Mi madre decía que purificarme era su deber sagrado
En cualquier sociedad, la fe siempre ha cumplido un papel particular: dar consuelo, marcar normas, sostener a comunidades enteras alrededor de un mismo libro o un mismo dogma. Existen miles de iglesias en el mundo, pero pocas tan extrañas y tan estrictas como la Hermandad de las Madres Redentoras, una corriente que sobrevive en silencio en algunos pueblos del interior y que casi ningún teólogo se atreve a estudiar de frente.
Para sus seguidores, la madre de cada familia es una santa enviada con un deber muy concreto: usar su propio cuerpo para purificar a sus hijos en cuanto cumplen la mayoría de edad y mantenerlos así fuera del alcance de cualquier influencia maligna. La doctrina lo dice de forma directa, sin metáforas, y los devotos la cumplen sin discutirla.
Quizá más de uno se pregunte cómo se ejecuta semejante regla. Para responder a esa duda voy a hablarles de una familia que sigue al pie de la letra cada uno de los preceptos de la Hermandad, sin un solo paso fuera del manual.
Marisol tiene treinta y nueve años y se ve más joven de lo que indica el documento. Es alta, de piel clara, melena castaña recogida casi siempre en una cola baja. Pertenece a un linaje devoto: su abuela, su madre y ahora ella, todas Madres Redentoras, todas convencidas de que los rituales heredados son más sagrados que cualquier sermón.
Andrés, su marido, tiene cuarenta y cuatro y es más callado que ella, aunque igual de intransigente. En su casa no se discute la doctrina: se cumple. La menor desviación se corrige. La menor falta se castiga. Andrés cree, sin asomo de duda, que la fortaleza espiritual de un hijo depende del rigor de la madre.
Camila, la hija mayor, acaba de cumplir veintidós. Lleva el pelo corto, los ojos del padre y un carácter que choca a cada minuto con las reglas de la familia. Se rebela cuando puede, se esconde cuando no, y sus padres ya casi esperan los resbalones para aplicar el siguiente correctivo.
Tomás, el menor, tiene diecinueve. Es flaco, bajo, más obediente que su hermana, y por eso mismo cualquier descuido suyo se vuelve doblemente grave a ojos de Marisol y de Andrés. Para ellos, perder a Tomás sería peor que perder a Camila: ella nació rebelde, él no.
***
La historia empieza una noche de martes, dentro del cuarto de Tomás. Marisol entró sin tocar, con una pila de ropa recién planchada apoyada en la cintura.
—Permiso, hijo —dijo, ya pisando la alfombra—. Te traigo lo que dejaste para lavar.
—Gracias, mamá —contestó él, y de un movimiento rápido escondió algo bajo la almohada.
Marisol se quedó quieta a tres pasos de la cama, con la ropa todavía en los brazos. Lo miró sin parpadear, con esa calma que en su casa siempre era la antesala de algo.
—¿Qué fue lo que metiste ahí abajo?
—Nada, mamá. Cosas mías.
Soltó la ropa sobre la silla y caminó hasta la cama. Tomás trató de adelantársele, pero ella ya tenía la almohada en la mano. Debajo apareció un disco de una banda llamada Sangre del Crepúsculo, con un pentagrama dibujado sobre la portada negra y la silueta de una cabra recortada al fondo.
—¿Esto qué es? —La voz le bajó un tono entero—. Te tengo dicho mil veces que la música satánica no entra en esta casa.
—Es metal, mamá. No es satánico. Es solo un grupo, lo escuchan todos en la facultad.
—Tiene un pentagrama en la tapa, Tomás. ¿Qué más necesitas para entenderlo? —Empezó a desabrocharse el delantal y la blusa al mismo tiempo—. Te hace falta una purificación, y te la voy a dar ahora mismo.
—Mamá, ya me purificaste tres veces hoy.
—Y si hace falta, te purifico diez. Es mi deber, hijo. No vine al mundo para nada distinto.
Marisol terminó de quitarse la blusa y se acercó. Tomás conocía ese gesto. Sabía que discutir solo prolongaba el ritual, y que cualquier resistencia se interpretaba como una prueba más de que el demonio estaba cerca.
Cuando ella le sostuvo la cara con las dos manos y lo besó, lo hizo despacio al principio, después con la urgencia que su iglesia le había enseñado a llamar fervor. Al separarse, un hilo brillante todavía les unía las bocas durante un segundo más de lo decente.
—Acuéstate —ordenó.
Lo empujó suavemente y se subió a la cama, colocándose sobre él en sentido contrario, con las rodillas a la altura de sus hombros. Lo que siguió duró casi una hora. Marisol guiaba el ritmo con esa naturalidad que solo da la repetición. Tomás obedecía, agotado pero excitado, con el pulso cada vez más rápido. En algún momento ella cambió de posición, bajó las caderas sobre las suyas, y empezó a moverse con la energía de quien cumple un deber y a la vez lo disfruta sin el menor asomo de culpa.
—Siente cómo el mal te abandona —murmuraba, mientras las puntas del cabello le caían sobre la cara—. Siente cómo entra otra vez la virtud.
No puedo seguir cumpliendo este papel toda la vida, pensó Tomás, justo antes de cerrar los ojos.
Cuando él terminó dentro de su boca, Marisol cerró los ojos un segundo, tragó, y se levantó como si volviera de rezar. Se vistió con la misma calma con la que se había desvestido.
—Listo, mi amor. Ya estás purificado. Reza antes de dormir, no te olvides.
—Sí, mamá —contestó él, demasiado cansado para decir otra cosa.
***
A la mañana siguiente, Marisol estaba arrodillada en la sala, con un rosario entre los dedos, cuando Andrés irrumpió arrastrando a Camila del codo. Discutían con esa voz baja que se usa cuando uno no quiere despertar al resto de la casa pero la pelea ya quemaba.
—¿Qué pasa? —preguntó Marisol, sin levantarse del piso.
—Mira lo que encontré entre sus libros —dijo Andrés, y dejó caer un cigarrillo de marihuana sobre la mesa baja, justo al lado del rosario.
—No es mío, mamá. Una amiga me pidió que se lo guardara, te lo juro.
—Ninguna hija de esta casa va a ser drogadicta —dijo Marisol, calma, mientras se ponía de pie y empezaba a desabrocharse el pantalón—. Esto pide castigo.
—Mamá, otra vez no.
Camila había dado un paso atrás, pero Andrés ya la sostenía por la nuca con esa mano grande de carpintero que tenía desde joven.
—Obedece a tu madre, Camila —le dijo al oído—. Es por tu bien.
La empujó hacia adelante y le bajó la cara hasta el piso, justo cuando Marisol terminaba de quitarse el pantalón y la ropa interior. Le sostuvo la cabeza con las dos manos y la apoyó contra la parte trasera de su propio cuerpo.
Marisol soltó un gemido ronco al sentir la lengua de su hija trabajando con esa rabia muda de quien obedece pero no quiere. Después, sin soltarla, caminó hasta el sillón, se sentó arriba de ella, y la inmovilizó con todo su peso.
—Cuando yo tenga un orgasmo, te levantas —dijo, calmada—. No antes.
Camila intentó liberarse. No pudo. Andrés, que ya tenía el saco puesto y el portafolios en la mano, se acercó a despedirse con un beso corto en los labios de su mujer.
—Veo que dominas la situación, mi amor. Yo me voy a la oficina.
—Que tengas buen día —contestó ella.
Marisol estiró la mano hasta el control y prendió el televisor mientras Camila seguía debajo, callada, cumpliendo el castigo que sus padres llamaban formación.
***
La noche siguiente los hermanos discutían en la sala por el control remoto. Tomás trataba de quitárselo a Camila, ella lo apretaba contra el pecho y se reía a medias.
—Hoy elijo yo —dijo ella—. Tú elegiste el martes.
—Llevas tres días seguidos eligiéndolo todo.
—Mentiroso.
Marisol y Andrés entraron juntos desde la cocina. Ella traía un repasador en la mano. Él, una taza vacía.
—¿Qué es esto? ¿Mis hijos peleando?
—No es nada, mamá —contestó Camila, soltando el control—. Una boludez.
—La biblia lo dice claro: cuando dos hermanos pelean, el diablo está cerca —explicó Marisol, y empezó a sacarse la remera ahí mismo, frente al sillón—. Esto pide una purificación doble.
Andrés asintió desde la puerta.
—Estoy de acuerdo. Llévalos a nuestra cama y haz lo que tengas que hacer, querida.
—Pero papá… —empezó Camila.
—Nada de peros —cortó él—. No hay tiempo que perder.
Marisol los condujo del brazo a la habitación matrimonial, cerró la puerta con llave, y los empujó hacia la cama. No hubo discusión. Se desvistió primero ella, después los ayudó a desvestirse a ellos sin apuro, con la misma tranquilidad con la que les ataba el cordón cuando eran chicos.
Lo que siguió fue largo. Marisol se acostó entre los dos, los besó por turnos, los acarició al mismo tiempo con las dos manos. Cuando uno protestaba, ella respondía con la misma frase que había aprendido de su propia madre veinte años antes.
—Esto no es por placer, mis amores. Es por sus almas.
No puedo creer que me esté gustando, pensó Tomás, mientras su madre lo guiaba sin palabras hacia la siguiente posición.
Camila aguantaba con la mandíbula apretada. Hacía años que no lloraba en estas sesiones; había aprendido que llorar solo las alargaba. Cerraba los ojos, contaba mentalmente del cien hacia atrás, y dejaba que su madre hiciera lo que tenía que hacer.
En algún momento, Marisol decidió que el ritual no estaba completo. Sacó del cajón un cinturón con arnés que solo usaba en las purificaciones más severas, hizo que Camila se acostara boca abajo, se subió sobre ella, y, al mismo tiempo, le pidió a Tomás que se ubicara detrás de ella. Lo hizo con una claridad que era casi pedagógica.
—Más fuerte, Tomás. Si no me das todo lo que tienes, la purificación no sirve.
—Mamá, ya no puedo.
—Entonces aprende a poder.
Cuando Tomás finalmente se desplomó sobre la cama, sudando, Marisol seguía con energía. Se puso de pie, se peinó con los dedos como si volviera de la cocina, y los miró a los dos.
—¿Escuchaste, demonio? —dijo en voz alta, hacia ningún punto—. Jamás vas a entrar a estos hijos. Yo siempre voy a estar acá. Aunque tenga que purificarlos diez veces por día.
Tuvo que insistir Camila para que su madre los dejara dormir.
—Mamá, basta. Mañana hay clase.
—Aún siento al maligno cerca.
—No está. Se fue. Te lo juro, mamá.
Marisol los miró un segundo. Suspiró. Se levantó de la cama, los tapó a los dos como cuando tenían diez años, y apagó la luz.
***
A la mañana siguiente, Marisol bajó a la cocina recién bañada, con el pelo todavía húmedo. Andrés ya tenía el desayuno listo: tostadas, café fuerte, jugo de naranja exprimido a mano.
—¿Cómo te fue anoche? —preguntó él, sin levantar la vista del periódico.
—Estaban más corrompidos de lo que pensaba. Me llevó hasta las cuatro.
—¿Y los chicos?
—Duermen todavía. Van a faltar a la primera hora, pero está bien. Las purificaciones largas se sienten al día siguiente.
Andrés sonrió. Apoyó el periódico, le sirvió café, le pasó la taza con las dos manos como si fuera una ofrenda.
—¿Sabes a quién me recuerdas cuando los purificas?
—¿A quién?
—A mi madre. Ella hacía exactamente lo mismo conmigo.
Marisol se permitió una sonrisa pequeña, casi tímida.
—Me halagas, pero todavía me falta para llegar al nivel de tu mamá. Ella era una santa.
—Estás más cerca de lo que crees. Eres la mejor madre de toda la Hermandad. Te lo digo en serio, no es solo el café hablando.
—Y tú el mejor marido —contestó ella, y le dio un beso corto, casi infantil.
Después rezaron juntos, agradecieron por la comida, agradecieron por los hijos, agradecieron por las enseñanzas de la Hermandad y por todo lo que ella había aprendido de su propia familia. Y desayunaron despacio, con la calma de quien sabe que mientras Marisol siguiera ahí, con las manos firmes y la fe intacta, el demonio no iba a poder con ellos.