Lo que vi en mi cama cambió todo entre mi hijo y yo
Me llamo Adriana, tengo cuarenta y un años y, sinceramente, todavía me detengo frente al espejo y me gusta lo que veo. Voy al gimnasio cuatro mañanas a la semana, mantengo unas piernas firmes, una cintura que aún corta el aire cuando camino por la calle, y un par de pechos que no necesitan sostén para mirar al frente. Vivo sola con mi hijo Sebastián, que cumplió veinte hace dos meses, estudia ingeniería y se ha convertido, sin pedir permiso, en uno de esos hombres que te hacen voltear dos veces.
Mide casi un metro noventa, hombros anchos de tanto entrenar, brazos que llenan la manga de cualquier camisa, y un abdomen que parece dibujado con regla. Desde que empezó a tomarse en serio el gimnasio, el año pasado, el adolescente larguirucho que yo crié desapareció y, en su lugar, apareció un macho que me cuesta mirar a la cara cuando se pasea sin camisa después de bañarse.
Llevo dos años separada del padre. Dos años sin que nadie me toque, sin que nadie me bese el cuello a oscuras, sin que nadie me haga sentir el peso de un cuerpo encima del mío. Y mientras tanto, en mi propia casa, vivía un hombre que cualquier mujer querría llevarse a la cama. La diferencia mínima, casi simbólica, de que ese hombre fuera mi hijo dejó de pesarme la primera vez que me sorprendí mordiéndome el labio mientras lo veía cargar el cesto de la ropa.
Sebastián tenía novia, una chica que se llamaba Daniela. Delgada, bajita, con cara de muñeca y unos ojos verdes que no decían gran cosa. Venía a casa tres tardes por semana y se encerraban en su cuarto. Yo subía el volumen de la televisión, abría una botella de vino y fingía no oír. Hasta que una tarde, una sola tarde, todo cambió.
Había salido a hacer mercado. Llené el carro, pagué, y al caminar al auto me di cuenta de que había dejado la cartera olvidada en la cocina. Me devolví a casa de mal humor, abrí la puerta intentando no hacer ruido para no espantar al gato, y subí las escaleras descalza. Iba a entrar a mi cuarto a buscar la cartera cuando los oí.
Eran ellos. Pero no en la habitación de Sebastián, donde siempre se metían. Estaban en mi recámara. La puerta estaba entreabierta, una rendija de cinco dedos, y por ahí entraba el aire que me dejó clavada al piso del pasillo.
—Más duro, papi, así, así, no pares —decía ella, con una voz que yo no le había escuchado nunca cuando la saludaba en la cocina.
Me asomé. No quise asomarme, juro que no. Pero el cuerpo decidió antes que la cabeza, y me incliné hasta que mi ojo encontró la abertura.
Mi hijo estaba desnudo sobre mis sábanas. La espalda brillándole de sudor, los músculos tensos, las nalgas contrayéndose con cada embestida. Daniela estaba en cuatro, con la cara aplastada contra mi almohada, los pechos pequeños rebotando, y él la sujetaba de la cintura con esas manos enormes que yo le había visto crecer. La verga, gruesa, larga, entraba y salía cubierta de los jugos de ella, y cada movimiento producía un sonido húmedo, obsceno, que me apretó el estómago.
—¿Te gusta, eh? —gruñía él—. ¿Te gusta que te coja en la cama de mi mamá?
—Sí, sí, dame más, no pares.
Sentí cómo la humedad me bajaba por dentro del pantalón. No me moví, no respiré. Solo miré. Miré a mi hijo darle nalgadas que dejaban una marca rosada, miré cómo le agarraba el pelo y la doblaba sobre las almohadas, miré ese cuerpo trabajado convertido en una máquina de embestir que era todo lo que llevaba dos años echando de menos. Era exactamente lo que yo necesitaba. Un macho así, sin pedir permiso, sin medir nada, capaz de dejarte temblando boca abajo durante una hora después de terminar.
Cuando él gruñó hondo y se vació dentro de ella, retrocedí dos pasos sin levantar el talón. Bajé las escaleras como si caminara sobre cristal, salí de la casa, cerré la puerta despacio y volví al auto. Conduje hasta la esquina, estacioné, apagué el motor y me quedé un rato larguísimo con las manos en el volante, sintiendo el latido entre las piernas.
Cuando entré por segunda vez fue gritando «¡ya volví!» desde la cocina. Los encontré en el sillón, viendo televisión como dos angelitos. Daniela tenía las mejillas todavía rojas, mi hijo esa sonrisa medio tonta de quien acaba de quedar satisfecho. Los saludé, hice un comentario sobre el tráfico, y subí a guardar las compras como si no acabara de ver al hombre más guapo que conozco metiéndole la verga a una niña en mi cama.
***
Esa noche no logré dormir. Lavé las sábanas, las planché, las volví a poner. Pero el colchón seguía oliendo. Yo seguía oliendo. Apagué la luz, abrí las piernas debajo del edredón y me toqué pensando en él. Pensando en su espalda, en sus manos, en cómo me hablaría al oído si fuera él quien me tuviera boca abajo. Me vine mordiéndome el dorso de la mano para no gritar, y la culpa me duró exactamente lo que tardé en girarme y volver a empezar.
Durante tres semanas viví así. De día le servía el desayuno mirándole el cuello mientras él leía algo en el celular. De noche me lo metía entre los dedos sin compasión. Cada vez que lo veía salir del baño con la toalla baja, cada vez que se inclinaba sobre la mesa para alcanzar la sal y los bíceps se le marcaban, yo apretaba los muslos y respiraba hondo. La fantasía dejó de ser fantasía. Era un plan.
Soy yo la que manda en mi casa. Si quiero a mi hijo, me voy a coger a mi hijo, y punto.
Lo único que me faltaba era una excusa, una manera de cruzar la línea sin tener que ser la que la cruza primero. Y la excusa, lo entendí una mañana frente al espejo del baño, ya estaba ahí desde el principio. Estaba en mis sábanas, en el colchón, en aquellas palabras que él le había dicho a Daniela aquella tarde. Te gusta que te coja en la cama de mi mamá.
Esa tarde, cuando volvió del gimnasio con la camiseta pegada al pecho y los rizos mojados, le dije que necesitaba hablar con él después de cenar. Me bañé despacio, me puse un vestido negro corto, ceñido, con un escote que me obligaba a respirar profundo para no salirme, y me dejé el pelo suelto. Le serví dos copas de vino. Cenamos hablando de nada. Cuando recogimos los platos y nos sentamos en el sillón, crucé las piernas para que el dobladillo del vestido se subiera unos centímetros más arriba de lo decente.
—Sebastián, mi amor, tengo que hablar contigo de algo —dije.
—Dime, ma. ¿Pasó algo? —Pero la mirada se le fue al escote y volvió a mis ojos un segundo demasiado tarde.
—Hace unas semanas volví a casa antes de tiempo. Olvidé la cartera. Y los vi a ti y a Daniela. En mi cama.
Se puso rojo desde el cuello hasta la frente. Pero no apartó los ojos.
—Mami, perdóname. No pensé que llegarías tan rápido. No fue a propósito, te lo juro.
—No me molesta que cojas, hijo. Lo que me molesta es que uses mi cama. Esa cama es sagrada para mí.
—Es que es la más cómoda de la casa, mami. El colchón tuyo no se compara con el mío. Y, no sé, en serio, ahí se siente diferente.
Le puse la mano en la pierna. Despacio. Subí dos centímetros, tres. Él no se movió.
—Si tanto te gusta mi cama, Sebastián, vas a tener que pedirla como se pide una cosa importante.
—¿Cómo, mami?
—Esa cama es para que cojan en ella. Pero la única que coge ahí soy yo. Si tú la quieres usar para coger, vas a tener que pedírmela a mí. Porque la única que coge en esa cama soy yo. ¿Me entendiste?
Se quedó mudo. Tardó un segundo larguísimo en procesar lo que acababa de decir, y vi cómo se le marcaba la verga debajo del pantalón de algodón. Le apreté la pierna un poco más arriba.
—¿Quieres decir lo que estoy entendiendo, mamá?
—Quiero decir exactamente eso. La cama es para que me cojan a mí. Si tú la quieres, hijo, me la tienes que pedir.
Me levanté, le di la espalda y caminé despacio hasta las escaleras, sintiendo sus ojos clavados en el dobladillo del vestido. Subí sin voltear. Pensé que vendría detrás, que me agarraría a mitad de la escalera, que me pegaría contra la pared. No vino. Me metí en la cama sola, desnuda, y me toqué pensando en él hasta que me vine sobre mis propios dedos, gimiendo su nombre lo bastante alto como para que se oyera por debajo de la puerta.
***
A la mañana siguiente bajé en bata. Sebastián estaba en la cocina, vestido para la universidad, removiendo el café como si el café tuviera la respuesta a algo. No me miró cuando me serví. Me miró cuando me senté frente a él.
—Mami —dijo, con la voz un poco ronca—. Estuve pensando en lo que dijiste anoche.
—Ajá. —Sentí el calor subirme por las piernas.
—Te quería pedir tu cama prestada esta noche. ¿Se puede?
Lo miré a los ojos. Los tenía oscuros, brillantes, un poco asustados.
—Claro que sí, hijo. ¿Ves cómo es bonito pedir las cosas?
Sonrió. Se levantó, se inclinó y me besó en la mejilla. Pero el beso duró un segundo más de lo debido, y su cara rozó la mía en una caricia mínima que me dejó la piel ardiendo durante toda la mañana.
No trabajé bien ese día. Salí temprano. Me bañé otra vez, me depilé entera, me puse crema de jazmín en los pechos y en las caderas, y abrí el cajón donde guardo la lencería que nunca había estrenado: un conjunto negro de encaje, ligas, medias de red, todo demasiado puta para usarlo con un marido. Demasiado puta, en realidad, para usarlo con cualquiera. Perfecto para esa noche.
Cenamos despacio. Yo, en bata sobre la lencería. Él, con una camiseta blanca que se le pegaba al pecho. Hablamos en voz baja, mirándonos demasiado, riéndonos sin motivo. Por debajo de la mesa le toqué la pierna con el pie descalzo y subí hasta la rodilla.
—¿Estás listo para usar la cama, hijo?
—Llevo todo el día pensando en cómo voy a cogerte, mami.
—Y yo llevo todo el día pensando en cómo te la voy a chupar.
Subimos sin terminar el postre. Él se desvistió en treinta segundos. Cuando se acostó en mi cama, desnudo, con esa verga gruesa medio levantada apoyada en el muslo, me pareció imposible que algo así hubiera salido de mí. Me metí al baño, me solté el pelo, dejé caer la bata y me miré en el espejo. Respiré hondo. Salí.
—Mamá —murmuró—. Voy a perder la cabeza.
Subí a la cama gateando. Le besé el abdomen, el pecho, la mandíbula. Le besé la boca como llevaba meses besándolo en mi cabeza, despacio, abriéndole los labios con la lengua. Me agarró el culo con las dos manos y apretó hasta hacerme daño.
Bajé, le tomé la verga con las dos manos, lo miré desde abajo y me la metí entera, hasta atragantarme, hasta que se me llenaron los ojos de lágrimas. Él gruñía, me agarraba el pelo, me decía cosas que no sabía que mi hijo supiera decir.
—Qué rica boca tienes, mami. Chúpamela bien.
—Cógeme, Sebastián. Hazme tuya en esta cama.
Me puso en cuatro. Me arrancó la tanga de un tirón y me clavó la verga de un solo golpe, hasta el fondo, sin avisar. Grité. Grité fuerte, sin taparme la boca, porque no había nadie más en la casa y porque llevaba dos años queriendo gritar así. Él me agarró del pelo, me arqueó la espalda, y empezó a embestir como había embestido a Daniela aquella tarde, con esa fuerza animal que no había dejado de aparecérseme cada noche.
—Te gusta, ¿eh, mami? Te gusta que tu hijo te coja en tu propia cama.
—Sí, papi, sí, dame más, no pares.
Me vine la primera vez antes de los cinco minutos. Me vine la segunda mientras me daba nalgadas y me tiraba del pelo. Después me puso boca arriba, me abrió las piernas con las medias todavía puestas, y me cogió mirándome a los ojos hasta que se vino dentro, empujando hasta el final, apretando los dientes.
No se salió. No me dejó descansar. A los diez minutos volvía a estar duro, y yo me senté encima de él y lo cabalgué con los pechos en su boca y las manos clavadas en su pecho. Lo cabalgué hasta que se me cansaron los muslos, hasta que no supe quién era, hasta que él se vino otra vez y yo me derrumbé encima jadeando.
Nos quedamos abrazados, sudados, en mis sábanas que ya no eran mis sábanas. Tenía la cabeza enterrada en mi cuello, una pierna entre las mías, una mano en mi pecho.
—Mami —dijo al oído, todavía dentro de mí—. Creo que voy a pedirte la cama prestada bastante seguido.
Le sonreí contra el pelo. Bajó la mano y la deslizó hasta mi muslo.
—Tantas veces como quieras, hijo. Para eso es esta cama.