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Relatos Ardientes

La mañana que entré al cuarto de mi hijo sin avisar

Esa mañana de sábado entré en la habitación de Mateo con la taza de café en la mano, como hago siempre cuando sé que durmió hasta tarde. La persiana estaba medio bajada y la luz se colaba en franjas doradas sobre la cama deshecha. Mi hijo, veintidós años, novia desde hace un año, dormía boca arriba, completamente entregado al sueño. Y en cuanto cerré la puerta detrás de mí, vi algo que me cortó el aliento.

Tenía los calzoncillos bajados hasta medio muslo. Y sobre la cara, pegada a la nariz y a la boca, una de mis bragas. Las que me había quitado la noche anterior antes de meterme en la ducha. Las mismas que dejé en el cesto del baño, pensando que nadie las miraría.

Mi propio hijo. Oliendo mis bragas usadas mientras duerme. Qué barbaridad.

Tendría que haber dado media vuelta. Tendría que haber salido en silencio, dejado el café en cualquier parte y fingir que no había visto nada. Pero no me moví. Me quedé clavada en la puerta, con la respiración entrecortada y un calor lento que empezó a subirme por dentro de los muslos.

Y entonces mis ojos bajaron.

Su polla descansaba sobre el muslo derecho, medio dura, gruesa, pesada. La piel del tronco brillaba ligeramente con la luz de la mañana, recorrida por una vena marcada que se le hinchaba hacia la cabeza. El glande tenía esa forma redondeada, brillante por la humedad de la noche, casi pidiendo ser tocado. Los testículos colgaban relajados a un lado, llenos, peluditos, vivos.

No, no, no. No mires así a tu hijo. Sal de aquí.

Pero seguía mirando. Y se me endurecieron los pezones bajo el vestido fino de algodón, y noté la humedad bajándome despacio, ridículamente, entre las piernas. Yo tenía cuarenta y seis años, llevaba veinte casada con su padre y nunca, jamás, había sentido un calentón así por la mañana en mi propia casa.

Dejé la taza sobre la cómoda sin hacer ruido. Las baldosas estaban frías bajo mis pies descalzos. Me acerqué a la cama paso a paso, con el corazón retumbándome contra las costillas.

Solo voy a mirar de cerca. Solo eso. Y luego me voy.

Me arrodillé al lado de la cama. La madera del suelo me clavó las rodillas. Acerqué la cara y aspiré despacio. El olor era denso, masculino, joven, mezclado con el rastro tibio de mi propio cuerpo en aquellas bragas. Algo se me removió por dentro de una forma que me asustó.

Levanté la mano. Me temblaba.

La apoyé primero con dos dedos sobre el tronco, casi sin tocar, como quien comprueba si una superficie quema. Estaba tibia. La piel suave, sedosa, pero por dentro firme, dura. Bajé la palma entera y la cerré alrededor. Mis dedos no llegaban a tocarse. La tenía más gruesa que su padre. Ese pensamiento, que no debí formular, me cruzó la cabeza igual.

Empecé a moverla, muy lento. Arriba, abajo, sintiendo cada vena, cada pliegue. La piel se deslizaba con suavidad sobre la dureza interior, y noté cómo la polla respondía: se iba poniendo más recta, más caliente, más firme contra mi palma.

Esto está mal. Esto está muy mal. Y aun así no puedo parar.

Me incliné un poco más y le di un beso suave en la punta. Apenas un roce de labios sobre el glande. Sabía salado, ligeramente dulce, con ese gusto a piel limpia recién despertada. Saqué la lengua y lamí despacio el borde redondeado, sintiendo cómo se hinchaba bajo mi boca.

Mateo gimió en sueños. No se despertó. Solo movió un poco la cadera.

Lo metí dentro, solo la cabeza, y lo chupé con cuidado, moviendo la lengua en círculos. La saliva se mezclaba con la humedad del glande. Saqué la boca con un hilo brillante uniéndonos todavía un segundo antes de romperse. Seguí pajeándolo con la mano, despacio, mirando hipnotizada cómo brillaba con mi saliva, cómo palpitaba.

Y entonces sentí su respiración cambiar.

Levanté los ojos. Mateo me miraba desde la almohada. Las bragas seguían medio caídas sobre su frente. Tenía los ojos entreabiertos, oscuros, sin sorpresa, como si llevara meses esperando exactamente esto.

—Mamá… —susurró ronco.

Se me secó la boca. La mano se me quedó quieta sobre su polla, todavía agarrándola.

Se acabó. Aquí termina todo. Suéltalo, levántate, pide perdón y desaparece.

—Calla, mi vida —dije en voz muy baja, sin reconocer mi propia voz—. No digas nada. Déjame.

Volví a moverla. Despacio. Sin apartar los ojos de los suyos. Mateo no se movió, no me apartó, no protestó. Solo entreabrió los labios y soltó el aire muy lento. Apartó las bragas de su cara con dos dedos y las dejó sobre la almohada, sin dejar de mirarme.

—Qué guapa estás así —murmuró.

Casi me río. Yo iba sin maquillar, con un vestido viejo de andar por casa, el pelo recogido con una pinza, las gafas a media nariz. Y mi hijo me decía aquello mientras le hacía una paja arrodillada al lado de su cama.

—No me digas eso —contesté—. No me lo digas, que me pierdes.

—Ya estás perdida —dijo, y sonrió.

Tenía razón, claro. Apreté un poco más fuerte. Subí, bajé, giré la mano al llegar al glande. La cabeza se le ponía cada vez más roja, más hinchada, brillante de saliva y humedad. Una gota gruesa asomó por la punta. La recogí con el pulgar y me la llevé a la boca despacio, sin dejar de mirarlo.

Mateo gimió por lo bajo.

—Ven aquí —dijo, y estiró la mano.

—No puedo —contesté.

—Sí puedes.

Sus dedos me alcanzaron el tobillo. Calientes, fuertes. Subieron por la pantorrilla, lentos. Pasaron la rodilla. Llegaron al muslo. Yo seguía pajeándolo. Lo único que pensaba era que tenía que parar, y lo único que hacía era seguir.

—Tienes los muslos preciosos, mamá —dijo bajito—. Siempre me han gustado.

—Mateo…

—Siempre.

Su mano se metió debajo del vestido. Me apretó la cara interior del muslo, ahí donde la piel es más blanda, y subió. Cuando me rozó las bragas, descubrió lo que yo ya sabía: estaba empapada. Soltó una risa baja, casi tierna, casi cruel.

—Mira cómo estás, mamá.

Apartó la tela a un lado y me metió dos dedos. Sin permiso, sin avisar, sin cuidado. De golpe. Yo cerré los ojos y dejé escapar un gemido que no debió oírse en aquella casa. Los movió despacio, curvándolos hacia arriba, justo donde más se me nubla todo. El sonido húmedo se mezclaba con el ruido de mi mano subiendo y bajando por su polla.

—Ay, hijo —jadeé, y al escucharme decir aquella palabra mientras él me metía los dedos sentí una vergüenza tan inmensa, tan caliente, que casi me corrí ahí mismo—. Hijo, hijo, esto está fatal.

—Lo sé —contestó—. Sigue.

***

Subió la otra mano y me sacó un pecho del escote del vestido. Los tengo pequeños pero firmes, con los pezones grandes y oscuros. Me los apretó con esa mezcla de ternura y posesión que no tendría que haberme gustado tanto. Me pellizcó un pezón despacio entre dos dedos y yo me incliné un poco más, ofreciéndole el cuerpo como si tuviera todo el sentido del mundo.

—Bésame —le pedí casi sin voz.

—¿Estás segura?

—No.

—Bien.

Me agarró del pelo con la mano libre y tiró un poco. La pinza se soltó y se me cayó el pelo por la espalda. Acercó mi boca a la suya. Cuando nuestras lenguas se encontraron, fue como si todo lo que me quedaba de cordura se cayera al suelo y se rompiera sin ruido. Lo besé como nunca había besado a nadie. Despacio, profundo, con la lengua resbalando sobre la suya, mordisqueándole el labio inferior, comiéndomelo entero.

Sus dedos seguían dentro de mí, marcándome el ritmo. Mi mano seguía en su polla, ya con la muñeca dolorida, sin parar.

—Mamá, me voy a correr —murmuró contra mi boca.

—Hazlo —contesté yo, y me sorprendí de mí misma—. Córrete encima de mí.

Apreté más fuerte. Subí la mano hasta el glande y la bajé entera, una, dos, tres veces. Él gruñó dentro de mi beso y empezó a sacudirse. Sentí el primer chorro caliente caer sobre mi pecho descubierto, denso, abundante. El segundo me alcanzó el cuello. El tercero resbaló sobre la tela del vestido hasta el muslo. Yo seguía moviendo la mano, ordeñándolo, hasta la última gota, mientras me corría a su vez sobre sus dedos con un temblor sordo, sin gritar, sin atreverme a hacer ruido en mi propia casa.

Cuando paramos, los dos jadeábamos. La habitación olía a sexo, a sudor, a algo que no debería haber existido nunca entre nosotros.

Me separé de él. Saqué sus dedos de dentro de mí con cuidado, casi con miedo. Me miré: el vestido manchado, el pecho brillando, los muslos pegajosos. El semen de mi hijo escurriéndome por la piel. La realidad me cayó encima como un cubo de agua fría.

Madre mía. Qué he hecho. Qué hemos hecho.

—Esto no puede volver a pasar —dije, y mi voz sonó ridícula incluso a mí misma—. Mateo, esto está muy mal. Somos madre e hijo. Esto no.

Me levanté tambaleándome. Me bajé el vestido como pude. Recogí la pinza del suelo.

—Mamá —dijo desde la cama.

—No.

—Mamá, mírame.

No quise mirarlo. Si lo miraba estaba perdida del todo. Caminé hasta la puerta. La taza de café seguía sobre la cómoda, ya fría. La cogí por inercia, como si necesitara llevarme algo de aquella habitación que no fuera la culpa.

—Otro día seguimos —oí a mi espalda, en esa voz ronca que ahora yo iba a reconocer en cualquier parte.

—No habrá otro día —dije sin volverme.

—Sí lo habrá.

Salí. Cerré la puerta con cuidado, como si el ruido fuera a delatarnos a los dos. El pasillo estaba vacío. La casa, en silencio. Su padre seguía en el trabajo y no volvería hasta la tarde.

Me metí en el baño. Eché el pendiente. Me apoyé en el lavabo y me miré en el espejo. Las mejillas rojas, el pelo revuelto, los labios hinchados de besarlo. Una mancha brillante en el cuello que no había manera de disimular. Y, sobre todo, una sonrisa que se me escapaba sola y que no podía borrar por mucho que apretara los labios.

Me bajé el vestido entero. Me limpié con una toalla húmeda. La piel todavía me ardía donde él me había tocado. Me quedé mucho rato así, desnuda, mirándome, intentando convencerme de que iba a olvidarlo, de que aquello había sido un accidente, una locura matinal, una cosa que no se repetiría.

Y a la vez, en algún rincón muy oscuro de mí, supe que Mateo tenía razón.

Que sí habría otro día.

Y que ese otro día yo ya no iba a llevar café.

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Comentarios (4)

martin_rr

tremendo final, no me lo esperaba para nada

LectoraNocturna

Esa ultima frase lo dice todo sin decir nada. Me quede pensando un buen rato. Continua por favor!

DiegoK_22

buenisimo, de los mejores que lei en mucho tiempo en esta pagina

CristinaV_Ro

Me recordo a una situacion parecida que vivi hace años. Esos momentos en que algo cambia para siempre y ya no hay vuelta atras... muy bien narrado.

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