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Relatos Ardientes

La noche que mi madre dejó de ser solo mi madre

La boda de Lucía se celebró en Rosario, a casi mil kilómetros de nuestra casa. Mi hermana llevaba meses preparándolo todo con esa meticulosidad suya, y aun así, hasta el día anterior dudó si poner las flores en la entrada o en el altar. Andrés, su flamante marido, había nacido en esa ciudad y allí pensaban quedarse a vivir. Lucía siempre fue tímida, recatada, de pocas amistades, y la lista de invitados de su lado de la familia cabía en una mesa pequeña.

Mi madre llegó al hotel del brazo mío, callada, mirando por la ventanilla del taxi como si quisiera memorizar cada cartel. Llevaba un vestido esmeralda largo, ajustado en la cintura, con un escote discreto que aun así no conseguía disimular la forma de su pecho. Tenía cincuenta y un años y la costumbre de morderse el labio inferior cuando algo la inquietaba.

—Vas a estar bien, mamá —le dije.

—Voy a estar sola —contestó, sin girar la cara.

Era verdad. Con Lucía instalándose al otro extremo del país, la casa quedaba para ella sola. Mi padre había muerto seis años atrás y todavía llevaba su anillo en el dedo anular, esa argolla de oro fino que rotaba distraídamente cuando pensaba en él.

La ceremonia fue corta. Lucía lloró, Andrés lloró, mi madre lloró conteniéndose. En la cena, la senté a mi lado y la obligué a comer algo. El vino la fue soltando poco a poco. A los postres ya se reía de mis chistes malos, y cuando empezó la música la saqué a bailar sin pedirle permiso.

—Hace años que no bailo —protestó.

—Razón de más.

Bailamos primero un vals, después algo más rápido, después una balada que nadie sabía pero que todos terminaron coreando. Mi madre reía con la cabeza echada hacia atrás, y la gente se acercaba a brindar con ella, a decirle que se la veía radiante, a recordarle que todavía era una mujer joven. Cada brindis era una copa más, y a la tercera o cuarta empezó a apoyar la cabeza en mi hombro entre canción y canción.

En algún momento, su mano bajó de mi cintura y me apretó una nalga. La miré sorprendido y ella se rio, fingiendo que había sido un descuido. Diez minutos después, en mitad de un bolero, me besó cerca de la comisura de los labios y me dijo, mirándome a los ojos, que me quería más que a nadie en el mundo.

Pensé que era el vino. Quise creer que era el vino.

***

La acompañé a su habitación pasada la una. El pasillo del hotel estaba en penumbra y olía a flores marchitas. Ella se aferraba a mi brazo y, cada tantos pasos, me acariciaba la mano con el pulgar. En la puerta, sacó la tarjeta del bolso y se quedó un instante quieta, sin meterla en la ranura.

—¿Y si te quedas un rato? —dijo, sin girarse.

—Mamá.

—Solo un rato. Hasta que me duerma.

Entré detrás de ella. La habitación tenía una sola lámpara encendida, junto a la cama, y una ventana grande que daba al río. Ella se sentó en el borde del colchón y se quitó los zapatos uno a uno, con esa lentitud de quien posterga lo inevitable. Su cabello negro, que llevaba siempre recogido, le caía ahora hasta media espalda.

Me senté a su lado. No supe qué decir. Le aparté un mechón de la cara y, cuando me incliné para besarle la frente como hacía siempre, ella levantó la barbilla y nuestros labios se rozaron.

—No —dijo enseguida, y se cubrió la boca con la mano—. Estoy borracha. Estoy vieja. No me hagas caso.

—No estás vieja.

Le besé el hombro descubierto, justo donde terminaba la tira del vestido. Ella cerró los ojos y soltó un suspiro tan largo que me pareció el primero que daba en años. Le besé el cuello, despacio, dejando que la mano le bajara por la espalda hasta encontrar la cremallera del vestido.

—Si bajo esto, mamá, ya no hay vuelta atrás.

Ella no abrió los ojos. Asintió una sola vez, casi imperceptible.

***

El vestido cayó como una mancha de agua a sus pies. Debajo solo llevaba un sostén color carne y unas bragas sencillas que parecían pedir disculpas por estar ahí. Su cuerpo no era el de una mujer joven, y eso era exactamente lo que lo hacía hermoso: las caderas anchas, el vientre apenas redondeado por los años, la piel clara cruzada por algunas líneas finas que contaban una vida entera. El vello del pubis, espeso y oscuro, contrastaba con la palidez del muslo.

—No me mires así —susurró.

—¿Cómo?

—Como si fuera la primera mujer que ves.

—Eres la primera mujer que vi —respondí, y ella se rio bajito, agachando la cabeza como una adolescente.

La hice girarse hacia el espejo del armario. Me puse detrás, le solté el broche del sostén y dejé que cayera al suelo. Sus pechos eran pesados, con los pezones rosados y los círculos amplios. Le besé la nuca mientras la miraba a los ojos a través del cristal y, con las manos, le recorrí el contorno de los pechos sin tocárselos del todo, hasta que ella misma me cogió las muñecas y se las puso encima.

—Mírame —le dije.

—Te miro.

—No, mira lo que ves.

Ella se observó largo rato. Vi en su cara el momento exacto en que dejó de tenerse vergüenza.

***

La llevé a la cama y la recosté con una delicadeza que yo mismo no me conocía. Le bajé las bragas hasta los tobillos y se las saqué del todo. Ella me abrió las piernas con una calma nueva, como si hubiera decidido en silencio que se iba a entregar entera. Me arrodillé en el suelo, junto al borde del colchón, y la besé despacio entre los muslos, sin prisa, escuchando cómo respiraba.

—Ay, hijo —murmuró, y enseguida se tapó la boca con el dorso de la mano—. Perdón. Perdón.

—No pidas perdón.

Le aparté la mano de la boca. Quería oírla. Quería oír todo lo que tenía guardado desde hacía años.

Cuando me incorporé y empecé a desabrocharme la camisa, ella me detuvo. Se sentó al borde de la cama, me bajó el cinturón, los pantalones, los calzoncillos, y se quedó mirándome un instante antes de tomarme con la mano. La sentí temblar al principio, no por nervios sino por algo más antiguo, como si llevara mucho tiempo recordando un gesto que creía olvidado.

—Ven —me dijo, y se recostó otra vez, abriéndome los brazos.

Me coloqué encima de ella. Sus piernas se enroscaron en mi cintura. Cuando entré, los dos contuvimos el aire al mismo tiempo, y luego soltamos un sonido casi idéntico, un quejido que no era ni placer ni dolor sino reconocimiento.

—Despacio —pidió—. Por favor, despacio.

Le hice caso. Me moví despacio, mirándola, dándole tiempo a acostumbrarse a algo a lo que probablemente no se acostumbraría nunca. Ella me cogió la cara con las dos manos y me mantuvo cerca, frente contra frente, hasta que la respiración se nos confundió.

—No te aguantes —le dije al cabo de un rato—. Estamos solos.

Y entonces gimió de verdad, sin filtros, una mujer entera dejándose ir después de demasiado tiempo. Cambiamos de postura. La puse encima de mí y la dejé llevar el ritmo. Su pelo nos caía por la cara como una cortina. Sus pechos se movían con cada empuje. Me clavó las uñas en el pecho cuando se vino, y un segundo después me vine yo, dentro, sin pensar siquiera en sacarla.

***

Nos quedamos abrazados sin hablar mucho rato. Ella jugaba con el vello de mi pecho. Yo le acariciaba la espalda. En algún momento la oí llorar bajito, y cuando le pregunté qué pasaba me dijo que eran lágrimas buenas, que hacía años que no se sentía así de viva.

—Si te hubiera aceptado antes, habría sido la mujer más feliz del mundo —me confesó—. Soy una afortunada.

Dormimos abrazados, ella apoyada en mi hombro, mi mano sobre su cadera. A la mañana siguiente no bajamos a desayunar. Me despertó con la boca, suave, sin avisar, y volvimos a hacerlo dos veces más antes de que el sol pegara fuerte en la ventana. Mi madre, esa misma mujer recatada que años atrás se persignaba si en la televisión salía un beso largo, descubrió en una sola noche que tenía un cuerpo entero por estrenar.

Pidió el desayuno a la habitación. Comimos sentados en la cama, ella con mi camisa puesta sobre los hombros y yo con una toalla en la cintura. Habló más en esa hora que en los últimos cinco años. Me contó cosas de mi padre que yo no sabía, también cosas que se había callado por costumbre, y al final, mientras revolvía el café con una cucharilla diminuta, me preguntó qué íbamos a hacer cuando volviéramos.

—Lo que tú quieras —le dije.

—Quiero esto. No sé hacerlo, pero lo quiero.

***

Al volver, me mudé con ella. A Lucía le dijimos que era un acuerdo de cuidado mutuo, mientras se acomodaban los gastos. Mi madre se quitó el anillo de viuda al mes siguiente y lo guardó en el cajón de los recuerdos, junto a las cartas que mi padre le había escrito cuando eran novios. No volvió a usarlo.

Aprendimos uno del cuerpo del otro como dos extraños con todo el tiempo del mundo. Ella descubrió que le gustaban cosas que jamás se habría atrevido a pedir, y yo aprendí a leerle los silencios. Se cortó el pelo a la altura del hombro porque le empezaron a salir canas y, según dijo, prefería que nadie nos confundiera con madre e hijo cuando salíamos a cenar. Lo dije una vez en broma y nunca más volvimos a usar la palabra «madre» fuera de casa.

Han pasado doce años. Yo tengo treinta y siete, ella sesenta y tres. Estamos otra vez en Rosario, en el mismo hotel, esta vez por el funeral de Andrés, que se mató en la ruta hace una semana. Mi madre lleva un vestido negro hasta las rodillas y unas medias que le marcan las piernas con una elegancia que me sigue desarmando. Lucía vendrá a vivir con nosotros una temporada, hasta que decida qué hacer con el resto de su vida. Lleva doce años creyendo que somos madre e hijo, y no tenemos pensado sacarla del error.

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Comentarios (5)

ArgenSex

increible!!! uno de los mejores que lei en este sitio

LunaCordoba

Que bien escrito, la tension que se arma desde el principio te atrapa y no la soltás hasta el final. Muy bueno

NicoBA_85

me dejo con ganas de mas jaja, hay continuacion?

Confidente22

Este genero cuando esta bien escrito es adictivo. Y este lo esta

SoledadR22

Empece a leerlo de casualidad y no pude parar hasta terminar. Muy recomendable

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