El tío de mi marido me esperaba en la madrugada
Me llamo Renata. Lo que voy a contar pasó hace dos años, pero todavía no he podido (ni querido) cortarlo. Sigo viéndome con él a escondidas, cuando se puede.
Estoy casada, trabajo media jornada porque sigo en la universidad. Mi marido, Iván, tiene un puesto de mucha responsabilidad, gente a cargo, viajes seguidos. Yo no soy de las que se quejan por eso. Hasta esa noche, nunca se me había cruzado por la cabeza traicionarlo.
Era invierno. Iván viajaba viernes y sábado, y justo el sábado había una fiesta importante: el cumpleaños de uno de sus mejores amigos, también amigo mío. Acordamos que iría yo sola con Sol, mi mejor amiga desde la facultad.
Me arreglé más de la cuenta. Vestido azul corto, tacos altos, un escote que mi marido habría mirado dos veces antes de dejarme salir, y un saco encima por el frío. Sol me pasó a buscar, me silbó como hacen los hombres en las películas viejas y subimos al taxi entre risas.
Llegamos a la fiesta cuando ya había gente. Apenas crucé la puerta, me topé con Damián, el tío de Iván. Treinta y siete años, separado hacía pocos meses, con la custodia de sus dos hijas. Alto, piel clara, robusto sin ser gordo. Lo conocía de las cenas familiares, siempre serio, siempre correcto. Esa noche sonreía distinto.
—Vaya, viniste sola —me dijo, abrazándome, y la mano se le quedó un instante de más en mi cintura.
—Iván no podía. Viajó por trabajo.
—Mejor para mí. Te invito un trago.
Lo digo en serio: no me atraía. Damián era familia. Lo había visto hacer asado con delantal y discutir de fútbol con mi suegro. Pero esa noche llevaba la camisa abierta dos botones más de lo normal y olía a un perfume amaderado que no le conocía.
Las horas pasaron entre música y copas. Sol y yo nos pegamos a Damián y a tres amigos suyos, todos divorciados o divorciándose, todos más mayores que nosotras. En un momento, Damián se inclinó sobre mi hombro y me dijo al oído:
—Tu amiga me gusta.
—Avísale, no muerde —contesté, riéndome.
Sol también preguntaba por él, así que la cosa pintaba bien. Cuando la fiesta empezó a aflojar, Damián propuso seguirla en su casa. Compramos vino y ron en un kiosco abierto y nos fuimos seis al departamento, Sol prendida de su brazo, riéndose de todo lo que él decía.
Antes de salir le mandé un audio a Iván contándole lo del afterhours. Mi marido no es celoso. Me respondió con un emoji y un «cuídate, amor». No imaginaba.
***
El departamento de Damián era amplio, con vista a una avenida mojada por la lluvia. Pusimos música, seguimos bebiendo. Cerca de la medianoche, Sol recibió una llamada: su madre se había descompuesto. Se le fue el color de la cara.
—Te acompaño —le dije.
—No, quédate. Vivo a diez cuadras, ya pido un Uber.
Insistí dos veces. Ella insistió tres. Le hice caso. La acompañé hasta el ascensor y volví al living. Quedaban Damián y dos de sus amigos.
Iván me escribió: «Llego a las seis de la mañana, pásame a buscar al aeropuerto». Le dije que sí. Calculé las horas: me quedaban menos de seis. Si no me iba ya, no dormía.
—Una más y me voy —dije.
Una se hizo tres. Uno de los amigos de Damián propuso jugar a verdad o reto. Estábamos los cuatro tirados en el living, las luces bajas, una balada lenta de fondo. Aceptamos como aceptan los borrachos: sin pensar.
Las preguntas empezaron tontas y se fueron poniendo pesadas. Cuando me tocó a mí, el más joven preguntó:
—¿Con pelo o sin pelo?
Tardé un segundo. Después entendí. Me reí.
—Sin —dije.
—¿Calvos? —preguntó Damián, fingiendo no entender.
—Calvos.
Nos matamos de risa los cuatro. Pero algo se me había prendido por dentro. La forma en que Damián se rió, mirándome de costado, dejó claro que él sí había entendido a la primera.
A las dos, sus amigos se fueron. Damián les abrió la puerta, volvió, me miró y dijo:
—Quédate. Hace frío para que vuelvas sola a esta hora.
—Solo un rato. Tengo que ir al aeropuerto.
Me tiré en el sofá grande con una manta encima. Damián se fue a su cuarto. Cerré los ojos y no sé en qué momento me quedé dormida.
***
Me desperté con frío. El reloj del microondas marcaba las cuatro. La calefacción se había cortado en algún momento de la noche. Me levanté para ir al baño y mojarme la cara.
La puerta del baño estaba entreabierta. La luz amarilla salía por la ranura. Empujé un poco, sin pensar, y me detuve.
Damián acababa de salir de la ducha. Estaba de espaldas, secándose la nuca con una toalla, completamente desnudo. Cuando se giró, lo vi de frente.
No me importó la cara, ni el pecho, ni los hombros. Lo único que registré fue lo que tenía entre las piernas. Más grande que el de mi marido. Mucho más. Me quedé ahí, sin moverme, mirando, sin retirarme.
Esto no me puede estar pasando.
Hasta ese segundo no había sentido absolutamente nada por él. Lo juro. Pero lo que vi me cortó la respiración. Toqué la puerta para anunciarme, para fingir, para algo. Damián se cubrió rápido con la toalla.
—Pensé que dormías —dijo, sin enojarse, casi divertido.
—Vine a mojarme la cara. Discúlpame. ¿No tendrás una manta más? Hace un frío bárbaro.
—Ahora te llevo una.
Volví al sofá. El corazón me golpeaba en las costillas. No era atracción todavía. Era curiosidad pura, esa curiosidad fea que sabes que no debería estar ahí. Damián me trajo la manta, se sentó en el sillón de enfrente y me miró un rato sin decir nada.
—Me viste —dijo al fin.
—Sí.
—¿Y?
—La tienes más grande que mi marido.
Se rió bajo, mirando el techo.
—Eso fue a medias. Espera a verla entera.
El silencio que siguió fue largo. Yo, en el sofá, con su manta encima, todavía con el vestido azul. Él, con un pantalón de pijama y nada arriba, mirando hacia ningún lado. La cabeza me daba vueltas y no era por el alcohol.
—Muéstrame —le dije.
No me creí a mí misma cuando lo dije. Damián tampoco, parece, porque tardó en reaccionar. Después me agarró las dos manos, despacio, y se levantó. Se bajó el pantalón delante de mí y se sentó otra vez. Yo me bajé del sofá y me arrodillé.
Lo tenía a centímetros de la cara. Crecía despacio, como si quisiera darme tiempo de arrepentirme. Se llenaba solo, con venas marcadas a los costados, y seguía creciendo. Damián no se movía. Miraba el techo. Lo agarré con las dos manos y todavía me sobraba.
—Quítate las cosas —dijo, sin mirarme—. Quédate solo con el vestido y los tacos.
Me quité el saco, las medias, las chinelas que él me había prestado. Me puse los tacos. Volví al piso, en la misma posición. Le besé la punta. Le besé la base. Bajé la lengua hasta sus testículos, perfectamente afeitados, como si hubiera sabido que iba a pasar esa noche. No sé cuánto estuve así. Quince minutos, quizás veinte. Sentía cómo me empapaba debajo del vestido.
Lo solté un segundo. Me levanté. Lo miré a los ojos por primera vez en toda la noche, y él me devolvió la mirada. Ahí entendí que ya no había marcha atrás. Nos besamos con la boca abierta, sin culpa, sin asco, sin Iván en la cabeza.
***
Me senté encima de él, todavía con el vestido. Su sexo rozaba mi tanga por encima de la tela. Me agarró con las dos manos y me apretó contra él. Yo me movía despacio, como si me estuviera penetrando, y se sentía casi igual.
—Si no fuera por el vestido… —murmuró.
—Sácamelo.
Me lo sacó por la cabeza en un solo movimiento. Quedé en ropa interior y tacos. Damián me desabrochó el corpiño, me lamió los pechos, me mordió un pezón con cuidado y después con menos. Su mano libre me recorría la espalda, los muslos, la cintura. No iba apurado. Era el ritmo de alguien que se había guardado esto durante demasiado tiempo.
Me empujó al sofá grande, abrió mis piernas y se metió entre ellas con la boca. Apartó la tanga de un tirón. Me chupó entera, sin formalidades, sin pedir permiso. Yo me retorcía, agarraba el respaldo, tapaba la boca con un almohadón. Pensé en los vecinos, en mi suegra, en Iván aterrizando en alguna pista a esa hora, y aun así no podía parar.
Cuando levantó la cara, fue para subir besándome el ombligo, los pechos, el cuello. Sacó del bolsillo del pantalón unos preservativos y, con ellos, una pastilla azul que rodó hasta el piso. La vi. Las había visto antes, en el cajón de Iván. No dije nada. Pensé: esto va a ser largo.
—Damián, ya. Por favor.
Se puso el preservativo. Me lo metió de a poco, no porque le costara entrar, sino para que yo lo sintiera centímetro a centímetro. Cuando estuvo entero, le clavé las uñas en la espalda baja y lo tiré contra mí. Solté un grito que tuvieron que escuchar los vecinos del piso de abajo.
Se empezó a mover y no paró. Saca y mete, fuerte, sin mirarme. Después con los ojos clavados en los míos. Me dio vuelta. Me puso de costado. Me sentó arriba. Cabalgué su sexo tanto rato que se me acalambraron los muslos, y aun así no quería bajarme. Me agarraba los pechos, me los mordía cuando subía, me apretaba el cuello con la palma abierta cuando bajaba. Era otra persona. Yo también lo era.
En algún momento el preservativo se quedó atrás. No me di cuenta enseguida. Lo sentí distinto, más cálido, más resbaloso, y entendí. No le dije que parara. Damián tampoco frenó. Estábamos los dos empapados, oliendo a sexo, transpirados como animales.
—Voy a acabar —dijo de pronto.
Me sacó de encima, se agarró él mismo, frente a mi cara, queriendo terminar afuera. No lo dejé. Lo empujé al sofá, me senté otra vez y bajé hasta el fondo. Sentí cómo se me llenaba por dentro, caliente, mucho. Tanto que cuando me levanté me caía por los muslos. Las piernas me temblaban como si recién me hubiera bajado de un colectivo en movimiento.
Me acosté de costado, dándole la espalda. Damián me abrazó por atrás y me besó la nuca.
—Tío, gracias —le susurré, medio dormida—. Gracias por todo esto.
***
Me despertó él. Eran las siete. Mi celular tenía cinco llamadas perdidas de Iván. Estaba abajo, en la puerta del edificio.
Me vestí en treinta segundos. Me lavé la cara, me enjuagué la boca con un colutorio que Damián me alcanzó. Él pulverizó ambientador en el living y cambió el cubrecama del sofá antes de bajar a abrirle.
Iván subió. Yo estaba haciéndome la dormida. Me dio un beso en la boca, despeinado, recién aterrizado, y no sospechó nada. Damián hizo café. Le contamos, riéndonos, que se me había hecho tarde y que me había caído seca en el sofá. Iván se lo creyó todo.
Cuando bajamos, antes de irnos, Damián me agarró del brazo en la cocina y me devolvió mi tanga. La había encontrado debajo del sillón.
—Quédatela —le dije—. Me la devuelves en otro momento.
***
Eso pasó hace dos años. Como les dije al principio, no fue la primera vez ni la última. Sigo viendo a Damián cuando puedo, en su departamento o en algún hotel cerca de la facultad. Iván nunca se enteró. Tal vez nunca se entere. Tal vez yo, una de estas noches, decida contárselo. Por ahora, prefiero la tanga guardada en un cajón ajeno y el sabor amaderado de su perfume cuando me despido.
En otra ocasión les cuento la segunda vez. Esa fue distinta. Esa la planeamos.