El sábado que mi sobrina llegó sin avisar a mi casa
El timbre sonó a las cuatro y media de la tarde, una hora antes de lo que habíamos hablado por teléfono. No la esperaba ese sábado, o al menos no tan pronto. Renata era así desde niña: aparecía cuando le daba la gana y se quedaba el tiempo que quería. Lo nuevo, lo verdaderamente nuevo, era lo que pasaba cada vez que se quedaba a solas conmigo.
Llevábamos apenas unos meses con esto. Empezó una tarde de lluvia, medio por error, medio porque los dos lo veníamos esquivando desde hacía demasiado. Renata tenía veintitrés años recién cumplidos, la piel oscura de su madre, los hombros anchos de las nadadoras, los pechos grandes y una manera de mirar que parecía hacer preguntas que nadie quería contestar. Era mi sobrina. Y, desde aquella tarde, también era otra cosa.
Abrí la puerta y supe, antes de que cruzara el umbral, que ese fin de semana iba a ser largo.
Llevaba una blusa blanca demasiado corta, casi un sostén con mangas, una falda de cuero negro que apenas le tapaba lo justo, unas botas altas que sonaban contra el piso de la entrada. El pelo recogido en una cola tirante. El bolso colgando del hombro. Y esa sonrisa de niña buena que ya no me engañaba a mí.
—Llegué temprano —dijo, encogiendo los hombros como si no fuera nada.
—Eso veo.
Soltó el bolso al lado del sofá sin pedir permiso, como hacía siempre, y se acercó a darme el abrazo de saludo. Yo cerré la puerta con el codo. La cerradura sonó dos veces, una para cada cerrojo.
—Te extrañé —murmuró contra mi cuello.
—Mentirosa.
—Un poco. —Se separó apenas lo justo para mirarme con los ojos a medio cerrar—. ¿Me das la bendición, tío?
Lo dijo con esa voz dulce que llevaba poniendo desde los catorce, cuando todavía era inocente, y que ahora usaba como un arma cuidadosamente afilada. Antes de que pudiera contestar, su mano ya estaba apoyada sobre el frente de mi pantalón, presionando justo donde no debía.
No estaba pensando en sexo. Hasta ese momento, juro que no.
La tomé del cuello. No con fuerza, solo con la palma abierta sobre la nuca, los dedos enredándose un instante en la cola de pelo.
—Te voy a destrozar —le dije al oído.
Sabíamos los dos que no era literal. Nunca habíamos llegado a esa raya y, en el fondo, ninguno de los dos quería cruzarla del todo. Pero la vulgaridad era parte del juego. Hablar como si fuéramos otros, como si lo nuestro no tuviera ningún apellido común, era la única manera de seguir adelante sin volverse loco.
Renata sonrió, soltó todo el peso del cuerpo contra el mío y dejó que la guiara hacia el dormitorio del fondo. No encendí la luz. Las cortinas estaban a medio cerrar y la tarde de octubre entraba en franjas sobre la cama deshecha.
La empujé contra el colchón. No cayó: se sentó, divertida, y me miró desde abajo con la cabeza ligeramente ladeada.
—Estás más impaciente que la última vez —comentó.
—Tú también.
—Yo siempre estoy impaciente.
Me arrodillé al borde de la cama. Bajé el cierre del pantalón sin apuro, dejé que el sonido del metal hiciera su trabajo. Cuando saqué el miembro estaba tan duro que dolía, espeso, áspero, con ese olor fuerte y de hombre que a ella, según me había confesado una vez en voz baja, le gustaba más que cualquier perfume.
Renata extendió el brazo y rodeó la base con los dedos. Empezó despacio, sin mirarme a los ojos, como si lo importante fuera observar lo que su mano estaba haciendo. Subió y bajó dos, tres veces. El pulgar pasó por la punta y la encontró ya mojada.
—Mírame —le pedí.
Levantó la cabeza. La sonrisa se había apagado. Ahora había algo serio en su cara, algo concentrado, casi religioso.
—Sigue —añadí.
Y siguió. Más lento, más firme, midiéndome con cada movimiento, aprendiendo de nuevo el ritmo que ya conocía. Yo no podía quedarme quieto. Me incliné sobre ella, abrí su blusa de un tirón y los botones saltaron contra el piso. Dos, tres, cuatro botones rebotando sobre la madera. Ella se rio sin soltar lo que tenía agarrado.
—Te dije que esa blusa no iba a sobrevivir.
—Te lo advertí.
Sus pechos eran grandes y blandos, sin la firmeza falsa de las chicas de revista, vivos en cambio, con ese movimiento natural que solo tienen los pechos que pesan de verdad. Le bajé el sostén con dos dedos, sin desabrocharlo. Los liberé. La piel oscura, los pezones más oscuros aún, ya endurecidos por el roce o por el frío o por las dos cosas a la vez.
Bajé la cabeza y empecé por el izquierdo. Lo tomé entero en la boca, apreté con los labios, dejé que mi lengua hiciera el resto del trabajo. Renata soltó el primer gemido. No era un gemido de película, era un sonido que se le escapaba contra su voluntad, casi un quejido.
—No pares —murmuró.
No tenía la menor intención de parar.
Mientras seguía mamando, llevé la mano libre debajo de la falda. El hilo era apenas una línea, una formalidad sin propósito. Lo aparté con dos dedos y la encontré ya tan mojada que tuve que reírme contra su pecho.
—¿De qué te ríes? —preguntó, con la voz ronca.
—De cómo viniste preparada.
—Es tu culpa.
Pasé el índice por toda la longitud, despacio, sin entrar todavía. Ella levantó la pelvis buscándome y yo me alejé apenas lo necesario para que entendiera quién mandaba esa tarde. Volví a bajar. Esta vez encontré el clítoris y me quedé ahí, con un movimiento circular, suave al principio, más firme después.
—Tío —dijo, y la palabra sonó sucia, sucia de verdad, distinta a todas las veces que la había pronunciado antes—. Tío, así no aguanto.
—Aguanta.
Cambié de pecho. El derecho, esta vez. Los dientes apenas rozando, sin morder. Ella seguía con la mano alrededor de mi miembro, pero ya casi no se movía. Le costaba sostener el ritmo. Le temblaban las piernas. Le temblaban los brazos. Le temblaba todo el cuerpo.
Metí el dedo. Después dos. Hice círculos por dentro, buscando ese punto que solo conseguía encontrar a veces, el que la hacía cerrar los ojos y abrir la boca al mismo tiempo. Lo encontré. Renata clavó las uñas en mi hombro, gimió fuerte y soltó un líquido caliente sobre mi mano que no era exactamente lo que yo esperaba.
—Perdón —dijo, jadeando, los ojos cerrados—. Perdón, perdón, no quería…
—Calla.
—Tío, me orin…
—Calla. No me importa.
Y era verdad. No me importaba. Si acaso, me importaba en el otro sentido: me ponía todavía más, esa pérdida total de control, esa frontera que se borraba sola sin permiso. Seguí. Renata estaba al borde de algo más grande.
—No pares —repitió, ya sin esa voz de juego—. No pares, quiero venirme mil veces así.
—Mil no, pero alguna más sí.
Le pasé el dedo otra vez por el clítoris, esta vez sin pausa. Ella levantó la cadera, se contrajo entera, abrió la boca pero no salió ningún sonido. El segundo orgasmo llegó en silencio, como si fuera demasiado grande para los pulmones.
***
Yo estaba a punto. Llevaba minutos a punto. La mano de Renata, aunque torpe en los últimos instantes, había hecho su trabajo desde el principio y no podía postergarlo más. Saqué el dedo de su sexo y, sin pensar, me lo llevé a la nariz. No fue una pose. Fue un acto reflejo, casi animal. El olor me golpeó de lleno y eso fue todo lo que hizo falta.
Me vine sobre su mano. Sobre su barriga. Sobre el borde de la falda de cuero. Una descarga larga, casi violenta, que me dejó las piernas vacías y la cabeza en blanco durante un par de segundos eternos.
Renata abrió los ojos. Tenía mi semen tibio sobre la piel y sonreía, otra vez, esta vez con la sonrisa cansada del que llegó y volvió.
—Espera —dijo.
Tomó dos dedos suyos y los mojó en lo que tenía sobre el ombligo. Se los llevó al clítoris. Se masturbó delante de mí, sin vergüenza, usando lo que yo le acababa de dejar como si fuera lubricante o como si fuera otra cosa, una declaración que no necesitaba palabras. Tardó menos de un minuto. Cuando se vino por tercera vez, abrió la boca de verdad y soltó un grito que rebotó contra las paredes del cuarto vacío.
Yo me dejé caer a su lado.
***
El silencio después fue largo. Más largo que las otras veces. Ella se pasó la mano por la barriga, se limpió como pudo con una de las puntas de la blusa rota y se quedó mirando el techo blanco. Yo me subí el pantalón sin abrocharlo y me tumbé bocarriba, con un brazo cruzado sobre los ojos.
—¿Estás bien? —pregunté, sin mirarla.
—Sí.
—¿Segura?
—Sí, tío.
La palabra cayó otra vez como una piedra. La dijo sin malicia esta vez. Solo era lo que era. Tío. Sobrina. Lo que hacíamos no le cambiaba el nombre a nada.
Su mano buscó la mía sobre la cama. La apretó. Yo apreté de vuelta.
—¿En qué piensas? —preguntó.
—En nada.
—Mentiroso.
—En el infierno —admití—. En que esto se gana solito, sin necesidad de pruebas adicionales.
Renata se rio con un sonido seco, cansado.
—Si hay infierno, vamos a ir los dos.
—Yo voy a ir antes.
—No, tío. Por edad sí, pero por pecado vamos parejos.
Me reí también. No era gracioso, pero la única manera de aguantar lo que estábamos haciendo era reírnos un poco. Por debajo de la risa estaba el miedo. Estaba el «esto no debería» que ninguno de los dos decía en voz alta, pero que llevábamos pegado como una segunda piel.
Le solté la mano y le acomodé un mechón detrás de la oreja. Tenía la cara enrojecida, los párpados pesados, los labios un poco hinchados.
—Quédate hasta el lunes —le dije.
—Iba a quedarme igual.
—Ya lo sé.
Cerró los ojos. Yo cerré los míos. La luz seguía entrando en franjas oblicuas. En algún lugar de la casa, un grifo goteaba. Pensé que debía levantarme a cerrarlo. Pensé que debía levantarme a hacer muchas cosas. No me levanté ni para una.
Mañana sería otro día. Mañana, quizás, encontraríamos las palabras para decir lo que veníamos esquivando desde hacía meses. O quizás, como tantas otras tardes, el sol bajaría sin que ninguno de los dos abriera la boca, y el lunes ella se iría con la blusa rota guardada en el bolso y la promesa silenciosa de volver el sábado siguiente.
Sabíamos los dos que el infierno ya estaba comprado.
Lo único que no sabíamos era cuánto íbamos a tardar en pagarlo.