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Relatos Ardientes

La tarde que mi madre cruzó esa línea conmigo

Me llamo Mateo, tengo diecinueve años y vivo con mis padres en un pueblo llamado Pinos del Río, a media hora de Sevilla. Soy hijo único y, por una serie de circunstancias que voy a tratar de contar sin adornar, una tarde de octubre dejé de ver a mi madre como la veía cualquier otro hijo.

Antes de meterme en el lío hace falta que ubique a la familia. Mi padre tiene cincuenta años y trabaja como jefe de obra en una empresa de ingeniería civil. El cargo lo obliga a viajar dos o tres semanas seguidas, así que en casa él aparece poco. Eso permite que la economía nos sobre y que mi madre no necesite salir a trabajar, aunque la casa la lleva ella sola y eso ya es un trabajo de jornada completa.

Mi madre tiene treinta y ocho años. Cabellera larga, color cobrizo, ojos verdes y rasgados. Se cuida desde siempre y tiene un cuerpo que cualquier amiga mía envidiaría. Lo que termina de descolocar a los hombres son sus tetas: firmes, redondas, no necesita sujetador para sostenerlas. No sabría decir la talla, pero las he visto bajo blusas finas y entiendo por qué, en el supermercado, los vecinos se quedan mirando un segundo de más. El culo lo tiene alto, respingón, de esos que llenan un vaquero y obligan a girar la cabeza.

Por aquel entonces yo estaba saliendo con una chica de dieciocho años, compañera de mis prácticas en una tienda de informática. Marina. Los dos éramos novatos en lo nuestro: nos encerrábamos en mi cuarto, terminábamos casi sin ropa, ella me la sacaba con la mano por encima del bóxer y yo le metía un par de dedos en el coño, pero nunca llegábamos a follar. Yo no me corría jamás. Tenía los huevos cargados, hinchados, tirantes como dos piedras, y cualquier roce me daba una punzada. Caminaba con las piernas un poco separadas para que no se me rozaran al andar, y dormía mal porque cualquier postura me molestaba.

Un sábado por la tarde estábamos los dos en el salón viendo una película tonta. Yo me levanté para buscar una Coca‑Cola en la nevera y solté un quejido tan ridículo que mi madre dejó el mando en la mesa y vino corriendo desde la cocina.

—¿Qué te pasa, hijo?

—Nada, mamá. Nada —contesté con los ojos llenos de lágrimas.

—No me mientas. Cuéntame.

—Es que… es algo que tendría que hablarlo con papá.

—Tu padre no vuelve hasta dentro de dos semanas. Me lo dices a mí o vamos al médico.

—Me da vergüenza, mamá.

—Pues vamos al médico.

Esa misma tarde fuimos. En la consulta apenas pude balbucear lo que me ocurría, con mi madre sentada al lado, intentando no sonreír y disimulando fatal. El doctor escuchó, asintió y, con esa naturalidad que solo tienen los que llevan treinta años escuchando intimidades, me explicó:

—Con tu edad la testosterona se produce a un ritmo muy alto. Si no se evacúa, se acumula y produce molestias. Lo que necesitas es bastante simple: vaciarlos.

Lo dijo así, sin dramatismo. Después me pidió que me bajara los pantalones para examinarme. Lo hice mirando al techo, rojo hasta las orejas, mientras mi madre giraba la cara hacia la ventana y al rato salía discretamente del consultorio.

—Están bastante llenos —confirmó el médico sopesándomelos con la mano enguantada—. Tu cuerpo te está pidiendo a gritos que lo soluciones. Hay que sacar toda esa leche que tienes ahí acumulada.

De camino a casa, en el coche, mi madre rompió el silencio sin mirarme.

—Si necesitas hablar de esto conmigo, puedes. Sé que te da pena, pero soy tu madre. Te puedo aconsejar mejor que cualquiera.

No supe qué decir. Asentí y me bajé del coche en cuanto llegamos.

***

Subí a mi cuarto a intentar resolverlo solo, como me había mandado el médico. Cerré la puerta, bajé los pantalones hasta los tobillos y me senté en el borde de la cama. La polla la tenía a media asta, gruesa, con las venas marcadas, y los huevos por debajo colgando pesados, morados de tan cargados. Recordé fragmentos sueltos de conversaciones de vestuario, gestos que mis amigos habían descrito entre risas, pero a la hora de la verdad no sabía por dónde empezar. Cerré el puño alrededor del tronco e intenté retirar la piel hacia atrás, forzando el capullo, y noté un ardor seco que me hizo apretar los dientes. Insistí, hice más fuerza, y se me escapó un gemido entre el dolor y la frustración.

La puerta se abrió sin avisar.

—¿Estás bien, hijo?

—No, mamá —contesté llorando como un niño chico, con la polla todavía en la mano y sin tiempo de taparme—. No puedo.

—¿Qué no puedes? Cuéntale a mamá.

—No sé hacerlo. Le dije al médico que sabía, pero le mentí.

Mi madre cerró la puerta con cuidado, como si dentro de la habitación fuésemos a hablar de algo que el resto del mundo no pudiera oír. Le eché una mirada de reojo y vi que sus ojos bajaban un segundo a mi entrepierna antes de subir de nuevo a mi cara. Se sentó en la silla del escritorio y cruzó las piernas. La falda se le subió lo justo para que se le viera el interior del muslo.

—¿Qué te ha contado tu padre de esto?

—Nada.

—Nada es nada, o nada es poco.

—Nada, mamá. Nunca me ha hablado del tema.

Suspiró con esa mezcla de cariño y resignación que pone cuando descubre que su marido ha vuelto a delegar algo importante en ella.

—Pues empezamos desde cero. No te cortes, soy yo y estoy para ayudarte. Si la piel no se desplaza para atrás, hace falta lubricar. Saliva en los dedos, despacio. Una vez que está húmedo el capullo, cierras los dedos formando un anillo alrededor de la polla y subes y bajas con un ritmo constante. Apretando un poco, sobre todo cuando pasas por la corona. Si pierdes la erección, piensas en una tía que te ponga cachondo y empiezas otra vez. Y no te olvides de los huevos, con la otra mano los vas acariciando por debajo, que ahí es donde tienes toda la carga.

Lo explicaba en voz baja, sin afectación, como quien le enseña a su hijo a anudarse la corbata. Yo asentía mirando un punto fijo en el suelo, con la polla tiesa asomando entre mis muslos.

—¿Lo has entendido?

—Creo que sí.

—Pues hazlo. Yo me voy. Cualquier cosa, me llamas.

Salió y cerró. Lo intenté otra vez. Me escupí en la palma y agarré. El mismo ardor. La misma frustración. Y antes de pensarlo dos veces, grité:

—¡Mamá, me duele!

***

No debió de ir muy lejos, porque apenas pude cubrirme con la sábana cuando ya estaba dentro otra vez. Se sentó en el borde de la cama. La miré buscando ayuda y, en ese instante, noté que algo cambió en su cara. Tenía las mejillas encendidas y, bajo la blusa fina que llevaba siempre por casa, se le marcaban dos puntos firmes que antes no estaban. Los pezones se le habían puesto duros y empujaban la tela como dos yemas.

—Mateo —dijo despacio—. Lo que pase ahora aquí no se lo vas a contar a nadie. Ni a tu padre, ni a Marina, ni a tus amigos. Nadie entendería lo que una madre es capaz de hacer por su hijo. ¿Queda claro?

—Sí, mamá —contesté sin saber muy bien a qué estaba diciendo que sí.

Retiró la sábana sin dramatismo y se quedó unos segundos mirándome la polla, que apuntaba al techo, gruesa, con una gota transparente ya asomando por la punta. Me la cogió con una mano, envolviéndola entera, y sopesó los huevos con la otra.

—Madre mía, hijo, cómo los tienes. Duros como huesos de aceituna. Con razón te dolía.

Se llevó dos dedos a la boca, los humedeció bien con saliva y los pasó suavemente por el capullo, dándole vueltas alrededor de la corona. La piel cedió sin ardor por primera vez en semanas y solté un gemido largo. Ella sonrió y siguió hablando, como si la voz pudiera hacer que aquello fuese menos extraño.

—¿Ves? Con saliva. Ahora sube y baja, despacio. Aprieta un poquito cuando llegas arriba, así, como si quisieras ordeñarla. ¿Te arde?

—No, mamá. Se siente muy bien.

—Ves cómo no era tan complicado. ¿Quieres que siga yo?

Asentí sin mirarla a los ojos. Escupió otra vez en la palma y rodeó el tronco con la mano entera. Empezó a masturbarme con un ritmo firme, acompasado, subiendo hasta el capullo y bajando hasta la base sin soltar. Con la otra mano me amasaba los huevos con cuidado, rodándolos entre los dedos. Aceleró con una naturalidad que me dejó sin palabras. Hablaba bajo, casi para sí misma, mientras me recordaba que aquello era un secreto, que jamás debía salir de la habitación.

—Mira cómo brilla el capullo, hijo. Todo mojado. Y qué gorda la tienes, joder. Esto no es una polla de niño, esto es una polla de hombre. Marina no sabe la suerte que tiene.

—Mamá, no digas eso…

—Es la verdad. Venga, respira. Yo sigo.

El movimiento se hizo más rápido, más apretado. La palma me giraba sobre el capullo en cada subida, arrancándome espasmos que me hacían levantar las caderas contra su mano. Los huevos se me contrajeron. Cuando notó que estaba a punto, apretó un poco más y susurró:

—Déjalo salir. Suelta todo lo que tienes guardado. Toda la leche, cariño, no te guardes ni una gota.

Y solté. Un chorro largo, espeso, que saltó por encima de mi ombligo y le alcanzó de lleno la blusa. Detrás vinieron otros tres o cuatro, tan cargados que me curvaron la espalda. Tanto que terminé pensando que algo así no podía caber dentro de un cuerpo humano. Una parte le empapó la blusa fina, que se volvió transparente y dejó ver una teta redonda con el pezón oscuro tieso. Otra parte cayó sobre mi pecho y me resbaló por el costado. Ella no soltó la polla en ningún momento; siguió bombeando despacio, exprimiendo hasta la última gota, y se quedó mirando cómo un hilo blanco le colgaba del pulgar. Se lo llevó a la boca sin pensarlo, se relamió un par de veces los labios, despacio, como si estuviera comprobando un sabor que no esperaba.

—Está buenísima, hijo. Muy espesa. Eso es que estaba muy guardada.

—Mamá…

—¿Cómo te sientes?

—Mejor. Ya casi no me duele.

—Quizá más tarde tengas que repetirlo, para terminar de aliviarlos —dijo pasándome el pulgar por debajo del capullo, recogiendo la última gota—. Todavía los tienes cargados. Un solo polvo no te los vacía.

Se levantó y se fue a su cuarto sin añadir nada, con la blusa transparente pegada a la teta. Yo me quedé mirando el techo, la polla todavía dura, todavía goteando, sin entender bien lo que acababa de pasar. Pasé en cinco minutos de no haberme tocado nunca a vivir una tarde que no se podía contar.

***

Me duché, cené poco y vi la televisión sin enterarme de qué daban. A las once y media, el dolor empezó a volver, más leve, pero suficiente para recordarme que el médico había sido claro: vaciarlos. Subí al baño y lo intenté solo. Esta vez no me ardía, la piel me corría bien arriba y abajo, pero no conseguía la erección completa. La cabeza se me iba a otras imágenes que yo todavía no quería poner en palabras: la mano de mi madre apretándome la polla, su lengua recogiendo mi leche del pulgar, su pezón oscuro pegado a la tela mojada.

Bajé al salón en bóxer. Mi madre estaba en el sofá viendo una serie con el volumen muy bajo, envuelta en un camisón corto que dejaba a la vista todo el muslo. Cuando me vio entrar, apagó el televisor y le echó una ojeada al bulto que ya se marcaba en la tela.

—¿Otra vez?

—No me sale. Ahora no me arde, pero no… no se pone dura del todo.

—A ver, ven aquí.

Me hizo acercarme, plantarme entre sus rodillas. Me bajó el bóxer hasta los tobillos sin pedir permiso, con la naturalidad de quien está haciendo algo mil veces repetido. Me cogió la polla con una mano, se la llevó a la boca y escupió encima. Bastaron dos meneos con la palma resbalando arriba y abajo para que respondiera. En tres segundos la tenía de piedra, apuntándole a la cara.

—Parece que solo quiere las caricias de mamá —dijo con media sonrisa, sin soltarla—. Que no se acostumbre, que mamá no va a estar siempre. Aunque mira qué contenta se pone cuando me ve.

—Ayúdame otra vez. Por favor.

—Bueno, pero déjame quitarme el camisón. Si no, me dejas hecha un desastre, y este me lo ha regalado tu padre.

Se levantó, se sacó el camisón por la cabeza y se quedó solo con las bragas, unas negras diminutas que apenas le cubrían el coño. Era la primera vez que la veía así. Sus tetas quedaron al aire, redondas, altas, con los pezones oscuros ya duros y punteando hacia arriba. No me salió ni una palabra. Volvió al sofá y se recostó en el respaldo, arqueando la espalda, lo que hizo que sus tetas sobresalieran aún más y las bragas se le hundieran entre los labios del coño marcándoselos.

—¿No te gusta lo que ves?

—Eres preciosa, mamá. Parecen tan suaves…

—¿Quieres comprobarlo?

No esperé a que terminara la pregunta. Le puse las dos manos encima. Eran como me las había imaginado y mejor: llenaban la palma, pesaban, y los pezones se me endurecían aún más contra el centro de la mano. Ella cerró los ojos, echó la cabeza hacia atrás y dejó escapar un sonido que no sé describir, algo entre un suspiro y una rendición. Los pezones crecieron bajo mis dedos hasta hacerse firmes, redondos, oscuros, y por un instinto que no sé de dónde salió me incliné y me llevé uno a la boca. Lo chupé entero, lo mordisqueé con cuidado, le pasé la lengua alrededor de la aureola.

—Ay, hijo —murmuró, hundiéndome la mano en el pelo para que no la soltara—. No deberías hacer eso. Es mi perdición. Mamá tiene los pezones muy sensibles.

Cambié al otro y lo mamé igual, con hambre. Con la mano libre le apreté la otra teta, le pellizqué el pezón entre el índice y el pulgar. Ella empezó a moverse debajo, restregando el culo contra el sofá, cerrando los muslos y abriéndolos otra vez. Bajé una mano por el vientre plano hasta el borde de las bragas y me la detuvo con dos dedos.

—Ahí no, cariño. Ahí no. Ese sitio es de tu padre. Todo lo demás es tuyo esta noche, pero ahí no.

—Perdón, mamá.

—Sigue con las tetas. Chúpamelas. Mámalas fuerte.

Diez minutos así, mamándole las tetas mientras ella me cogía la polla y me la meneaba con la mano derecha, sin descanso, apretándome el capullo cada vez que subía. Los muslos se le tensaron, la respiración se le cortó, y de repente se me clavó las uñas en el hombro y soltó un grito ahogado, mordiéndose el labio para no despertar al barrio. Sentí su cuerpo entero temblar bajo el mío, un espasmo largo, y luego se quedó quieta, con la teta todavía en mi boca y la mano todavía cerrada sobre mi polla.

—Joder, hijo… no, no, esto no me tenía que pasar —murmuró más para ella que para mí.

Se incorporó como saliendo de un trance, con las mejillas rojas y el pecho subiendo y bajando.

—Gracias, cariño. Ahora déjame que termine yo contigo. Ven, ponte de pie ahí delante. Déjame ver bien lo que tengo entre manos.

***

Lo que vino después lo recuerdo en imágenes sueltas, pero cada una nítida como una foto. Mi madre arrodillándose en la alfombra delante del sofá. Sus manos primero, frotándome la polla con cuidado, una detrás de la otra, girando en la subida como si estuviera abriendo un tarro. Un beso suave en la punta, con los labios cerrados, mientras me miraba desde abajo con los ojos verdes muy abiertos. Una lametada larga desde los huevos hasta el capullo, siguiendo la vena gruesa del reverso. Otra beso, ahora con la boca entreabierta, chupándome solo el glande y soltándolo con un ruidito húmedo.

—Mamá… joder…

—Calla, hijo. Déjame trabajar.

El sube y baja, ahora sin la excusa de enseñarme nada. Y, cuando creí que no podía sorprenderme más, su boca cerrándose alrededor sin avisar, tragándome hasta la mitad. Sentí la garganta caliente, la lengua envolviéndome por debajo. Empezó a chupármela con un ritmo firme, sacándomela hasta el capullo y volviendo a bajar hasta la base, dejando un hilo de saliva colgándole de la barbilla. Con una mano me sujetaba los huevos y con la otra me apretaba el culo para que no me apartara.

—Mateo, espero que disfrutes esto como lo estoy disfrutando yo. Llevaba años sin mamar una polla así.

—Mamá, no aguanto mucho.

—No tienes que aguantar nada. Solo gózalo. Fóllame la boca si quieres. Muévete tú.

Le cogí la cabeza con las dos manos y empecé a moverla despacio, metiéndosela y sacándosela mientras ella me miraba desde abajo, con los ojos llorosos por las arcadas y una sonrisa asomando cada vez que le salía la polla de la boca. Me la sacaba y me la volvía a meter, la escupía, se pasaba el capullo por la mejilla, por el cuello, se la restregaba entre las tetas y volvía a chupármela. Nunca había visto nada tan guarro y nunca había visto nada tan hermoso.

Después se sentó en el sofá, se apretó las tetas con las dos manos empujándolas hacia el centro, y me indicó que pusiera lo mío en la hendidura entre ellas.

—Ponla aquí, hijo. Fóllame las tetas. Que mamá te haga una paja española como Dios manda.

Escupió un buen chorro de saliva sobre el canalillo, para que resbalara mejor, y me apretó los pechos alrededor de la polla, formando un sándwich caliente y suave. Yo, ya sin filtro, hice lo que me pedía y empecé a moverme adelante y atrás. La polla desaparecía entre sus tetas y volvía a asomar por arriba, roja, brillante, con la corona hinchada. Cada vez que asomaba, ella se inclinaba lo justo para alcanzarme con la lengua, o directamente se la metía dos centímetros en la boca, y volvía a soltarla para que yo siguiera bombeando entre la carne blanda.

—Así, cariño. Fuerte. Fóllame las tetas fuerte. Enséñame lo que has aprendido esta tarde.

Era una sensación nueva, no comparable con nada de lo que había ensayado con Marina. La piel de sus tetas era suave, cálida, y el capullo se me hinchaba más cada vez que asomaba y encontraba su lengua esperando. Me miraba con unos ojos que no eran los de la mujer que me había enseñado a atarme los cordones a los seis años. Eran los ojos de alguien dispuesto a todo por su hijo, o de alguien que llevaba años esperando una excusa para hacerlo.

—Mamá, ya está. Voy a correrme. Ya no puedo más.

—Sácala. Sácala de las tetas y córrete en mi boca. Hazlo en mi cara. Donde quieras. Marca a mamá.

Le saqué la polla del canalillo y ella la agarró con las dos manos, se la metió en la boca hasta la mitad y me meneó los huevos con los dedos. Bastó eso. Empecé a correrme en oleadas, chorro tras chorro, dentro de su boca. Ella tragó los primeros dos sin soltarme, con los ojos cerrados y las mejillas hundidas chupando. Cuando ya no le cabía más, sacó la polla y siguió meneándomela apuntándose a la cara. El resto se le repartió por la mejilla, por la barbilla, un hilo largo que le colgó desde la nariz hasta el labio, otra gota gorda que se le quedó pegada en la pestaña. Cuando por fin dejé de venirme, abrió la boca para enseñarme la leche que le quedaba dentro y la tragó despacio, sacando la lengua después para que viera que no quedaba nada.

Lo que se le escapó por las comisuras lo recogió con dos dedos y se lo pasó por las mejillas como si se estuviera maquillando, y luego se metió los dedos en la boca y los chupó uno a uno. Si hubiese tenido una cámara en ese instante, habría gastado el carrete entero. Aquella imagen, sin embargo, la guardo intacta en la cabeza, y la guardaré hasta el día que me muera: mi madre arrodillada, medio desnuda, con las tetas todavía apretadas por sus propias manos, la cara empapada de mi semen y una sonrisa satisfecha, como si acabara de terminar un trabajo bien hecho.

—Gracias, mamá. Ya no me duele nada.

—A mí también me ha gustado. Mucho. Más de lo que debería. Ahora, a ducharte. Y recuerda lo que te dije: a nadie. Ni a tu padre. ¿Queda claro?

—Clarísimo.

***

Desde aquella tarde no ha vuelto a pasar nada parecido entre nosotros. Cumplo mi parte y guardo el secreto. Pero no hay vez que me toque a solas en la que no termine pensando en ella, en sus tetas firmes apretadas contra mi polla, en su cara empapada de leche, en su lengua recogiendo hasta la última gota, en esa frase que repitió varias veces: que una madre era capaz de cualquier cosa por su hijo. A veces, con vergüenza, me digo a mí mismo que aquella tarde me enamoré de mi madre, y no sé si algún día seré capaz de mirar a otra mujer del mismo modo.

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Comentarios(9)

Seba_Mdq

tremendo relato!! me dejo sin palabras

Fabricio_mx

necesito la segunda parte urgente, me quede con ganas de mas

NoraPampa

que bien escrito, la tension desde el inicio engancha sin soltar. excelente!!

Marcos_79

tiene algo que lo hace diferente a los demas, como que te mete en la piel del protagonista desde el primer parrafo. muy bueno

Rodri_Stgo

Buenisimo, espero que lo sigas pronto

Laucha76

lo que mas me llamo la atencion es como empieza, esa tension que te atrapa de entrada. uno de los mejores relatos de esta categoria que lei aca

MarcosNocturno

excelente!!

cinthia_BA

se me hizo corto jaja, quede queriendo mas. seguis?

JuanMar_Cba

Muy bien narrado. La forma en que va subiendo la tension hace que uno no pueda parar de leer

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