Mi primera vez en un trío de hotel
Entré al hotel pensando que solo follaría con ella, pero cuando me vendaron los ojos entendí que ese trío iba mucho más lejos.
Entré al hotel pensando que solo follaría con ella, pero cuando me vendaron los ojos entendí que ese trío iba mucho más lejos.
Entré a brindar con ellos por curiosidad, pero cuando cerraron la puerta de la obra y me rodearon, supe que no iba a salir igual.
Fuimos a mirar y nada más, o eso dijimos antes de sentarnos en aquel sofá y notar demasiadas manos donde no debían.
Buscaba carne joven en el andén, y los tres chicos de la mochila de playa no sospechaban que la presa era ella quien los cazaba a ellos.
Iván y Lucía eran los nuevos del edificio, los más jóvenes, los que todavía aprendían. Esa noche les enseñamos que en nuestro grupo nadie se quedaba con las ganas.
Llegué a aquel departamento pensando en una copa de vino y una charla. No imaginé que esa tarde iba a entregarme a tres hombres a la vez.
Pensé que solo serían unas fotos más. No imaginé que las manos de los tres terminarían recorriéndome a la vez, ni que yo me dejaría llevar sin pensar en mi marido.
La conocía desde niños: dulce, callada, la esposa perfecta. Hasta que entré en aquel local de la ciudad y la vi tendida sobre la camilla, rodeada de hombres.
Yo solo iba de acompañante, lo juro. Pero cuando los dos entraron en la terraza, idénticos y sonriendo igual, supe que esa noche no me iba a portar bien.
Nadia se arrodilló frente al ventanal de cristal sabiendo que los vecinos del jardín de al lado no perdían detalle. Y esa fue apenas la primera tarde.
Estaba desnuda haciendo yoga frente a la camper, ajena a todo. Cuando abrió los ojos y nos tendió la mano, supe que esa mañana no volveríamos iguales a casa.
«Van a ser unas compras con final feliz», me dijo con esa sonrisa que no era inocente. No imaginé que esa noche acabaríamos en un laberinto de setos con otra pareja.
Llevaba un año escuchándola contar quién la tocaba mientras yo solo miraba. Esa nochevieja, con la copa en la mano, me susurró al oído que esta vez no me iba a quedar afuera.
El plan era perfecto: con el disfraz de mi amigo, mi esposa jamás sabría que el desconocido que la sacaba a bailar entre las máscaras era yo.
Habíamos quedado cinco para esa tarde de verano. A las siete sonó el teléfono, uno de nosotros no venía, y aun así abrimos la puerta a dos desconocidos.
Llevaba años guardando esa fantasía sin contársela ni a mi marido. Esa madrugada, en una casa que no era la mía, dejé de imaginarla y empecé a vivirla.
Le dije a mi marido que solo íbamos a tomar unos tragos con otra pareja. En realidad llevaba toda la semana planeando lo que terminaría pasando en ese departamento.
Sabía que aquel viaje cambiaría algo entre nosotros, pero jamás imaginé hasta dónde llegaría mi mujer cuando otro hombre empezó a darle órdenes.
Eran recién casados y nos pidieron que les mostráramos lo que sabíamos. Mi marido y yo nos miramos: aquella noche iba a ser muy larga.
El baño de visitas estaba ocupado, así que entré al cuarto sin pensarlo. Damián estaba ahí, solo, mirándome como quien llevaba semanas esperando ese momento.