Mi madre me enseñó a desear a otras mujeres
Mis tres hijos están completamente entregados. Lucía se ha subido la falda hasta la cintura y se toca despacio, con los ojos entrecerrados. Andrés se ha sacado la polla y se la acaricia con la mano lenta. Marta tiene la camiseta levantada y se pellizca los pezones mientras me mira con la boca entreabierta.
Lucía gime bajito:
—Mamá… sigue… cuéntanos más… me estoy poniendo cachonda perdida.
Yo sonrío con esa sonrisa vieja y sucia que tanto les gusta, y continúo con la voz más ronca que nunca:
—Pues unos días después de que vuestro abuelo y vuestro tío me follaran por primera vez, pasó algo que me cambió para siempre. Era el verano de 1965. Yo tenía diecinueve años recién cumplidos. Mi cuerpo ya era una provocación andante: pelo corto negro como ala de cuervo, cara de niña buena pero mirada de loca, tetas grandes y duras que se me marcaban bajo cualquier tela, cintura estrecha y un culo redondo y carnoso que atraía todas las miradas del pueblo.
Aquella tarde mi padre y mi hermano Miguel me habían usado como animales. Uno por delante y el otro por detrás, sin contemplaciones. Me dejaron tirada en la cama, destrozada, con los dos agujeros abiertos y chorreando semen espeso.
Mi madre, vuestra abuela Soledad, estaba sentada en una silla al lado, vestida de negro como siempre, con el moño tirante y la espalda recta. Pero tenía la falda subida y tres dedos metidos entre las piernas, corriéndose en silencio mientras miraba cómo su marido y su hijo me reventaban.
Cuando los dos hombres se fueron, yo me quedé boca abajo, jadeando, con la cara pegada a la almohada y el culo en pompa. La leche de padre e hijo me salía a borbotones.
Soledad se levantó despacio. Se acercó a la cama y se sentó a mi lado. Me acarició el culo con la mano fría y yo le pregunté sin levantar la cabeza:
—Me pones cachonda, madre… pero ¿por qué te excitas tanto viéndome? Te has corrido tres veces solo mirando.
Soledad sonrió. Una sonrisa perversa, antigua. Se quitó el vestido negro de un tirón. Debajo no llevaba nada. A sus sesenta años seguía siendo delgada, pero con un cuerpo voluptuoso de otra época: tetas caídas pero todavía generosas, con pezones largos y oscuros, cintura estrecha, un culo firme que contrastaba con sus piernas llenas de carne suave y blanca. El coño tenía un poco de vello canoso, ya abierto y brillante.
—Porque soy una guarra sumisa, hija —me dijo mientras se echaba sobre mí—. Toda la vida he sido la puta de tu padre y de tu hermano. Me gusta ver cómo usan a otras mujeres… y sobre todo verte a ti, que eres tan joven y tan puta como yo fui.
Se colocó encima de mi cuerpo. Sentí sus tetas pesadas contra las mías, sus pezones duros rozándome la espalda. Bajó la cabeza y empezó a lamerme el coño y el culo, comiéndose la mezcla de semen que me chorreaba.
—Qué rica está la leche de tu padre mezclada con la de tu hermano —gemía mientras me limpiaba con la lengua—. Abre más las piernas, hija… déjame comerte bien.
Yo gemí fuerte. Nunca había sentido la lengua de una mujer. Era diferente. Más suave, más paciente, más hábil. Me comía el coño con devoción, metiendo la lengua hasta el fondo, sorbiendo todo. Luego pasó al culo y me lamió el ano abierto, chupando cada resto.
—Madre… joder… qué boca tienes… me estás poniendo cachonda otra vez…
Soledad subió por mi cuerpo, besándome la espalda, el cuello, hasta llegar a mi oreja. Me dio la vuelta y me besó en la boca con lengua. Larga, húmeda, experta. Me folló la boca con esa lengua mientras me sobaba las tetas con las dos manos.
—Bésame, hija… siente la lengua de tu madre —susurraba entre beso y beso.
Yo estaba fuera de mí. Empecé a tocarla. Sus tetas caídas eran suaves y pesadas, los pezones largos y duros como piedras. Se los chupé con ganas. Bajé por su barriga y le comí el coño. Sabía a mujer madura, a cuerpo usado, a años de sumisión. Me metí entre sus piernas y le lamí el clítoris hinchado mientras ella gemía.
—Así, hija… cómemelo… tu madre es una puta vieja pero todavía le gusta que la coman…
Hicimos de todo aquella tarde.
Me puso a cuatro patas y me comió el coño y el culo desde atrás, metiendo la lengua en los dos agujeros. Yo me corría sin parar. Luego nos pusimos en 69: yo encima, comiéndole el coño mientras ella me comía el mío y me metía dos dedos en el culo. Nuestras tetas se aplastaban, nuestros cuerpos se restregaban.
Se sentó en mi cara y me folló la boca con su coño. Me agarraba del pelo corto y se restregaba contra mi lengua. Yo le chupaba el clítoris y le metía la lengua en el ano estrecho.
Mientras me comía, me contaba cosas entre gemidos:
—Tu padre me follaba delante de tu hermano desde que el chico tenía dieciséis años… una vez me ató a la mesa de la cocina y dejó que Miguel me meara encima mientras él me follaba por detrás… otra vez trajo a dos amigos del cortijo y me usaron los tres mientras yo fregaba el suelo… siempre he sido su puta… y ahora tú también lo eres, hija mía…
Me corrí otra vez oyéndola.
Después nos frotamos coño contra coño, tetas contra tetas, sudadas y pegajosas. Al final nos corrimos las dos a la vez, besándonos con lengua, restregándonos como dos perras en celo.
Cuando terminamos, Soledad me abrazó fuerte y me susurró al oído:
—Ahora ya sabes lo que es una mujer, hija. Y te aseguro que ninguna polla te va a dar nunca lo que te puede dar una lengua de hembra.
Yo, todavía temblando, solo pude decir:
—Madre… quiero que me comas el coño todos los días…
Y ella sonrió, satisfecha:
—Cuando quieras, mi niña… cuando quieras.
***
Mis hijos están al límite. Lucía se está corriendo con los dedos, gimiendo alto. Andrés se pajea fuerte. Marta tiene la cara roja y se toca como loca.
—Esperad, cachondos, que todavía no he terminado.
Estábamos las dos en la cama, sudorosas, pegajosas, oliendo a coño y a leche. Mi madre Soledad, con sus sesenta años, tumbada encima de mí, sus tetas pesadas aplastadas contra las mías, su coño caliente restregándose contra mi muslo.
Yo tenía diecinueve años y estaba completamente entregada, con las piernas abiertas y el culo aún dolorido y lleno de semen de mi padre y mi hermano.
Soledad me besó en la boca con esa lengua larga y experta, metiéndomela hasta la garganta, y mientras me besaba empezó a hablar con esa voz vieja y ronca que me ponía aún más cachonda:
—Ay, hija mía… tú no sabes la guarra que ha sido tu madre toda la vida… Déjame que te cuente mientras te como, para que veas de dónde viene tu vicio…
Se deslizó hacia abajo, besando mis tetas, mi barriga, y se colocó entre mis piernas. Me abrió los labios con los dedos y me metió la lengua entera en el coño, lamiendo despacio. Mientras me comía, seguía hablando, y cada palabra me llegaba vibrando contra el clítoris:
—Desde que me casé con tu padre, con solo dieciocho años, él ya me usaba como a una puta. La primera noche de bodas me folló delante de su hermano mayor… me puso a cuatro patas y dejó que su hermano mirara mientras me reventaba el coño virgen. Yo sangraba y gemía, y tu padre le decía a su hermano: «Mira qué puta más estrecha me he casado».
Soledad me succionaba el clítoris con fuerza, metiendo dos dedos en mi coño y moviéndolos en círculos. Yo gemía alto y le agarraba el moño gris.
—Sigue, madre… cuéntame más… no pares de lamerme…
Ella levantó la cara un segundo, con los labios brillantes, y continuó:
—Cuando nacieron vuestros tíos, tu padre ya me prestaba a otros hombres. Una vez, cuando yo tenía veintisiete años, me llevó al pajar del cortijo. Había tres amigos suyos. Me desnudó delante de ellos y me dijo: «Hoy eres la vaca de todos». Me pusieron a cuatro patas sobre el heno y me follaron uno detrás de otro, llenándome el coño y la boca. Tu padre solo miraba y se pajeaba. Cuando terminaron, me dejó allí tirada, chorreando leche de cinco hombres, y me obligó a volver a casa caminando con el semen corriéndome por las piernas.
Me metió tres dedos y empezó a follarme más fuerte con la mano mientras me chupaba el clítoris.
—Y otro día… tu hermano Miguel tenía diecisiete años. Tu padre lo llamó y le dijo: «Ven, hijo, que te voy a enseñar a follar como un hombre». Me pusieron entre los dos en la cama. Tu padre me follaba el coño y Miguel me metía la polla en la boca. Yo me corría como una cerda mientras mi propio hijo me llenaba la garganta. Desde entonces, Miguel me follaba casi todos los días.
Yo estaba temblando. Le agarré la cabeza y la apreté contra mi coño.
—Madre… qué puta eres… sigue contándome… quiero correrme oyéndote…
Soledad sonrió contra mi coño y me metió la lengua hasta el fondo:
—Cuando te tuve a ti, con cuarenta y un años, ya era una vieja guarra sin remedio. Tu padre me follaba todas las noches mientras yo estaba embarazada. Decía que le ponía cachondo follarme con la barriga enorme. Y tu hermano… ay, tu hermano… una noche me pilló sola en la cocina, me subió la falda y me folló contra la pared mientras tú dormías en la cuna al lado. Me corría en silencio para no despertarte.
Se incorporó, se puso en 69 sobre mí y me ofreció su coño viejo y abierto. Yo le metí la lengua mientras ella seguía hablando:
—Una vez tu padre trajo a dos desconocidos del bar. Me ataron a la mesa de la cocina, me abrieron las piernas y me usaron los tres durante horas. Me corrí tantas veces que perdí el conocimiento. Cuando desperté, estaba llena de leche por todos los agujeros y tu padre me estaba meando encima para «marcarme». Yo me corría solo con el calor.
Le comí el coño con ansia, chupándole el clítoris hinchado y metiéndole la lengua en el ano. Soledad gimió más alto y siguió:
—Y lo peor… o lo mejor… es que me gustaba. Me gustaba ser la puta de la casa. Me gustaba que mi marido y mi hijo me usaran, que me prestaran, que me humillaran. Por eso cuando te vi follando con ellos… me corrí como nunca. Porque vi en ti a la misma zorra que yo he sido toda la vida.
Se corrió en mi boca con un gemido largo y ronco, inundándome la cara de jugos calientes. Yo me corrí también, apretando mi coño contra su boca.
Cuando terminamos, nos quedamos abrazadas, sudadas, pegajosas.
Soledad me acarició el pelo y me susurró al oído:
—Ahora ya lo sabes todo, hija mía. Eres igualita a mí… solo que más joven y más guarra. Y me encanta.
***
Mis hijos están al borde del orgasmo. Lucía tiene los ojos vidriosos y se folla con tres dedos. Andrés se pajea con la mano brillante. Marta respira entrecortada, tocándose sin vergüenza. Yo sonrío y sigo con la voz más ronca:
—Pues unos meses después, vuestra abuela Soledad decidió llevarme un paso más allá. Quería que yo probara el coño de otra mujer… y que lo hiciera delante de mi padre y mi hermano.
Era un sábado de finales de aquel verano del 65. Mi madre me dijo que me pusiera un vestido ligero y que no llevara bragas. Me llevó al Cortijo del Arroyo, una finca apartada que era de mi padre.
Cuando llegamos, ya estaban allí: mi padre, mi hermano Miguel y la mujer del capataz, una tal Amparo, una mujer de treinta y cinco años, con un cuerpo fuerte y carnoso de campesina: tetas grandes y pesadas, cintura ancha, culo gordo y piernas fuertes.
Mi madre me cogió de la mano y me llevó al centro del salón. Había una mesa grande de madera.
—Desnúdate, hija —me ordenó Soledad con voz suave pero firme.
Me quité el vestido delante de todos. Quedé completamente desnuda. Mis tetas firmes de diecinueve años, mi coño hinchado y mojado, mi culo redondo. Todos me miraban como lobos.
Mi padre sonrió y se sentó. Miguel se quedó de pie, ya con la polla marcándole el pantalón. Amparo me miraba con deseo abierto.
Mi madre se acercó a Amparo y le empezó a desabrochar la blusa. Le sacó unas tetas enormes, caídas, con pezones oscuros y grandes como ciruelas. Luego le subió la falda y le bajó las bragas. El coño de Amparo era peludo, negro y espeso, con labios grandes y carnosos ya brillantes.
—Ven, Dolores —me dijo mi madre—. Hoy vas a probar coño de mujer. De rodillas.
Me arrodillé delante de Amparo. El olor era fuerte: a coño maduro, a sudor de todo el día en el campo, a hembra en celo. Mi madre me puso la mano en la nuca y me empujó suavemente.
—Lámela, hija. Come el coño de Amparo como te comí yo a ti.
Saqué la lengua y le di el primer lametón. Sabía diferente al de mi madre: más fuerte, más salado, más animal. Los pelos negros me hacían cosquillas en la nariz. Metí la lengua entre sus labios y lamí de abajo arriba. Amparo soltó un gemido ronco.
—Ay, Virgen… qué lengua más caliente tiene la niña…
Mi madre se arrodilló a mi lado y me guiaba:
—Chúpale el clítoris… así… succiona… métele la lengua dentro… más profundo… buena chica…
Mientras yo le comía el coño a Amparo, mi padre y mi hermano se sacaron las pollas y empezaron a pajeárselas. Mi madre se puso detrás de mí y me metió dos dedos en el coño.
Amparo me agarró del pelo y empezó a restregarse contra mi cara.
—Come, niña… cómemelo entero… qué boca más caliente tienes… me voy a correr…
Se corrió en mi boca con un bramido. Un chorro caliente me inundó la lengua. Sabía fuerte, a mujer madura. Tragué todo lo que pude.
Mi madre me levantó y me besó en la boca, probando el sabor de Amparo.
—Qué rica está, ¿verdad? Ahora siéntate en la mesa y abre las piernas.
Me subieron a la mesa grande. Mi padre se puso entre mis piernas y me metió su polla gruesa en el coño de un golpe. Mi hermano Miguel se puso detrás y me clavó la suya en el culo. Me follaban los dos a la vez, fuerte, bestial, mientras mi madre y Amparo me chupaban las tetas.
—Fóllala fuerte, hijo —decía mi padre—. Revuélvele el culo a tu hermana.
Yo gritaba como una loca:
—¡Sí! ¡Folladme! ¡Los dos a la vez! ¡Soy vuestra puta!
Mi madre se subió a la mesa, se puso encima de mi cara y me obligó a comerle el coño mientras me follaban. Amparo se colocó al lado y me metía los dedos en la boca.
Me corrí tantas veces que perdí la cuenta. Al final mi padre y mi hermano se corrieron casi a la vez: uno llenándome el coño y el otro el culo.
Cuando sacaron las pollas, mi madre y Amparo se arrodillaron y me lamieron los dos agujeros, tragándose toda la leche que me salía.
Esa tarde entendí que no había límites. Mi madre me había convertido en una puta completa.
***
Lucía gime casi llorando:
—Mamá… qué fuerte… la abuela os hacía comer coños mientras os follaban…
Andrés, con la voz rota:
—Sigue, mamá… por favor…
Marta:
—Cuéntanos más… ¿qué más te hizo la abuela?
Yo sonrío, abro las piernas y les digo:
—¿Queréis que os cuente la primera vez que vuestra abuela me llevó a un burdel clandestino y me hizo follarme a tres mujeres mientras ella miraba y se corría?
Era una noche de finales de agosto del 65. Mi madre me dijo que me pusiera el vestido más corto que tenía, sin ropa interior. Cuando llegamos al burdel, un caserón viejo en las afueras del pueblo, ya había varias mujeres esperando.
Mi madre me cogió de la mano y me llevó a una habitación grande con una cama enorme y varios sillones alrededor. Había tres mujeres esperándonos: Pilar, de treinta y tres años, morena, con tetas enormes y culo gordo; Inés, de veinticinco, delgada pero con un culo respingón y tetas pequeñas y duras; y la mayor, Concha, de cuarenta años, una rubia imponente con tetas gigantes y un coño grande y carnoso.
Mi madre se sentó en uno de los sillones, se subió la falda y empezó a tocarse despacio.
—Hoy vas a probar coño de puta de verdad, hija —me dijo con voz calmada—. Y yo voy a mirar. Desnúdate.
Me quité el vestido. Quedé desnuda delante de las tres. Mis tetas firmes, mi coño joven, mi culo redondo. Las tres me miraban como lobas hambrientas.
Pilar fue la primera. Se acercó, me agarró las tetas con sus manos grandes y me besó en la boca con lengua. Sabía a tabaco y a vino peleón. Me tiró sobre la cama y se puso encima de mí en 69. Su coño peludo y caliente me cayó en la cara. Olía fuerte, a coño usado, a hembra de toda la noche. Me metí entre sus labios y empecé a lamerla.
—Come, niña… cómemelo bien… —gruñía Pilar mientras me chupaba el clítoris con fuerza.
Inés se puso a mi lado y empezó a morderme los pezones. Concha se arrodilló entre mis piernas y me metió la lengua en el culo mientras Pilar me comía el coño.
Mi madre se tocaba cada vez más rápido, con los ojos brillantes.
—Así, hija… come coño de puta… mírala cómo disfruta… —gemía mi madre desde el sillón.
Las tres me usaron durante casi una hora. Me comían el coño, el culo, las tetas y la boca al mismo tiempo. Yo no paraba de correrme. Pilar me sentó en su cara y me folló la boca con su coño peludo. Inés me metió los dedos en el coño y en el culo mientras me chupaba las tetas. Concha me obligó a lamerle los pies y luego se sentó en mi cara.
Mi madre se corrió dos veces solo mirando, gimiendo como una perra en el sillón.
Al final, las tres se pusieron alrededor de mí y se corrieron una detrás de otra en mi cara, llenándome de jugos calientes. Yo me corrí por última vez con la boca llena de sabor de tres mujeres diferentes.
Cuando terminamos, mi madre se levantó, se acercó a la cama y me besó en la boca, probando el sabor de las tres.
—Qué bien sabes a zorra, hija mía —me susurró—. Ahora ya eres una puta completa.
Salimos del burdel con mi cara todavía oliendo a coño. Mi madre me llevó de la mano y me dijo al oído:
—Esto solo es el principio, Dolores. Te voy a enseñar a ser la mayor guarra del pueblo… igual que yo.
***
Mis hijos se están corriendo. Lucía se corre con un gemido largo, mojando el sofá. Andrés gruñe y se corre en su mano. Marta tiembla entera con los dedos metidos entre las piernas.
Yo los miro a los tres, satisfecha, y me lamo los labios. Todavía me quedan muchas historias por contar.