Mi tío me arrinconó al fondo del jardín esa noche
Me llamo Camila Andrea, tengo veintiséis años y trabajo en la oficina administrativa de un edificio corporativo en Bogotá. Lo que más me gusta de mi cuerpo es la cintura: estrecha, marcada, hace que todo lo demás se vea bien. Las nalgas, redondas y firmes de tantos años de yoga. El pecho, mediano y parado. Soy vanidosa y lo sé. Salgo a correr cuatro veces por semana y voy al gimnasio tres. Allá conocí amantes que valieron la pena. De ellos hablaré otro día.
Hoy quiero confesar algo que me encanta y que sé que no debería contar. Pero me encantó en su momento y me sigue encantando cada vez que lo recuerdo. Empezó cuando despegué la vista de los libros y del espejo, y por fin me permití mirar a los hombres como mujer y no como niña esperando admiración. Quería algo intenso. Los chicos que me pretendían me parecían planos, predecibles, casi tristes. Tenía diecinueve años y creía buscar una relación. Estaba equivocada. Cuando descubrí el placer carnal, todo cambió.
Mi familia es grande. Tías, tíos, primos en serie, sobrinos que ya casi son adolescentes. En las familias así, las edades se mezclan. Mi tío Sebastián era el menor de los hermanos de mi mamá, apenas siete años mayor que yo. Cuando yo tenía diecinueve y él veintiséis, ya se veía mejor que cualquier compañero de la universidad: alto, hombros anchos, una sonrisa que sabía usar. Siempre me había dicho cosas. Que cómo había crecido. Que cuidado con esos vestidos. Que el novio que me consiguiera iba a tener que ser muy hombre para aguantarme.
Yo me ponía nerviosa cuando hablaba así. No el nervio incómodo de una sobrina que quiere salir corriendo, sino el otro. El que se siente más abajo. Empecé a buscarlo en los almuerzos del domingo, en los cumpleaños, en las navidades. Me sentaba a su lado, le pasaba el plato, me reía más fuerte de sus chistes que de los de nadie. Él no se hacía el desentendido. Si se alejaba, era para verme mejor. Si se acercaba, era para tocarme.
Nunca dijimos nada con palabras. La mano en la pierna debajo del mantel. La palma en la cintura cuando pasaba por detrás. Una vez, en una posada, me dio una nalgada disimulada al cruzarse en el pasillo. Así no se le toca a una sobrina, pensé esa noche, y me dormí pensándolo.
El día que terminé de descartarme fue en las bodas de oro de mis abuelos. Cincuenta años de matrimonio, jardín alquilado al norte de la ciudad, mariachi al final. Yo llegué en un vestido negro corto, con la espalda al aire, y supe en cuanto crucé la entrada que esa noche iba a pasar algo. Sebastián estaba en la barra. Me vio entrar y se demoró en mirar para otro lado.
Después de la cena saqué a bailar a varios primos para disimular. Cuando le tocó el turno a él, no se negó, pero noté que estaba tenso. Bailar conmigo en medio del jardín, con toda la familia mirando, era distinto a tocarme bajo la mesa. Si me ponía la mano donde la quería poner, lo veían. Decidí ayudarlo.
—Tío —le dije al oído—, ¿me acompañas a fumar?
—Vamos —contestó al segundo—. Por allá vi unas bancas.
Caminamos hacia el fondo del jardín, lejos de las luces y del mariachi. Las bancas que él había señalado quedaron atrás. Yo seguí caminando y él me siguió. Al final del terreno había un bloque de concreto rectangular, una especie de mesa baja, quizás un soporte para una jardinera vieja. Dejé la cartera encima y me apoyé contra el borde. Saqué el cigarro, lo encendí y le pasé la cajetilla.
—Estaba floja la fiesta, ¿no? —dije, soltando el humo.
—Bastante —respondió. Estaba parado tan cerca que tenía que levantar la cabeza para mirarlo a los ojos—. Pero igual y sale algo más entretenido por aquí.
Miró a los lados. No había nadie. Me puso la mano izquierda en la cintura y me atrajo hacia él. Le pasé el cigarro.
—Podría ser —contesté—, si tú quieres.
Me hice atrás para sentarme en la mesilla de concreto y abrí un poco las piernas. Sebastián siguió la línea de mi vestido con la mirada y soltó el humo lento.
—Eso no se pregunta —dijo, y se metió entre mis rodillas. Me apretó por la cintura—. Nos traemos ganas, ¿no?
—Por eso solo traigo tanga —le dije, y me aparté la falda del vestido a un lado.
No esperó. Me metió la mano antes de que terminara de subirme la tela. Sentí sus dedos sobre la tanga ya mojada y se me escapó una risita. Lo había imaginado mil veces y la realidad iba más rápido. Movía la mano con un ritmo que sabía lo que hacía. Le abrí más las piernas, me bajé el vestido del frente y dejé los pechos al aire. Se relamió cuando los vio.
—Mírate —murmuró.
Yo bajé la vista a su entrepierna. Quería verla. Quería tocarla. Me puse tan ansiosa intentando desabrocharle el cinturón que él me apartó las manos y lo hizo solo. Cuando salió, la tuve enfrente: dura, gruesa, con una vena que la cruzaba a lo largo. La agarré sin pedir permiso y empecé a moverla. Él me chupaba un pezón, después el otro. Cada vez que pasaba la lengua por la punta yo apretaba más fuerte el coño contra el aire.
—Chúpamela —dijo sin despegarse de mi seno.
Me deslicé al piso. La hierba estaba seca y me arrodillé sobre el bajo del vestido. Abrí la boca y saqué la lengua antes de que él me la acercara. Me la pasó por los labios primero, despacio, como si no hubiera prisa. Después empujó. Yo tragué lo que pude y la mano se me fue al fondo. Soltó un gruñido, me puso la mano en la nuca y empezó a moverla él. Solté arcadas. No me importó. Quería que me llenara, que me ahogara un poco, que me pasara por encima.
—Así, sobrina —jadeó—, qué rico la chupas.
Lo escuché perfectamente, aunque por encima de mi cabeza el mariachi seguía sonando lejos. La palabra sobrina me apretó algo por dentro. Me la dijo varias veces, como si la quisiera marcar.
Después me jaló para volver a sentarme en el concreto. Me abrió las piernas, hizo la tanga a un lado y bajó la cabeza. La primera lamida me arrancó un gemido que tuve que tapar con la mano. Me cogía las nalgas con las dos manos para acercarme más a su boca. Cerré los ojos. La música, las voces lejanas, el frío del concreto en los muslos, todo se mezcló.
—¿Te gusta? —preguntó, levantando la cara.
—Sí —jadeé.
—Esto te va a gustar más.
Se enderezó, se frotó la punta contra mi sexo, dio dos golpecitos con ella en mis labios y, cuando yo ya estaba abriendo más las piernas, empujó. Entró hasta la mitad de un solo movimiento. Solté un grito corto y él me tapó la boca con la mano.
—Shh —dijo bajito, sin parar de mover las caderas.
Me dejó la otra mitad despacio, con un gemido ronco, y se quedó quieto un instante. Yo lo apreté por dentro a propósito y le saqué una sonrisa de medio lado.
—Mierda —murmuró—. Qué coño tan rico.
Empezó a moverse. Al principio con cuidado, después no. Mis pechos rebotaban en cada empuje. Me agarró de las piernas para acercarme más al borde de la mesilla y me cogió duro, seguido, con un ritmo de hombre que se sabe cada calle. Yo gemía bajito, mordiéndome el dorso de la mano, hasta que dejé de morder. Si alguien venía, que viniera. Lo único que existía en el mundo era el sonido húmedo entre los dos y la mirada de él.
—Te mojas como una buena puta —dijo, y eso me terminó de quebrar.
Sentí el calor subir desde el vientre, llenarme las piernas, llegar al pecho. Me puse a temblar y solté un gemido largo que no pude controlar. Mi tío me cogió como un poseso un par de minutos más, jadeando casi sin aire, sacándole hasta la última oleada al orgasmo.
No me dejó respirar. Salió, me dio la vuelta y me puso de cuatro contra el bloque de concreto. La mesilla quedaba a un desnivel raro: terminé apoyada con los codos en la piedra, las nalgas en alto, las rodillas todavía sobre el bajo del vestido en el piso. Posición perfecta para él.
—Pero qué culo, Cami —murmuró, recorriendo la curva con la palma—. Se ve más grande así.
Me dio una nalgada que me hizo cerrar los ojos y me ensartó de nuevo. No tuve tiempo para responder al golpe. Empezó a cogerme a un ritmo más bruto que antes. Cada empuje sonaba contra el silencio del fondo del jardín como una bofetada. Me agarró de las caderas y me jaló hacia él una y otra vez. Las rodillas me dolían y no me importaba.
—Sabía que ibas a terminar siendo mi perrita —dijo entre dientes.
Yo no podía contestar. Tenía la boca abierta, los ojos a medio cerrar, y solo me salían gemidos. De vez en cuando me sacaba la verga y me golpeaba con ella las nalgas, jugando, antes de volver a meterla. Después de un rato sus jadeos cambiaron. Más profundos, más espaciados. Las metidas más lentas, más fondas.
—Voy a venirme —avisó.
Salió justo a tiempo y me llenó la espalda baja y las nalgas. Sentí el calor caer y se quedó quieto, con la mano todavía agarrándome de la cadera, jadeando. Yo apoyé la frente sobre el concreto. Tenía las piernas mojadas y temblaban. El coño me palpitaba como si tuviera vida propia. Estaba completamente satisfecha.
***
Me limpió la espalda con un pañuelo que llevaba en el bolsillo y volvió a sentarme sobre la mesilla. El frío de la piedra contra las nalgas doloridas era casi un alivio. Se acomodó entre mis rodillas y me puso las dos manos en la cintura. Yo le apoyé una sobre el pecho. El corazón le iba todavía rapidísimo.
—¿Eso era lo que buscabas, sobrinita? —preguntó, acercando la cara a la mía. No era para besarme. Era para hablarme bajito al borde de los labios—. ¿Una buena cogida? ¿Era eso?
—Me fue mejor de lo que esperaba —dije, y le mordí el labio inferior. Le pasé los brazos por el cuello—. Coges bien, tío.
—Ahora que ya probé este coño no me voy a quedar con las ganas —contestó, y me apretó un pecho con la palma abierta, dando vueltas lentas—. Cuando se me antoje, te voy a ir a buscar.
No le contesté con palabras. Lo besé. Esa promesa fue el verdadero trato. Nuestro secreto sucio, el placer prometido, el saber que en cada cumpleaños, en cada Navidad, en cada cena de domingo iba a haber un momento en que él me iba a buscar la mirada y yo iba a entender. La idea de ser la perrita de mi propio tío me dejó cachonda otra vez antes de que termináramos de arreglarnos la ropa.
Cuando volvimos a la fiesta, nadie había notado nada. Mi mamá estaba bailando con mi papá. Mis abuelos posaban para una foto al lado del pastel. Mi tío fue al baño primero, yo después. Brindamos por las bodas de oro. Bailamos otra vez, esta vez sin tocarnos, y cuando se cruzaban nuestras miradas yo me sentía mojada otra vez bajo el vestido.
Aquella noche entendí dos cosas. La primera, que lo que me gustaba en serio no era un noviecito de la universidad. La segunda, que mi tío no iba a ser el último secreto sucio que tuviera. A partir de ese día le di rienda suelta a todo lo que hasta entonces había imaginado encerrada en mi cuarto. Vinieron otros hombres, otros lugares, otras promesas. De ellos hablaré otro día.