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Relatos Ardientes

Mi hermano y un extraño me llevaron al bosque

La idea fue de Bruno. Habíamos cenado en casa de mis padres y, entre el postre y el café, mi hermano puso esa cara de aburrimiento que conozco demasiado bien.

—Salgamos a tomar algo —dijo.

Era un martes de agosto, la noche más sofocante del mes, y yo llevaba tres días sin ver a Diego, mi novio, que andaba en un viaje de trabajo. Acepté antes de pensarlo.

Cogimos su coche y conducimos hasta una terraza de moda en las afueras, uno de esos sitios con luces de neón que pretenden parecer modernos sin terminar de conseguirlo. Cuando ya cruzábamos la puerta, Bruno se chocó con dos compañeros de la facultad. Se pararon a recordar batallitas y, a los dos minutos, supe que aquello iba para largo.

—Te espero dentro —le dije—. Búscame en la barra.

Entré sola. Llevaba el pelo recogido en una coleta floja y un vestido negro corto que se me ajustaba a las caderas con cada paso. Pedí un gin-tonic, me senté en un taburete alto y dejé que el ruido del local me envolviera. Fue entonces cuando lo vi al otro lado de la barra.

Castaño, con barba de tres días y una camiseta gris que se le tensaba sobre los hombros. Jugaba con un mechero que no encendía. Nuestras miradas se cruzaron una primera vez. Aparté la vista y fingí concentrarme en la copa, pero la nuca me ardía: sabía que él seguía mirando.

—¿Está libre el taburete? —preguntó una voz grave a mi derecha.

Lo tenía al lado, con una cerveza en la mano y esa sonrisa que prometía complicaciones.

—Solo si tú lo quieres —respondí.

Se rió bajito y se acomodó sin pedir más permiso.

—Mateo. Y no muerdo, aunque lo parezca.

—No estaría tan segura.

Se inclinó un poco más cerca. Olía a madera y a cerveza fría.

—¿Y tú cómo te llamas, desconocida del gin-tonic?

—Camila.

La conversación fluyó con una facilidad que me sorprendió. Mateo tenía ese humor seco que pide réplica, y yo no estaba dispuesta a quedarme callada. De reojo vi a Bruno entrar al local. Le hice un gesto disimulado con la mano para que no se acercara. Entendió: se colocó al otro extremo de la barra, pidió su copa y se quedó allí, observando.

—¿Y qué te trae a un sitio como este? —preguntó Mateo.

—El aburrimiento. ¿Y a ti?

—Lo mismo. Aunque ya empieza a pasárseme. —Apoyó el codo en la barra—. Tengo coche y ninguna prisa por volver.

La propuesta colgó en el aire un segundo más de la cuenta. No era la primera vez que un desconocido me decía algo parecido, pero sí la primera en la que me lo pensé en serio. Diego y yo teníamos una relación abierta desde hacía un año, desde aquella noche en la que él, Bruno y yo terminamos en un trío que cambió las reglas del juego para los tres. Llevaba tres días follando solo con mi hermano, y la idea de subirme a un coche con un extraño me tiraba más de lo que estaba dispuesta a admitir.

Aun así, se me cruzó una idea distinta.

—Entiendo que quieres algo más que charlar —murmuré.

Mateo soltó una carcajada baja.

—Entiendo que tú también lo quieres.

Sonreí. Señalé con un movimiento mínimo de la barbilla hacia el otro extremo de la barra.

—¿Ves a aquel tipo del fondo? Me ha propuesto lo mismo hace un rato. Me gusta. Pero está solo, y esta noche tengo ganas de jaleo. Solo no me parece suficiente.

Mateo siguió la dirección de mi mirada y enarcó una ceja.

—Yo he venido con amigos. Pero imagino que prefieres a ese.

—A los dos —corté.

Se rió otra vez, y esta vez con ganas. Me bajé del taburete y crucé hasta donde estaba Bruno. Le costó un par de minutos aceptar el papel: hacernos pasar por desconocidos, dejar que Mateo nos juntara como si la idea fuera suya. Al final cedió. Nunca ha sabido decirme que no a algo que sospecha que voy a disfrutar.

Salimos los tres del local con una caja de preservativos recién comprada en la máquina del baño. El aire de la noche era apenas más fresco que dentro. Cruzamos el aparcamiento hasta un Camaro granate que parecía haber visto tiempos mejores. Mateo al volante, Bruno detrás, yo de copiloto.

—Lo restauré yo —dijo Mateo cuando arrancó—. Lo encontré en un desguace. Cada tornillo lo he puesto yo.

—Eres un manitas, entonces.

—Algo así.

El interior olía a cuero viejo y a algo dulce, como un cigarrillo aromatizado fumado horas antes. Conecté el móvil al equipo y elegí una lista que sonara discreta. La ciudad quedó atrás, reemplazada por campos abiertos y la luz ocasional de alguna casa lejana. El silencio entre los tres no era incómodo, sino cargado, como si cada uno midiera al otro esperando el siguiente movimiento.

***

Mateo giró por un camino de tierra que se metía en una arboleda. Los faros recortaban troncos y hojas secas crujiendo bajo las ruedas. Detuvo el coche en un claro donde la luna se filtraba entre las ramas. Apagó el motor. El silencio nos cayó encima, roto solo por el crujir del metal enfriándose.

—Aquí estamos lejos de miradas curiosas.

Asentí. El aire dentro del Camaro se había vuelto denso. Mateo me rozó el brazo con la mano, una pregunta más que una afirmación.

—¿Qué te gustaría que pase?

Giré la cabeza hacia él. Sonreí a medias.

—Depende de lo que estéis dispuestos a ofrecer.

Bruno habló desde el asiento de atrás, su voz cortando como una navaja.

—Esta no parece de las que se apresuran.

—¿Y tú qué sabes de mí? —respondí, arqueando una ceja.

—Solo lo que veo. Y veo a alguien que no está aquí por casualidad. Veo a una zorrita con ganas de jaleo.

El comentario me sorprendió. No respondí enseguida. Me recosté en el asiento, dejé que el cuero crujiera, crucé las piernas con la lentitud necesaria para que Mateo no apartara los ojos. Estaba disfrutándolo: el control, la tensión, los dos hombres orbitando alrededor de una decisión que era mía. Sentía el pulso latiéndome en las muñecas, en la garganta, un ritmo que se aceleraba con cada segundo.

Mateo deslizó la mano por mi muslo, un gesto casual que no lo era en absoluto. Subió hasta la ingle, apartó la braguita a un lado y encontró el clítoris con la yema del pulgar. Separé las piernas un poco más sin pensarlo.

—Veo que tu mano sabe algo más que arreglar coches —murmuré.

Bruno se inclinó desde atrás y me cubrió los pechos con las dos manos. La intensidad con la que apretaba era distinta de la suavidad de Mateo, complementaria. Yo gemía bajo, intentando no perder el hilo.

—Aquí dentro no hay sitio —dije—. Y el suelo del bosque no me parece cómodo.

Mateo cruzó una mirada con Bruno por el retrovisor, una de esas conversaciones mudas entre dos hombres que ya saben lo que viene.

—Podemos hacerlo uno primero y luego el otro —propuso.

—Turnos cortos —respondí entre jadeos—. Quiero que dure. Y con condón, sin eso no hay nada que hacer.

Aceptaron los dos. Me daba rabia ver a Bruno fingiendo que era la primera vez, pero había que guardar las apariencias. Me quité la braguita despacio, contoneando las caderas, después el vestido y al final el sujetador. Mateo se relamió.

—Si vestida estaba buena, así desnuda no veas, tío —le dijo a Bruno.

Repté entre los asientos hasta el de atrás. Bruno se desnudó, le hice una mamada breve y le puse yo misma el preservativo. No estaba para juegos previos.

—Métesela hasta el fondo —animó Mateo desde delante—. Esta zorrita tiene buenas tragaderas.

Bruno se arrodilló entre mis muslos en el espacio imposible del asiento trasero. Entró despacio.

—Le cabe entera. Y todavía pediría más —dijo, siguiéndole el juego al otro.

—Yo se lo voy a llenar todo —presumió Mateo—. El culo también, porque seguro que admite, ¿verdad, zorra?

—Es lo que más me gusta —musité, sin romper el contacto visual.

Sentí a Bruno acelerar, su respiración subiendo de revoluciones. Lo conozco demasiado bien: estaba a punto de correrse, llevado por la situación. Le pedí que parara un instante. Cambio de turno.

Mateo no esperó señal. Ya estaba desnudo. Le pidió a Bruno que ocupara el asiento del copiloto y se enfundó el preservativo. Apenas me penetró, supe que iba a ser distinto. Había rabia en su forma de embestir, una contención liberada que contrastaba con la calma de mi hermano. Las manos de Bruno me buscaron los pechos desde el otro asiento mientras Mateo me destrozaba por dentro. Me corrí gritando, repitiendo gracias sin saber muy bien por qué, suplicando entre sollozos que no parara. La música seguía sonando al fondo, un eco distante que marcaba el ritmo de los latidos.

—Esta tía tiene aguante —jadeó Mateo recuperando el aire—. Estoy sudando como un pollo. Aquí dentro no se puede.

—Yo iba a decir lo mismo —respondió Bruno con familiaridad—. Mejor afuera.

***

Salimos del coche. El aire del bosque me golpeó la piel, un contraste delicioso con el calor pegajoso del Camaro. Mateo me tendió la mano y tiró de mí. Había una autoridad suave en su voz cuando me pidió que lo siguiera, y no la cuestioné.

Acepté de pie, con medio cuerpo asomado por la ventanilla bajada del coche, las manos apoyadas en el cuero del asiento. Mateo se colocó detrás. Tanteó la zona con la verga y empezó a clavarla muy despacio. Giré la cabeza para mirarlo. Sus ojos eran dos cuencas oscuras bajo la luna, y había en su expresión una mezcla de diversión y algo más profundo.

—¿Seguro que aguantas? —murmuró.

—Segurísimo.

El filo juguetón de mi voz lo encendió. Cada empuje fue una chispa alimentando un fuego lento, pero inevitable. Con medio cuerpo desnudo fuera del coche y los pies en las hojas secas, no tardé en correrme por segunda vez. Bruno observaba apoyado contra el capó, con esa sonrisa que se le pone cuando me ve disfrutar.

Mateo le cedió el sitio. Yo aproveché para salir del todo y respirar hondo. La luz de la luna bañaba el suelo. Los árboles formaban un círculo casi perfecto alrededor, como guardianes silenciosos de lo que pasaba.

—No me hagas esperar, Bruno —le dije mientras me recostaba bocabajo sobre el capó, los pies separados en el suelo, los pechos contra el metal frío.

—No hagas esperar a la dama —dijo Mateo—. Esta es más zorra de lo que pensaba. Nunca he visto a una tan dispuesta.

—Yo lo pensé desde que salimos del bar —contestó Bruno, acariciándome las nalgas antes de entrar.

Lo hizo en dos fases, con la calma de quien quiere que el espectáculo dure. Empecé a moverme yo también, adelante y atrás contra él, buscando que la penetración fuera más profunda y ágil. Los gemidos llenaban el claro como ecos, sonidos que rompían la quietud del bosque. Mateo no decía nada: tenía los ojos clavados en el punto donde la verga de Bruno entraba y salía.

De pronto caí en algo que se me había pasado por alto. Ninguno de los dos había pedido que les comiera la polla. Me separé del capó, le dije a Mateo que se sentara delante de mí, apoyé las manos a sus dos lados y me la fui tragando hasta que desapareció dentro de mi boca. Bruno volvió a mi espalda y siguió, aprovechando cada empujón para que yo mamara más hondo.

—No puedo más —avisó Bruno entre bramidos—. El culo de esta puta te ordeña sin que puedas remediarlo.

—Llénale la garganta, amigo —le animó Mateo—. Quiero verla tragar mientras le doy yo el final.

Cambiaron. Bruno se sentó delante de mí y me llenó la boca de semen mientras Mateo me daba las últimas embestidas en el culo. Sentí su pecho apoyado en mi espalda, su aliento en la nuca, sus labios rozándome la piel justo debajo de la oreja. Era una sensación abrumadora, estar atrapada entre los dos.

—Limpia la polla del otro, zorra. No dejes ni una gota.

—¿Esto es lo que querías cuando aceptaste venir? —preguntó Bruno con la voz ronca, los ojos fijos en los míos.

—¿Es esto lo que vosotros queríais? —respondí relamiéndome.

Bruno no contestó con palabras, solo con un gemido largo. Mateo, en cambio, salió de mí, me giró bruscamente, esta vez con cara enfurecida, como si quisiera borrarme la sonrisa, y me ordenó que me arrodillara delante de él. Obedecí al instante. Abrí la boca cuanto pude. Se quitó el condón y se metió hasta el fondo.

—Cómemela, jodida guarra —repetía sujetándome la nuca con las dos manos.

El mundo se redujo a ese trozo de bosque. Cada calificativo lo asimilaba como parte del juego. Reconozco que me gustaban incluso. Cuando Mateo se vino, varios chorros me golpearon la garganta. El aire olía a tierra húmeda y pino, y a algo más cálido y terroso que venía de él.

Se apartó para verme tragar. Sus ojos brillaban bajo la luna.

—Eres una putilla peligrosa, ¿lo sabías?

—¿Peligrosa? —repetí, repasándome la comisura con la lengua—. Habéis venido vosotros a mí, no al contrario. Yo solo quería un gin-tonic, y mira cómo he terminado: bebiendo leche, con el coño y el culo bien calientes.

Bruno se rió grave, un sonido raro y profundo que vibró contra mi piel mientras sus labios me rozaban el hombro. Su mano me bajó por la espalda hasta detenerse donde termina.

—No te hemos metido en nada que no quisieras.

No respondí con palabras. Me giré hacia él y lo besé. Fue puro fuego, una respuesta a ese desafío suyo de toda la vida. Él contestó con la misma intensidad, con las manos subiéndome por la espalda, atrayéndome más cerca.

El bosque se diluyó en un telón borroso. El aire fresco se mezclaba con el calor de las respiraciones y el roce de la tela mientras nos vestíamos despacio. Nadie habló durante un rato. El silencio era cómodo, lleno de una intimidad que no necesitaba palabras. El cielo estaba despejado, salpicado de estrellas que solo se ven lejos de las luces de la ciudad.

***

De vuelta a casa, ya en la cama, llamé a Diego aunque era tarde. Tenemos un pacto: cuando pasa algo, se cuenta. Le narré lo del Camaro, lo del claro, lo del capó. Su reacción fue la esperada: gratitud por no haberme guardado nada y alegría porque lo había disfrutado hasta extremos que ni yo había imaginado.

Me quedé mirando el techo en penumbra mucho rato después de colgar. Bruno dormía en su cuarto, al final del pasillo. Nunca habíamos dejado de querernos como hermanos, ni siquiera en las noches en las que terminábamos así. Y eso, esa noche, era lo único que me importaba.

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Comentarios (5)

fercho_noc

increible!!! uno de los mejores que lei por aca en mucho tiempo

DiegoBA

necesito la segunda parte ya, me quede con demasiadas ganas de mas

Marito_lector

muy bien narrado, se nota que sabes contar una historia. Seguí subiendo!

Valentina_mza

que tension desde el principio, me engancho de entrada y no pude parar hasta el final

Rodrigo_noche

me quede pensando un rato despues de leerlo, tiene algo que se siente muy real. Espero que tengas mas historias guardadas. Saludos!

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