Lo que pasó con mi primo en el trolebús esa madrugada
Hola.
Hace ya unos cuantos meses que no me siento a escribir nada por aquí. Desde la última vez que pasé por este rincón han ocurrido más cositas de las que puedo contar: algunas con lectores de esta misma página, otras tantas en mi día a día. No deja de impresionarme lo pequeño que es el mundo cuando una decide hablar abiertamente de lo mucho que disfruta el sexo.
Espero que te guste lo que vas a leer. Si te enganchas, hay relatos anteriores en los que podrás conocerme un poco más, y siempre puedes escribirme al correo que dejo en mi perfil.
Empiezo, como siempre, por la presentación. Soy delgada, con un cuerpo trabajado en el gimnasio a base de constancia. Lo que más enloquece a los hombres es mi culito: con jeans ajustados o con una falda corta, las miradas se me pegan en cuanto camino. Y eso, lo confieso, me prende más que cualquier copa.
Lo que voy a contarte pasó hace algunas semanas. Por costumbre prefiero salir con mi auto, pero las tormentas habían dejado la ciudad medio inundada y me convencí de que esa noche sería más sensato moverme en transporte.
Mis amigas habían organizado una salida después de varios meses sin juntarnos. Reservaron en un bar con karaoke y barra libre las primeras dos horas. Me arreglé con ganas: una falda negra cortita, una blusa con la espalda al aire y, debajo de todo, una tanga roja que sólo yo conocía. Tacones que casi nunca uso. Cuando entré al bar, sentí cómo varias cabezas giraban a verme. Esa fue mi primera dosis de la noche.
—Te ves bárbara, Camila —me dijo Sofía nada más sentarme—. Vas a romper corazones.
—Sólo pretendo divertirme —respondí, riéndome.
La noche fluyó como suele fluir cuando una mezcla mezcal con tequila y un karaoke malísimo. Cantamos, bailamos entre nosotras, brindamos por un par de cosas. Un grupo de tipos se nos arrimó al rato; les seguimos un poco la conversación, pero terminamos rechazando la invitación a bailar. Aun así, podía sentir cómo los ojos de uno de ellos no se despegaban de mí cada vez que caminaba al baño.
Al salir, cerca de la una y media, ya estábamos achispadas. Mis amigas pidieron un Uber para repartirse hasta sus casas, pero yo, en un arranque de alcohol y rebeldía, les dije que prefería tomar el trolebús. Vivía a sólo tres estaciones, y tenía esas ganas raras que dan después de unas copas: ganas de prolongar la noche, de seguir sintiéndome mirada, de jugar con la posibilidad de que algo, cualquier cosa, ocurriera.
Mientras esperaba en la parada, todavía con el zumbido de los altavoces del bar en los oídos, jugué con una idea ridícula: subirme al último vagón del metro, ese que en las madrugadas se convierte casi en un hotel sobre ruedas. Me dio un pellizco de curiosidad, pero todavía me quedaba algo de cordura. Subí al trolebús normal, en la zona mixta, y me senté hasta el fondo.
A esa hora ya no había casi nadie. Una pareja dormida en los asientos delanteros y un señor leyendo el periódico junto al chofer. Yo iba en el último asiento, con la falda ya un poco subida por la postura, mirando por la ventana las calles brillantes de lluvia.
El trolebús arrancó con un quejido. Justo entonces, un hombre alcanzó a meterse antes de que las puertas cerraran. Lo vi entrar de reojo, sin prestarle demasiada atención. Pasó por el pasillo, miró hacia atrás y, por algún motivo, decidió venir hasta el fondo. Se sentó a tres asientos de distancia. Olía a colonia cara y a un cansancio de bar.
Volteé despacio para mirarlo mejor.
Y entonces el corazón me dio un golpe seco en el pecho.
Era Bruno.
Mi primo Bruno. El hijo de mi tía Renata. El primo con el que había crecido jugando en el patio de la abuela, al que no veía desde el funeral del abuelo hace casi dos veranos. Vivía en otra ciudad y muy de vez en cuando subía a visitar a su madre. Hacía tanto que no coincidíamos que casi me costó reconocerlo. Casi.
Había crecido. Se había dejado una barba corta, recortada con cuidado, y los hombros se le habían rellenado de gimnasio igual que a mí. Llevaba una chamarra oscura abierta sobre una camisa blanca a medio fajar, como si viniera de su propia fiesta. Cuando levantó la cabeza del celular y nuestras miradas se cruzaron, los dos nos quedamos quietos.
—¿Camila? —dijo, despacio, como si no creyera lo que estaba viendo.
—Bruno —respondí, y no supe cómo seguir.
Se rio. Una risa de niño descubierto. Se cambió de asiento sin pedir permiso y se sentó a mi lado.
—No mames —dijo en voz baja—. ¿Cuántos años? ¿Tres?
—Casi dos.
Me miró de arriba abajo, y aquello me importó más de lo que debería haberme importado. La falda. Los tacones. La blusa. Tragó saliva y desvió la vista al pasillo.
—Estás… distinta —dijo.
—Tú también.
Hubo un silencio largo, denso, raro. La luz amarilla del trolebús nos pintaba la mitad de la cara. Yo sentía el alcohol caliente en el cuello y, desde algún lugar del estómago, una corriente que no quería nombrar. No es momento. Es Bruno. Es tu primo.
Pero los pensamientos no obedecen.
—¿Vienes de fiesta? —pregunté, por decir algo.
—Despedida de soltero de un amigo. Estoy hospedado en casa de mi mamá.
—Yo igual, pero salí con las niñas del trabajo.
Movió la mano, nervioso, como si quisiera tocarme y no se atreviera. La pierna se le pegó a la mía, sin hacer fuerza, sólo dejándola ahí. Yo no la quité.
—Te ves bien —dijo, y tragó otra vez.
—Tú también.
Bajó la mirada al celular, como buscando un pretexto. Yo, sin pensarlo, miré también la pantalla. Estaba abierto un video. Una chica de espaldas, montada encima de alguien, con una blusa muy parecida a la mía. Sentí que me ardían las orejas.
—Perdón —dijo él, intentando bloquearlo.
—Déjalo —solté antes de pensarlo. Él se quedó tieso—. Está bien. Yo también veo cosas así.
Sentí que el suelo se movía y no era el trolebús. Bruno me miró como si nunca antes me hubiera visto. Como si yo no fuera la prima con la que se peleaba por la última paleta en casa de la abuela.
Y entonces, casi sin darme cuenta, mi mano se posó sobre su muslo. Lo sentí endurecerse bajo la tela.
—No deberíamos —murmuró.
—Lo sé.
Pero no quité la mano. Y él tampoco la mía.
***
Me incliné un poco hacia él, tapando su cuerpo con el mío, y la mano subió. La luz del trolebús era tan tenue al fondo que nadie habría visto nada salvo dos primos conversando muy juntos. Sentí el bulto duro contra mis dedos y se me escapó un pequeño gemido que escondí mordiéndome el labio.
Bruno cerró los ojos un segundo. Luego, decidido, llevó su mano a mi pierna, justo donde la falda se acababa, y subió despacio, rozando la piel desnuda. Cuando llegó al borde de la tanga, se detuvo y soltó un suspiro largo.
—Prima…
—Cállate —susurré.
Le desabroché el pantalón con dedos torpes pero rápidos. Apenas bajé la cremallera y metí la mano dentro de la ropa interior, sentí esa verga grande y caliente que palpitó en cuanto la rodeé. Tenía las venas marcadas y la piel suave. La saqué lo justo, como pude, y la apreté en mi puño.
Él dejó caer la cabeza contra el respaldo, con la boca entreabierta. Yo bajé la mirada para asegurarme de que el chofer seguía atento al camino. Lo estaba.
Sin pensarlo más, me incliné y me la metí en la boca.
No entera, no podía. Me concentré en la cabeza, lamiéndola con la lengua, ensalivándola hasta que la base brillaba. Bruno tuvo que morderse el puño para no hacer ruido. Su otra mano se enredó en mi pelo, sin tirar, sólo guiándome despacio.
—Camila… eres tú… mierda…
Yo subía y bajaba, conmovida por su voz quebrada. La idea de que era él, mi primo, el niño con el que había crecido, hacía que cada movimiento se sintiera distinto, más prohibido, más urgente. Mi mano libre acariciaba sus testículos mientras la lengua trabajaba el glande. Una gota tibia se me coló en la garganta y supe que estaba a segundos.
Me apretó la nuca con suavidad, avisándome.
Pude haber levantado la cabeza, pude haberlo dejado caer al piso, pero no quise. Le clavé los dedos en el muslo y aguanté ahí, con la verga al fondo de mi boca, mientras él se vaciaba en chorros calientes que sentí golpear contra mi paladar. Era mi primo. Y se estaba viniendo en mi boca.
Cuando terminó, levanté la cabeza despacio, con los labios aún cerrados, y le miré a los ojos. Abrí la boca para enseñarle todo lo que había dejado dentro y, sin dejar de mirarlo, tragué.
Él gimió bajito, derrotado.
—No mames —dijo, y se rio sin aire.
—Calla.
Limpié con el dedo una gota que se había escapado por la comisura, me la chupé y volví a mirarlo. Le ayudé a guardar la verga, todavía dura, dentro del pantalón. Le acomodé el cuello de la camisa con un gesto casi familiar, casi tierno.
El trolebús anunció mi parada.
—Bájate conmigo —murmuró.
—No.
Le di un beso corto en la comisura de la boca y bajé sin mirar atrás.
Caminé las dos cuadras hasta mi edificio temblando, con la falda subida y la cabeza llena de él. Subí al departamento, me metí en la cama y me masturbé pensando en su cara cuando se vino. Tardé menos de un minuto.
***
Han pasado dos semanas desde aquella noche. Bruno me escribió al día siguiente, sólo para preguntar si estaba bien. Le respondí que sí. No hemos vuelto a hablar de eso. Su madre, mi tía Renata, llamó ayer para invitarme a la cena del próximo domingo, donde estará toda la familia. Le dije que sí.
Todavía no sé qué voy a hacer cuando lo vea de nuevo, sentado del otro lado de la mesa, sirviéndose ensalada como si no me hubiera tenido la verga al fondo de la garganta hace dos semanas. Lo que sí sé es que mi cuerpo, cada vez que pienso en aquel trolebús, vuelve a reaccionar. Y lo que sí sé, también, es que probablemente, después del postre, me las arreglaré para encontrarme a solas con él en la cocina.
Ya te contaré qué pasa.