Lo hice. Mis pezones, que estaban duros desde que abrí la puerta, se notaban contra la tela como dos puntas pequeñas. Él tragaba saliva sin disimular.

—Ahora chúpate los dedos y métete la mano por debajo. Pellízcalos suave. Ahora más fuerte.

Cerré los ojos un segundo y solté un suspiro. Cuando los abrí, él no había despegado los suyos de mí.

—Quítate la blusa, princesa.

La saqué por arriba de la cabeza con un movimiento lento. Mis pechos eran pequeños, de aréolas oscuras, con pezones largos que apuntaban al techo. Andrés exhaló como si llevara horas sin respirar.

—Dios mío. No tienes idea de lo hermosa que estás.

—Sigue diciéndome qué hago.

—Una mano arriba, otra abajo. Mete los dedos por dentro del short. Toca despacio. Cuando estés mojada me avisas.

No tardé nada. Cuando saqué los dedos, brillaban a la luz del velador. Sin pensarlo, los acerqué a su boca. Él los tomó con la lengua y los chupó despacio, mirándome a los ojos. Después fui yo la que los probé. Sabía a algo nuevo, ligeramente metálico, que me gustó más de lo que esperaba.

—¿Así está bien?

—Demasiado bien.

Me bajé el short y la tanga al mismo tiempo. Quedé en cuclillas sobre el sofá, abierta para él. Andrés soltó el cojín. Su erección saltó hacia arriba, gruesa, con venas marcadas, mucho más grande de lo que había imaginado leyendo a mis amigas. Me asusté un poco y al mismo tiempo deseé tenerla.

—Abre los labios con dos dedos —me dijo, ronco—. Tócate el clítoris en círculos.

Yo no sabía bien dónde estaba el clítoris hasta esa noche. Hice un movimiento torpe y él se levantó de la cama. Se puso en cuclillas frente al sofá, apoyó su mano sobre la mía y me guió. Una vez. Dos veces. Tres. Después su mano fue sustituyendo a la mía hasta que solo era él el que me tocaba.

—Princesa, no aguanto más —dijo de pronto—. Si quieres parar, dilo ahora.

—No quiero parar.

***

Me llevó al espejo del armario, ese que ocupaba una puerta entera. Me sentó en sus piernas, de espaldas a él, frente a nuestro reflejo. Yo veía a una chica desnuda, despeinada, con los muslos abiertos sobre los muslos de un hombre mucho mayor. Veía las manos de él subir por mi vientre hasta mis pechos, apretarlos con cuidado, jugar con mis pezones entre el índice y el pulgar. Veía también su erección entre mis piernas, sin entrar todavía, rozándome.

—Mírame en el espejo —me susurró al oído—. Quiero que veas cómo te ves cuando alguien te desea.

Me empujó suave hacia adelante y me hizo apoyarme en el respaldo del sofá, de pie con las rodillas dobladas. Se arrodilló detrás de mí y empezó a comerme. Su lengua entraba y salía despacio, después subía al clítoris, después bajaba otra vez. Sus dedos se sumaban, dos, tal vez tres. Yo veía en el espejo cómo él hundía la cara entre mis muslos y cómo mis pechos se balanceaban con cada movimiento. Estuve a punto de venirme. Tuve que pedirle que parara.

—Quiero probarte yo a ti —dije.

Se sentó en el borde de la cama y yo me arrodillé en la alfombra. Le pedí que me dijera cómo. Me explicó con paciencia: la lengua primero, después la boca, sin forzar, despacio. Lo lamí entero antes de metérmelo. Le costaba aguantar. Lo veía cerrar los ojos, apretar la mandíbula, tirarme suavemente del pelo cuando se le iba la cabeza atrás. Sentí su sabor en mi lengua. Me sorprendí disfrutándolo más de lo que pensaba.

—Para, Lucía, para. Si sigues, me termino aquí.

Lo solté. Me miró desde arriba.

—¿Estás segura?

—Hace meses que estoy segura.

***

Volvió a sentarme en sus piernas, esta vez de espaldas, con la cara hacia el espejo. Me fue bajando despacio sobre él. Sentí primero la punta, después la presión, después un dolor agudo y breve cuando algo dentro de mí cedió. Le clavé las uñas en el muslo. Él esperó. Esperó hasta que yo solté el aire y le dije que siguiera. Me bajó otro poco. Otro. Hasta que estuve sentada por completo y sentí su pelvis contra la mía.

—Mírate —me dijo al oído—. Mira lo bien que te ves así.

Y miré. Vi mi cuerpo flaco y moreno empalado en él, mis pechos pequeños subiendo y bajando, mi boca abierta, los ojos brillantes. Empecé a moverme yo sola. Despacio al principio, después más rápido. Él me sostenía las caderas, pero me dejaba marcar el ritmo. Una de sus manos subió hasta mi cuello y bajó otra vez. La otra me abrió los labios y empezó a tocarme el clítoris al mismo tiempo que yo lo cabalgaba.

—Dame esos pezones —me pidió.

Me incliné hacia atrás, le ofrecí uno, después el otro. Los chupó, los mordió suave, me hizo gemir más alto de lo que había gemido nunca. El espejo me devolvía una imagen que no parecía mía. Una chica que ya no era la que sus padres creían tener.

El orgasmo me llegó como un calambre que empezó en los talones y subió. Me arqueé entera, apreté algo dentro de mí, sentí que el cuerpo no me obedecía. Andrés, al notarme temblar, me sacó de encima en el último segundo y se vino sobre mi vientre, en chorros largos, calientes. Yo lo veía en el espejo. Yo veía cómo le bajaba por la mano mientras todavía me sostenía.

***

Después se quedó un rato sin hablar. Me limpió con una toalla del baño, me llevó a su cama y me abrazó por detrás. Me dijo en voz muy baja, casi como si hablara consigo mismo, que nunca había imaginado que yo le entregaría algo así. Que no sabía qué iba a pasar a partir de ahora. Que no se arrepentía.

Yo tampoco. Me quedé dormida con su brazo cruzado sobre mi cintura y el latido de él contra mi espalda. Esa fue la primera noche de muchas que vinieron después, y que tal vez les cuente más adelante. La primera vez que entendí que mi cuerpo no era un secreto que tuviera que guardar para nadie. La primera vez que me sentí, por fin, dueña de mí misma.

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Comentarios (7)

Mati_Sur

increible, de los mejores que lei en mucho tiempo!!

Julia_BA

Por favor tiene que tener segunda parte, quede con ganas de saber como siguio todo despues de esa noche

Rodrigo_ba

Que buena narrativa, se siente real y autentico. Sin pasarse de la raya pero con todo el detalle necesario. Seguí escribiendo!

Lorena_viajes

Me recordó algo que viví en casa de unos primos cuando era adolescente jaja, aunque mucho más inocente que esto. Me encantó.

ElLectorK

Y como termino todo? Espero que haya alguna continuacion por ahí

CintiaRV

Se me hizo cortísimo de lo atrapante que estaba leyendolo, tremendo

DiegoR_Pque

Ese momento de la puerta... muy bien construido. Gran relato.

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