Mi cuñado trajo a su novia y mi esposa se atrevió
Hace casi dos años, mi mujer Marisol y yo pasamos unos días en casa de su hermano Rodrigo, justo después de su divorcio. Bebía demasiado por aquel entonces, y una noche acabó tan borracho que entre los dos tuvimos que llevarlo a su cama. Lo que ocurrió allí no se lo conté a nadie hasta hoy: Marisol le bajó el pantalón y se la chupó hasta hacerlo terminar, mientras yo miraba desde la puerta y me la trabajaba en silencio.
Rodrigo tiene siete años más que ella. Ahora cumple treinta y nueve y Marisol acaba de soplar treinta y dos. Durante mucho tiempo creímos que aquella noche había sido un secreto entre nosotros dos. Pronto descubriríamos que no.
Una tarde de marzo nos llamó por teléfono y nos contó, con esa voz de siempre cuando va a soltar algo importante, que andaba con una muchacha del norte del país. Camila, dijo. Que se habían instalado juntos hacía un par de meses y que quería traerla a casa para que la conociéramos. Marisol y yo nos miramos. No hizo falta hablar para entender lo que cada uno estaba pensando.
Pasamos los siguientes días imaginando cómo sería ella. En la cama, mientras nos cogíamos, Marisol me describía a una mujer que ni siquiera conocía: morena, alta, de pelo rizado. Yo le seguía el juego. Le metía los dedos despacio y le preguntaba qué pasaría si Rodrigo entraba en la habitación. Ella se reía y se mordía el labio. Pasaría lo que tenga que pasar, decía.
El viernes preparamos todo para el recibimiento. Carne en la parrilla, cerveza fría, música norteña a todo volumen. Llegaron al atardecer en un coche recién comprado, polvorientos por la carretera. Cuando Camila bajó del auto, Marisol me apretó el brazo sin querer. Era exactamente como nos la habíamos imaginado, y peor: morena, el pelo una masa rizada que le caía sobre los hombros, alta, más alta que mi mujer, de cintura estrecha y con esa forma de moverse que tienen las mujeres que saben cómo las miran.
Después de los abrazos de rigor pasamos al patio. Camila aceptó la primera cerveza con ganas. Resultó que bebía como camionero y aguantaba más que Rodrigo. Mi cuñado, que ya venía caldeado del viaje, empezó a aflojarse rápido. Le agarraba las nalgas a su mujer delante de nosotros sin ningún disimulo, y a Camila no parecía molestarle. Al rato hacía lo mismo con Marisol. Una palmada en el culo cuando pasaba cerca, una mano en la cintura más baja de lo normal. Camila lo miraba, se reía y volvía a beber.
Para cuando terminamos de cenar, los cuatro estábamos lo bastante achispados como para que las bromas dejaran de ser bromas. Yo tenía la mano por debajo de la falda de Marisol, acariciándole el muslo, y a estas alturas ella ya no se movía para impedirlo. Rodrigo había sentado a Camila de espaldas en su regazo y le pasaba las manos por encima del vestido, sin esconder lo que hacía. Cada tanto Camila levantaba la vista y me buscaba a mí.
—Ven, vamos a bailar —me dijo en algún momento, y se levantó sin esperar respuesta.
Bailamos pegados, mucho más pegados de lo que un primer encuentro permite. Le sentí los pechos contra el pecho, el muslo entre los míos. Me dijo al oído algo que no esperaba: que Rodrigo le había contado lo de aquella noche en su casa. Todo. Y que llevaba semanas pensando en cómo serían su cuñada y el marido que lo había mirado todo desde la puerta.
Cuando volvimos a la mesa, Rodrigo ya no podía con su alma pero seguía juguetón. Se levantó por más cerveza y al pararse se le marcó el bulto debajo del pantalón. Marisol se lo señaló con una risa grande y él, lejos de ocultarlo, se lo apretó con la mano.
—La culpa la tienen las viejas calientes —dijo, y nos miró a los cuatro como retándonos.
Yo también estaba duro, pero lo disimulé abrazando a Marisol por la espalda. Rodrigo me apuntó con el dedo.
—A mi hermana respétala delante de mí —me soltó, medio en broma, medio en serio—. Si tienes ganas, agárrate a Camila. Pero a Marisol no me la coges enfrente.
Nos reímos los cuatro, aunque las miradas que cruzamos ya no eran de risa. Las visitas al baño se volvieron más frecuentes. En una de esas, cuando volví, encontré a Marisol sentada al lado de su hermano. Él tenía una mano metida bajo su blusa y le acariciaba un pecho con descaro. Ella me miró con cara de qué hago y yo le hice una seña para que siguiera.
—Síguele el juego —le dije bajito al pasar.
Ella le bajó la mano hasta la entrepierna y empezó a sobarle la verga por encima del pantalón. Rodrigo me clavó la vista con una sonrisa que lo decía todo.
—Esto es exactamente lo que me hicieron en mi casa aquella noche —le dijo a Camila, sin dejar de mirarme—. Y este se la trabajaba en la puerta mientras Marisol me la mamaba.
Marisol y yo nos miramos como dos chicos a los que acaban de descubrir robando. Rodrigo no había estado dormido. Lo había sentido todo. Lo había disfrutado todo.
***
Camila se acercó y se me sentó encima sin pedir permiso. Sentí sus manos en mi cinturón, después en el cierre del pantalón. Me sacó la verga con una destreza que solo da la práctica. Yo busqué a Rodrigo con la mirada para medir su reacción, pero él ya estaba muy entretenido: Marisol le había sacado la suya y se la trabajaba con la mano mientras él le metía los dedos por debajo de la falda.
De ahí en adelante dejé de preocuparme. Camila se desnudó sobre mí, me clavó su sexo y empezó a moverse con un ritmo que no le había visto a nadie. No hacía esfuerzo por callar. Cada vez que bajaba soltaba un sonido gutural que hacía que Marisol, del otro lado de la sala, levantara la cabeza y la mirara fijo.
Yo veía a mi mujer chuparle la verga a su hermano. La veía abrir bien la boca, dejar que él le pusiera la mano en la nuca y la guiara. Marisol me buscaba con los ojos cada tanto, y yo sabía exactamente para qué: quería que la viera. Que aprovechara cada segundo del espectáculo.
Di vuelta a Camila y la senté de cara a mí, con las rodillas dobladas hacia atrás sobre el sillón. Su sexo estaba completamente depilado, los pechos pequeños y firmes, los pezones duros. La cogí así, sentado, mientras del otro lado del living Rodrigo había puesto a Marisol a horcajadas sobre él, en la misma posición. Los cuatro nos mirábamos sin parar, y creo que nadie disfrutaba tanto como nosotros dos, los que llevábamos dos años fantaseando con esto.
Lo que más me prendía era ver la verga gruesa de Rodrigo entrando y saliendo de mi mujer. Marisol lo cabalgaba con una furia que casi nunca le veía conmigo, queriendo metérselo entero, gimiendo cada vez que se hundía. En un momento Rodrigo se puso tenso, le clavó las manos en las caderas y se quedó así, vaciándose dentro. Por la base de la verga le empezó a chorrear el semen. Marisol se quedó quieta sintiéndolo y entonces soltó ese sonido bajo, ronco, que solo le sale cuando está acabando de verdad.
Yo terminé casi al mismo tiempo, dentro de Camila. Ella se pegó a mi pelvis para recibirlo bien adentro, sin moverse, esperando hasta el último chorro. No acabó ella. Me lo dijo al oído.
—Necesito un poco más de tiempo.
—¿Te animas a que te lo coma así? —le pregunté.
Por toda respuesta se acomodó en el sillón, abrió las piernas y me dejó hacer.
***
Le pasé la lengua por los labios depilados. Tenían restos de mi propio semen, todavía tibios. A Marisol le encanta cuando se lo hago a ella después, así que sabía bien lo que estaba haciendo. Le besé el sexo como si fuera la boca, le metí la lengua, le succioné el clítoris hasta sentir cómo se le ponía duro. Camila me agarró de la nuca, me subió hasta su cara y me besó largo, saboreándose en mi boca. Después me empujó otra vez hacia abajo.
Mientras le comía el sexo, Marisol seguía encima de su hermano. Ya no se cogían: se besaban, despacio, con una ternura que me hizo entender muchas cosas a la vez. Rodrigo estaba medio dormido pero todavía duro dentro de ella. Y Marisol no quería bajarse.
Camila acabó con un grito que se escuchó hasta la calle. Se sacudió debajo de mí con tanta fuerza que tuve que sostenerla por las caderas. Yo me limpié la boca, le puse la verga otra vez en la entrada y la cogí de nuevo, esta vez por el puro placer de hacerlo viendo a mi mujer. Acabé adentro otra vez, con una descarga larga que me dejó vacío.
Después nos quedamos así, los cuatro, sin movernos. Marisol se levantó por más cerveza y volvió desnuda. Rodrigo se durmió en el sillón, con la verga todavía afuera y una sonrisa como de chico contento. Pasada la medianoche cada pareja se fue a su cuarto.
***
En la cama, Marisol me pidió que le comiera el sexo con el semen de su hermano dentro. Lo hice. Lo hice despacio, saboreando lo que él había dejado, mientras ella me agarraba la cabeza y me decía cosas al oído que no voy a repetir. Después me la cogí. Me gusta hacerlo justo después, cuando todavía está caliente y abierta de otro. Es una cosa nuestra, una regla no escrita: lo que ella decide, yo apruebo, y lo gozamos los dos.
Mientras le daba, le pregunté.
—¿Pasó algo entre tú y Rodrigo que yo no sepa?
Tardó en contestar. Cuando lo hizo, ya no se podía dar marcha atrás.
—Sí. Hace como cuatro años, cuando estuviste tres meses fuera por trabajo. Vino a visitarme, lo llevé a una reunión de amigos, bebió de más. Cuando lo dejé en el hotel empezó a manosearme, como siempre. Esa vez no me resistí. Me quedé toda la noche.
Lo dijo sin dramatismo, sin pedir perdón. Yo me quedé un segundo callado, sintiéndola debajo, todavía con su hermano dentro y conmigo encima. Después seguí. Acabé durísimo, con más fuerza que en años, mientras pensaba en todas las veces que su madre se había quedado con los niños sin saber para qué.
Ahora cada tanto Rodrigo y Camila vienen a casa. Camila ya no es novia: es mujer. Y nosotros seguimos con la misma regla de siempre, solo que ahora son cuatro las manos que la deciden.