Bañé a mi hermana ciega y todo cambió esa noche
Volvimos del hospital pasadas las cuatro de la tarde. La doctora que atendió a Lucía había sido más amable de lo razonable: me felicitó tres veces por cuidarla, me llamó «el mejor hermano del mundo» con una sonrisa que se quedaba demasiado tiempo apoyada en mi boca y, antes de despedirnos, anotó su número en el reverso de una receta y me lo entregó. «Por si surge cualquier duda con la rehabilitación», dijo. Yo lo guardé en la cartera sin pensarlo demasiado.
Lo pensó Lucía.
Aunque ya no llevaba los yesos, mi hermana seguía moviéndose con la lentitud cuidadosa de quien aprende a confiar otra vez en su propio cuerpo. No vio nada de aquel intercambio, claro. Pero lo escuchó todo. Y durante el trayecto en taxi, sentada a mi lado y agarrada a mi brazo, fue endureciendo el silencio hasta que casi se podía tocar.
Cuando cerré la puerta del departamento, no me soltó. La acompañé hasta el sillón. Pensé que iba a recriminarme lo del hospital. No lo hizo. Tomó aire, bajó la cabeza y dijo con esa vocecita que ponía cuando quería pedirme algo difícil:
—Mateo… ¿me puedes bañar? Como siempre.
Me detuve a mitad de camino. Sabía que ese momento iba a llegar. No esperaba que llegara tan pronto.
—Lucía… ya te quitaron los yesos —contesté con toda la suavidad que pude—. Ya puedes hacerlo sola. Solo tienes que andar despacio para no resbalarte.
Ella bajó aún más la cabeza. La oreja izquierda le ardía, como siempre que se avergonzaba.
—Ya lo sé. Pero todavía me da miedo. Si me caigo, no me voy a poder levantar y no veo dónde está nada. Quédate al menos en el baño. Vigilando. No tienes que meterte. Si quieres, te quedas vestido junto a la puerta.
Suspiré. No supe decir que no.
—Está bien. Te llevo y vigilo. Pero te bañas tú.
La guié hasta el baño y abrí la regadera. Ajusté la temperatura como siempre: tibia, casi caliente, igual que cuando era pequeña y se quemaba si me distraía. Lucía se quitó la ropa con esos movimientos un poco torpes que aún tenía, y se metió bajo el agua. Yo me apoyé contra el lavabo, completamente vestido, con los brazos cruzados, mirando los azulejos del techo y no a ella. Eso fue lo que me dije a mí mismo.
Durante los primeros minutos todo fue normal. Se enjabonó el cuello, los brazos, las piernas, con esa concentración nueva que ahora tenía para todo. Yo pensaba en el trabajo, en la receta de la doctora, en si la cena nos iba a alcanzar. Lo intentaba.
Entonces se giró.
Apoyó la espalda contra la mampara y se restregó muy despacio, como si necesitara enjabonarse mejor en una zona que no podía ver. Su culo quedó aplastado contra el cristal, dos medialunas blancas separadas por una raya profunda que se abría y se cerraba con cada movimiento, dejando una marca empañada que se deshacía con el vapor. No dijo nada. Solo se movió. Se pasó la mano jabonosa entre los muslos, muy despacio, y desde donde yo estaba pude ver perfectamente cómo se acariciaba el coño con la yema de los dedos, separándose los labios, deteniéndose más de la cuenta en el punto donde ella sabía que la estaba mirando.
—Lucía. ¿Estás bien?
—Sí —contestó, y la palabra le salió un poco baja—. Solo… no llego a la espalda.
Tragué saliva. Ella sabía perfectamente que en cualquier baño anterior yo le pasaba el jabón con una esponja larga. Hoy no había tomado la esponja. La había dejado colgada del gancho, muy lejos de su mano. A propósito.
—Te la paso.
—No. Pásamela tú. Por favor.
Me arremangué la camisa hasta el codo, abrí la mampara solo lo justo y entré con la esponja. El agua me empapó el pantalón en cuanto crucé el vapor. Le enjaboné la espalda, los hombros, la nuca. Intenté ser rápido, casi clínico, como si lavara a un paciente. Ella, sin previo aviso, se dio la vuelta y se pegó a mí. Piel mojada contra mi camisa ya transparente. Sus tetas, mucho más grandes de lo que yo me permitía notar de reojo, se aplastaron contra mi pecho, y los pezones duros me atravesaron la tela como dos piedritas calientes. Su culo se acomodó contra mi entrepierna con una precisión que no podía ser accidente, y empezó a frotarse ahí, lentamente, sintiendo cómo mi polla empezaba a hincharse debajo del pantalón mojado.
—Te oí con esa mujer en el hospital —murmuró—. Le sonreíste demasiado.
—Lucía, solo fue una conversación.
—Nunca te había escuchado reír así con ninguna otra.
Iba a contestar. No me dio tiempo. Empezó a restregarse contra mí, suave al principio, después con más decisión. Sentí la presión exacta de sus caderas, el calor del agua, el agarre torpe pero firme con que su mano izquierda buscó la mía y la guió hasta su vientre, y de ahí, sin soltarla, más abajo, hasta que mis dedos rozaron el vello mojado de su pubis. La escuché soltar un jadeo hondo cuando mi palma cubrió sin querer todo su coño.
—Lucía… para —dije, sin moverme.
—Solo dime que me vas a llamar a mí si necesitas algo. No a ella.
—Esto no es eso. Esto es otra cosa.
—Yo solo quiero estar segura.
Su mano derecha se desvió hacia atrás, encontró mi cinturón, descendió. Palpó por encima del pantalón mojado hasta dar con el bulto duro, y lo apretó con la palma abierta, midiéndolo, reconociéndolo. Me apreté contra los azulejos y el agua siguió cayendo sobre los dos. Quise apartarla. Quise hacerlo y no lo hice. Cuando sus dedos cerraron alrededor de mi polla por encima de la tela empapada, mi cuerpo respondió antes de que mi cabeza pudiera oponerse. Ella sonrió contra mi camisa al sentir cómo se me ponía completamente dura debajo de su palma, latiendo, escapándose hacia arriba.
—Es enorme —susurró, casi para sí misma, con una sorpresa infantil que me atravesó—. No sabía que fuera así.
—Lucía, no —repetí, esta vez en un murmullo que ni yo me creía—. Esto es una línea que no podemos cruzar.
Ella se arrodilló dentro de la regadera, con el agua cayéndole sobre la cabeza. No me veía. No le hacía falta. Me bajó el pantalón empapado lo justo, me tironeó del calzoncillo hacia abajo y mi polla saltó dura frente a su cara, chocándole en la mejilla. Ella se sobresaltó un segundo con el golpe, se rió muy bajito, y la buscó otra vez a tientas hasta cerrar el puño en la base. La agarró con esa misma firmeza obstinada con la que siempre conseguía lo que se le metía en la cabeza desde niña. Empezó a moverse despacio, explorando, midiendo el efecto de cada cambio de ritmo en mi respiración, subiendo y bajando el puño por toda la extensión, deteniéndose en el glande para amasarlo con la palma abierta, sintiendo cómo se resbalaba entre agua, jabón y el líquido claro que ya me goteaba por la punta.
—¿Así? —preguntó en voz baja—. ¿Más fuerte? ¿Más despacio?
No contesté. No pude.
Para. Aparta su mano. Sal de aquí.
No hice nada de eso. Apoyé la mano en su hombro mojado y me quedé quieto, con los dientes apretados, mientras ella aprendía a hacerme una paja. Aceleró el puño. Después lo aflojó. Volvió a apretar. Escuché el chapoteo húmedo de su mano subiendo y bajando por mi polla, el ruido obsceno mezclándose con el del agua. Ella acercó la cara, curiosa, y sentí de golpe su aliento tibio y después la punta de su lengua rozando la cabeza, tímida, probando. Solté un gemido gutural que no supe callar. Ella lo tomó como un permiso. Abrió los labios y se metió el glande en la boca, apenas la puntita, chupando muy suave, sin saber qué hacer, mientras seguía moviendo el puño en la base. Cuando me corrí, lo hice contra mi voluntad y a la vez con un alivio insoportable. Le llené la boca de un primer chorro que la hizo toser, y al sacarla, los siguientes le cayeron encima: una parte en la mejilla, otra sobre el hueco del cuello, otra colgándole del labio inferior. Ella se quedó muy quieta, sorprendida, con los ojos cerrados igual que siempre, llevándose la mano a la cara para tocar lo que no podía ver, palpándose la semen espesa entre los dedos.
—Esto… ¿es lo que les pasa a los hombres?
Cerré la regadera. No me salía la voz.
—Lucía —dije, después de unos segundos largos—. A cualquier hombre, si lo tocas así, le pasa esto. Es una reacción del cuerpo. Aunque sea tu hermano. El cuerpo no entiende de familia. Reacciona. Y a ti también te pasa.
—A mí no me pasa nada.
Le tomé la mano. La guié con cuidado por su propio vientre, entre el vello mojado, hasta abrirle los labios del coño y llevarle el dedo medio hasta el clítoris. La oí soltar un gemido agudo, casi de sorpresa, en cuanto rocé el sitio exacto. Estaba hinchado, resbaloso, y no era solo por el agua.
—¿Lo ves?
—Mateo…
—Tú me tocaste. Yo no quería. Pero te lo voy a explicar para que entiendas qué estamos haciendo, y para que entiendas también que esto no se puede repetir.
Le moví los dedos, despacio, los míos sobre los suyos, enseñándole a frotarse en círculo sobre el clítoris. Le separé un poco más los labios del coño con mi otra mano, y con el dedo del medio le entré despacio, hasta la segunda falange, sintiendo cómo se cerraba caliente y apretadísima alrededor. Ella se apretó contra mi pecho y dejó de protestar. Le hablé al oído mientras le enseñaba a masturbarse, le indiqué la presión exacta, el ritmo, cómo respirar. Metí un segundo dedo, después empecé a moverlos hacia adentro y hacia afuera, curvándolos, buscando esa zona esponjosa arriba que la hizo pegar un respingo la primera vez que la rocé. Ella empezó a jadear con la boca abierta, dejando que el agua le entrara y le saliera. Cuando se corrió, su coño apretó alrededor de mis dedos en una serie de contracciones cortas y agudas que la dejaron temblando contra mí, con la cara enterrada en mi camisa empapada y la respiración rota, y sentí cómo un flujo cálido y espeso me resbalaba por la muñeca.
La sequé. La envolví en la toalla más grande que encontré. La llevé al cuarto. Le hablé como se le habla a una niña que se ha caído de la bicicleta y necesita que le digan que ya no pasa nada. Le repetí, mientras le abrochaba el camisón, que aquello había sido un accidente. Que las puertas de aquel baño se quedaban cerradas a partir de ese momento. Que no íbamos a volver a hablar del asunto.
Ella asintió. Yo me lo creí esa noche.
***
Aguantamos hasta el sábado.
Esa tarde la doctora del hospital me llamó al móvil para confirmar una cita de control. Atendí en el sillón. Hablé poco, despedí rápido. Cuando colgué, Lucía estaba sentada en el otro extremo, atenta a cada palabra, con el oído de quien lleva meses leyendo el mundo solo por el sonido.
—Vámonos a la cama —dijo, sin mover la cabeza—. Quiero descansar.
Pensé que era el cansancio de la tarde. La acompañé. Me acosté a su lado por encima del cubrecama, con los pantalones puestos, dispuesto a quedarme cinco minutos y volver al sofá. Ella me dio la espalda y se acurrucó contra mí, como hacía cuando era pequeña y necesitaba dormirse. Y después, sin avisar, empujó las caderas hacia atrás. Su culo, apenas cubierto por la tela finita del camisón, se acomodó justo contra mi bragueta y empezó a frotarse en círculos lentos.
—Lucía. Ya nos bañamos hoy.
—No es para tanto.
Siguió. Despacio, después más rápido. Le agarré las caderas para detenerla y ella aprovechó para restregarme el culo con más fuerza, buscando mi polla por encima del pantalón. Mi cuerpo, traicionero, ya estaba reaccionando otra vez, hinchándose contra la tela hasta marcarse entero. Ella lo notó. Por supuesto que lo notó. Se rió muy bajito y volvió a apretarse.
—Mateo —susurró—. No te enojes conmigo.
—No me enojo. Estoy intentando no hacerte daño.
—No me lo vas a hacer si yo te lo pido.
Se incorporó. De espaldas a mí, se sentó directamente encima, sin penetrarme, acomodando su culo desnudo contra mi polla solo separados por el pantalón —se había subido el camisón hasta la cintura sin que yo la viera hacerlo—. Estiró el brazo hacia atrás, me encontró por encima de la tela y volvió a hacer lo mismo que en la ducha. Pero esta vez con la confianza de quien ya sabía qué botón apretar. Bajó la cremallera ella sola, con una lentitud insoportable, y me sacó la polla del calzoncillo tironeándola hacia afuera. Cuando su mano cerró otra vez alrededor de mí, ya no era la torpeza del primer día. Era una caricia decidida, un puño firme que subía y bajaba a un ritmo que ya había memorizado. Escupió en la palma para lubricar mejor y siguió, y el chasquido húmedo de su mano corriendo por mi polla llenó todo el cuarto.
—Lucía… por favor… esto es demasiado —gemí, hundiendo los dedos en sus caderas.
No paró. Aceleró. Empezó a mover el culo desnudo sobre mis muslos al mismo tiempo, refregando la raya humedecida contra la base de mi polla cada vez que subía la mano hasta la punta, apretándome entre sus nalgas y su palma. Su respiración subía con la mía. Sentí su otra mano meterse entre sus propias piernas, oí perfectamente el chapoteo mojado de sus dedos frotándose el coño mientras me hacía la paja, y ese sonido me terminó de romper. Cuando me corrí por segunda vez en pocos días, lo hice a chorros calientes sobre su espalda, sobre su culo, sobre su propia mano, colgándole en hilos largos que le resbalaron por la cintura. Ella se quedó muy quieta encima de mí, sintiéndolo caer entre los hombros, en silencio, y me dio la impresión de que sonreía.
—Esto no se puede repetir —dije, cuando recuperé la voz.
—Ya lo dijiste el otro día.
—Esta vez lo digo en serio.
—Yo también.
Pero nadie en aquel cuarto se creía a sí mismo.
***
El domingo entendí que la frase «no se puede repetir» no significaba nada si la persona que la decía era yo. Después de la cena, la senté en la cama, le retiré la sábana y le dije que esta vez le tocaba a ella escuchar.
—Lo dejaste todo sucio el sábado —le dije, y mi voz sonó más ronca de lo que me habría gustado—. Esta vez vas a limpiarlo tú.
Ella se mordió el labio. Asintió sin hablar. Se incorporó, se acercó a mí a tientas hasta que sus dedos me encontraron el cinturón, y empezó a desabrocharme sin hablar. Me bajó el pantalón hasta las rodillas, el calzoncillo justo después, y mi polla le quedó a la altura de la cara, ya dura, apuntándole. La tanteó con la palma, midiendo el largo otra vez, apretándome desde la base hasta la punta como si quisiera comprobar cuánta iba a poder tragarse. Sacó la lengua y me lamió despacio toda la extensión, de abajo hacia arriba, siguiéndola con la yema del pulgar. Después me metió el glande en la boca, y esta vez no fue tímida. Cerró los labios en torno a la cabeza, chupó fuerte, y se lo fue tragando poco a poco, milímetro a milímetro, con los ojos cerrados y el ceño fruncido de la concentración. Al principio con torpeza, después con una entrega casi infantil, como quien intenta hacer algo bien sin que nadie le explique. La sostuve con cuidado, sin forzarla, dejándola encontrar su propio ritmo, apartándole el pelo de la cara para que no se le pegara. Mi mano descansaba sobre su nuca, sin presión, solo para que supiera dónde estaba yo. Escuchaba los sonidos húmedos de su boca, el ruido pegajoso cada vez que se sacaba mi polla entera para tomar aire y volvía a metérsela hasta atrás. Se le llenaban los ojos de lágrimas y aun así seguía. Cuando empezó a darle arcadas, la aparté con suavidad. Le colgaba un hilo de saliva de la barbilla hasta la punta de mi polla brillante.
La giré sobre la cama. La dejé a cuatro patas sobre las sábanas. Lucía no protestó. Le subí el camisón por encima de la cintura, le abrí las nalgas con las dos manos y me quedé mirándole el coño mojado y el culo ofrecido durante un segundo largo. Apoyó la mejilla en la almohada, abrió un poco más las piernas y esperó.
Lo que pasó después ya no se puede llamar accidente.
Me pasé el glande por toda la raja del coño para lubricarlo con su propio flujo, arriba y abajo, deteniéndome en el clítoris cada vez que subía. Ella empezó a temblar de anticipación, moviendo las caderas hacia atrás buscándome. La penetré despacio, la primera vez. Sentí cómo la carne apretadísima se abría alrededor de mi polla, cómo me iba tragando de a poco, cómo Lucía soltaba el aire entre los dientes conforme yo entraba, hasta que mis huevos quedaron pegados contra su coño. Hubo un instante, uno, en el que pude haber parado. Lo recuerdo con tanta claridad como recuerdo cualquier cosa de aquella semana. Ella estaba quieta, esperando, sin presionarme. La elección fue mía. Cuando empecé a moverme, ella gimió mi nombre con una voz que no le había oído nunca. La agarré de las caderas y empecé a follármela con embestidas largas, sacándomela casi entera para volver a hundírsela hasta el fondo, y la fui sintiendo apretarse alrededor de mi polla con cada golpe, descubriendo despacio cómo encajábamos, cómo le gustaba, dónde había que tocar para que se le rompiera la respiración. Me incliné sobre su espalda, le agarré una teta con la mano izquierda, apretándole el pezón entre dos dedos, y le pasé la otra por delante hasta encontrarle el clítoris. Empecé a frotárselo al ritmo de mis embestidas. Ella se derrumbó con el pecho contra la almohada, culo arriba, y empezó a gritar contra la tela, ahogando los gemidos con la boca abierta contra el algodón. Cuando se corrió, su coño apretó tan fuerte alrededor de mi polla que casi me arrastra con ella. Me mordí el labio, aguanté, y me vacié adentro con espasmos largos, sintiendo cómo mi semen le llenaba el útero, cómo se desbordaba por los bordes y le resbalaba por los muslos.
La segunda ronda fue más larga. Más callada. Más nuestra. La puse boca arriba, le abrí las piernas y me acomodé encima. Le fui besando el cuello, las clavículas, se los pezones —chupándoselos hasta ponérselos rojos y duros—, y bajé hasta el ombligo. Después me hundí entre sus muslos y le comí el coño despacio, saboreándole mi propio semen mezclado con su flujo, chupándole el clítoris con la punta de la lengua, metiéndosela adentro hasta hacerla arquearse. Ella me agarró la cabeza con las dos manos y me apretó contra ella, moviéndome las caderas contra la cara. Cuando se corrió por segunda vez, en mi boca, subí y la penetré otra vez, ahora frente a frente, mirándole la cara que no me veía. Me la follé despacio, hondo, apoyándome en los codos para no aplastarla, sintiendo cómo me clavaba las uñas en la espalda con cada empujón. Le mordí el cuello. Le lamí la oreja. Cuando estaba por acabar, aceleré, y ella me rodeó las caderas con las piernas para no dejarme salir. Acabé dentro de ella otra vez, mordiéndome el labio para no decir su nombre en voz alta, sintiendo cómo el segundo chorro llenaba lo que ya rebosaba. Cuando me retiré, un hilo blanco cayó de su coño abierto hasta la sábana. Nos quedamos los dos boca arriba en la cama, sudados, sin hablar, escuchándonos respirar. Pasaron muchos minutos antes de que alguno se atreviera a moverse.
—Mateo —murmuró por fin, todavía pegada a mí, todavía respirando con dificultad—. Ahora sí. Ya soy completamente tuya.
La abracé. No supe qué contestar. Me quedé con el corazón a mil por hora y con una ternura que ya no era de hermano.
***
Han pasado años desde aquella semana.
Lucía recuperó parte de la vista varios meses más tarde, lo justo para volver a leer las etiquetas del supermercado y reconocer caras a un metro de distancia. Se casó. Yo también. Tenemos hijos pequeños que se parecen demasiado entre sí en las fotos de los cumpleaños. Llevamos vidas que, vistas desde fuera, son perfectamente normales: cenas familiares, vacaciones cortas, fotos de Navidad delante de un árbol que se repite cada año. Mi mujer no sabe nada. Su marido tampoco. Aquello que pasó en el baño y en la cama de aquel departamento se quedó enterrado entre nosotros dos, intacto, como si lo hubiéramos firmado con sangre.
Pero de vez en cuando, todavía nos escapamos.
A veces es un mensaje a medianoche. A veces es una excusa para «ayudarnos con algo» de la familia. Reservamos un hotel barato a las afueras, o nos vemos en el coche, o en el departamento vacío de alguno de los dos cuando el resto está fuera. Y allí, entre el silencio y la culpa, nos encontramos como nos encontramos aquella primera vez: con la misma intensidad, con la misma certeza de que esto no debería estar pasando, y con la misma incapacidad para impedirlo. Le arranco la ropa antes de cerrar la puerta, me arrodillo a comerle el coño hasta hacerla temblar contra la pared, la doblo sobre la mesa más cercana y la vuelvo a follar como aquel domingo, y ella termina siempre con mi semen resbalándole por los muslos y una sonrisa culpable que dura hasta que se cierra la puerta del hotel.
Lo que empezó como una promesa de cuidarla mientras no veía, terminó convirtiéndose en lo único que ninguno de los dos ha sido capaz de dejar.
Y aunque ahora tengamos vidas normales, familias que nos quieren y responsabilidades que no podemos esquivar, de vez en cuando, en mitad de un día cualquiera, volvemos a recordar aquella semana en la que todo se decidió.