La fantasía gay que el padre de mi amigo despertó
La semana que siguió al rancho volvió todo a su lugar: el ritmo habitual de clases, los entrenamientos, las obligaciones de la casa. Con los del grupo, la convivencia retomó su cauce normal. El tema de esos tres días en la finca de los Montoya no desapareció del todo —cómo podría—, pero se fue transformando en anécdota, en algo que recordábamos entre risas al borde de la cancha o durante los descansos del entrenamiento.
Lo que más comentábamos era el momento del río. Esa noche de sábado, entre el aguardiente y la oscuridad del agua, mi mano terminó cerrándose sobre la entrepierna de don Rodrigo. Un accidente, según todos. Pero lo que nadie entendía igual que yo era lo que sucedió a continuación: él puso su mano sobre la mía. No para apartarla. Para sujetarla. Para mantenerla ahí varios segundos más de lo que cualquier broma podría justificar. Y bajo el agua, mis dedos alcanzaron a sentir el bulto pesado y caliente de su verga endureciéndose dentro del pantalón mojado, creciendo despacio contra mi palma mientras él me sostenía firme contra él.
Mis amigos lo descartaron sin mucho drama. Que el licor, que el calor de la noche, que don Rodrigo era un hombre serio y casado, el padre de Tomás, una persona de respeto. Probablemente tenían razón. Pero yo seguía volviendo a ese instante con una precisión que no encajaba con la teoría del accidente. La presión de sus dedos sobre los míos. El ángulo de su mandíbula cuando me miró a los ojos sin soltar la mano. La manera en que sus labios esbozaron algo que no era exactamente una sonrisa. El grosor de esa polla que había sentido despertarse bajo mi mano.
Eso no fue una broma.
Don Rodrigo tenía algo que me resultaba imposible de ignorar. Una solidez física que no era de gimnasio sino de trabajo real: los hombros anchos, las manos grandes con los nudillos marcados, el cuello grueso, la espalda que llenaba cualquier camiseta. La voz que bajaba un tono cuando hablaba de algo que le importaba. Durante el fin de semana en la finca me había buscado para los juegos grupales, para el fútbol, para las actividades donde convenía tener a alguien fuerte al lado, y yo había aprovechado cada una de esas excusas para estar cerca, para rozar su brazo con el mío, para observarlo cuando él no me miraba. Me lo imaginaba sin la camisa, el pecho cubierto de vello oscuro, la verga gruesa colgándole entre los muslos, las manos callosas agarrándome de la cintura. Cada vez que lo veía se me ponía el coño caliente y dura la polla al mismo tiempo.
Había algo en él que me recordaba a alguien más cercano, algo que llevaba años aprendiendo a no nombrar ni siquiera en mi propia cabeza. Y fue ahí, en esa coincidencia, donde empecé a ver la posibilidad de hacer algo con todo ese deseo acumulado.
Los días que siguieron al rancho los pasé construyendo el plan con cuidado. No era la primera vez que yo usaba la imagen de alguien para proyectar un deseo que no podía satisfacer directamente, pero esta vez el objetivo era muy concreto. Necesitaba una noche sin interrupciones, sin miradas ajenas, sin tener que administrar mis expresiones. Y necesitaba a la persona indicada para armarlo. No quería compartirlo con nadie más. Ni siquiera con Sebas, que lo sabía casi todo sobre mí.
El viernes llegué temprano a casa de mi tía Clara. Tomamos tinto y ella, sin que yo tuviera que preguntar directamente, me fue dando todos los datos que necesitaba: mi mamá iría al gimnasio a las siete, ella la acompañaría. Sebas entrenaría en el mismo horario, como hacía cada viernes. La ventana era perfecta. Solo tenía que encontrar una razón creíble para quedarme en casa.
Al llegar, dije que durante la práctica de fútbol me había cargado el músculo de los aductores, acá adentro, y que el profesor me había recomendado no forzarlo ese día. Mi mamá me revisó con cara de preocupación y luego se fue a cambiarse. Mi papá andaba por su cuarto organizándose, con cara de quien está calculando si tiene energía para salir o si vale más quedarse.
—¿Vas hoy? —le pregunté desde la puerta.
—Tengo que ir —dijo, sin mucha convicción.
—No tienes que hacer nada que no quieras.
Se quedó quieto un momento y me miró. Llevábamos toda la vida aprendiendo a leer el lenguaje del otro, y en ese instante los dos supimos exactamente qué estaba pasando. Mi mamá se fue primero. Sebas ya había salido veinte minutos antes. La casa quedó en silencio.
***
Entré a su cuarto. Llevaba una pantaloneta de tela fina, muy corta, que yo sabía que le gustaba porque me marcaba el culo y dejaba ver que no traía nada debajo. Me senté en el borde de su cama y apoyé el pie derecho sobre su muslo antes de que él pudiera decir nada.
—El músculo está acá adentro —dije, abriendo la pierna para que viera bien—. Míralo un momento.
Puso la mano en el interior de mi pierna. Subió despacio, midiendo cada centímetro con los dedos callosos, y cuando llegó hasta donde yo quería que llegara se detuvo un instante. La tela se me había corrido y mi polla ya estaba dura, dibujándose contra la pantaloneta, y él lo veía con esa misma calma con que veía todo.
—Mateo —dijo en voz baja.
—Ya estamos aquí, papi.
Le agarré la mano y la metí debajo de la tela, hasta dejarla sobre mi polla caliente. Él cerró los dedos alrededor de la verga sin pensarlo, apretando con esa firmeza suya, y empezó a masturbarme despacio mientras yo me arqueaba contra el colchón. Le bajé la pantaloneta y se la saqué de un tirón. Su polla ya estaba afuera, gruesa, oscura en la punta, con esa vena que la recorría por debajo y que yo conocía de memoria. Me incliné, le agarré las bolas con una mano, y me la metí entera en la boca de una sola vez hasta sentir que me golpeaba el fondo de la garganta.
—Mateo, despacio —dijo entre dientes, agarrándome de la nuca.
Pero yo no quería despacio. Empecé a chuparle la polla con hambre, subiendo y bajando, dejando que se me llenara la boca de saliva y que se le escurriera por las bolas. Él me sujetaba la cabeza con las dos manos y me follaba la boca a su ritmo, sin contemplaciones, hasta que sentía que se me saltaban las lágrimas. Cuando lo escuché gemir más fuerte, levanté la cara y le di una mirada.
—Quiero pedirte algo diferente esta vez —dije, con los labios todavía rozándole la punta de la polla.
Levantó la vista hacia mí, agitado.
—Quiero que seas alguien más. Que actúes como alguien que me tiene la cabeza vuelta loca desde hace semanas.
—¿Quién? —preguntó.
—Don Rodrigo. El papá de Tomás.
Silencio. Me miró con esa expresión suya de estar procesando algo sin mostrar lo que piensa, mientras yo seguía pasándole la lengua por la cabeza de la polla, lamiéndole la gota de líquido que ya le brotaba.
—¿Pasó algo con él en la finca?
—Casi. Ojalá. Pero no. Le tomé la polla bajo el agua, papi. La sentí toda. Y desde esa noche no puedo pensar en otra cosa.
—Está bien —dijo al fin, y la voz le había cambiado—. Pero lo hacemos bajo mis condiciones.
Se levantó y abrió el armario. Sacó una maleta pequeña que yo conocía de vista, de esas que uno aprende a no preguntar qué contienen. Primero apareció un antifaz de tela oscura que colocó sobre mis ojos con cuidado, ajustándolo sin apretar. Después escuché el sonido metálico de algo que reconocí de inmediato. Me arrancó la pantaloneta de un tirón, me dejó desnudo sobre la cama, y sentí el frío cerrarse sobre mi muñeca izquierda, luego sobre la derecha, atándome a la cabecera de la cama con una precisión que no dejaba margen. Quedé abierto, con las piernas separadas, la polla parada contra el ombligo y el culo levantado para él.
—Las condiciones son mías —dijo junto a mi oído, y en ese momento su voz tenía algo diferente, más profunda, más deliberada—. Tú te olvidas de dónde estás. Yo te llevo.
Asentí sin decir nada. Bajo el antifaz, cerré los ojos.
***
El aceite llegó primero al pecho. Frío al principio, luego tibio por el calor de sus palmas. Las manos se movieron con lentitud y sin apuro, cubriendo el pecho, bajándome por el abdomen, jugando con los pezones que se me pusieron duros enseguida. Después siguieron bajando, rodeándome la polla sin tocarla del todo, repartiendo el aceite por las bolas, por la entrepierna, por los muslos. Yo estaba con los brazos por encima de la cabeza, atado a la cama, sin poder hacer otra cosa que recibir cada movimiento y dejar que fuera acumulándose.
—Cierra los ojos aunque tengas el antifaz —dijo—. Escúchame bien.
Y empezó a hablar.
La historia que construyó empezó con algo sencillo: una tarde de sábado en el centro comercial del norte de la ciudad. Don Rodrigo y yo cruzándonos en la planta de comidas, sin Tomás, sin nadie que nos pusiera en nuestro lugar habitual. Él me llamaba por mi nombre. Le sorprendía encontrarme solo.
—Pedimos dos tintos —narró mi papá con voz tranquila, mientras sus manos seguían moviéndose sobre mis muslos—. Los dos de pie, apoyados en la barra. Don Rodrigo habla despacio. Te pregunta por el estudio, por el entrenamiento. De vez en cuando mira hacia abajo y se corrige. Le miras el bulto que se le marca contra el pantalón. Te das cuenta de que la tiene gorda, papi. Que llenaría cualquier mano.
Lo estaba viendo. El mostrador de mármol, el olor a café quemado, el ruido sordo del centro comercial. La chaqueta azul oscuro de don Rodrigo. El bulto pesado debajo del pantalón gris.
La historia fue avanzando. Pasaron de la barra a una mesa en un rincón, alejada del ruido. De los temas de siempre a algo más personal: qué busca uno, qué no encuentra, qué aprende a no decir en voz alta. Y en algún momento de esa conversación, don Rodrigo dejó caer algo. Un comentario sobre mis piernas. Sobre la manera en que cargo el cuerpo cuando camino. Sobre las ganas que le daban de verme abierto encima de su cama. Lo dijo con naturalidad, sin urgencia, como quien abre una puerta y espera a ver si el otro la cruza.
Las manos que me masajeaban bajaron más. Una se cerró sobre mi polla aceitosa y empezó a moverse arriba y abajo, con la presión exacta, mientras la otra se metía entre mis nalgas y me buscaba el culo. Yo jalé contra las esposas sin querer, como reflejo, sin ningún sitio adonde ir.
—Don Rodrigo conoce un apartamento a dos cuadras —continuó la voz—. Un amigo le dejó las llaves para recoger unos papeles. No tardan nada. ¿Vamos?
Los dos sabíamos, dentro de la historia, que no había papeles. Lo que había era un apartamento con la luz de la tarde cayendo en diagonal sobre un sillón de cuero, y don Rodrigo cerrando la puerta sin apuro. El silencio de un espacio que no era de ninguno de los dos. Él sentándose a mi lado y apoyando la mano en mi muslo con la misma naturalidad con que había hecho aquella noche en el río. Subiendo despacio hasta agarrarme la polla por encima del pantalón.
—Quítate la ropa —decía don Rodrigo dentro de la historia—. Te quiero ver entero.
Y yo me la quitaba ahí, en ese apartamento prestado, parado frente a él, mientras él seguía vestido y me miraba desde el sillón, recorriéndome con los ojos como quien estudia algo que va a tomarse con calma. Después se desabrochaba el cinturón, se bajaba la cremallera, y se sacaba la polla. Y era exactamente la polla que yo había sentido bajo el agua: gruesa, oscura, larga, con las bolas pesadas colgándole entre las piernas abiertas.
—Ven acá —decía don Rodrigo—. Arrodíllate.
Mientras mi papá narraba, sentí algo rondando entre mis muslos. Un objeto que reconocí sin que nadie tuviera que explicarme nada. Frío, duro, untado de aceite. Entró con lentitud por mi culo, primero la punta, después la mitad, abriéndome despacio y con una precisión que me hizo cerrar los dientes y arquear la espalda contra el colchón. Las manos no dejaron de moverse en ningún momento, como si todo formara parte de un mismo movimiento continuo: una me bombeaba la polla con el aceite, la otra me empujaba el juguete hasta el fondo del culo, y yo me dejé ir.
—Don Rodrigo te dice lo que piensa desde hace tiempo —continuó la voz, más cerca del oído ahora—. Sin rodeos. Con esa manera suya de hablar cuando algo le importa de verdad. Te dice que te ha observado desde el primer día que Tomás te trajo a su casa. Que hay algo en ti que no supo cómo nombrar hasta esa tarde. Que le alegra comprobar que tampoco tú has salido corriendo. Que se viene pajeando con tu cara desde hace semanas. Que esa noche en el río, cuando sentiste la polla, le quedaron las ganas de habértela metido entera ahí mismo.
Podía escuchar su voz exacta. No la de mi papá. La de don Rodrigo.
La historia fue subiendo de temperatura de manera lenta y deliberada. Yo estaba arrodillado frente a él en ese sillón de cuero. Le agarraba las bolas con una mano y le metía la polla en la boca, sintiendo cómo me llenaba toda la garganta. Él me agarraba del pelo y me la metía hasta el fondo, sin dejarme respirar, hasta que se le ponía aún más gorda contra la lengua. Yo le mamaba como si fuera la última polla que iba a probar en mi vida, dejándole las bolas mojadas de baba, lamiéndole la cabeza, chupándole la verga entera de raíz a punta.
—Date la vuelta —decía don Rodrigo en la historia—. Quiero verte el culo.
Y yo me daba la vuelta ahí mismo, en cuatro patas sobre la alfombra, levantándole el culo abierto. Él me agarraba las nalgas con las dos manos, me las separaba, y se inclinaba para meterme la lengua entera por el agujero. Me lamía despacio, después rápido, después se la metía entera adentro mientras me apretaba las nalgas hasta dejármelas marcadas con sus dedos gruesos. Yo gemía con la cara contra el cuero del sillón, suplicándole que me la metiera, que me la pusiera adentro de una vez.
—¿Quieres que te la meta? —decía don Rodrigo en la historia, escupiéndome encima del culo, untándome la saliva con la cabeza de la polla.
—Sí, papi —respondía yo, dentro de la historia y fuera de ella al mismo tiempo.
—Pídemela bien.
—Métamela, don Rodrigo. Métamela toda.
Y en el apartamento de la historia, don Rodrigo me agarraba de las caderas con esas manos enormes y me clavaba la polla entera en el culo de una sola estocada. Yo gritaba contra el cuero del sillón mientras él se quedaba quieto un momento, esperando a que yo aguantara la verga gorda, y después empezaba a follarme despacio, con embestidas largas y profundas, dándome con las bolas contra el culo en cada metida.
El juguete dentro de mí encontró un ritmo más fuerte, más rápido. La mano sobre la polla me bombeaba con más urgencia. Yo me retorcía bajo el aceite y el cuero atado, escuchando la voz que me describía cómo don Rodrigo me tenía clavado al sillón, cómo me agarraba del cuello con una mano mientras me follaba con todo, cómo me decía al oído que era mío, que ese culo era suyo, que no iba a dejar de cogerme hasta que me corriera sin tocarme.
—Así, papi, así —gemía yo, con los puños cerrados contra las esposas—. Más fuerte. No pares.
—Don Rodrigo te folla con todo el peso del cuerpo —seguía la voz de mi papá, ya más áspera, más excitada—. Te tiene contra el sillón con su mano grande en la nuca. Te dice cosas al oído que no le ha dicho a nadie. Te dice que ya no quiere disimular. Que va a buscarte cada vez que pueda. Que esto se queda entre ustedes dos.
El juguete me golpeaba la próstata con cada empujón. La mano me apretaba la polla más fuerte. Las dos manos trabajándome al mismo tiempo, los dos agujeros llenos, y la voz de don Rodrigo dentro de mi cabeza diciéndome que me iba a llenar el culo de leche, que me iba a coger hasta dejarme la corrida adentro.
En el apartamento de la historia, don Rodrigo me daba la vuelta sin sacarme la polla. Me ponía boca arriba sobre el sillón, me levantaba las piernas hasta apoyármelas en sus hombros, y volvía a metérmela hasta el fondo. Ahora me veía la cara. Me agarraba la polla con su mano callosa y me la masturbaba al ritmo con que me follaba, mirándome a los ojos, sin decir nada, con la mandíbula apretada y el sudor cayéndole por la sien.
—Córrete para don Rodrigo —dijo la voz a mi lado, pegada al oído—. Córrete pensando en él. En su polla adentro. En su mano. En su cara.
No sé en qué punto del relato llegué al límite. Fue con esa frase, con las manos y el movimiento dentro de mí convergiendo al mismo tiempo, con la imagen de don Rodrigo en ese apartamento mirándome con la misma calma con que me había mirado aquella noche en el agua. Sentí la corrida subir desde las bolas, llenarme la polla, y reventar en chorros gruesos que me cayeron por el pecho, por el cuello, por la cara. Llegué ahí solo, con los brazos esposados y los ojos cubiertos, gritando el nombre de otro hombre, y cuando pasó fue largo y completo y más real de lo que yo había calculado. El culo se me cerraba sobre el juguete con espasmos que no podía controlar, y la mano sobre la polla siguió ordeñándome hasta que no quedó nada adentro.
***
Cuando el antifaz salió, tardé un momento en reconocer el techo del cuarto, la ventana, la última luz de la tarde. Tenía la corrida secándoseme en el pecho y el cuerpo entero temblando. Mi papá estaba de pie junto a la cama, en silencio, con la polla todavía dura colgándole entre las piernas y un brillo de sudor en la frente. No había en su cara ni triunfo ni arrepentimiento. Solo la expresión tranquila de alguien que hizo su trabajo bien y lo sabe.
—¿Estuvo bien? —preguntó.
—Estuvo —respondí.
No añadimos nada más. No había nada que agregar.
Que don Rodrigo nunca fuera a saber nada de esa tarde era, de alguna manera, parte de lo que la hacía perfecta. El deseo que no puede decirse en voz alta encuentra su propia forma de cumplirse, si uno busca con el cuidado suficiente. Esa tarde aprendí que la fantasía no necesita al otro para ser completamente real. Solo necesita que alguien la sostenga el tiempo justo para que tú puedas entrar en ella de verdad.
Y mi papá la sostuvo hasta el final.

